Capítulo 14
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Por la noche, un alboroto agitó el patio.
Leon sostenía a Muun en brazos mientras miraban desde el balcón.
La Reina del Dragón Rojo abandonaba el santuario escoltada por sus guardias.
La visita de hoy había terminado.
—¡Es la tía Isa! —dijo la pequeña Muun, señalando a la reina vestida de rojo.
—¿Estás muy familiarizada con tu tía? —preguntó Leon.
Muun negó con la cabeza—. No, sólo la he visto en la foto familiar que está en el cuarto de mamá. Pero tía siempre va vestida de rojo, es fácil reconocerla~
—¿Foto familiar?
¿Los dragones tienen cosas comofotos familiares?
—Sí~ Es una donde están mamá, tía y la bisabuela~
Vaya cosa. Leon apenas estaba intentando procesar el concepto de una “foto familiar” entre dragones, cuando Muun volvió a soltar algo que lo dejó helado.
¿En esa foto sólo estaban la hermana y la abuela de Roshwitha?
¿Y los otros dragones?
¿Todos… muertos?
Mientras Leon se perdía en sus pensamientos, Muun volvió a hablar, con voz dulce:
—Papá~ ¿Podemos hacernos una foto familiar también? Cuando tengamos tiempo~
—Ah, bueno… Claro, no hay problema.
—¡Yay~! ¡Papá es el mejor~! ¡Muuuuua~!
La pequeña dragona plantó un sonoro beso en la mejilla de Leon, con la cola tan feliz que parecía querer despegar.
Leon también estaba de buen humor.
Probablemente, en el infierno que sería su vida con Roshwitha, esta hija mestiza suya sería su único consuelo.
Mientras padre e hija charlaban, se escucharon unos golpes en la puerta.
Leon dejó a Muun en el suelo, le tomó la mano y fue a abrir.
Era Anna, la jefa de las doncellas.
—Su Alteza, la cena de la princesa está lista —dijo Anna.
—Ah, bien, entonces vamos.
Pero cuando Leon dio un paso, Anna lo detuvo con el brazo extendido.
—Disculpe, Su Majestad la Reina ha ordenado que no puede abandonar esta habitación. Le hemos traído su cena aquí mismo.
Anna hizo una seña, y otra doncella apareció con una caja de comida. Había carne, vegetales, de todo.
—Pero Muun quiere cenar con papá… —dijo la niña con voz suave.
—Lo siento, Alteza. Son órdenes de su madre, no queremos causarle problemas —respondió Anna con respeto.
—Uhh… Está bien. Papá, entonces me comeré todo y vendré enseguida a verte, ¿sí?
Leon asintió—. Claro.
De pronto, se dio cuenta de lo madura que era Muun.
A pesar de ser una niña, con caprichos y deseos propios, si alguien le hablaba con amabilidad, enseguida aceptaba ceder.
Detestaba incomodar a los demás.
Sí… eso lo había heredado de su padre.
Leon pensó con orgullo.
Las doncellas se llevaron a Muun.
Leon regresó al cuarto con su comida. No se sentó a la mesa, sino que se acomodó en el suelo junto a la cama. Al abrir la caja, un aroma delicioso lo envolvió.
Seguramente habían estudiado bien el gusto humano.
Leon sabía que la comida de los dragones solía consistir en carnes de bestias salvajes y criaturas peligrosas. Las verduras casi no existían en su dieta.
Pero aquí había un buen equilibrio entre carne y vegetales.
Suspiró aliviado, tomó el tenedor y empezó a comer.
Unos minutos después, la puerta se abrió.
Leon asomó la cabeza, creyendo que era Muun.
Pero lo que vio fue un par de tacones plateados.
Al instante, la sonrisa del padre desapareció.
Retiró la mirada y volvió a enfocarse en su comida.
Roshwitha se quitó la corona de plata de la cabeza y la arrojó a un lado. Luego, se fue quitando uno a uno los collares, los pendientes y demás adornos.
Al verla allí, comiendo en el suelo apoyado contra la cama, se detuvo un segundo. Pero no dijo nada.
Se sentó frente a él, cruzando las piernas, recostándose sobre el respaldo y mirándolo desde arriba con altivez.
Al cruzar las piernas, uno de sus tacones tambaleó peligrosamente, hasta que cayó al suelo con un “clac”.
Leon sostuvo el recipiente con la comida, aguantando su mirada durante unos segundos, hasta que no pudo más. Dejó la caja a un lado.
—¿Qué quieres? —preguntó.
—¿Estaba rica la comida?
—Estaba bien.
—Te pregunté si estaba rica. Contéstame sí o no. No me vengas con “estaba bien”.
Esta maldita dragona era más cambiante que el clima.
Leon presionó los labios, y sin ganas de llevarle la contraria sólo por orgullo, murmuró:
—Sí. Estaba rica.
—¿La carne te gustó?
Leon frunció el ceño y no respondió.
Roshwitha sonrió con desgano, apoyando la mejilla sobre una mano y ladeando el cuerpo con aire lánguido.
—¿Sabes qué tipo de carne era?
A Leon se le heló el estómago. Un asco violento lo recorrió por dentro.
Roshwitha, divertida al verlo así, no pudo evitar sonreír.
—Era carne de res. ¿Qué pasa? ¿No te diste cuenta?
—Ridícula —murmuró Leon, bajando la cabeza.
Pero claro que no iba a dejarlo así.
Sin su hija presente, Roshwitha tenía vía libre para divertirse con él.
Extendió el pie y con el empeine le levantó el mentón, obligándolo a mirarla.
Desde esa posición semirreclinada, Roshwitha exudaba una aura de reina.
Mirada perezosa, sonrisa irónica y una fatiga elegante en sus cejas.
Lástima.
Leon no podía apreciarlo.
Detestaba que lo pisaran. Por más bellos que fueran el pie… o su dueña.
—De repente recordé algo. Excepto por la vez de esta mañana, el resto del día no hubo ninguna reacción en el tatuaje del dragón.
La voz de Roshwitha se volvió indiferente.
—Eso quiere decir que esa vez… lo hiciste a propósito, ¿cierto?
Leon ya no intentó negarlo.
—¿Y sabiendo que fue intencional, no te enojas?
—¿Enfadarme? ¿Y qué lograría con eso? Para que lo recuerdes de verdad, no basta con gritarte.
Y sin más, Roshwitha presionó con el pie su cuello y lo empujó contra la cama.
Sus dedos pálidos bajaron por su pecho, su abdomen… y continuaron descendiendo.
Leon sujetó su tobillo con fuerza.
—¿Qué estás haciendo?
—No sólo voy a enfadarme. También voy a encender el fuego. Suelta mi pie.
Leon apretó los dientes, inmóvil.
La cola de Roshwitha, que había estado suelta tras ella, se levantó ligeramente. Su voz se volvió dura:
—Te dije que sueltes, Leon.
El buen guerrero sabe cuándo no seguir luchando.
Leon soltó.
Y ella continuó bajando.
Su intención era clara.
Leon debería haberlo anticipado en el momento en que ella le puso un pie encima.
De haberlo sabido, ni habría empezado a cenar. Mejor le hubiera dado una mordida a su pie desde el inicio.
Ha comido pezuñas de cerdo, de vaca, de cordero…
¿Por qué no de dragón?
Pero ya era tarde.
Leon apretó los puños sobre las sábanas.
Miraba al techo, tratando de ignorar esa sensación embriagante.
Imposible.
Los pies de Roshwitha eran cálidos, suaves, con dedos increíblemente ágiles.
Y ella… claramente disfrutaba este tipo de juegos.
—¿Cuántos cadáveres de dragones has pisado para presumir tus victorias? —preguntó con voz melosa.
Leon no contestó.
—Jamás imaginaste que un día tú también acabarías bajo el pie de una dragona, ¿verdad?
—Dime, ¿cómo se siente?
—Dilo, Leon. ¿Cómo. Se. Siente?
Presionó más fuerte.
Leon soltó un gemido bajo, pero siguió en silencio.
—¿No vas a hablar? Muy bien. Entonces sigue aguantando.
Instintivamente, Leon movió una mano.
Pero en cuanto la extendió, Roshwitha la apartó de un coletazo.
—Las manos quietas. ¿Quién te dijo que podías tocar?
Leon desvió la cara.
No dijo nada.
Unos quince minutos después (contenido censurado)…
Roshwitha soltó un resoplido, bajó la mirada a sus pies y dijo con desdén:
—Estás hecho un cerdo, Leon. Mira esto. Todo es tu culpa.
—¿Cómo puedes ser tan despreciable? ¿No deberías haberme cortado el pie para exhibirlo como trofeo?
—¿Y ahora lo tienes así de sucio? ¿Eh?
Leon, con la cabeza agachada, no respondió.
Estaba débil, humillado.
—No creas que esto terminó. Ve al baño y tráeme una palangana con agua caliente. Vas a lavarme los pies.
Perfecto.
De esclavo sexual a sirviente de pies.
Leon se levantó sin decir palabra, fue al baño y trajo agua caliente.
—Está muy caliente —dijo ella.
—¿Ni siquiera has metido el pie y ya lo sabes? —refutó Leon.
—Dije que está caliente, así que está caliente. Ve a cambiarla.
—¡Eres imposible! ¿Acaso no sabes razonar?
—¿Vas a discutir con una mujer? Y yo no soy una mujer. Soy una dragona.
Leon quedó mudo.
Una maldición.
Esto era el resultado de aquella noche donde cometió el peor error de su vida.
Resignado, fue por otra palangana.
—Demasiado fría.
—¡¿Hasta cuándo, maldita dragona?!
Roshwitha aguantó la risa.
—¿Desobediente? ¿Quieres otra ronda?
Ante eso, Leon se rindió de inmediato y fue corriendo a cambiar el agua.
—Hmm, esta está bien. Empieza.
Leon sujetó con una mano la planta de su pie y con la otra le vertió agua tibia por encima.
Primero enjuagó los «restos». Luego, trajo otra palangana para lavar ambos pies.
No es que Leon fuera experto en lavar pies…
Es queRoshwitha lo exigía así.
Esta dragona sabía demasiado bien cómo darse placeres.
Mientras lavaba, Leon hervía de rabia.
De cazador de dragones más temido…
A esclavo lavapiés.
Ni en su peor pesadilla se habría imaginado algo así.
Alzó el pie de Roshwitha, lo contempló, tan delicado, tan suave…
Y lo acercó a su boca.
—Ya no aguanto.
Roshwitha se asustó y retrocedió el pie.
—¿Qué haces? ¿No me digas que tienes alguna clase de fetiche asqueroso?
Ver a Leon tanactivola descolocó.
¿Acaso este bastardo humano disfrutó lo que pasó hace un momento?
¡No puede ser!
—Voy a tener postre esta noche.
—¿Eh?
—Voy a comer pata de dragón cruda.
—¡¿Qué estás diciendo—?!
¡CRACK!
—¡Leon Casmod! ¡Te voy a matar, maldito! —gritó la Reina Plateada, temblando por el dolor en su tobillo.
…
A la mañana siguiente, Muun abrió los ojos grandes como platos al ver a sus padres.
—Mamá, ¿por qué cojeas al caminar?
Roshwitha: …
—Papá, ¿por qué tu cara está llena de moretones?
Leon: …
Muun parpadeó un par de veces, y de pronto exclamó:
—¡Ah~ Seguro es porque hicieron algún juego divertido sin mí!