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A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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90. Incontables honores, coronan este cuerpo
—Y así fue como pasó todo, más o menos.
En la habitación, Roswitha yacía recostada en la cama, acariciando suavemente su vientre cada vez más abultado. León, sentado junto a ella, le pelaba una manzana mientras le contaba lo que había ocurrido ese día.
Después de escucharlo, la reina asintió con aire pensativo.
—Entonces, según tú, gracias a tu magistral estrategia y tus decisiones tan sabias como valientes, venciste sin problemas a ese águila dragón de seis alas y recuperaste…
Roswitha miró de reojo la única fruta dragón de rocío jade que estaba sobre la mesita de noche.
—…la única fruta dragón que quedaba. ¿Correcto?
—¡Correctísimo! Mi amor, qué lista eres. ¡Lo resumiste perfecto!
Roswitha soltó un bufido y, sin prisa, sacó de debajo de la almohada un cuaderno. Lo abrió en la primera página.
—Pero según el informe que entregó Sherry del escuadrón de guardias, la que realmente le dio un golpe efectivo al águila fue Noa.
Dejó el cuaderno a un lado, apoyó el rostro en una mano, y miró al hombre a su lado con ojos entrecerrados, voz melosa y sonrisa traviesa:
—Y tú, mi querido esposo, gran estratega, honorable príncipe de los dragones de plata, héroe mata-dragones… tú solo fallaste todos tus hechizos y al final te limitaste a hacerle de trampolín a nuestra hija. ¿No es así?
La cara de León se puso roja, pero aún intentó defenderse:
—¡Oye! Noa usó el “Rayo Lobo Asesino” y el “Chidori”. Ambos se los enseñé yo. Así que, mínimo, me corresponde un tercio del mérito.
—¿Ah sí? Bueno, ya que tienes un tercio del mérito… no te diré nada por haberte tragado una de las frutas.
León se quedó en blanco.
—¿Qu-qué? ¿Qué fruta tragada?
—Sherry escribió claramente que había dos frutas dragón. Pero solo me trajiste una. ¿Qué pasó con la otra?
—¡Ah eso…!
¡Paf!
Roswitha dio una palmada en el colchón y frunció el ceño, como si se indignara.
—¡Habla! ¿No me digas que se la diste en secreto a alguna zorra dragona por ahí?
León: ¿?
Quizá algún día León pueda escribir un libro titulado Cómo convertir a una reina fría y dominante en una novia celosa y llorona.
Y la respuesta sería sencilla:
Embarázala.
Lo que León aún no entendía era por qué esta dragona, a pesar de tener tanta experiencia pariendo, cada vez se ponía más emocional con el embarazo.
Cuando esperaban a Luciecita, él apenas y lograba seguirle el ritmo.
Pero ahora que iban por el cuarto… juraría que Roswitha ya trataba las rabietas como parte del desayuno.
Aunque, la verdad, no le molestaba.
De hecho, a León le parecía adorable. Mucho más encantadora que esa versión suya toda fría y seria de siempre.
—Sí, sí, claro que se la di a una dragona de por ahí. ¿Contenta, Su Majestad?
—León…
—¿Qué?
—Yo puedo bromear contigo. Pero tú no puedes bromear conmigo.
—¿Por qué?
—Porque yo… no sé jugar ese juego.
—…
Vale, al menos lo admite.
León rió, suspirando con resignación.
—Bueno, bueno… ¿cómo decirte que no?
Mientras bromeaban, León terminó de pelar la manzana. La cortó en pedacitos y los colocó en un platito, clavándoles palillos de dientes antes de ponerlo junto a la almohada de Roswitha.
—La verdad es que la pareja del águila también está embarazada. Robó la fruta solo por eso. Me enteré justo cuando ya me iba. Así que les dejé una de las dos.
—¿Y por qué no me lo dijiste desde el principio?
—Porque los héroes de verdad hacen el bien sin esperar reconocimiento.
—Mentira. ¡Yo soy tu esposa! ¿Cómo que no vas a querer reconocimiento conmigo?
León enseñó los dientes como un idiota, divertido.
Roswitha lo miró con ojos entrecerrados, sonriendo con ese aire suyo tan coquetón.
—Sherry ya lo había puesto en el informe, ¿eh? Solo te estaba molestando.
—Ya lo sabía.
—¿Y aún así te dejaste molestar?
—Claro. A fin de cuentas, la embarazada manda.
La reina, con el corazón repleto de ternura, sintió que le brillaban los ojitos.
A veces, hay personas que te quieren tanto, que incluso cuando saben que estás discutiendo sin razón, o buscando pelea a propósito, igual te siguen el juego con toda la paciencia del mundo. Nunca te miran con fastidio.
Claro, Roswitha también sabía hasta dónde llegar. Conocía bien a León, así que nunca se pasaba de la raya.
Ella levantó un trozo de manzana con un palillo y se lo acercó a los labios.
—Estoy feliz, así que te premio. Abre la boca.
—Ahhh~…
Pero justo cuando León iba a morderla, Roswitha se lo metió a la boca… ella misma.
Aunque no se la tragó toda. Aún quedaba medio trozo entre sus labios.
Con una sonrisa seductora, levantó el mentón y lo provocó con la mirada.
—Muy bien, dragona. Si te atreves a hacerme eso… ¡entonces yo me atrevo a comerte a ti!
Y sin más, el general se subió a la cama, la atrapó con facilidad y le robó ese medio trozo de manzana directamente de la boca.
—¡Eh! ¡No presiones mi barriga!
—¿Tu mano? ¿Dónde vas tocando tú ahora?
—¡Eres un cerdo! ¡Eso cosquillea! ¡Quita…! Aaah~ ¡ay!
—¡La cola no! ¡No me agarres de la cola…!
Las cortinas de la cama cayeron, y entre besos y mordiscos, se cerró el telón.
> Moral del día:
Si ya le diste la manzana a tu marido, no se la quites…
O te la va a cobrar con intereses.
—
Una semana después, en la Academia St. Hees — Graduación del Departamento Infantil de Crías.
—Noticias internas, chicos. Noa quedó primera en la prueba de combate simulado… pero, ¿por qué tienen esas caras de funeral?
Una guapa mujer de cabello azul cruzado de brazos se acercó con sospecha. Miró de un lado a otro, y bajó un poco la voz:
—Además, están parados en la esquina del auditorio como si quisieran pasar desapercibidos. ¿Están huyendo de alguien?
León y Roswitha alzaron los dedos al unísono haciendo una señal de silencio.
Claudia alzó una ceja.
—¿Tienen enemigos?
Negaron con la cabeza.
—¿Deudores?
Siguieron negando.
—¿Entonces de quién están escapan—?
—¡Ah! ¡Señor León, señorita Roswitha! ¡Aquí estaban!
Una voz conocida interrumpió desde atrás de Claudia.
Y justo en ese momento… vio cómo a la pareja se les iba el color del rostro.
“¿Qué demonios…?”
Claudia volteó. Era el vicedirector Wilson.
—¡Señorita Claudia también está aquí! Qué coincidencia.
El anciano dragón saludó con elegancia, acomodándose las gafas con un solo lente y ajustando el cuello de su traje. Luego, le estrechó la mano con cortesía.
Y después, se giró hacia la pareja en la esquina.
—¡Señor León! ¡Señor León!
Le agarró la mano con fuerza, como si hubiera visto a un mesías.
—¡Hace poco escuché que usted y la señorita Roswitha están buscando su cuarto bebé! ¡No pensé que fuera verdad!
León sonrió forzadamente.
Ay, no… lo inevitable llegó.
—Ah, sí, sí. Es cierto, es cierto.
—¡Dios mío! ¡Qué dedicación a la causa del dragón! ¡No tengo palabras! ¡Infinitamente agradecido!
La reproducción entre dragones seguía el principio de “pocos, pero buenos”. Tener uno o dos hijos era más que suficiente.
Por eso, las parejas como los Melkvei, con cuatro hijos en siete años, eran una anomalía.
Y no solo eso. Los tres primeros ya habían mostrado talentos sobresalientes. Era obvio que el cuarto también sería increíble.
Wilson tenía claro que tenía que asegurar ese talento para la academia.
No se podía permitir perderlo.
León sudaba frío mientras sonreía a la fuerza.
—Solo estamos… haciendo lo que podemos. Nada del otro mundo.
—¡Nada del otro mundo, dice! ¡Usted está asegurando el futuro del linaje dragón! ¡Esto no puede describirse con menos que eso!
Sí, exacto. Y si seguimos así, el linaje se extingue por exceso.
El vicedirector no paraba de alabarlo, aferrado a su mano.
Roswitha apenas y se atrevía a respirar, no fuera a ser que el viejo la viera y empezara a agradecerle a ella también.
Claudia los observaba con cara de ¿estos son sus ídolos?
—¿Así son los fans tóxicos de parejas? Qué miedo, de verdad…
Diez minutos después, el anciano al fin se fue para preparar la entrega de diplomas.
La pareja por fin pudo soltar el aire.
—Sí… definitivamente es peor que una deuda o una venganza —comentó Claudia.
León se secó el sudor, y también le limpió la frente a su esposa.
—La única vez que logramos escapar de él fue en el acto de inicio del semestre.
—¿Ah sí? ¿Cómo lo hicieron?
—Konstantin nos hizo el favor de detenerlo.
—Hah, ese loco dragón… cada vez sube más puntos.
Conversaron un rato más, hasta que la ceremonia de graduación comenzó.
Los pequeños dragoncitos pasaron al escenario a recibir sus diplomas. Aunque no era la graduación oficial, llevaban sus togas personalizadas y caminaban en fila, uno tras otro, esperando su turno.
León, Roswitha y Claudia miraban desde abajo del escenario.
—Felicidades, Helena. Tercer lugar en la graduación del departamento infantil. Este es tu diploma. Consérvalo bien.
—¡Gracias, directora Olette!
La pequeña dragona se inclinó profundamente.
—Sheila, felicidades. Segundo lugar. Tu diploma. Espero sigas esforzándote.
—¡Gracias, subdirector Wilson!
Y por último, ambos directivos se arrodillaron frente a la ganadora del primer lugar.
—Noa K. Melkvei, felicidades. Eres la estudiante más joven y con mejor puntaje en la historia del departamento infantil de la Academia St. Hees. Tu nombre será grabado en el Muro de Honor, junto a los grandes de la historia.
Tras decir eso, la directora Olette sacó una medalla dorada y la prendió sobre el pecho de Noa.
—La sagrada Medalla de Tiamat te iluminará el camino.
Ambos directores le tomaron la mano y la levantaron frente a todo el auditorio: maestros, padres y estudiantes.
Y en ese momento, todos los aplausos del mundo fueron solo para ella.