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A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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68 ¡Déjame darle un besito más a la dragoncita!
Noa sentía que alguien la estaba cargando.
¿Era papá…?
No. No era él.
La persona tenía un aroma suave y agradable.
¿Mamá, entonces?
Tampoco. No era.
Los brazos de mamá eran muy suaves… y los de esta persona, aunque no eran duros, definitivamente no daban la misma sensación.
Noa quiso abrir los ojos para ver quién era.
Pero tras haber usado el poder de la magia primordial y forzado tanto las Puertas del Noveno Infierno, su cuerpo ya no daba más.
Ni siquiera tenía fuerza para abrir los ojos.
Solo podía dejarse llevar mientras la cargaban a toda velocidad.
Por suerte, no sentía malas intenciones de esa persona.
Tal vez era alguien enviado por la academia a rescatarla.
En medio de ese estado borroso, alcanzó a escuchar una voz.
—No podemos ir directo hacia allá, está lleno de dragones.
Una voz femenina.
Joven.
—Bien, ahí adelante hay una cueva. Llevémoslas a las dos allí.
Respondió otra voz, esta vez masculina, también joven.
—De acuerdo.
Noa intentaba procesar lo que la chica había dicho:
“Está lleno de dragones”.
¿Por qué usó ese tono?
¿No quería que su propia raza la ayudara, aun estando en peligro con ese monstruo del martillo?
¿O será que…?
¿Será que estos dos ni siquiera eran…?
La fatiga volvió a envolver su mente como una marea negra.
Le zumbó un oído… y se desmayó otra vez.
—
Cuando recuperó un poco la consciencia, su cuerpo ya estaba algo mejor.
Con esfuerzo, logró abrir los ojos. Se encontraba en una cueva rocosa y tranquila.
A lo lejos, se oían truenos y rugidos de dragón.
Un momento de confusión… y después, una sonrisa aliviada se dibujó en su carita agotada.
Papá había llegado.
No sabía por qué ese hombre había aparecido justo aquí, pero siempre lo hacía. Siempre llegaba cuando más lo necesitaba. Ya era su marca personal.
—Ohohoho~~ ¡La dragoncita del capitán es aún más linda que en las fotos~~! ¡Mira, mira! ¡Qué cachetitos! ¡Ehehe~ tan suavecita~!
En medio de su somnolencia, Noa sintió que alguien le pinchó suavemente la mejilla.
Muy despacito, con una curiosidad casi infantil.
—¡Ay, qué tierna! ¡Le voy a picar otra vez!
¡¿Pinchar está bien, pero por qué me llama tierna?!
Quiso protestar, aunque sea por principios, pero ni eso podía hacer.
Ni un solo músculo le respondía.
Y su viejo ancestro mental… también había desaparecido.
Debe haberse muerto… (bueh, tal vez no literal).
Así que no le quedó más que dejarse hacer mientras esa voz de loca con tono de “pervertida furrita” seguía pinchándole la cara.
—Rebecca, con cuidado, no vayas a despertarla.
—¡No pasa nada! ¡Está profundamente dormida! ¡Hasta quiero tocarle la cola!
Noa: ¿?
Oh no. Me secuestraron un par de locos.
Sinceramente, preferiría pelear otros trescientos rounds con el dragón del martillo antes que esto.
Pero no tenía opción. Tocaba bancársela.
Pocos segundos después, sintió un leve roce en la punta de su cola.
Apretó el puñito en silencio.
No sé quiénes son ni qué quieren… si me despierto de golpe, ¿y si se ponen violentos? Mejor… que me manoseen la cola, ni modo. ¡Aguanta, Noa, aguanta!
Además, que una chica le toque la cola… tampoco era tan raro. Ella, Moon y Lucecita se la pasaban jugando entre colas todo el tiempo.
Y la tal Rebecca era bastante delicada, como si tuviera miedo de lastimarla.
—Martin, quiero besarle la mejilla. ¡Está tan suavecita, seguro sabe rico!
—¿Por qué no te la llevas a tu casa y la crías tú? —resopló Martin.
—¡No me importa, yo quiero besarla!
Tal vez porque todos los dragones que había visto eran del tipo violento y explosivo, pero esta dragoncita tan blandita, tan dulce, tan monísima, le había robado el corazón.
Rebecca no se contuvo más y ¡muac! Le dio un beso sonoro en la mejilla.
La pobre Noa por dentro gritaba:
¡Socorro! ¿¡De dónde salió esta loca?! ¡¡Llévensela yaaaaa!!
—Ya basta, Rebecca. Ven conmigo a hacer guardia. Yo solo no puedo cubrir todo.
Rebecca soltó a Noa a regañadientes y se fue corriendo hacia la entrada de la cueva con Martin.
Por fin, paz.
Noa pudo respirar tranquila y empezar a pensar con claridad.
La chica había dicho “la dragoncita del capitán”.
¿Capitán? ¿Se refería a su papá…?
Pero papá nunca dijo haber sido capitán de nada. Mamá siempre contaba que él era el último sobreviviente de un clan desaparecido.
Además, por la forma en que esa chica se había emocionado con su cola y sus rasgos, claramente nunca había tenido contacto cercano con un dragón.
O al menos, no con uno joven.
Por eso estaba tan emocionada con ella.
De pronto, Noa captó un leve olor a pólvora en el aire.
Muy leve, no como una explosión… más como… ¿balas?
Los dragones no usan armas de fuego. Incluso los juegos de globos en Ciudad Cielo fueron traídos de otras culturas.
Pero en la academia enseñaban que había razas especiales que usaban armas por falta de fuerza mágica o física.
Y si alguien olía tanto a pólvora, como para dejar rastro en el aire… debía haber usado armas durante mucho tiempo.
—Artillero…
Noa recordaba que ese era un tipo de profesión mencionada en sus libros.
Al igual que los magos, los artilleros eran una subclase de ciertas razas que se valían de herramientas.
Pero entre todos los pueblos del continente de Samael, solo una raza había adoptado el uso de armas de fuego como parte formal de su entrenamiento:
los humanos.
Y considerando lo que dijo la chica antes, sobre “los dragones que estaban más allá”… Noa empezó a unir las piezas.
Si ese «capitán» del que hablaban era su papá… entonces…
Los recuerdos y los pequeños detalles se encajaban como un rompecabezas en su mente.
Y al final, le dieron una respuesta que, en el fondo, ya sospechaba.
—¿De verdad es así… papá?
—Mmm…
Mientras pensaba, escuchó un gemido suave.
Helena se había despertado.
—Noa… ¿dónde estamos?
—Ah, estamos—
—¡Oye! Se escucha algo. Rebecca, tenemos que irnos.
—¿Quién está ahí? ¿Quién—? ¡Ah!
Helena no terminó de hablar. Todo se puso negro de nuevo, y se desmayó a los cinco segundos de despertar.
Noa la sostuvo con cuidado y la acomodó contra su hombro.
—Lo siento, Helena… duérmete un poquito más.
Cerró los ojos otra vez.
—¡Espera! ¡Antes de irnos, déjame darle un besito más a la dragoncita!
—¡No! ¡Nos vamos ya!
Martin se apresuró y cargó a Rebecca al hombro.
Rebecca pataleaba como una sardina recién pescada.
—¡Pequeeeeeeña~ drago~oncita~~! ¡¡No te dejé suficientes besitos!! ¡Cuando crezcas ven a buscarme, puedo ser tu madrina!
Noa, por dentro:
¿Los adultos siempre fueron tan infantiles…?
Después de que Rebecca y Martin se alejaron, no pasó mucho hasta que Noa oyó voces afuera.
—¡Maestra, aquí! ¡Oí ruidos en esta dirección!
Era la voz de Kristina.
Antes de adentrarse al corazón del Bosque Luna Sombría, Helena había descubierto la pista de una criatura peligrosa, y se la había pasado a la profesora.
—¡Noa! ¡Helena! ¿Dónde están?
—¡Helena!
—¡Noita-chan!
……
Todos gritaban desde afuera.
Hasta que finalmente, alguien exclamó con alegría:
—¡Vengan! ¡¡Están aquí dentro!!