86
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
El documento está traducido por Google de manera automática. Hay nombres u otras palabras que no se han traducido correctamente y pueden aparecer de forma distinta en español.
==================================================
86 La brecha artística
(Capítulo extra por votos mensuales)
—
Roswitha le echó una mirada al tocadiscos, luego se levantó y caminó hacia la puerta.
—¿A dónde vas? —preguntó León desde atrás.
La Reina, mientras se cambiaba a unas sandalias de salir, respondió sin girarse:
—Ya que quieres usar música para estimulación prenatal, no puedes depender solo del tocadiscos. No tiene nada de artístico.
—¿Estás diciendo que el tocadiscos no tiene valor artístico? ¿O que los clásicos humanos no lo tienen? —preguntó el general León, experto en buscarle cinco pies al gato.
—Hmph, idiota. Hoy te voy a mostrar el gusto de verdad que tiene nuestro clan dragón.
León torció la boca.
—Muy bien, muéstrame tus «ingredientes artísticos», madre dragón.
Cinco minutos después, la pareja llegó al salón de música del primer piso del santuario.
Aunque llevaban viviendo allí unos cinco o seis años, León no estaba del todo familiarizado con esa sala.
A diferencia de la biblioteca privada de Roswitha, el salón de música casi nunca se cerraba con llave, pero tampoco era un lugar muy frecuentado.
Incluso la propia Roswitha apenas lo usaba.
Y León lo entendía.
Roswitha era una adicta al trabajo que ponía todo su empeño en liderar al clan;
Y tras casarse, encima debía encargarse de la familia. ¿Cómo iba a tener tiempo para cultivar su lado artístico?
Roswitha abrió la puerta del salón de música y León la siguió adentro.
El salón era amplio y luminoso. La luz del atardecer entraba por los ventanales y se derramaba sobre los instrumentos, todos de altísima calidad.
Aunque se llamaba “salón de música”, no solo tenía pianos. También había flautas, violonchelos y más.
Con una vida tan larga como la de Roswitha, aprender a tocar varios instrumentos era algo natural.
Después de todo, saber un poco de todo nunca está de más.
—El tocadiscos solo reproduce el sonido grabado, y en el proceso pierde parte del alma original de la música —dijo Roswitha mientras se sentaba al piano.
Levantó la tapa del teclado, extendió ambas manos lentamente hacia los extremos y pulsó algunas teclas al azar. Aunque no tocaba una melodía todavía, el sonido era hermoso.
Se notaba que era un piano de calidad.
—Pero si es en vivo, quizás al tercer bebé le guste más.
En realidad, Roswitha no le daba tanta importancia a la estimulación prenatal.
Tenía absoluta confianza en el desarrollo natural de las crías de dragón. Incluso si se cultivaban después de nacer, seguían a tiempo.
Y si hacía esto, no era por el bebé, sino para jugar un rato con su infantil esposo.
Nada más que una forma de pasar el rato. O eso se decía a sí misma la Reina.
León, al verla tan metida en el papel, se animó. Se acercó al piano, se apoyó con los brazos cruzados y le dijo:
—¿Su Majestad va a lucirse?
—Hmm, sí.
—Ah, ya entiendo.
—¿Otra vez con eso? ¿Entiendes qué?
—Lo del bebé es puro pretexto. Lo que quieres es lucirte delante del hombre que amas, ¿a que sí?
—No me obligues a lanzarte este piano a la cabeza, León.
León rió por lo bajo y le hizo una señal con la barbilla:
—Entonces, Su Majestad, por favor inicie su presentación. Estoy todo oídos.
Roswitha ya no lo siguió en sus bromas. Bajó la cabeza, paseó la mirada por las teclas limpias, y empezó a tocar.
Aunque llevaba tiempo sin practicar, no se le notaba tan oxidada.
Al principio tuvo unas leves pausas, pero en poco tiempo entró en ritmo y fluyó con naturalidad.
En medio del atardecer, una mujer de cabello plateado tocaba con gracia frente al piano. La luz rojiza envolvía su silueta como una cálida niebla.
Sus dedos danzaban con elegancia, como dos mariposas revoloteando entre flores.
La melodía era suave, encantadora.
Incluso León, que no tenía idea de música, se quedó completamente hechizado por ese sonido.
Apoyado contra el piano, cruzó los brazos, y con el dedo índice golpeaba suavemente su brazo al ritmo de la canción.
Y sin darse cuenta, la pieza terminó.
—¿Qué tal? ¿No es mucho más elegante que la música de ustedes los humanos? —preguntó Roswitha con una sonrisa satisfecha.
—Pss… tampoco es para tanto.
La canción había sido preciosa.
Pero en la familia Melkwei había una tradición: nunca halagar directamente.
Así que León no iba a decirlo tan fácil.
—Tch. Lo que pasa es que no sabes apreciar —bufó Roswitha—. Entonces la Reina va a tocar otra pieza más, a ver si te limpia ese gusto viejo y oxidado que tienes.
Y sin esperar respuesta, sus dedos volvieron a moverse. Una nueva y hermosa melodía llenó el salón.
León no dijo nada más. Simplemente escuchó en silencio.
Ver a su esposa tocar era un verdadero deleite. Una experiencia visual y emocional.
Y más aún si esa esposa era tan guapa.
En esos momentos, uno sentía el orgullo de decir: “¿Ves esa belleza? Es mi mujer.”
Porque un hombre, fuera de casa, el prestigio no se lo da el dinero: se lo da su esposa.
Pero justo cuando el general León seguía disfrutando esa escena de ensueño, la madre dragón lanzó una puñalada disfrazada de sonrisa:
—¿Solo vas a quedarte ahí escuchando? Si lo haces, cuando nazca el bebé, solo le gustará la música de los dragones. Y tus maravillosos “clásicos humanos” se van a perder en la historia, ay ay ay…
Seguía tocando y hablando, toda sonriente.
León sintió el golpe.
Roswitha tenía razón. Si la dejaba dominar toda la estimulación prenatal, el tercer bebé terminaría 100% dragonizado.
¡El fracaso con Lucecita le había enseñado una lección!
¡Esta vez no podía fallar!
—Espera, madre dragón… te voy a enseñar lo que es una verdadera brecha artística.
Roswitha contuvo la risa, aunque mantenía su porte de reina.
—Muy bien. Veamos de qué eres capaz, gran estrella de la canción.
León giró con energía y salió corriendo del salón.
Roswitha no sabía qué andaba tramando, pero estaba segura de que le traería alguna tontería que la haría reír.
Le encantaba pasar sus días discutiendo y jugando así con ese tonto.
Unos minutos después, León regresó cargando una pequeña mochila con cara misteriosa.
La puso sobre el piano, abrió la cremallera y empezó a sacar lo que había dentro.
Roswitha se asomó, curiosa.
Era un instrumento que al principio parecía una flauta…
Pero al mirar el extremo… parecía más bien…
¿Una trompeta?
Roswitha nunca había visto un objeto tan raro. Ni en todo el clan del dragón plateado había uno similar.
—¿De dónde sacaste eso?
—Lo hice yo. ¡Pff! En este clan están en pañales en cuanto a arte. ¡Ni siquiera tienen un instrumento tan avanzado como este!
Roswitha le lanzó una mirada.
—¿Avanzado? Nunca lo había visto en mi vida.
León giró el instrumento con estilo en la mano, y explicó:
—Este tesoro me lo enseñó mi maestro. Lo aprendió en su juventud, en una tierra misteriosa del lejano oriente. Me dijo que sirve para cualquier ocasión: bodas, funerales, celebraciones o tragedias. ¡Lo aguanta todo!
Recordó que la primera vez que Noa y Moon le organizaron un “funeral”, él pensó que era un ritual para algún ancestro dragón. Así que sacó este instrumento para tocarles algo solemne.
Pero al final, por cosas de la vida, no logró tocar nada decente y se quedó con las ganas.
Ahora que su mujer lo estaba desafiando, ¡no podía perder la oportunidad de mostrar el poder oriental secreto!
Roswitha escuchó lo del “sirve para todo” con escepticismo.
—No existe un instrumento tan exagerado.
—¿Exagerado? ¡Para nada! Cuando esto suena, todos los demás instrumentos bajan la cabeza —aseguró León con seriedad.
Roswitha no se lo creía, así que siguió tocando el piano:
—Entonces dale. A ver si puedes hacerme bajar la cabeza.
Y reanudó la melodía.
El piano sonaba de nuevo, suave y elegante.
León sonrió con confianza, alzó su instrumento, se colocó la boquilla en los labios, infló el pecho… y entonces—
¡¡¡PIIIIIIIUUUUAAAAAAAUUUUUUUUUU!!!
Un sonido estruendoso, con un poder de penetración bestial, arrasó con la música del piano en un instante.
Roswitha se quedó congelada, impactada por ese ruido salvaje. Dejó de tocar y miró a León.
—Oye… ¿esa cosa no tiene control de volumen? ¡Suena horrible de fuerte!
—No.
La canción, que parecía una fusión entre metal extremo y vientos huracanados, dejó a Roswitha medio atónita.
Y también un poquito… ¿sin palabras?
—Esto no es una brecha artística. ¡Esto es un asalto artístico!
—¿Asustada, madre dragón?
—¿Cómo se llama eso? Desde mañana voy a prohibirlo en todo el clan.
—¡Bah! Como si cualquiera pudiera tocarlo.
León infló el pecho con orgullo.
—¡Este instrumento se llama… suona!
(Nota: instrumento de viento tradicional chino con sonido potente)
—¡Tercer bebé, vamos a aprender a tocar esto tú y yo!
Roswitha se cubrió la cara y acarició su vientre con ternura.
—Bebé… no le hagas caso a tu papá. Él es… así. No se le puede ganar en rareza, ¿vale? Tú ignóralo, sí, así, buen@ niñ@~ ??