54
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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54. ¿Ves? Ya te pusiste ansioso
Hace más de veinte años, León todavía jugaba a “cazar dragones” con sus amigos del orfanato Casmod.
Lo irónico es que, como el pequeño León era más alto y más fuerte que los demás, siempre le tocaba hacer de dragón en esos juegos.
¿Quién diría que crecería para convertirse en un cazador de dragones de verdad… y que encima terminaría casado con una?
—Volviendo al tema.
Desde muy pequeño, León ya mostraba su talento de genio. Después de jugar, se iba solo a la biblioteca del orfanato a leer.
Y justo en esa época, la biblioteca tenía una suscripción al periódico imperial.
Puede que no recordara todas las noticias, pero sí tenía bien grabado en la cabeza qué figuras importantes “estiraban la pata”.
Por ejemplo, este viejo decadente encerrado en la celda: Foel Last.
León recordaba perfectamente que su obituario había salido en el periódico más de veinte años atrás.
Es más, en aquel entonces, el Imperio incluso le organizó un funeral conmemorativo a lo grande.
Una despedida con todos los honores, digna de un ministro con supuesta gloria intachable.
Así que claro que León lo recordaba.
¿Pero entonces por qué, veinte años después… ese tipo seguía vivito y coleando?
—Intentamos usar magia de lectura de memoria para entender qué pasa —explicó Nacho—. Pero lo raro es que cada vez que tratamos de lanzarle la magia, surge una fuerza misteriosa dentro de su cuerpo que la bloquea. No hemos conseguido ninguna información útil.
—¿Una fuerza misteriosa? ¿Como una barrera de consciencia o algo así?
Después del primer intento fallido de resurrección, el viejo Konstantin atacó el santuario rojo.
Aunque perdió y terminó llevado por el Rey Dragón de Alas de Hierro, Fer…
en el camino de regreso, Fer le dejó una barrera de consciencia preinstalada en el cerebro.
Gracias a eso, cuando los magos del Imperio intentaron manipularlo al reconstruirle el cuerpo, sus hechizos mentales no surtieron efecto.
Esa fue la clave para que el viejo lograra escapar de su control.
Ese tipo de barreras también bloquea hechizos de lectura de memoria.
Pero Nacho negó con la cabeza, frunciendo el ceño.
—No es una barrera de consciencia. Los magos sensoriales dijeron que nunca han visto una magia así. No parece una habilidad activa, sino más bien…
—¿Pasiva?
—Sí. Y no solo bloquea hechizos de lectura. Toda energía mágica que entra en el cuerpo de Foel… desaparece —añadió Nacho—.
Lo más raro es que él mismo estudió magia en el pasado. Pero ahora, su red de canales mágicos está completamente destruida. No queda ni un rastro de maná.
En el continente Samel, todo aquel que estudia magia necesita desarrollar canales mágicos dentro de su cuerpo.
Y que esos canales se destruyan solo ocurre por dos razones:
1. Se sobrecargaron y estallaron por exceso de maná.
2. Fueron vaciados por completo al perder toda su energía mágica.
Pero que León supiera, Foel era un funcionario civil, incluso cuando era comandante de la unidad de cazadores.
Su trabajo consistía en dar órdenes desde la oficina, sin necesidad de mancharse las manos.
Entonces… ¿por qué sus canales mágicos estaban destrozados?
León reflexionó mientras hilaba lo que Nacho le acababa de decir:
—Es inmune a hechizos de lectura.
Toda magia que entra en su cuerpo desaparece.
Y aunque fue mago, sus canales están destruidos.
Además, debía estar muerto desde hace veinte años… pero aquí sigue, vivito.
Chasqueó la lengua.
Ya tenía una teoría en mente.
Pero era como un hilo invisible: podía vislumbrarlo, pero al intentar atraparlo… se le escapaba entre los dedos.
—Déjame hablar con él. Puede que logre sacar algo nuevo —dijo León.
Nacho asintió.
—Adelante.
Sacó una llave y abrió la puerta de la celda.
León dio un paso al frente, y antes de entrar, les dijo a los demás:
—Yo solo. Espérenme aquí.
—Sí, capitán —respondieron.
Cerró la puerta tras de sí.
No temía que ese vejete de más de cien años se volviera loco y lo atacara.
Y si lo intentaba… bueno, León no tenía problema con que lo acusaran de “golpear ancianos”.
Foel levantó lentamente la cabeza al escuchar los pasos.
Sus ojos apagados se entrecerraron con cautela mientras examinaba al visitante.
Soltó un gruñido ronco, como si su mente oxidada estuviera buscando en los recuerdos quién era ese hombre.
Un momento después, una sonrisa fría apareció en su rostro envejecido.
—Casmod… así que eras tú.
—Cuando tú “moriste”, yo tenía apenas tres o cuatro años —dijo León con voz baja y tono gélido mientras se agachaba para quedar a su nivel—. No creo que un niño tan chico sea digno de que un ministro tan importante recuerde su cara.
—Así que, más bien, tú nunca saliste de la tumba.
Durante estos veinte años… solo estuviste escondido, observándolo todo desde algún rincón. ¿Me equivoco?
Foel se enfrentó a esos ojos negros, fríos como el abismo.
No eran como los de ningún interrogador anterior.
Tranquilos, sí. Pero bajo la superficie… hervía una presión brutal que le erizaba la piel.
Y aunque era un viejo lobo acostumbrado a las tormentas, algo en León… lo ponía nervioso.
—Y si fuera cierto… ¿qué? —respondió Foel, fingiendo calma.
No pensaba perder el primer asalto.
—No voy a decirte nada, Casmod —dijo con una voz seca y tensa—.
Yo fui comandante supremo de la unidad de cazadores. Estaba por encima de ti.
Si hubieras vivido en mi época, con una sola firma mía te habrían mandado a limpiar establos en el área de logística. Te habrías pasado la vida alimentando caballos.
Una amenaza arrogante. Frágil. Bastaba un soplido para derrumbarla.
León lo notó, pero no tuvo prisa en contraatacar.
—¿Y? ¿No suena tan mal? Sin matar dragones, tranquilo, cobrando sueldo…
Hizo una pausa.
—Aunque si puedo elegir, prefiero no alimentar caballos.
Foel se rió con desdén.
—Así que al final sí te importa, ¿no? Y yo que pensé que eras un alma libre…
—No, no, me refería a que… mejor si puedo alimentar burros.
—…
Foel tardó dos segundos en procesarlo. Luego se le infló la vena y explotó:
—¡¿Qué clase de idiota eres, imbécil?! ¡¿Te atreves a burlarte de mí?! ¡Vamos! ¡Si tienes pelotas, mátame aquí mismo! ¡Igual no te voy a decir ni una palabra!
—¡Y escúchame bien! ¡Si yo aún tuviera el poder de antes, ni siquiera serías digno de hablarme! ¿Lo entiendes?
—¡Ustedes, cazadores de dragones, son un montón de esclavos sin cerebro, unos soldados descerebrados que siempre estuvieron bajo mis pies!
—¡¡Basura!!
Este viejo tenía una defensa muy débil.
Le bastaron dos frases a León para hacerlo hervir como tetera.
Todo su berrinche se resumía en: “yo era la mera verga, y tú en ese entonces eras un don nadie”.
Y como pasa con todos los rabiosos, la furia lo hizo bajar la guardia.
Gracias a eso, León confirmó que ese hombre ponía su estatus y poder por encima de todo.
Perfecto. Ya tenía con qué presionarlo.
—¿Y qué vas a hacer conmigo, además de matarme, eh? —se burló Foel, riéndose como loco—. ¡¡JA JA JA JA!!
León, que llevaba rato callado, al fin habló con calma:
—Nada.
—Porque un vejete inútil como tú, aunque viva cincuenta años más, no representa ninguna amenaza.
—¿De qué te sirve vivir tanto? Toda esa gloria y riqueza te duraron solo unos pocos años.
—Creíste que podrías desaparecer del mapa y vivir tranquilo.
Pero al final acabaste encerrado aquí.
—Tsk tsk tsk… supongo que el tiempo lo borra todo.
Incluyendo…
—Tu poder. Y ese estatus intocable que tanto te importaba.
Las palabras de León fueron como piedras lanzadas directo al orgullo moribundo de Foel.
—¡Idioteces! ¡¡Yo… yo puedo vivir mucho más!!
El viejo ya estaba perdiendo la cabeza.
—¿Qué cincuenta años ni qué mierda…? ¡Te juro que aunque tú te vuelvas polvo, yo todavía voy a seguir vivo durante siglos!
León levantó una ceja.
Parecía que finalmente había atrapado ese hilo esquivo de antes.
—Vaya, sí que has vivido bastante, ¿eh?
Como si fueras… un rey dragón.