Capítulo 24
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Roshwitha condujo a León por un sendero estrecho en la parte trasera de la montaña del santuario. Bajo sus pies, los escalones de piedra pulida se extendían cada vez más hacia lo profundo del bosque.
—¿A dónde vamos? —preguntó León, siguiéndola de cerca.
—Ya lo sabrás cuando lleguemos.
León se detuvo de golpe.
Ese bosque… ese ambiente… ella y él, solos…
Despertaban recuerdos que no eran precisamente agradables.
Se quedó quieto, tragó saliva y murmuró:
—Te lo advierto, dragona… si piensas hacer lo mismo que la última vez, eso de obligarme a “hacer cosas” mientras tengo de fondo la vista de tu bendito santuario, ya te aviso que no va a surtir efecto. Porque, sinceramente, no tengo ni un gramo de apego por tu territorio.
Roshwitha, caminando delante de él, soltó una risa ligera, sin mirar atrás.
—Tranquilo, no soy tan irracional ni salvaje como parezco. Hay momentos para relajarse… y momentos para echar de menos el hogar…
Se detuvo.
Frente a ellos se alzaba una puerta de hierro, imponente y severa.
—Como ahora.
León también reparó en la estructura que tenían delante.
No tenía letreros, ni guardias. Solo una fría y opresiva puerta metálica.
—¿Qué es esto? —preguntó.
—Ah, nunca le puse un nombre. Puedes llamarlo almacén, trastero… o el tesoro de la Reina, como más te guste.
Mientras hablaba, Roshwitha levantó una mano. Una energía mágica plateada chispeó en sus dedos.
Luego, inyectó esa energía en la cerradura de la puerta. Con un crujido metálico, esta empezó a abrirse lentamente hacia el interior.
Roshwitha dio un paso dentro.
—Ven —lo llamó.
León dudó un momento, pero terminó siguiéndola en silencio.
Tras cruzar la puerta y bajar algunos escalones, se revelaron ante él varias hileras de estanterías perfectamente organizadas.
León abrió los ojos con asombro, la boca ligeramente entreabierta.
—¿Todo esto es tuyo?
—Sí. Todo lo que tiene algún significado para mí lo guardo aquí.
León, emocionado como un niño, corrió hacia una de las estanterías y se detuvo ante una pulsera exquisitamente elaborada.
Era un cazador de dragones experto; no necesitaba mucho para reconocer algo valioso a simple vista. Esa joya, en el Imperio, fácilmente valdría cientos de miles de monedas de oro.
—Esa fue un regalo de mi abuela cuando cumplí la mayoría de edad —explicó Roshwitha.
León asintió y siguió curioseando con los ojos brillantes. Estaba tan absorto con los tesoros que ni notó cuando Roshwitha cerró con sigilo la gran puerta de hierro…
Y le echó el cerrojo.
Después de un rato explorando, León, ya más tranquilo, preguntó:
—¿A qué viene todo esto? ¿Por qué me trajiste aquí?
—Ah, mira, justo lo encontré —lo interrumpió ella, poniéndose de puntillas para alcanzar una caja en lo alto de la estantería.
León la ayudó, y entre los dos bajaron la caja y la colocaron en el suelo. Roshwitha sopló suavemente el polvo acumulado sobre la tapa.
—¿Qué hay dentro?
—Te lo dije antes: algo que te ayudará a olvidar tus preocupaciones… por un rato.
Dicho eso, Roshwitha abrió la caja y la giró hacia León.
Él miró dentro, curioso.
Y cuando por fin vio su contenido, se quedó paralizado, incapaz de decir palabra.
Sus ojos se abrieron de par en par, la boca entreabierta, y en sus pupilas negras se reflejó la silueta de un viejo “compañero” al que no veía desde hacía dos años…
El Carro Negro.
Una armadura hecha por los mejores artesanos del Imperio. Su aliada fiel en incontables batallas, le había salvado la vida más veces de las que podía contar.
Con manos temblorosas, León alargó los dedos y acarició la superficie de la armadura.
El tacto le era tan familiar como el primer día. No mostraba ni el más mínimo signo de desgaste. Estaba claro que Roshwitha la había cuidado con esmero durante esos dos años.
—¿Te la pruebas? —sugirió ella.
—¿Eh?
—Vamos, ¿qué esperas? Póntela.
—O-oh… está bien.
León sacó cada pieza del Carro Negro con movimientos casi reverentes y empezó a equiparse con habilidad.
Cuando terminó, Roshwitha juntó las manos, los ojos brillando, y exclamó:
—¡Qué guapo! Justo como aquella vez en la que me apuntaste con tu espada, listo para rebanarme la cabeza.
—Los dragones de tu raza tienen una forma muy extraña de usar palabras bonitas —bufó León.
Pero no podía negar que estaba encantado. Observaba cada parte de su armadura con una sonrisa satisfecha.
Su viejo compañero todavía conservaba ese aire imponente.
Aunque…
León notó algo en el pecho de la armadura.
—¿Qué es esto? —se inclinó—. Hay una pequeña grieta en el peto…
Frunció el ceño.
—El Carro Negro tiene un sistema de autorreparación. En dos años debería haber sanado por completo…
Roshwitha negó con la cabeza.
—Quién sabe. Tal vez se golpeó sin querer.
—Hmm…
León acarició la grieta. No era muy grande, apenas visible si no te fijabas bien.
Sonrió, algo avergonzado, como un niño que acaba de recibir el juguete que más quería.
—Gracias, Roshwitha. No pensé que fueras tan… considerada.
—¿Gracias?
—Sí, gracias—…
Levantó la cabeza para mirarla.
Pero su sonrisa se congeló al instante.
Porque la mujer frente a él… ya no era la misma.
Toda dulzura, elegancia y compostura desaparecieron al instante en cuanto se cruzaron sus miradas.
En sus ojos de dragón plateado danzaban corazones rosados. Y bajo la tela de su pecho, brillaba tenuemente el resplandor de las marcas de dragón.
La Reina sonrió, con un gesto ligeramente desquiciado, y se acercó a él paso a paso.
—¿Gracias? Eso no basta, cazador de dragones.
León retrocedió un paso, tenso.
¡Lo sabía! ¡Tanta amabilidad era sospechosa!
Pero ya no era el mismo de antes. Ya no iba a dejarse someter tan fácilmente.
—¡Oye, loca! Antes de que pierdas el control, te recuerdo que el Carro Negro está encantado. Aumenta todas mis estadísticas. ¡Así que esta vez no será tan fácil doblegarme!
Ahora que tenía con qué defenderse, su voz se alzó con confianza.
Pero Roshwitha solo sonrió con desprecio, y siguió acercándose.
—¿De verdad crees que después de cuidar esta armadura durante dos años… no le habría hecho un par de ajustes?
—¿Q-qué…?
Ella chasqueó los dedos.
¡Clac!
De repente, el Carro Negro se volvió insoportablemente pesado. León cayó de rodillas como si un yunque le hubiera caído encima.
Y no solo eso.
¡Sobre su pecho comenzaron a aparecer… marcas de dragón!
León jadeó. Su torso ardía.
Las marcas brillaban más intensamente que nunca.
Roshwitha se agachó con elegancia, y con la punta de la cola le alzó el mentón.
—Dos marcas de dragón. Doble efecto. Ah~ Mi querido cazador, ¿crees que podrás resistir?
—¡R-Roshwitha!
¡Clang!
Ella lo volteó boca arriba, dejándolo tendido sobre el suelo. Luego, con pasos lentos y seguros, se montó sobre su armadura.
—¿De verdad pensaste que olvidaría lo que pasó hace tres días? Todo este día me porté como una niña buena, y tú… ¡tú caíste en la trampa como un idiota!
Rió con descaro.
—¿Qué tal mi actuación, eh? ¿Te engañé bien?
Los ojos de León temblaban.
—¿Entonces todo lo que me dijiste hoy… era mentira? ¿Que no conociste a tus padres? ¿Que dejarías que Moonoya te llamara mamá? ¿Lo de tomarnos de la mano… también?
—No. Todo eso fue real.
—Pero…
—Pero eso no cambia lo que voy a hacer contigo ahora, León.
Abrió el escote, liberando sin reparos las marcas de dragón que ya ardían de deseo.
—¿Recuerdas lo que me dijiste hace tres días?
—Dijiste que me gustaba dominar…
—Pues…
—¡Ahora verás cómo se conquista de verdad!
¿Estás listo, mi querido… esposo~?