Capítulo 25
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Capítulo 25 ¡Marcas de dragón, súper multiplicadas!
La sensación que traían las marcas de dragón dobles también se duplicaba.
Roshwitha apenas necesitaba deslizar la yema de los dedos por la piel de Leon para provocar un efecto tan exagerado como si el cielo se partiera y la tierra ardiera.
Leon apretaba los dientes, el ceño fruncido con fuerza, los puños cerrados con tanta tensión que se le marcaban las venas, luchando desesperadamente por reprimir sus impulsos.
Pero la corriente eléctrica provocada por las marcas de dragón lo arrasaba como una bestia salvaje, desbordando su frágil autocontrol.
Roshwitha ni siquiera tenía que tomarse la molestia de provocarlo demasiado. Con solo mirarlo desde arriba, sonriendo de esa manera encantadora, bastaba para avivar violentamente el fuego que ardía en el pecho de Leon.
—Marcas de dragón multiplicadas… ¿Qué se siente, Leon? ¿Puedes contármelo?
Su sonrisa era seductora, embriagadora, como una hechicera que devoraba el alma.
Cuando un dragón se excita, en su cabeza solo quedan dos cosas:
Destrucción. Conquista.
Fuera de eso, son incapaces de pensar en nada más.
Y Roshwitha, en este momento, estaba claramente en ese estado de éxtasis.
Leon reprimía sus deseos, al igual que Roshwitha luchaba por contener sus propios instintos dracónicos.
Cuánto deseaba devorar a su presa frente a ella, fundirse carne con carne, cuerpo con alma. Cuánto deseaba destruir todo en él: su cuerpo, su voluntad, su dignidad. Cuánto anhelaba usar los métodos más crueles, más insoportables, para obligarlo a suplicarle con lágrimas en los ojos. Dejar salir sin reservas su ansia de dominación.
Pero aún no podía hacerlo.
Debía disfrutarlo lentamente. Saborearlo. Deleitarse, despacio, en la ruina total del hombre bajo su cuerpo.
La resistencia de Leon. Su lucha. Esa obstinación que, aunque deseaba rendirse, aunque ansiaba hundirse en el dulce abrazo de su Reina, seguía sosteniéndose por el miserable orgullo de un cazador de dragones…
Todo eso era, para Roshwitha, trofeos de su venganza.
Extendió la mano, y con el dorso de los dedos acarició suavemente la mejilla ardiente de Leon.
Contemplaba ese rostro terco pero firme, y no pudo evitar alabar con sinceridad al hombre que técnicamente aún era su esposo:
—Sigues tan guapo como hace dos años, Leon. Las cicatrices en tu rostro se han desvanecido un poco, pero ganaste ese aire cansado, ese desgaste… más varonil, más maduro.
Ese contacto sencillo bastó para encender de nuevo las llamas en el corazón de Leon.
Apretó los dientes con fuerza, aferrándose a su última pizca de razón.
Aunque en el fondo ya sabía que no podría resistir mucho más contra la resonancia de las marcas de dragón.
Y más aún… si Roshwitha había manipulado su armadura y añadido otra capa de runas.
Con ese doble impacto…
Nadie sería capaz de soportarlo.
Además, estaban en las montañas, lejos del templo. No había un alma cerca.
Roshwitha podía liberar por completo su naturaleza salvaje, sin preocuparse por las consecuencias.
—¡Ahhh… maldita sea!
Leon soltó un gruñido bajo. Las reacciones de las marcas de dragón se intensificaban sin freno. Ya no tenía fuerza para seguir resistiendo.
Los ojos de Roshwitha se curvaron como dos lunas crecientes, destilando una ambigua mezcla de deseo y ternura.
—¡Leon! Leon~ Leon…
La resonancia también consumía la razón de Roshwitha. Sin darse cuenta, empezó a llamarlo una y otra vez.
De pronto, su cintura cedió. Cayó de lleno sobre el peto negro del “Carro de Guerra”.
Sus pechos redondos quedaron ligeramente aplastados por la dura armadura, cambiando de forma apenas.
Leon suspiró aliviado de que entre los dos aún quedara una barrera de metal. De lo contrario… las marcas de dragón de sus pechos ya estarían pegadas, latiendo juntas.
Pero se alegró demasiado pronto.
Roshwitha se inclinó hacia su rostro. Su largo cabello plateado caía como una cascada sobre su mejilla, las puntas le rozaban la frente, la nariz.
Un cosquilleo suave, casi sensual.
Aunque lo que más le picaba… era el corazón.
Sus labios estaban increíblemente cerca. A la distancia exacta de un dedo índice.
Leon podía sentir su aliento cálido quemándole la cara.
Nunca antes había sido tan directa.
Tan cerca. Tan íntima.
Bastaría con respirar un poco más fuerte y sus bocas se rozarían.
—Roshwitha…
—Leon… yo, yo…
Sus pupilas temblaban, llenas de una calidez líquida. Parecía querer decir algo.
Pero se lo tragó al final.
Se enderezó de golpe, y con frialdad soltó:
—Hmph. Esto no es más que venganza, Leon.
No se sabía si se lo decía a él o a ella misma.
La vista de Leon se volvía borrosa, su respiración cada vez más pesada.
Justo antes de perder el conocimiento bajo la embestida de las marcas de dragón, lo último que vio fueron los ojos húmedos y emocionados de Roshwitha.
Carne y armadura. Calor y frío. Se entrelazaban salvajemente en la cabaña de aquel bosque solitario.
Las hojas de miles de árboles antiguos se mecían al viento, los pájaros trinaban, las cigarras cantaban. Todo parecía conspirar para brindar la más perfecta cobertura a los actos que ocurrían en esa casa.
No se sabía cuánto tiempo había pasado cuando Leon abrió lentamente los ojos.
Cada fibra de su cuerpo dolía hasta los huesos. Solo mover un dedo hacía crujir sus articulaciones.
Como si le hubieran roto y recompuesto cada hueso del cuerpo.
Apretó los dientes y se incorporó, apoyándose contra la fría pared de piedra.
Al alzar la mirada, vio que Roshwitha también acababa de recuperarse del agotamiento. Se vestía con calma, una prenda a la vez.
La luz de las marcas de dragón en su piel brilló como una hoguera al amanecer, parpadeó dos veces… y se apagó.
Una vez vestida, Roshwitha comenzó a recoger con cuidado cada una de las piezas del “Carro de Guerra” esparcidas por el suelo y las guardó de nuevo en la caja.
Con movimientos suaves y meticulosos.
Luego, colocó la caja en su lugar y caminó lentamente hasta quedar a unos tres metros de Leon, sentándose junto a un estante de exhibición.
También lucía agotada. Sus mejillas aún estaban encendidas, su cola descansaba sin fuerzas a un lado, y su largo cabello plateado estaba ligeramente revuelto.
Leon apoyó la nuca en la pared fría. Aunque los párpados le pesaban, no apartó la mirada de ella.
La atmósfera entre los dos era extraña. Como si el desenfreno anterior jamás hubiera ocurrido.
—Quiero descansar un poco antes de volver —dijo Leon.
—Mmm.
Su voz era ronca.
Probablemente por gritar demasiado durante el clímax.
Leon la observó. Notó que su estado de ánimo parecía algo decaído.
Era algo que ya había notado después de varios “encuentros” como este.
Y al pensarlo bien… tenía sentido.
Porque mientras humillaba a Leon de esa forma, también estaba pisoteando sus propios límites, su propia alma.
El placer de la venganza existía solo en el instante. No en lo que venía después.
Leon no dijo nada. No preguntó, ni intentó consolarla.
Total, sabía que en unos minutos ella volvería a ser la misma Reina de siempre: fría, cruel, sarcástica.
Se quedó en silencio, acurrucado en la esquina, la cabeza gacha.
Sha sha…
Ropa rozando la piel. Otra vez.
Leon pensó que Roshwitha se estaba levantando para irse. Alzó la mirada.
Pero no.
Ella se arrastraba hacia él. Literalmente.
Con las palmas y las rodillas sobre el suelo, la cola extendida por detrás, moviéndose como un felino travieso.
Aunque sabía perfectamente que Leon la veía, seguía actuando como si se acercara sigilosamente.
Como una gatita cautelosa y juguetona.
Leon frunció los labios, encogiéndose un poco.
—¿Qué haces?
Roshwitha llegó hasta él, apoyó una mano sobre su muslo y con la otra le levantó el mentón.
Sus narices casi se rozaban, igual que en ese momento íntimo en que casi se besaron.
Pero esta vez, en los ojos de Roshwitha ya no había ternura.
Solo esa mirada familiar, cargada de burla y malicia.
La Reina, con voz lenta y enigmática, susurró:
—Leon… tu cuerpo ya no es lo que solía ser, ¿eh?
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