55
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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55. Nadie entiende las escamas de dragón mejor que yo
Cuando escuchó la palabra “Rey Dragón”, Foel se quedó visiblemente paralizado.
Bajó la cabeza de inmediato, evitando la mirada de León.
Y fue precisamente ese gesto, cargado de culpa, lo que terminó de confirmar las sospechas del general.
—La energía mágica que entra en su cuerpo desaparece…
Los circuitos mágicos están secos, completamente destruidos…
Y ahora esta reacción al mencionar a los Reyes Dragón…
León esbozó una leve sonrisa. Soltó una risa fría.
—Siempre me pregunté… ¿por qué el Imperio quería recolectar tantas escamas pectorales de dragón? ¿Acaso solo era para crear esas bestias híbridas como Konstantin?
—Obviamente no.
—Las bestias híbridas fueron apenas un paso más dentro de su largo plan. No era la razón principal por la que comenzaron a recolectarlas.
—Así que voy a hacer una suposición arriesgada, considerando el hecho de que llevas más de cien años vivo:
—Tú… y aquellos que aún no hemos encontrado…
Sobrevivieron tanto tiempo porque, hace muchos años, trasplantaron en su cuerpo las escamas pectorales de los Reyes Dragón vencidos.
León alzó una mano y agarró a Foel por el cuello del abrigo.
Luego se irguió lentamente, levantando a todo el viejo del suelo.
Foel pataleaba en el aire, con ambas manos aferradas con fuerza al brazo del general.
Tenía los ojos bien abiertos por la furia, pero su tono seguía siendo terco:
—No sé de qué estás hablando…
—¿No sabes? No importa.
León estiró la otra mano, acercándola poco a poco al pecho de Foel.
—Tu secreto de longevidad debe de estar justo aquí, ¿verdad?
Y si lo arranco… ¿te convertirías en un montón de huesos en el acto?
Pocas veces la voz de León sonaba tan amenazante y firme como ahora.
Desde fuera de la celda, Rebecca y los demás escuchaban claramente la escena.
—Si alguien ajeno lo viera, de verdad no sabría quién es el villano aquí —comentó Martin.
—Así es un buen interrogatorio —replicó Rebecca, con los brazos cruzados—.
El capitán no era bueno para esto cuando estaba en el ejército de cazadores. No sabía hacer de “tipo malo”.
Pero estos años le han enseñado algunas cosas nuevas, ¿no creen?
—¿De dónde lo aprendió?
La chica de coletas se rascó la sien, pensativa.
—Seguro fue por culpa de la cuñada. Siempre he pensado que es una belleza dulce… pero maquiavélica por dentro.
Si León hubiera escuchado eso, seguro le daba like a su artillera favorita.
¡Miras a los dragones con una precisión tremenda!
Mientras tanto, dentro de la celda, la mano de León se acercaba más y más al pecho de Foel.
Su rostro seguía completamente inexpresivo, como si arrancarle una escama del corazón a un tipo vivo fuera tan sencillo como quitarse una astilla del dedo.
Al contrario, Foel sudaba a chorros.
Haber vivido tanto no lo hacía menos cobarde ante la muerte.
Una gota de sudor frío le bajaba por la cara.
¡Thump!
La yema de los dedos de León tocó la tela de su ropa. Fue un contacto suave, pero para Foel fue como si le apuñalaran el corazón.
Temblando, al borde del colapso, soltó al fin:
—¡Lo diré! ¡¡Lo diré!! ¡Te lo digo todo!
¡Pof!
Apenas terminó la frase, León lo soltó, y Foel se desplomó de rodillas sobre el suelo lleno de malas hierbas.
León retiró su mano, la metió en el bolsillo, y lo miró desde arriba con total frialdad.
El viejo respiraba como si acabara de correr una maratón. Agradecido de no haber terminado destripado por ese loco.
Cuando logró calmarse un poco, tragó saliva y dijo:
—Te puedo contar el plan completo del Imperio para recolectar las escamas… pero tienes que garantizar mi seguridad.
—No estás en posición de negociar.
Si no hablas, mueres. Si hablas… quizá no mueras. Tú decides.
—…
Durante sus años escondido, Foel había mantenido una red de espías para recolectar información sobre el ejército cazador.
Sabía perfectamente quién era León Casmod.
Íntegro, valiente, noble, un general invicto, una leyenda viviente…
Y también, el esposo de la dragona plateada.
Pero de entre todos esos títulos, jamás había oído que León fuera tan despiadado.
¡Maldita sea!, pensó Foel. ¡Si yo nunca le hice nada! ¿Por qué me trata así?
Suspiró con resignación y habló:
—Hace treinta años, el Imperio comenzó a aliarse en secreto con algunos Reyes Dragón para manipular el rumbo de esta guerra.
—En ese entonces, dentro de la familia real hubo fuertes divisiones.
—El apoyo y la oposición estaban repartidos a partes iguales.
—Hasta que el rey Kanter dijo: “Podemos usar la guerra para arrebatarles las escamas a los Reyes Dragón, y así obtener su poder.”
Al escuchar eso, León frunció el ceño.
Escaneó de arriba abajo al viejo en ruinas frente a él y comentó:
—Pero… a ti no se te ve precisamente rebosando poder de Rey Dragón, ¿eh?
Además, si tantas personas hubieran obtenido poder al trasplantarse esas escamas, la guerra reciente contra el Imperio no habría sido tan fácil para él.
Foel asintió.
—El primer sujeto al que se le implantó una escama pectoral, no ganó fuerza de nivel rey.
Pero los magos notaron algo…
—Su esperanza de vida se alargó muchísimo.
—Y su regeneración y resistencia física también se dispararon.
—Solo que…
Foel se quedó callado.
Pero León ya sabía lo que iba a decir.
—Solo que, al trasplantarse la escama… pierden la capacidad de acumular maná, ¿verdad?
—Así es… por eso muchos militares se echaron para atrás.
Ellos seguían combatiendo en el frente, y sin magia, era como firmar su sentencia de muerte.
—Pero algunos funcionarios civiles… yo entre ellos… no pudimos resistir la tentación de una vida casi eterna, así que aceptamos el trasplante.
Era tal como León sospechaba.
El Imperio no había provocado una guerra de tal magnitud solo por dinero o impuestos.
Tenía que haber algo más jugoso detrás.
Y ahora lo sabía: las escamas pectorales permitían extender la vida como un Rey Dragón.
—Con razón Claudia me dijo que un rey dragón sin su escama ve su vida reducida drásticamente…
León alzó la mano y se tocó el pecho.
Fue una escama de Roswitha la que hizo latir de nuevo ese corazón que ya había dejado de funcionar.
Ella no solo le devolvió la vida… también la alargó.
—Pero trasplantarse la escama también tiene sus complicaciones.
Cuando alcanzamos cierta edad, tenemos que fingir nuestra muerte, celebrar un funeral frente al pueblo para que nadie sospeche.
Están vivos… pero ya celebraron su entierro.
Qué concepto tan ridículo… y sin embargo, sonaba terriblemente familiar.
León casi podía oler el aroma de carne asada flotando en el aire.
Sacudió la cabeza para espantar ideas raras y continuó:
—Así que… el rey anterior tampoco está muerto. Solo se esconde por ahí, ¿cierto?
Su maestro le había dicho que el estilo de gobierno del Imperio actual era idéntico al de la época del antiguo rey.
Eso solo podía significar una cosa: Kanter era un títere.
Y el verdadero gobernante seguía vivo, oculto, trasplantado con una escama pectoral.
Foel dudó un momento.
Pero con la vida pendiendo de un hilo, sabía que no podía callarse ni mentir.
Si lo hacía, estaba seguro de que el tipo frente a él le daría un “refresco helado… directo al corazón”.
—El antiguo rey… sí. También recibió una escama pectoral.
Pero no sé dónde está ahora.
—Cuando Kanter subió al trono, nadie supo adónde fue el anterior monarca.
Desapareció sin dejar rastro, como si se lo hubiese tragado la tierra.
—Pero aun así… sigue gobernando desde las sombras. Moviendo todos los hilos —dijo León con voz fría.
Foel apretó los labios y asintió con miedo.
—Exacto… Kanter solo es una marioneta.
El que sostiene los hilos sigue siendo el antiguo rey.
León no preguntó más.
Ya tenía las dos piezas clave que necesitaba:
1. El verdadero objetivo del Imperio al recolectar escamas era obtener longevidad.
2. Kanter es un títere. El antiguo rey sigue vivo.
Eso bastaba para comenzar la siguiente fase de la investigación.
En cuanto a Foel… si lo habían capturado tan fácil, seguramente era un peón desechable.
No valía la pena sacarle más.
León decidió dejarlo vivir… por ahora.
—Más tarde vendrá otra persona a interrogarte.
Le vas a decir todo lo que sepas, sin guardarte una sola palabra.
Si no… ya sabes.
Foel se agarró el pecho con las dos manos y asintió como loco.
—¡Sí, sí, entendido!
León no dijo más. Se giró para marcharse.
Pero cuando ya estaba en la puerta, la voz del viejo lo detuvo:
—¡Espera…!
—¿Aún te queda algo que confesar?
—No… quería preguntarte algo.
—¿Qué cosa?
—¿Por qué sabes tanto sobre las escamas pectorales?
León se detuvo.
Por un instante, su corazón se saltó un latido.
Bajó los ojos y respondió con voz suave:
—No es que entienda las escamas.
—Lo que entiendo…
es a quien las llevaba puestas.