Capítulo 08
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Leon abrió los ojos lentamente.
Frente a él—
Eh.
También había otro par de ojos.
Pupilas azul claro, cálidas y cristalinas, pestañas largas que se agitaban como abanicos… simplemente adorables.
—¡Papi, ya despertaste~!
La pequeña Moon estaba sentada junto a su almohada con una postura perfectamente de patito, esperándolo pacientemente a que despertara.
Al verlo abrir los ojos, su carita redondita y tierna se iluminó de alegría, sin poder contener la emoción.
El mechón rebelde sobre su cabeza y la colita trasera también se agitaron levemente de pura felicidad.
Leon parpadeó varias veces hasta aclarar un poco su mente y se incorporó lentamente.
Moon se adelantó enseguida, sujetándole el brazo con cuidado para ayudarlo a apoyarse contra el cabecero de la cama.
Justo cuando iba a darle las gracias, sintió un pinchazo leve en la mano.
Bajó la vista y notó que su mano derecha estaba envuelta en una venda.
Esa era la herida que se había hecho la noche anterior, cuando se interpuso para detener a Roswitha en el bosque, justo antes de que su magia abrasadora lo alcanzara al protegerla de los cazadores de dragones.
Y ahora… ya estaba vendada.
—¡Fui yo quien te curó, papi! ¡Yo solita!
La pequeña Moon, al ver que Leon no apartaba la mirada del vendaje, no tardó en atribuirse el mérito con orgullo.
Sacó pecho con entusiasmo y su colita se levantó aún más alta, triunfante.
Leon esbozó una sonrisa cansada, alzó una mano y le acarició la cabeza.
—Mm, lo hiciste muy bien, Moon.
Al sentir esa caricia, Moon se puso aún más feliz. Como una gatita mimosa, empezó a restregar su cabecita contra la mano de Leon.
Cerró los ojos con una expresión de completa satisfacción.
No había ni una pizca de hostilidad hacia él en sus gestos. Para ella, él era simplemente su padre.
Por eso, aunque tenía evidentes rasgos de dragón, a Leon no le nacía ni el más mínimo impulso de rechazarla, y mucho menos ese odio natural que se suponía debía existir entre razas enemigas.
Además…
Era una dragoncita adorabilísima.
Si hablamos puramente desde lo visual, en términos de “hermosa” o “adorable”, las crías de dragón llevaban una ventaja evolutiva sobre los humanos.
Crecían más rápido, desarrollaban conciencia antes y sus cuerpos y rostros maduraban mucho antes también.
Leon no pudo evitar hacerse una pregunta:
¿Cómo demonios había salido una hija tan tierna y dócil de una madre tan trastornada, hostil y amargada como Roswitha?
Aunque las crías de dragón nacían con un atractivo físico superior, su temperamento era otra historia: violencia y dominancia eran parte de su esencia desde que abrían los ojos.
Leon había leído muchos trabajos de dracólogos, y todos coincidían: la vida de un dragón, desde su etapa de cría hasta la adultez, se desarrollaba en medio de sangre y brutalidad.
Pero Moon…
No tenía nada de eso.
¿Será… por ser una híbrida?
Mientras Leon reflexionaba, la puerta se abrió sin siquiera tocar.
No había que adivinar mucho para saber quién era esa intrusa descortés.
Leon retiró de inmediato la mano de la cabeza de Moon y se apoyó un poco más contra el cabecero.
Los pasos de tacones resonaron suavemente sobre el suelo.
Roswitha entró caminando con calma, vestida con ropa casual.
Su largo cabello plateado, que usualmente peinaba con esmero, ahora caía suelto por la espalda como una capa de plata.
El maquillaje en su rostro estaba más tenue, pero aun así… no cabía duda: incluso sin arreglarse, Roswitha seguía siendo una belleza de nivel divino.
Sus ojos plateados de dragón ya no reflejaban el salvajismo y violencia de la noche anterior. Ahora solo quedaba una perezosa indiferencia, propia de una reina segura de sí misma.
—Buenos días, madre querida —dijo Moon bajando de un saltito de la cama y saludándola con alegría.
—Buenos días, Moon. ¿Hace cuánto que tu padre despertó?
—Justito ahora. Antes de que despertara, le curé la herida como me dijo mamá~.
Roswitha asintió satisfecha.
—Lo hiciste muy bien, Moon.
La dragoncita se iluminó como si le hubieran regalado el mundo entero.
—¡Gracias, madre!
Dicen que madre amorosa, padre estricto.
Pero en esta… peculiar “familia”, los papeles estaban invertidos.
Leon era el padre dulce y amable, y Roswitha, la madre severa y autoritaria.
Una simple palabra de elogio bastaba para alegrar por completo a la pequeña.
Leon guardó esa escena en lo más profundo de su memoria.
—Ve a jugar al patio, Moon —ordenó Roswitha.
—Mmm…
La niña bajó la cabeza, jugueteando con sus deditos gorditos mientras murmuraba:
—Pero yo quería quedarme con papi…
—¿Qué dijiste? —preguntó Roswitha con tono frío.
—¡Nada, nada! ¡Ya me voy!
Y sin decir más, Moon salió corriendo de la habitación.
El cuarto volvió a quedar en silencio, con solo Leon y Roswitha dentro.
Ambos se miraron con frialdad, sin decir palabra.
Tras unos quince segundos de tensión, fue Leon quien rompió el silencio:
—¿No estás siendo demasiado estricta con la niña?
—Así es como criamos a los nuestros los dragones.
—Pero ella no es completamente dragona.
Roswitha frunció el ceño.
—¿Y de quién crees que es la culpa de que no lo sea?
Leon alzó las cejas.
—Uy, parece que alguien se molestó.
Detectando el punto débil, decidió empujar más.
—¿Cómo iba a saber que ese único disparo daría en el blanco? Pero bueno, salió una hija linda al menos. ¿No crees?
Roswitha apretó los dientes con rabia. La tranquilidad y languidez de sus ojos desapareció, reemplazada por el mismo hielo implacable de siempre.
—Ella es un dragón, Leon. Y «linda» es un insulto para nosotros.
—Pues tú también eres bastante linda.
—…No puedo comunicarme contigo. Eres repulsivo.
—¿Y entonces para qué me mantienes con vida? Mátame ahora o tírame al bosque para que me coman los lobos. Es más fácil, ¿no?
Roswitha bufó, dándose la vuelta. Se sentó en el borde de la cama, dándole la espalda.
—Te dije que no voy a matarte. Solo estando vivo puedo seguir torturándote.
Leon entrecerró los ojos.
—Pero verte todos los días… al hombre que te robó la virginidad, ¿no te resulta a ti también una tortura?
Roswitha respondió sin emoción:
—Mientras logre asquearte a ti, ya vale la pena.
Leon sonrió con descaro:
—Entonces voy a entrenarme para dejar de sentir asco, y hacer que seas tú la que se asquee sola.
—¿Crees que me das miedo?
—¿Y tú crees que yo te tengo miedo? Yo—
Roswitha se levantó de golpe, interrumpiéndolo. Leon se tragó las palabras al instante.
Cada vez que esa dragona se acercaba así de repentinamente, nunca era para algo bueno.
Pero esta vez, no lo atacó ni lo humilló con sexo.
Fue al armario, sacó unas prendas de ropa y se las arrojó a Leon.
—Vístete. Ve al patio. Acompaña a Moon a jugar.
Leon miró las prendas y murmuró con fastidio:
—¿Y por qué no vas tú? ¿No es tu hija?
No lo dijo al azar. Ya había notado algo raro.
Por ejemplo, con la herida de su mano.
Roswitha perfectamente pudo haberla curado ella misma, pero eligió dejarle la tarea a una cría de apenas un año.
Y ahora esto. Quería pasar tiempo con su hija, pero usaba a Leon como sustituto.
Con razón los dragones criaban generaciones tan extremas. Si ese era su método de crianza, hasta un humano se volvería loco.
—¿»Tu hija»? ¿Acaso no es también tuya? —replicó Roswitha.
—Yo…
Leon no supo qué responder.
—Soy la reina de los dragones plateados. No puedo andar cuidando niños como una simple campesina. Un rey tiene sus propias formas de actuar. Y tú harías bien en entenderlo, Leon.
—Ajá… claro. Entonces dime, ¿alguna vez has visto a un cazador de dragones cuidando niños?
—¿Un cazador? ¿Tú? Pero si ya te cogió un dragón. ¿Qué clase de cazador eres tú?
—…
—No olvides tu lugar. No eres más que un esclavo, Leon. Una herramienta para descargar mi furia. Ahora ve a jugar con Moon. Le gusta estar contigo.
No había más que decir. Leon se levantó sin responder y se puso la ropa.
Solo entonces notó que esas prendas no eran de diseño humano, sino que tenían claramente el estilo de la raza dragón.
Se miró en el espejo, sintiéndose algo incómodo.
Roswitha se acercó, sin decir nada, y empezó a acomodarle la ropa.
Él era más alto, así que cuando ella ajustaba el cuello, sus dedos rozaban ligeramente los labios de Leon cada vez que él bajaba la cabeza.
Ese gesto involuntario le trajo un recuerdo.
Cuando entrenaba con su maestro, su esposa siempre hacía lo mismo antes de que él saliera: le arreglaba la ropa con cariño.
Eran una pareja entrañable. Su maestro, por muy loco que fuera fuera de casa, siempre fue un buen marido frente a su esposa.
—Ya está bien —dijo Roswitha, sacando a Leon de sus pensamientos. Dio un paso atrás y lo examinó de arriba abajo—. Listo. Puedes irte.
Leon no dijo nada. Se giró y salió en silencio.
Roswitha lo observó hasta que la puerta se cerró con un golpe seco.
Permaneció callada unos segundos, luego caminó hasta la ventana, inhaló hondo… y soltó el aire lentamente.
Un instante después, un dragón del tamaño de una paloma se posó en el alféizar.
—¿Un mensadragón…?
Los dragones mensajeros eran una subespecie encargada de transmitir información entre razas.
Este llevaba un cilindro de bambú atado con una cinta roja en el lomo.
Roswitha lo retiró, lo abrió y sacó una carta del interior.
Leyó un par de líneas, y su expresión se torció.
—¿Justo ahora tenía que venir mi hermana…?