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A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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48 – Uno lo dice, el otro se lo cree
En un abrir y cerrar de ojos, llegó el día de regreso a clases para las tres peques.
Como era el último —y más importante— semestre de Noa en el Departamento de Crías, León y Roswitha decidieron llevar personalmente a sus hijas al Instituto Saintheiss.
Cuando llegaron, se dieron cuenta de que no eran los únicos con esa idea. Muchos padres también habían venido en persona.
El ambiente les recordaba al de la ceremonia de admisión de hace unos años.
La diferencia es que esta vez no estaba el subdirector Wilson, ese viejo dragón chismoso, lanzando miraditas de shippeo. Así que la pareja se sentía mucho más relajada.
León llevaba a Moon dormida en brazos; Roswitha iba tomada de la mano de Lucecita, y Noa caminaba un poco más adelante.
Los cinco caminaban juntos, imponentes, llamando la atención por donde pasaban.
—Recuerdo que cuando la familia Melkweiss trajo a sus hijas hace unos años, eran solo cuatro… ¿ya son cinco?
—Pues criar hijos no es tan difícil cuando la pareja se lleva bien. Si quieren más, pues tienen más.
—Oigan, esa no es una pareja común. La reina de los dragones plateados es famosa por su talento, y su esposo… bueno, hace poco fue el representante de los dragones en la conferencia con los humanos.
—¡¿En serio?! Yo solo sabía que el príncipe plateado tuvo un papel importante en el final de la guerra humano-dragón, ¡pero no que también estuvo en las negociaciones!
—Sí, recuperó territorio para los nuestros. Dicen por ahí que incluso descubrió qué reyes dragón estaban aliados en secreto con los humanos y los castigó.
—¡Wow! Tener a alguien como él en nuestras filas es una bendición para los dragones.
—…
Tal como en aquella ceremonia de ingreso, los demás dragones murmuraban asombrados por el tamaño y prestigio de la familia Melkweiss.
Pero esta vez, el nombre de León sonaba aún más fuerte.
Antes lo llamaban “modelo de esposo dragón”.
Ahora ya era “un orgullo para nuestra raza”.
Ja, si supieran quién es de verdad, esa frase cambiaría al instante:
“Con este tipo en nuestra raza… ¡qué maldita mala suerte!”
Los comentarios no afectaban ni a la pareja ni a sus hijas.
Moon, medio dormida por haber madrugado, se acurrucaba en el pecho de su papá;
Lucecita, agarrada de la mano de mamá, caminaba pegadita a Roswitha, con sus grandes ojitos rosados brillando de emoción por el nuevo semestre;
Y Noa iba adelante, mirando a todos lados, como si buscara a alguien.
Roswitha la observó con atención y de inmediato entendió a quién buscaba.
—El clan marino vive lejos del instituto. Es probable que tu amiga llegue un poco más tarde —le dijo.
Noa asintió y respondió:
—Lo sé, mamá.
Justo después de hablar, una gota de agua resonó en su conciencia.
—Chiquilla, parece que te importa mucho tu amiga —dijo la Voz Antigua, aún con su forma humana, de pie con elegancia, cabello blanco, una mano en la cintura, postura impecable.
—¿Y esa pregunta qué? Es mi amiga, ¿cómo no me va a importar?
Noa contestó con naturalidad. Luego, con curiosidad, preguntó:
—Ahora que lo pienso, nunca te he oído hablar de tus amigas de cuando eras joven. ¿No tuviste ninguna?
—No tenía, ni necesitaba.
La Voz Antigua bajó la mirada. Su voz era fría, sin emoción.
—El más fuerte, el rey en la cima, siempre está solo. Los lazos y sentimientos solo son debilidades que impiden llegar a la cima.
Noa parpadeó.
Pensó un poco… y entendió:
La tía vieja está entrando a la fase chuni.
Pero en lugar de burlarse, Noa se lo tomó con calma.
—Ah… qué bien —dijo sin más y se dio la vuelta para salir del espacio mental.
La Voz Antigua la miró irse. Su cara fría y seria empezó a resquebrajarse.
—¡Oye…!
—¿Qué pasa?
—¿No crees que lo que dije tiene mucho sentido?
Noa asintió con cara de piedra.
—Sí, tiene sentido.
—¡¿Entonces por qué no te impactó?! ¡Deberías haber sentido algo así como “¡Escucharla fue mejor que diez años de clases!”!
En sus tiempos, todos los dragones se peleaban por una clase suya. No era una clase… ¡era una ceremonia sagrada!
Y ahora, una niña de seis años la trataba como si no hubiera dicho nada.
¡Inaceptable!
¡Totalmente inaceptable!
Noa se volvió a mirarla, pensó un segundo y le soltó:
—Porque no me impactó en absoluto.
La Voz Antigua: = =
—Tu “chunibyou” es mucho más leve que el de mi papá. Capaz por eso no me pegó tanto.
—¿Qué es chunibyou? —preguntó la anciana dragona, ladeando la cabeza.
—Es complicado de explicar. Pero cuando mi papá lo demuestre, te aviso.
Noa añadió muy seria:
—Le da seguido. No va a tardar.
Y luego agitó la mano.
—En fin… si de verdad quieres llegar más lejos en el camino del más fuerte, más vale que dejes atrás todo lazo… salvo el de la familia.
Esta vez, sí hubo un pequeño eco en el interior de Noa.
No porque estuviera de acuerdo con lo que dijo.
Al contrario, no podía entender esa forma de pensar.
Pero eso era cosa de generaciones, de experiencias. Así que no discutió más.
—Lo entiendo.
Y se desconectó del espacio mental.
Sin darse cuenta, ya habían llegado a la plaza del instituto.
Allí había muchos más estudiantes, padres, profesores y personal recibiendo a los nuevos y antiguos.
Roswitha encontró un banco libre, se sentó con Lucecita en brazos, y la familia se quedó conversando.
Poco después, Noa vio algo entre la multitud: una cabellera azul que reconocería en cualquier parte.
—¡Helena!
La dragona marina volteó de inmediato al oírla.
También había estado buscándola.
—¡Noa-chan~!
—¡Papá, mamá, voy con Helena! Nos vemos luego en el aula.
—Está bien, ve con cuidado. ¡No llegues tarde!
—¡Sí, sí!
Noa salió corriendo con una sonrisa.
Helena también fue corriendo hacia ella.
Pero no fue la única que escuchó ese nombre.
Moon, que estaba medio dormida en el regazo de León, abrió los ojos de golpe al captar la palabra clave.
Su mechón sobresaliente se puso tieso.
—¿Helena? ¿Dónde está? ¿Dónde está?
—¡Guau, qué rápido despertó! —dijo León.
Lucecita apuntó con el dedo.
—Allí.
—¡Perfecto! ¡Vamos, Lucecita!
Roswitha se quedó en blanco.
—¿A dónde van?
Antes de que León pudiera reaccionar, sus dos hijas menores se bajaron del banco y salieron corriendo juntas hacia donde estaba Noa.
La pareja se quedó viendo cómo se alejaban.
—¿Desde cuándo Moon y Lucecita son tan cercanas con Helena?
—Te lo dije, eres un hombre básico.
—¿Qué dije?
—¿No lo notas?
—¡Explícamelo entonces! ¿Por qué Moon y Lucecita corren con Helena?
Roswitha soltó una risita arrogante y dijo, muy segura:
—Helena es su senpai. Seguro quieren hablar con ella sobre el nuevo semestre.
—¡Ahh! ¡Claro, tiene sentido!
Uno lo dice, el otro se lo cree.
Por eso duermen juntos: porque son iguales.
Ya con las niñas entretenidas, León y Roswitha se quedaron en la banca esperando que el personal los atendiera.
Pasó un rato, y León vio a alguien conocido entre la gente.
Señaló con el dedo.
—Mira, ¿ese de allá no te suena?
Roswitha siguió su mirada. Un joven pelirrojo estaba discutiendo con un miembro del personal. A su lado había un niño dragón recién salido del capullo.
Ella frunció el ceño, pensativa.
—Ah, ya lo tengo. Es el duque del clan de los dragones ígneos. Ese al que le rompiste las rodillas. El niño es su hijo, Rahl. Intentó molestar a Noa y ella le rompió el brazo.
León también lo recordó.
—Pero… después de lo de Konstantin, ¿su clan no se había retirado por completo? ¿Qué hacen de vuelta?
Lo de “lo de Konstantin” se refería a cuando, por orden del Imperio, el viejo fue a atacar al clan plateado…
Y acabó con la cabeza cortada, colgando de un árbol, cortesía del general León.
Eso dejó al clan ígneo sin líder, sumido en luchas internas, lo que obligó a suspender la educación de la nueva generación.
—Tal vez ahora que Konstantin regresó, ya resolvió los líos internos, y por eso están volviendo a clases —dijo Roswitha.
León asintió.
—Puede ser. Además, hace unos días Arlais retiró a las tropas que vigilaban las tierras de Konstantin. Y luego los demás reyes dragón hicieron lo mismo.
—Imagino que Arlais entendió que no hay caso en seguir presionando. De todas formas, Konstantin nunca iba a entregar su magia primordial.
Roswitha suspiró.
—Espero que el clan ígneo no empiece otra vez con líos.
—No creo que se atrevan —dijo León con seriedad, señalando en otra dirección—. No mientras Konstantin esté en el instituto.
Roswitha miró.
La multitud se había apartado por completo, como si algo —o alguien— provocara rechazo instantáneo.
Ese alguien era el mismísimo Rey Dragón Ígneo:
Konstantin.