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A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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60 Tu esposa
Desde que León le encargó a los hechiceros de la Hermandad del León que buscaran las escamas de dragón restantes, habían pasado ya varios días.
Durante ese tiempo, encontraron a varios remanentes de la familia imperial.
Sin excepción, todos esos tipos también se habían implantado escamas pectorales de dragón, obteniendo así una longevidad cercana al milenio.
Para cada uno, León usó un método distinto de interrogatorio.
Después de tantos años aprendiendo con Roswitha, abrirle la boca a esos remanentes no fue nada difícil.
Poco a poco, las pistas sobre el antiguo rey y el llamado «señor Sombra» fueron apareciendo como piezas de un rompecabezas.
Y a día de hoy, ya había un panorama bastante claro.
Junto a eso… surgió una verdad de peso.
—¿El antiguo rey es el “señor Sombra”? —preguntó Nacho, con el ceño fruncido mientras miraba los informes reunidos en la sala de reuniones de la Hermandad del León—. Aunque ya lo sospechábamos desde hace tiempo, tenerlo confirmado igual impacta.
Como iniciador del “Proyecto de Longevidad”, era evidente que el antiguo rey también se había implantado una escama pectoral.
Pero después de eso, nadie supo más de él. Solo se sabía que seguía manejando el país desde las sombras.
La primera vez que León escuchó hablar del “señor Sombra” fue por una carta hallada en la habitación de la reina Isabel.
Hasta entonces, nunca se había mencionado a alguien con ese nombre.
Así que, unir al antiguo rey —que había desaparecido misteriosamente pero seguía tirando de los hilos tras bambalinas— con el «señor Sombra», en quien Isabel confió tras la caída del Imperio… no era nada descabellado.
—Si ya tenemos confirmada su identidad, ¿será más fácil rastrearlo ahora? —preguntó Nacho.
León frunció un poco el ceño, apoyó una mano en la barbilla y respondió tras meditar un momento:
—No necesariamente. Tal vez podamos seguir la pista del antiguo rey para dar con él, pero hasta donde sé… aún tiene a un Rey Dragón como aliado.
Nacho alzó una ceja, sin entender.
—¿Pero por qué? El Imperio ya cayó, y la guerra entre humanos y dragones terminó. ¿Por qué un Rey Dragón seguiría ayudando a ese hombre?
—Este Rey Dragón es especial —dijo León—. Es el Rey Dragón del Martillo de Guerra: Adam. Dentro del mundo de los dragones, actúa como un mercenario. Mientras le pagues lo suficiente, hace cualquier cosa.
—Si el señor Sombra fue capaz de manejar a este país en secreto y mantener la guerra durante tantos años, seguro que todavía le quedan muchas cartas bajo la manga.
—Con ese poder oculto, convencer a alguien como Adam no debe haber sido difícil.
Nacho asintió, pensativo.
—Ya veo… no imaginaba que existieran dragones así.
—Suena como alguien sin escrúpulos.
Rebecca, que estaba comiendo fideos con salsa de carne, frunció la boca y comentó:
—“Rey Dragón del Martillo de Guerra”… suena muy imponente. ¿Y si es pura fachada?
Martin, que estaba al lado, le pasó una servilleta.
—Nunca hay que subestimar a un Rey Dragón. Si Adam logró hacerse un nombre como mercenario entre los suyos, debe de ser más fuerte que la mayoría.
Rebecca se limpió la boca, soltó un eructito, y miró a León:
—Jefe, ¿tu esposa te ha hablado de este Rey Dragón del Martillo?
León asintió.
—Martin tiene razón. Ese Adam es fuerte. Muy fuerte.
No solo Roswitha lo había advertido, sino que incluso el viejo Konstantin había sido derrotado por él en el pasado.
Un dragón con poder absoluto y sin ningún tipo de moral… toparse con alguien así en combate era un dolor de cabeza garantizado.
—Pero sin importar cuán fuerte sea —dijo Nacho—, tenemos que acabar con él y con el señor Sombra. Si no, esta paz que tanto nos costó conseguir se va a ir al traste.
León asintió con firmeza, y añadió:
—Uno de los tipos que se implantó la escama soltó un dato clave durante el interrogatorio.
—Según él, el último lugar donde se vio al señor Sombra fue en la frontera sur, en tiempos de la guerra humano-dragón. Tal vez deberíamos ir allá a ver qué encontramos.
Todos se quedaron callados, intercambiando miradas.
Rebecca fue la primera en hablar. Se puso de pie, manos en la cintura:
—¡Entonces hay que salir ya mismo! Jefe, una vez que liquides a Sombra y a Adam, ya podrás volver a casa con tu esposa e hijas.
—Y entonces tendrás tiempo para contarle a tu esposa todos mis secretos, ¿verdad?
—¡Para nada! —respondió Rebecca, sonriendo con picardía—. Yo no soy ese tipo de persona.
—Solo pienso entregarle tu libretita de secretos vergonzosos como regalo, nada más.
Qué raro.
¿Por qué todas las mujeres a su alrededor amaban anotar cosas en libretitas?
Roswitha también era fanática de su diario personal.
León dejó que sus pensamientos divagaran un momento…
pero pronto volvió en sí.
Parpadeó, y murmuró para sí:
—Últimamente… no dejo de pensar en ella…
—
Templo del Dragón Plateado. Luna llena.
La Reina estaba sentada frente a su escritorio, iluminada por la suave luz de una lámpara. Su perfil, radiante y delicado, resaltaba bajo el resplandor.
Sus dedos largos y blancos sostenían una estilográfica con la que escribió la última línea de la carta:
“Tu esposa, Roswitha Melkvei.”
Luego se levantó, con un camisón de tirantes y sus pantuflas favoritas con forma de alas de dragón. Caminó hasta el balcón con la carta en mano.
El dragón mensajero ya la esperaba allí.
Roswitha colocó la carta en el cilindro de bambú de su espalda y acarició su cabeza.
—Ve. Encuéntralo.
El dragón asintió con inteligencia, batió las alas y se perdió en la quietud de la noche.
La bella mujer de cabellos plateados lo vio desaparecer en la distancia, con el corazón lleno de anhelo y esperanza.
La brisa nocturna acarició su largo cabello, como si fueran hilos de estrellas danzando.
Se apoyó con una mano en la baranda y miró hacia el horizonte.
Hacia el territorio de los humanos.
La carta que acababa de enviar… todavía la recordaba palabra por palabra.
—
“Querido Casmod:
Recibí la carta que me mandaste la semana pasada. Me alegró mucho saber que atraparon a otro remanente del Imperio, y que estás más cerca de descubrir la verdad.
No tuve ningún problema durante estos días mientras esperaba al dragón mensajero.
La semana pasada, Claudia vino de visita a casa. Trajo contigo a tu querido burrito.
Me habías dicho que si alguna vez venía a verme, debía avisarte de inmediato.
Bueno, vino.
…O más bien, vino y se fue.
Claudia quería que tú y el burrito se reencontraran, aunque fuera un momento, pero como no estabas en casa, se lo volvió a llevar.
Moon y Lucecita también vinieron a casa. Les conté que su papá estaba en una misión secreta junto a otros Reyes Dragón.
Moon dijo que quiere que le traigas un filete especial de algún otro clan dragón.
En cuanto a Noa… tal como lo habías predicho, se quedó en la escuela entrenando durante las vacaciones. Este semestre le toca el examen de ascenso.
Según el instituto, ese examen será en el Bosque del Ocaso al sur.
Aunque allí a veces hay especies peligrosas, es mucho mejor que la última vez en el Polo Norte, ¿no crees?
Para terminar, tengo una buena noticia.
Hace dos semanas empecé a tener náuseas matutinas.
Eso significa que… ¡estoy embarazada!
Dentro de unos meses nacerá nuestro bebé. Espero que para entonces ya hayas resuelto todo. Lo vas a lograr, ¿cierto?
Ah, y quiero preguntarte algo:
¿Has estado pensando mucho en mí últimamente?
Mi marca de dragón ha estado brillando como un foco estos días, sobre todo en las noches.
Oh, apuesto a que cuando leas esto vas a decir:
“¡Yo no te he estado pensando, madre dragón! ¡Es mi marca la que está brillando, tú eres la que me extraña!”
Pues… ¡felicidades, acertaste!
También te extraño, León.
Así que… cuando termines con todo eso, vuelve a casa pronto, ¿sí?
Ah, y sobre lo que me pediste en tu última carta: sí, dejé mi beso marcado en el sobre.
Fue vergonzoso. ¿En qué estabas pensando para pedirme algo así?
Pero bueno… no solo dejé el beso. También le puse mi perfume favorito. Espero que te guste.
Pues nada más…
¡Que los vientos de la victoria te acompañen, mi pequeño león!
Tu esposa,
Roswitha Melkvei.”