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A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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47 – Siempre ha sido así todos estos años
—Y eso fue todo lo que hice ayer. ¿Qué tal? ¿No estuvo súper productivo?
En el Pabellón Plateado del Santuario, la pareja tomaba el té bajo la glorieta del jardín.
—Sí que fue productivo —asintió Roswitha. Hizo una pausa y luego preguntó—: Pero… te llevaste un montón de cosas del clan de los dragones marinos. Dijiste que le ibas a deber un favor a Claudia, pero, ¿ella no te dijo nada?
—Nada. Yo le insistí: “No, no, no hace falta, maestra, cómo se le ocurre”, pero Claudia se empeñó en regalarme tantas cosas buenas que al final… ni modo. Tuve que hacer el sacrificio de aceptarlas.
Mientras decía eso, León se frotó disimuladamente una nalga que todavía le dolía.
La izquierda le dolía por la patada que le dio Claudia;
La derecha… por las patadas que le dieron su maestro y su maestra.
Aunque la princesa del clan marino tenía recursos de sobra, tampoco era como para que León se fuera con dos manuales de magia primordial y una flor de loto espectral solo diciendo: “Te debo un favor, maestra”.
Así que se ganó las patadas con toda justicia.
Su maestro y su maestra también querían dejar en claro que ellos sí tenían modales, así que le soltaron un par de patadas al discípulo en plan: “¡Eh, que en esta casa no criamos abusivos!”
Pero, siendo sinceros… si solo recibió tres patadas por todo eso, ¡fue una ganga!
Además, ni Claudia ni los maestros eran tontos.
Konstantin podía ser explosivo, pero ahora que tenía magia primordial, su poder era aterrador.
Así que, con lo complicado que estaba el mundo, ganarse a un aliado como él valía más que dos libros y una flor rara.
Y por otro lado, con los nuevos tiempos, las viejas técnicas de León aún servían, sí… pero quién sabía qué clase de monstruos aparecerían la próxima vez.
Así que no estaba nada mal aprovechar para mejorar el arsenal del general.
—Grr, no te creo nada —dijo Roswitha con una mirada afilada—. Seguro llegaste, comiste, tomaste y te lo llevaste todo. Claudia solo no quiso decirte que no.
León se aclaró la garganta, incómodo.
—Hay cosas que es mejor saberlas en silencio. No hace falta decirlas en voz alta.
—Entonces… ¿la flor de loto?
—Ah, en el camino de vuelta pasé por la casa de Konstantin y le dejé los manuales y la flor.
Roswitha parpadeó.
—¿Y ya?
—Y ya.
—¿Ni gracias te dio?
—Agradecer, sí… pero a su estilo.
La Reina levantó una ceja, divertida.
—¿A su estilo? ¿Y cómo fue eso?
León se acomodó en el asiento, se aclaró la garganta y bajó la voz para imitar el tono rudo de Konstantin, poniéndose bien serio:
—“Kazmod… no creas que por esto voy a estarte agradecido. Esto lo haces porque me lo debías. Ah, y si algún día necesitas algo, mándame un dragón mensajero. No malinterpretes, es que me gusta el chisme, nada más.”
—¡Pff!
Roswitha no aguantó la risa y se tapó la boca con la mano. Sus lindos ojos se curvaron como lunas crecientes.
—¡Qué bruto es este tipo! ¡La boca tan dura que tiene!
—Bah, ustedes los reyes dragón son todos iguales. Duro por fuera, blandito por dentro. No te burles del espejo.
Ella dejó de reír al instante y lo empujó por el hombro, fingiendo molestia.
—¿Qué estás insinuando? Yo nunca me hago la dura. ¡Siempre voy directo al grano!
León alzó la ceja y la imitó con tono sarcástico:
—“Yo siempre voy directo al grano, nunca me hago la duraaaa~”
—¡Ja! —Roswitha se rió entre dientes mientras le daba un leve pellizco en el brazo—. ¿Cuándo me hice la dura? Si siempre he sido así. Si crees que me hago la dura, ¿ya te preguntaste si es por algo tuyo?
León se quedó pasmado.
—¿Yo? ¿Qué hice yo?
—¿Acaso siempre hiciste bien tus deberes? ¿Siempre fuiste directo conmigo? No digas barbaridades con los ojos abiertos.
—Entonces te lo digo con los ojos cerrados, señora reina testaruda.
—¡Te voy a matar!
Después de un buen rato de broma y empujones bajo la glorieta, Roswitha volvió al tema serio.
—Entonces, según las pistas que te dio tu maestro… ¿vas a volver al Imperio pronto para investigar al tal “Sombra”?
León asintió.
—Aquí entre los dragones no hay casi información sobre Sombra. Konstantin lleva treinta años persiguiendo a Adam sin resultados. Así que tomar a Adam como pista ya no tiene sentido. Me conviene más enfocarme en el Imperio.
—Hmm… tiene lógica —Roswitha meditó unos segundos—. Pero lo que sí me sorprendió fue enterarme de que Konstantin tiene una hija.
—¡Ya lo creo! Cuando vi a esa dragoncita, me quedé helado. ¿Cómo ese viejo loco va a tener una hija tan tierna?
León se cruzó de brazos, pensativo.
—Aunque… ¿y si es adoptada?
Roswitha soltó una risita.
—No, imposible. Los dragones nunca adoptan crías ajenas. Eso arruina la pureza del linaje y rompe la herencia del poder. Además, nadie quiere arriesgarse a criar a una cría abandonada que no saben de dónde salió.
—Y además…
León la miró de reojo.
—¿Y además?
—Tú, siendo un cabezón, lograste tener tres hijas tan lindas e inteligentes. ¿Qué tiene de raro que Konstantin tenga una también?
—¡Eh! ¿Por qué “cabezón”? Nuestras hijas son listas gracias a mis genes, obvio.
—Nuestras hijas no se graduaron del Instituto Saintheiss a los tres años. Tus genes fueron claramente el mayor obstáculo.
—¡Uy, qué prodigiosa! ¿Tú sí te graduaste a los tres?
—No, porque entré a los siete.
—¡¿Entonces pa’ qué hablas?!
Y así se picaban los dos, como de costumbre.
Se picaban y se reían.
—Ah, hablando de la academia, ellas entran la próxima semana. Anda al Imperio después de eso.
—Sí, ese era el plan.
León asintió.
—Creo que para Noa será el último semestre del Departamento de Crías, ¿no? Tiene el examen final, y si lo pasa, pasa al Departamento Juvenil.
—Sí.
Roswitha se levantó y caminó hasta la baranda de la glorieta. Apoyó el hombro en una columna, mirando hacia el jardín.
Desde ahí se veía una esquina del campo de entrenamiento trasero.
Allí, un muñeco de práctica ya bastante destruido seguía de pie, lleno de marcas de rayos.
—Solo tiene seis años… y ya va a competir contra chicos de más de diez.
León se paró y se puso a su lado, siguiendo su mirada.
También vio al viejo muñeco.
Ese tipo de muñeco estaba hecho de materiales especiales, resistentes a todo tipo de magia. Para dejarlo así de maltrecho… hacía falta muchísima práctica constante.
El tipo de entrenamiento que hacía Noa.
—Ya no es una recién llegada, Roswitha. La edad no lo es todo. En estos años ha vivido más cosas que muchos adultos. No deberíamos tratarla como una niña, ¿no crees?
Roswitha pensó en todo lo que había pasado: la vez que Noa atacó al Rey Dragón de las Estrellas; la misión en el norte, donde protegió a sus amigas dentro de unas ruinas llenas de trampas…
Había crecido tanto. Mucho más de lo que ella misma había notado.
Tal vez León tenía razón.
Tal vez ya no debía verla como una niña.
Pero había algo que no entendía. Ella era una dragona pura. Y los dragones solían ser estrictos con sus crías. No mostraban cariño tan fácilmente.
Entonces, ¿por qué le importaban tanto sus hijas?
—Oh, ahí vienen. Voy a buscarlas para jugar un rato —dijo León.
Apoyó una mano en la baranda, saltó ágilmente hacia el jardín y corrió hacia el patio trasero donde estaban sus hijas.
—¡Papá! ¡Hoy tienes que enseñarle magia nueva a Moon~!
—¡Hecho! ¡Lo que quieras aprender, papá te lo enseña!
Roswitha los miró desde atrás.
Lo escuchó hablar con sus hijas, vio su espalda animada, esa energía tan viva…
Y sonrió.
Sonrió sin darse cuenta.
Quizá… ya tenía la respuesta a esa duda.
—Cuando estás con alguien… poco a poco te vas pareciendo a esa persona.
La ternura, la responsabilidad, el amor… todas esas cosas que él tenía y que a ella la atrapaban.
Sin quererlo, le estaban enseñando a ser alguien distinta.
—Kazmod idiota. Te robaste mi corazón… y encima pretendes cambiarme la vida. ¡Qué descarado!
Riéndose, Roswitha levantó su falda con una mano, estiró sus largas piernas y, en vez de caminar como siempre con elegancia, imitó a León, saltó la baranda y corrió detrás de su esposo y sus hijas.
En la esquina del campo, el viejo muñeco de práctica seguía en pie.
Silencioso, testigo eterno del pasado, presente… y futuro de la familia Melkweiss.