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A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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85 Plan de estimulación prenatal 2.0
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El amor multiplicado por siete que sentía por su hermana… se transformó en dolor multiplicado por siete.
Moon ni siquiera aguantó a llegar a casa para ir al baño.
Si pudiera, en ese momento hubiera querido usar su título de “segunda princesa del clan del dragón plateado” para alquilar todo el baño del parque.
Noa, Helena y Lucecita esperaban afuera del sanitario público, en completo silencio, aguardando a que Moon saliera.
Si había suerte, saldría caminando.
Si no, saldría arrastrándose.
Y si la suerte era peor… a Noa le tocaría ir a buscarla.
—¿Cuántos helados comió? —preguntó Noa.
—Siete —respondió Lucecita.
Noa parpadeó.
—¿Por qué siete? Un número tan raro…
—En realidad la segunda hermana había comprado diez.
—¿Y los otros tres te los comiste tú, Lucecita?
Noa ya estaba planeando cómo cuidaría esa noche a las dos pequeñas calamidades.
Pero por suerte, Lucecita aún tenía algo de sentido común.
—Eh… no fui yo. Teníamos a un ayudante confiable.
El ayudante, por supuesto, era el pobre de Palomo, que había sido obligado a tragarse tres helados.
Noa suspiró por dentro. Mientras Lucecita estuviera bien, no le importaba el resto. Así que no preguntó quién era ese “ayudante”.
Pasaron unos diez minutos más y Moon seguía sin salir. Noa dio un paso al frente.
—Voy a sacarla.
Un rato después, salió cargando a una Moon completamente derrotada, colgada de su espalda.
Moon iba tumbada sobre su hermana, con los ojos en espiral y los brazos colgando como trapos. Su colita también estaba caída sin fuerzas.
Murmuraba algo con voz débil:
—No volveré… a comer… helado… nun…ca…
Lucecita se le acercó, le apretó la colita, luego le dio unas palmaditas en la mejilla.
Nada.
—Segunda hermana está… prácticamente muerta.
—Vámonos a casa a descansar —dijo Noa.
—Sí.
Las dragoncitas cruzaron la plaza y los barrios del territorio hasta regresar al Santuario del Dragón Plateado.
Y justo al pasar por el gran salón del santuario, se escuchó una melodía suave de piano.
—El sonido viene del salón de música de mamá —dijo Lucecita—. Pero según recuerdo, ya tenía rato de no tocar…
Roswitha siempre estaba ocupada, y si tenía algo de tiempo libre, lo usaba para “hacer deberes” con el papá de las niñas, ya tú sabes.
La última vez que Lucecita la había escuchado tocar fue cuando ella acababa de nacer. Según decían, era para estimularle el “gen musical”.
Pero al crecer, a Lucecita solo le interesaron la investigación mágica y los experimentos, así que no le encontró sentido a la música.
Por suerte, Roswitha jamás obligó a sus hijas a desarrollar talentos que no quisieran. Mientras aprendieran felices y a su manera, todo estaba bien.
Ella misma no era una pianista fanática, pero si se encontraba de buen humor, no le molestaba tocar una pieza.
La melodía sonaba clara y elegante, envolviendo todo el salón.
Las dragoncitas bajaron el ritmo, queriendo disfrutar ese raro momento en que su madre se ponía musical.
Pero justo cuando estaban inmersas en esa música armoniosa… se coló un sonido completamente distinto.
¡Un sonido fuerte, metálico, como un cuchillo rasgando el aire!
No era exactamente desagradable, pero definitivamente no encajaba con el piano.
—¿Q-qué fue eso? ¿Es un instrumento especial del clan del dragón plateado? —preguntó Helena.
Noa negó con la cabeza.
—Nunca lo había escuchado. Y sinceramente, no creo que sea del gusto de mamá. Lucecita, ¿tienes idea de qué instrumento es?
La dragoncita de pelo rosa también negó.
—Ninguno de los instrumentos en el salón de mamá suena tan… agresivo.
Las tres se miraban, confundidas.
Y entonces, Moon, medio inconsciente, levantó la mano con dificultad:
—Yo… yo sé qué es…
—¿Te despertaste? ¿Qué instrumento es?
—Papá… me lo mostró una vez… dijo que en realidad el Santuario no tenía uno de esos, así que… se hizo uno él mismo…
Noa tragó saliva.
Todo el mundo sabía que su papá era súper confiable… pero solo en combate.
En la vida diaria, las hijas ya habían tenido suficiente de sus locuras.
Lucecita era la más traumatizada. Estaba convencida de que su odio a la música venía en un 70% por culpa de papá.
¿La razón?
Porque, cuando aún estaba en la panza de mamá, papá venía todas las noches a ponerle música rara en la barriga.
Eso era lo que su madre le había contado.
Así que en cuanto Moon dijo “papá se hizo un instrumento él mismo”, a Noa y Lucecita les dio un escalofrío.
—Papá dijo que… ese instrumento se llama… ugh, ya me voy a desmayar otra vez…
Las hermanas se miraron.
Noa: ¡Hay que escapar antes de que se ponga más raro!
Lucecita: ¡Sí, hermana mayor! ¡No podemos dejar que Helena se entere de cómo es realmente nuestra familia!
—Helena, vamos… vamos a descansar un rato en mi habitación. La cena ya debe estar por salir.
—Ah, sí, claro.
Las tres subieron corriendo las escaleras.
Detrás de ellas, la música se desvanecía poco a poco…
—
Pero ¿por qué de pronto el Santuario del Dragón Plateado parecía una guerra de instrumentos?
Todo empezó unos quince minutos antes…
—Amor, creo que ya es hora de ponerle música prenatal al cuarto bebé —dijo el hombre perro, sin saber de dónde había sacado un viejo tocadiscos.
Encontró a Roswitha y, con total seriedad, le propuso hacerle estimulación prenatal al bebé.
La Reina Dragón estaba recostada en el sofá, cruzando elegantemente las piernas. Su cola plateada colgaba relajada del apoyabrazos.
Miró el tocadiscos. Luego miró a León.
—¿Otra vez con tus “grandes clásicos humanos”?
León parpadeó.
—¿Cómo que otra vez? ¡Si nunca lo he hecho!
La Reina soltó un “hmph”.
—Entonces, qué curioso. Si nunca lo has hecho… ¿quién fue el pequeño ladrón que, cuando yo estaba embarazada de Lucecita, se metía cada noche a mi cuarto para ponerle música a la panza?
—…¿O sea que estabas despierta?
—Ah… no, no siempre. Me despertaba no por la música, sino por ti.
León se rascó la cabeza.
—¿Yo qué?
—Después de ponerle música al bebé… te emocionabas tanto que te ponías a cantar tú mismo.
Roswitha recordó el trauma y se sentó más derecha.
Incluso le dio un escalofrío.
—Prométeme algo, amor… puedes hacerme lo que quieras, pero por favor no cantes.
León se sonrojó.
—¿Tan mal lo hacía? ¿Mi canto era horrible?
¡La Academia de Caza de Dragones jamás ofreció clases de canto! Pero si yo soy talentoso para todo, mi voz no puede ser mala… seguro es que esta mujer no sabe apreciar el arte.
—Si de verdad canto tan…
León buscó una forma suave de decirlo:
—…tan regular…
—No es “regular”, amor —lo interrumpió Roswitha, muy seria—. Es criminal.
—…
León agitó la mano, prefirió no seguir discutiendo sobre esos trágicos recuerdos, y mejor le dio unas palmadas al tocadiscos.
—Ya está. No pensemos más en el pasado. Ahora es el momento perfecto para una buena estimulación prenatal. ¡Vamos a mostrarle al bebé cuán colorido es el mundo!