Capítulo 04
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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4. Destino (3K)
—Felicidades, mi señor —dijo la jefa de las doncellas, Anna—. La madre y la hija están sanas.
—¿Madre e hija…? ¿Es una niña?
Anna asintió con una sonrisa.
—Sí, mi señor. Una princesita muy linda.
Al oírlo, los ojos de León se iluminaron. Caminó rápidamente hacia la cama.
Roswitha yacía en ella, agotada. A su lado, envuelta en una manta, estaba su bebé recién nacida, llorando con fuerza, una voz clara y potente.
Era la misma sensación que tuvo cuando nació Lucecita. Difícil de describir con palabras simples.
León se agachó junto a la cama y tomó la mano fría de Roswitha. Después de observar un momento al bebé, desvió la mirada hacia su esposa.
—Buen trabajo, Roswitha.
La reina sonrió, exhausta, con los ojos entrecerrados. Con un suspiro débil, murmuró:
—Mira a la bebé… Es muy linda…
—Claro.
Confirmando que su esposa estaba bien, León finalmente puso toda su atención en la pequeña.
Después de un rato, la dragona dejó de llorar. Ahora descansaba tranquila en la manta, con los ojos bien abiertos, curiosa ante el mundo nuevo que la rodeaba.
Fue entonces cuando León notó el color de sus ojos.
Rojo. Rojo puro.
Si el tono rosado de Lucecita venía de la mezcla entre el plateado de Roswitha y el rojo de la hermana mayor Isa…
…¿entonces este rojo puro qué significaba?
¿¡Victoria total del linaje de las hermanas!?
—¡Ay no, qué ojazos tan lindos, mi sobrinita! ¡Parecen rubíes!
Isa no perdió tiempo. Cuando nació Lucecita con su pelo rosa ya se había subido al pedestal, y ahora con esta cuarta hija en tonalidad roja, tenía todo el material para seguir molestando a su cuñado.
Esto, esto era la victoria absoluta del no-matrimonio.
—¿Qué pasa con los genes de tu familia? ¿Se perdieron en el camino o qué? ¡Cada bebé se parece más a mi lado!
León se inclinó hacia Roswitha y le murmuró:
—…Y tú aún te quejas. ¿No viste que yo no gané ni en los ojos de Noa, ni en los de Moon, ni en los de Lucecita? Dos azules, una rosa… y ahora rojo puro. ¿¡Y encima te quejas!?
—Yo no gané en los ojos, pero gané en las colas. ¡Todas nuestras hijas tienen cola!
Roswitha rió triunfal.
—Anda, anda, mira si esta también tiene.
Mientras tanto, las doncellas que habían asistido el parto empezaron a murmurar en voz baja.
—Oye, creo que no vi la cola de la cuarta princesa…
—¿Eh? ¿No la tiene?
—No, no parecía tener.
—¿Estás segura? ¿No la habrás visto mal? Todos los bebés dragón nacen con cola, ¿cómo no va a tener?
Isa, que seguía contemplando los ojos rubí de su sobrina, alcanzó a escuchar la conversación.
No dijo nada, pero en silencio, levantó ligeramente la manta y echó un vistazo a la parte baja de la espalda de la bebé.
Sus cejas se fruncieron al instante.
—…Es verdad. No tiene cola.
Justo en ese momento, León se acercó. Isa le hizo una seña de silencio.
León se detuvo y la miró, sorprendido por lo seria que se veía.
No preguntó. Conociendo a Isa, seguro tenía sus motivos.
Isa le dio la vuelta a la bebé con cuidado, solo lo suficiente para que León pudiera ver.
Y sí. Nada. Ni rastro de una cola.
El corazón de León se llenó de emociones encontradas.
Por un lado, preocupación: la cola era uno de los rasgos más evidentes de un bebé dragón. Las otras tres la tenían. ¿Por qué esta no?
Pero por otro lado… también sentía cierta satisfacción secreta.
Sin cola significaba… más rasgos humanos.
¡Y eso quería decir que por fin había ganado un punto en la eterna competencia contra la madre dragona!
Aunque aún así, una preocupación persistía: ¿si la bebé no desarrollaba una cola en el futuro, levantaría sospechas?
Mientras su mente divagaba, León frunció el ceño.
—Isa, tú que sabes de todo… ¿esto es normal?
—No estoy segura —respondió Isa, seria—. Saquemos a todos del cuarto. Incluidas Noa y las niñas.
—Entendido.
León llamó a Anna y le susurró unas instrucciones.
Ella asintió, y de inmediato organizó la salida de médicos y doncellas. A las niñas les dijo que papá, mamá y la tía necesitaban hablar a solas.
Noa fue la última en salir. Antes de cerrar la puerta, echó un vistazo por la rendija.
Vio a su papá agachado junto a la cama, diciéndole algo a su mamá.
Pero no alcanzó a escuchar, porque la puerta se cerró.
—¿No tiene cola…? —repitió Roswitha, confundida.
Intentó incorporarse. León la ayudó con cuidado y la apoyó contra el respaldo de la cama.
Isa le pasó la bebé.
Roswitha bajó la manta.
—…Es cierto. No tiene.
Era la primera vez que enfrentaban algo así. Ni siquiera sabían si era bueno o malo.
—Un bebé dragón nacido naturalmente siempre tiene dos rasgos: ojos de dragón y cola —explicó Isa, agachándose para jugar con la pequeña—. Sus ojos son normales… pero su espalda no muestra señales de cola.
Se volvió hacia los padres.
—A ver, ¿hicieron algo raro cuando intentaban tener esta bebé?
Roswitha y León se miraron, pensativos.
Después de unos segundos, negaron con la cabeza a la vez.
—No, todo normal… tú sabes. Nada raro.
—Entonces, ¿por qué Noa, Moon y Lucecita tienen cola, y esta no?
Isa se tocó la barbilla, pensativa. No tenía idea. Después de todo, la historia de amor entre una humana y una dragona era única. No había nada parecido como referencia.
León, mientras tanto, miraba a su hija más pequeña… y de repente, se iluminó.
—¡Ah! ¡Ya sé por qué!
—¿Qué?
—Isa, antes preguntaste si hicimos algo raro. Pero… ¿y si es al revés? ¿Y si justo porque no hicimos nada raro, pasó esto?
—¿Qué estás diciendo? Te saltaste medio razonamiento. ¿Ros, tú lo entendiste?
Roswitha abrió los ojos, pensativa.
—Creo que… sí lo entendí, Isa.
—¿Solo ustedes dos entienden sus cosas raras? A ver, pregunto por los niños: ¿esto es algo subido de tono?
León agitó la mano.
—¡No, no, no! Es… la Tentación de Sangre.
Isa levantó una ceja.
—¿Esa técnica de seducción que solo se puede usar una vez en la vida…? ¿La que los juntó a ustedes dos?
—Ajá —asintió León—. Solo la usamos en la cárcel, cuando concebimos a Noa y Moon. Pero… —miró a Roswitha—, ¿también la usamos con Lucecita?
Roswitha se cubrió el rostro con una mano, avergonzada, y asintió con desgano.
—¿Tú la usaste, Ros?
—Sí… fui yo…
¡Pla, pla, pla!
Isa comenzó a aplaudir despacio, con expresión resignada.
—Ustedes dos siempre logran romper mi límite de lo que considero “normal” en una pareja.
Suspiró.
—Entonces, cuando usaron la Tentación de Sangre, los bebés nacieron con cola. Pero ahora que no la usaron… esta bebé no tiene.
—Es la única diferencia en las cuatro veces —dijo León.
Roswitha también asintió.
De pronto, León se quedó pensativo… y su cara cambió.
—…Espera.
—¿Qué?
—La Tentación de Sangre solo se puede usar una vez en la vida, ¿verdad?
—Así es.
—Y ya la usamos los dos. Entonces eso quiere decir…
¡Todos los futuros bebés tampoco tendrán cola! ¡Te voy a ganar de por vida, dragona!
Roswitha lo miró sin expresión y agarró la almohada con intención de tirársela… pero no tenía fuerza todavía.
—¿Y eso qué? No se te olvide lo que me prometiste hace rato, ma-ri-do~.
—¿Ah? ¿Qué te prometí? ¡No me acuerdo! ¡No vale!
—Cuñado —interrumpió Isa con una sonrisita—, tengo una piedra de grabación que captó TODO lo que dijiste. Jeje.
—…¡Odio a todas las mujeres adultas de la familia Melkvei!
Tener o no tener cola no iba a cambiar el amor que sentían por ese nuevo ser. Ella era parte de la familia Melkvei, el inicio de una nueva etapa.
León alzó a su hijita y caminó hacia la ventana. La primera luz del alba entró por los cristales, iluminando su pequeño cuerpo.
Los ojos color rubí brillaban como gemas.
—
A varios kilómetros del territorio del Dragón Plateado…
Konstantin se puso de pie lentamente.
A sus pies, el cadáver de una bestia peligrosa de tamaño pequeño.
Se agachó, arrancó una escama negra de su pecho y la sostuvo bajo el sol.
—…¿La misma escama negra que encontramos en el cuerpo de Adam?
En ese momento, una vocecita infantil sonó a su lado:
—Padre, llevamos aquí muchos días y aún no me has dicho por qué.
El viento alzó la capa del Rey Dragón Carmesí. Konstantin entrecerró los ojos, guardó la escama negra y respondió con voz profunda:
—Le debo mucho a un idiota. Solo estoy haciendo lo que puedo para compensarlo.
Miró a lo lejos, hacia el castillo plateado.
Por la cantidad de soldados en la frontera, debía ser hoy.
Durante la expedición en el Bosque de la Luna Oscura, León le mencionó sin querer que pronto tendría otro bebé.
Konstantin no se olvidó.
Como no sabía la fecha exacta del nacimiento, calculó un rango de días y fue todos los días a vigilar.
Y hoy, al fin, encontró algo: la bestia espía que acababa de aplastar.
Y esa escama negra.
—No necesitaremos volver mañana, Heffi.
—Sí, padre.
—Pero hay algo que debes recordar.
—¿Qué cosa?
Konstantin levantó la mano y apuntó hacia el castillo plateado.
—Hoy, en ese castillo, nació una criatura. Y desde este momento… es la persona que deberás superar.
La pequeña Heffi no entendía por qué su padre le decía eso.
Pero igual, asintió con seriedad.
—Lo recordaré, padre.
La niña miró la silueta del castillo. En su corazón, algo invisible comenzaba a despertar…
El destino.