65
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Capítulo 65 — ¡Vamos, Noa!
—¿Esquivaste mi ataque solo con técnicas físicas…? —Adam giró lentamente mientras balanceaba el martillo sobre su hombro—. Tienes más trucos de lo que pensaba, mocosa.
—Pero al final todo eso no es más que un inútil manotazo de ahogado. “Las Puertas del Noveno Infierno”, conozco esa técnica. Me sorprende que puedas usarla siendo tan joven, pero también sé que el desgaste físico es brutal.
—Especialmente para un cuerpecito tan débil como el tuyo.
—Tus piernas ya deben estar ardiendo, ¿no es así, mocosa?
Noa giró la cabeza solo un poco, sus ojos azul claro permanecieron inalterables. Adam no supo si era una fachada para aparentar calma… o si esa niña realmente tenía agallas y sangre fría.
Noa no dijo nada. Se limitó a girarse, levantar a Helena en brazos y seguir corriendo a toda velocidad.
—Interesante. Te acompañaré un rato más, mocosa.
Dicho esto, Adam retomó la persecución, martillo en mano.
En esa cacería desigual, Noa iba perdiendo el miedo poco a poco.
El esquive con la “Velocidad Divina” de antes, con el que evitó ser aplastada por el martillo, le había devuelto algo de confianza.
Era cierto: no tenía cómo derrotar a ese monstruo.
Pero eso no significaba que no pudiera escapar.
Su papá siempre decía:
> “En una pelea, si tienes aunque sea una pizca de esperanza… esa pizca puede darte la victoria.”
Noa no sabía qué tipo de situación requería que un hombre como su padre tuviera que “remontar una pelea”…
Pero sí sabía que esas palabras se le habían quedado muy grabadas.
Siguió esquivando y arrastrando al monstruo con ella durante un par de intercambios más. Finalmente, logró esconderse con Helena detrás de una pequeña cascada.
El sonido del agua ayudaba a disimular su respiración agitada… y también disimulaba su olor.
Tras dejar a Helena en un rincón seguro, Noa se dejó caer contra una piedra húmeda. Cerró los ojos y jadeó con fuerza.
Había abierto las Puertas del Infierno más de una vez… y tal como Adam había dicho, el desgaste era brutal.
Nunca antes las había usado durante tanto tiempo.
Siempre activaba esa técnica para reforzar su cuerpo por unos segundos y soltar un Rayo Relámpago contra el enemigo.
Pero el tipo del martillo…
Un solo Rayo Relámpago no le hacía ni cosquillas.
Enfrentarlo cuerpo a cuerpo era igual que irse a suicidar.
—¿Estás bien, Noa? —preguntó Helena, preocupada.
—Estoy… bien. Solo necesito un respiro.
Noa ajustó su respiración, intentando recuperar algo de energía.
Pero no perdía de vista el objetivo de todo esto.
—Ya estamos a unos pocos cientos de metros del anillo medio. Si nos esforzamos un poco más… salimos.
“Cientos de metros…”
Y pensar que desde que descubrieron los cuerpos de los peligros clase A hasta ahora, solo habían avanzado cien metros, y aún así estaban exhaustas.
¿Podrían seguir adelante?
Helena también lo notó.
Se sentó en el suelo, abrazando sus rodillas, mirando en silencio a su amiga.
Aunque Noa seguía manteniendo esa expresión fría e imperturbable…
Helena sabía que estaba al límite.
Pasaron unos segundos.
Entonces, Helena apretó los labios, como tomando una gran decisión.
—Noa… deberías… deberías seguir tú sola. Yo me encargaré de distraerlo.
Noa frunció el ceño.
—¿Estás diciendo estupideces?
—No estoy bromeando, Noa. Ir conmigo solo te está retrasando. Estuviste a punto de que te atrapara más de una vez… por mi culpa.
—Si no fuera por mí, ya habrías salido hace rato.
—Así que… ve tú sola. Busca a los profesores. Yo lo distraigo. O me voy por otra salida. Nos vemos en la entrada del bosque.
No era un sacrificio impulsivo.
Helena de verdad entendía que estaba siendo un estorbo.
Desde aquel primer escondite, Noa había usado las Puertas del Infierno. Y Helena lo vio: si no fuera porque estaba cargándola… ella ya habría escapado.
Así que no podían morir las dos.
Alguien tenía que salir viva.
Si ella seguía insistiendo en que Noa la cuidara, ninguna de las dos saldría.
—Helena, te dije que no—
—Noa.
Helena le cortó con voz suave.
Se acomodó de rodillas, de forma elegante y tranquila, y quedó frente a Noa.
La otra se quedó paralizada, parpadeando con confusión.
—¿Recuerdas que te dije que si no salíamos… quería decirte algo?
Noa asintió, con las pupilas temblando.
—Sí… lo recuerdo.
Helena sonrió.
Extendió la mano y tomó la de Noa.
Era suave, delgada, de dedos largos.
—¿Sabes por qué quise hacerme tu amiga?
Noa negó con la cabeza.
—Porque en ti… veo todo lo que siempre quise ser.
—¿Eh?
—Yo crecí en una familia tradicional de dragones.
Desde niña, mamá me tenía estudiando magia y teoría todo el día.
—Con el tiempo… me volví una chica obediente, sin gracia, sin chispa.
—La gente ni siquiera decía mi nombre. Solo “la hija de Claudia”.
—Antes de conocerte… era como vivir en una jaula. No podía ver el camino. Ni el futuro.
—Y entonces, ese día… viniste tú. Me pediste ser tu compañera de prácticas.
—Dijiste que nadie quería ir contigo. Lo sé, porque nadie te podía ganar.
—Y tampoco querían venir conmigo. Decían que parecía deprimida.
Siguió apretándole la mano, con la mirada clavada en el suelo.
—Acepté. Desde ese día, nos volvimos mejores amigas.
—Tú y yo somos distintas. Tú eres libre. Valiente. Terca.
—Siempre quise ser como tú.
—Eres como una estrella. Brillas tanto… que no puedo evitar querer estar a tu lado.
—Y nunca me he arrepentido de nada de lo que hicimos juntas.
Ni siquiera ahora.
—Así que déjame intentarlo una vez, ¿sí?
No quiero seguir siendo una carga.
—Yo no puedo… no puedo…
¡Paf!
De pronto, Noa le quitó la mano y le dio una palmada suave en la mejilla.
Se levantó y le tomó el rostro con ambas manos.
Como Helena estaba arrodillada, y Noa de pie, por una vez, se invirtieron los papeles.
La que siempre miraba desde abajo… ahora estaba arriba.
—Noa…
Las gotas del salto de agua salpicaban su hombro.
La luz del sol atravesaba las gotas, iluminándola con destellos dorados.
Miró a Helena fijamente.
—Espero que lo que acabas de decir… lo uses en la próxima competencia de redacción.
—¿Eh?
—Voy a sacarte de aquí, Helena. No vamos a separarnos. Nunca.
—¡Pero—!
¡BOOOM!
—¡Ah, aquí están las princesitas! ¡Me costó encontrarlas!
El martillo de Adam golpeó la cascada, bloqueando el agua.
Las rocas de arriba se vinieron abajo.
Y algunas de ellas… ¡iban directo hacia Noa!
—¡¡Noa, cuidado!!
Helena se arrojó sobre ella y la empujó fuera del alcance de los escombros.
Rodaron juntas varias veces.
Una vez fuera del peligro, Helena la soltó.
—¿Estás bien, Noa?
—Sí… sí, estoy bien…
—Entonces— ¡Agh… ahh…!
—¿Qué pasa? ¿Te hiciste daño?
Noa miró el tobillo de su amiga.
Sangraba. Tenía un pedazo de roca clavado.
Helena también lo notó. El dolor era como fuego. No podía moverse.
Apretó los dientes, la ignoró, y abrazó a Noa por los hombros.
—¡Corre! ¡¡Rápido!! ¡¡Noa, no podemos morir aquí las dos!!
—¡¡No voy a dejarte atrás!!
—¡¿Por qué eres tan terca, Noa?! ¡¡Tú no eres así normalmente!!
—Dije que saldríamos juntas.
—¡¡Pero si sigues así, moriremos las dos!!
…
—Ohh… qué escena tan conmovedora.
Se escucharon los pasos pesados del enemigo.
—No se preocupen. Me aseguraré de que mueran… juntas.
Iba acercándose. Cada vez más cerca.
Helena lo miró con rabia… y luego volvió con Noa.
La tomó por el cuello de la ropa.
—¡¡Corre!! ¡¡No mires atrás, pase lo que pase!!
No esperó respuesta.
La lanzó con fuerza unos metros hacia atrás.
Se puso de pie, y la miró una última vez… con una sonrisa tranquila.
Y luego… se giró hacia el dragón del martillo.
Un coloso. Una montaña.
La miraba desde las alturas.
Pero Helena ya no tenía miedo.
Alzó la cabeza. Lo miró directo al ojo rojo.
Adam se sorprendió.
—Vaya. ¿Tienes valor? Mi martillo está a punto de hacerte papilla, ¿y aún así me miras de frente?
Ella no dijo nada.
Solo levantó los brazos y le bloqueó el paso.
Una hormiga contra un árbol.
Un mosquito contra una espada.
¿Qué más podía hacer?
Si seguía junto a Noa, la mataría.
Si podía ganar unos segundos… valía la pena.
—Patética.
—¡Entonces empecemos contigo!
Adam levantó el martillo con toda su fuerza. Lo lanzó con furia hacia ella.
El golpe hizo temblar la tierra entera.
Una fuerza capaz de matar a cualquier criatura S.
Adam nunca tenía piedad. Aunque su víctima fuera una niña.
—Je… ¡JAJAJAJA! ¡¡Por fin murió!! ¡¡Maldita mocosa, yo—!!
—…Espera. No.
El golpe… se sentía mal.
—Hace tiempo que no muevo los huesos… —dijo una voz detrás de él.
Era Noa.
Su voz… fusionada con otra voz femenina, madura, poderosa.
Adam se giró.
Y vio una figura blanca, saliendo entre la niebla.
—Dicen que en las dificultades… se revela el afecto verdadero.
—Y sí, acabo de ver ese afecto.
Pero todavía no lo entiendo del todo.
—Le preguntaré a esta niña más tarde.
—Así que ahora mismo, no puede morir.
Un torrente de energía mágica disipó la niebla.
El cielo se abrió.
Un rayo de luz atravesó la oscuridad.
La iluminó.
Noa abrió los dedos. Luego apretó el puño.
Una onda blanca de energía brotó desde su cuerpo.
—Y te doy un consejo, payaso del martillo.
—Nunca obligues a tu enemigo a pelear sin salida.
—Porque…
—Los desesperados… no conocen límites.
¡PAM!
Juntó ambas manos. Una llama blanca se alzó al cielo.
Pura. Brillante. Divina.
Como si un ángel hubiera descendido.
—¡¡Vamos, Noa!!
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