Capítulo 05
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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5. ¡La suona también es arte!
Una semana después, la pequeña dragona roja Herfi, esa que estaba destinada a superar a todas las demás, acababa de aprender a gatear.
Pero todavía no había señales de su colita.
Sobre la cama grande, la bebé gateaba adelante y la reina la seguía por detrás.
Ambas se movían con una sincronía tan perfecta… que al general León ya no le daba ni pena ajena, solo bajaba la cabeza.
—¿Por qué no dejas de mirarle el trasero a la niña?
—¡Lo repito una vez más! ¡No es su trasero, es su cóxis! ¡CO-LA!
Roswitha se incorporó, rescatando a la pequeña que intentaba comerse el osito de peluche de la cabecera.
—¿Cómo puede ser…? ¿Cómo puede ser que aún no tenga cola?
Ante eso, León soltó una risita arrogante.
—Ríndete, madre dragona. Esta vez el gen humano ganó por goleada. No hay vuelta atrás.
Durante días, Roswitha había estado completamente desconcertada. Incluso si, por culpa de la “Confusión de Sangre”, la bebé no había nacido con cola, al menos después de unos días de desarrollo debería haber mostrado algún rasgo de dragón, ¿no?
Vamos, ¡ella era la Reina Dragona de Plata! ¿Cómo iba a tener una hija con un 9:1 a favor del gen humano? ¡Qué vergüenza!
Así que, durante toda la semana, Roswitha no se había separado ni un segundo de su bebé, con la esperanza de que en algún momento… ¡pum!, le brotara la cola.
Pero claramente, Su Majestad la Reina no tenía suficiente fe.
—Solo es que todavía no le ha salido. Más adelante le crecerá, seguro.
Roswitha se aferraba a su última esperanza.
León sonrió y no discutió más.
No porque se hubiera ablandado ni nada, simplemente sabía que ya tendría tiempo para restregárselo en la cara. Ahora mismo Roswitha acababa de dar a luz, y aún estaba recuperándose. No valía la pena molestarla a propósito.
—Oye, hablando de eso. El tema de que la bebé no tenga cola… ¿el pretexto que estamos usando es que es un “caso extremadamente raro”? ¿Eso de verdad cuela?
León preguntó, algo inseguro.
Porque sí, no tener cola era sinónimo de que el gen humano había dominado, y eso por supuesto que lo ponía feliz. Pero al mismo tiempo, tenía cierta preocupación.
La cola era un rasgo clave entre los dragones. Y siendo hija de la familia Melkvei, la cuarta princesa no iba a pasar desapercibida por mucho tiempo. Tarde o temprano saldría a la luz, y entonces no habría manera de ocultarlo.
Lo mejor era tener una excusa sólida desde ya.
—¡Claro que cuela!
Roswitha se sentó de lado en la cama, cruzando las piernas con elegancia.
Colocó a la bebé sobre sus piernas, una mano sujetándole la cintura, y con la otra le pellizcaba suavemente la mejilla, encantada con esa bolita de carne.
—Mira si será buena la historia que te inventé… ¡que hasta ahora nadie ha dudado que soy la última sobreviviente de un clan extinto!
—¿Nadie, eh? ¿Y tu hermana mayor no nos desnudó con solo mirarnos?
—…Eso fue diferente. Mi hermana es anormal. Es demasiado lista. No estaba en mis planes.
León rió por lo bajo.
—Bueno, al menos nuestra hija es hija nuestra. Aunque no tenga cola, nadie se va a atrever a hablar mal.
En el mundo dragón, la cola no solo era un rasgo físico importante. También tenía implicaciones de estatus y origen.
No mostrarla era raro. Y casi todos los que no la mostraban eran forajidos o exiliados. Que hablen mal de ellos era algo “normal”.
Pero nadie jamás se atrevía a comentar que el general León no tuviera cola.
Porque el general sí respondía cuando hablaban de más.
Y, peor aún, no existía ser vivo en el continente de Samael que pudiera ganarle.
Así que la cuarta bebé, siendo su hija, también estaba blindada.
Roswitha asintió y siguió jugando con la bebé.
—Por cierto, ya deberíamos decidir el nombre, ¿no?
León dijo:
—La última vez que lo hablamos estábamos entre “Violeta” y “Muse”. Pero hasta ahora no hemos decidido nada.
Miró alrededor. El cuarto estaba bastante vacío.
—Noa y las otras ya volvieron a clases. No tenemos a nadie más para que nos ayude a votar…
Los ojos de Roswitha brillaron con una idea.
—Entonces dejemos que la bebé decida.
—¿Ella? ¿Cómo?
—Espera.
La reina se deslizó fuera de la cama con total ligereza, su cola plateada y la falda dibujando una curva perfecta en el aire.
Se movía con una fluidez que no tenía nada que ver con alguien que acaba de dar a luz.
León se la quedó mirando, impresionado.
Roswitha agarró papel y lápiz, partió una hoja en dos y escribió “Violeta” en una mitad y “Muse” en la otra. Luego hizo dos bolitas con los papeles y los puso frente a la bebé.
León parpadeó.
—Ah, así va a elegir.
—Ajá. ¿Ves qué lista soy?
—Ehhh…
—¿Lo soy o no?
—Sí. Sí, lo eres.
—¡Lo sabía! ¡Hacer que la bebé elija su nombre por sorteo es una idea revolucionaria, sin precedentes!
¡Y que nadie se ría! Esta es la secuela oficial de «una embarazada pierde tres años de inteligencia». ¡La reina sigue siendo la reina!
León se cubrió la cara con una mano.
—En la sociedad humana, a esto le tenemos un nombre muy específico.
—¿Cuál?
—Atrapa-el-destino.
León explicó con paciencia:
—Cuando un bebé cumple un año, la familia le pone delante distintos objetos para que escoja uno. Si agarra una moneda, significa que será rico. Si agarra una pluma o una libreta, será intelectual. Y así sucesivamente.
Roswitha parpadeó, curiosa.
—¡Qué interesante! ¡Vamos a jugar así también después!
Por un segundo, León sintió que estaba viendo a Moon.
Con razón era una loli tan despistada y dulce. ¡Si se notaba de quién había heredado!
Recordó que Roswitha también se había puesto así de mimosa y relajada justo después de tener a Luciecita.
Sacudió la cabeza para volver al presente.
—Vale, entonces pongamos los papelitos junto con otros objetos. Que elija.
—Sí.
—Voy a buscar algunas cosas.
—Perfecto.
León salió. Roswitha siguió entretenida con la bebé.
Al rato, León regresó con una mochila llena.
Vació todo sobre la cama.
Roswitha miró.
—Monedas de oro, libros… ok, eso lo entiendo. Pero, ¿por qué trajiste una piedra de grabación?
—Si la agarra, significará que tendrá talento para la magia.
—¡Oooh, ya veo!
La reina ya se preparaba para felicitarlo… cuando de pronto notó algo que no encajaba.
Extendió la mano y lo levantó:
—¿Me puedes explicar por qué hay… una suona aquí? ¿No habíamos dicho que NO íbamos a enseñarle suona?
—¡Es arte, mi amor! ¡La suona representa el arte!
—¡Pues búscale otro símbolo! ¡Esto es demasiado abstracto!
León se encogió de hombros.
—Era lo único que encontré. Ya ni modo.
—Tch. Con eso le estás cerrando el camino artístico antes de empezar. ¿Cómo va a escoger la suona?
—Uno nunca sabe. Ya veremos.
—¡Pues eso! ¡Veamos!
Después de verificar que todo estaba en orden, la pareja acomodó todos los objetos alrededor de la bebé, incluyendo los dos papelitos.
—Muy bien, mi amor, elige tú.
Ambos se agacharon en el borde de la cama. Solo se asomaban sus dos cabezas, como dos topos espiando desde un agujero, atentos a cada movimiento de la niña.
Los ojos seguían a la bebé de un lado a otro.
Primero, se fue hacia la moneda.
—¡Eso, eso! ¡Mi niña va a ser rica! —dijo León.
Pero a medio camino, cambió de rumbo hacia el libro.
—También está bien, será una gran académica —añadió Roswitha.
Pero otra vez fue solo un amague.
Pasó por varios objetos: seda, un ábaco, unos dulces… los miraba, los olía, pero no agarraba nada.
La pareja entrecerró los ojos.
—Esto no está yendo como esperaba… ¿y si no le interesa nada? —preguntó Roswitha.
—¿Quién dijo eso? ¡Mira! ¡Aún queda la suona!
La reina puso cara de por favor.
—Después de ignorar todos los objetos bonitos, ¿cómo va a elegir esa cosa horrible?
León no dijo nada. Solo apuntó con la boca:
—¡Mira! ¡Va directo a por ella!
Roswitha volteó de inmediato.
¡La bebé iba gateando decidida hacia el instrumento abstracto!
—¡No! ¡No, mi amor, por favor, eso no!
—¡Yiiaaa~ yiaaa~!
La cuarta princesa balbuceó en su idioma alienígena mientras su mamá intentaba detenerla. Pero nada funcionó: ¡agarró la suona con una mano temblorosa!
—Roswitha… hay cosas que ya están escritas. No puedes luchar contra el destino.
La voz de León rezumaba triunfo.
Roswitha le dio un codazo:
—¡Me prometiste que no le enseñarías a tocar eso! Aunque la haya elegido, tendrá que aprender otro instrumento.
—Sí, sí. Lo sé.
Después de la batalla, ambos se enfocaron en lo importante: el nombre.
Solo quedaban los dos papelitos.
La bebé gateó hasta uno, lo agarró, lo pensó… y lo soltó.
Luego agarró el otro.
Lo observó con atención. Izquierda. Derecha. Lo olió.
Y finalmente, lo abrió.
Los dos padres se lanzaron sobre ella.
La bolita de papel se desplegó lentamente. La letra, firme y elegante, decía:
“Muse”.