Capítulo 36
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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36 – No lo critiques a lo tonto, solo los niños pequeños juegan con juguetes:
Por suerte, gracias al riguroso entrenamiento con su maestro cuando era pequeño, el cuerpo de León todavía conservaba una buena base. Aunque estaba agotado y débil, con unos días de descanso podía recuperarse bastante bien.
Todavía no podía realizar trabajos pesados, pero salir a dar un paseo o leer con su hija ya no era problema.
Ese día, el sol brillaba con fuerza. Noah se había ido a hacer su entrenamiento físico, así que León también podía aprovechar para pasar algo de tiempo con su hija menor.
Si no empezaba a ganarse nuevamente la atención de Muun, esa dulce niña realmente iba a pensar que su viejo padre se había ido al más allá.
León la cargó en brazos y se dirigieron al jardín trasero del santuario.
—¡Papá, sigamos jugando a los caballeros dragón! —propuso Muun.
—Claro —respondió él con una sonrisa.
Dicho esto, León intentó alzarla para sentarla sobre sus hombros.
Pero justo a medio camino, Muun movió su colita y dijo:
—Espera un momento, papá.
—¿Qué pasa?
—Mamá dijo que tu cuerpo todavía no se ha recuperado del todo, así que Muun no puede jugar a los caballeros dragón contigo, porque eso podría retrasar tu recuperación.
León se quedó un momento en silencio, algo sorprendido. Esta pequeña dragoncita seguía siendo tan considerada…
Sonrió.
—No pasa nada, Muun no pesa mucho.
—Aun así, no se puede —respondió ella, terca, mientras movía sus piernitas para que la bajara.
León no pudo resistirse a su hija, así que le hizo caso y la dejó en el suelo.
Entonces, se agachó frente a ella y le preguntó con paciencia:
—¿Y qué juego quieres que juguemos entonces?
Muun frunció los labios, pensativa, pero no lograba pensar en ningún juego divertido que no implicara esfuerzo físico.
Al ver que su hija dudaba, León le propuso:
—Ya que Muun no puede pensar en un buen juego, ¿qué te parece si papá te hace un juguete?
Los ojos de la pequeña dragoncita brillaron al instante.
—¡¿Un juguete?!
—Ajá.
—¿Qué juguete es?
—Cuando lo termine lo verás. Vamos, vayamos al almacén a buscar materiales.
—¡Sí~
Para Muun, jugar o hacer un juguete no era muy distinto.
Lo importante era estar con su papá.
El mundo de un niño es así de simple: mientras esté con su papá, no importa qué hagan, ¡todo es felicidad!
León la llevó al almacén del santuario y comenzó a recoger piezas y herramientas.
Una vez reunió todo, calculó el peso de los materiales y la cantidad que había recolectado.
Tras pensarlo un poco, agarró unas piezas extra, por si acaso.
Finalmente tomó unas pinturas de varios colores y ya estaba todo listo.
—Muy bien, vámonos.
—¡Ajá!
Padre e hija regresaron al jardín, eligieron un claro en el que sentarse y se acomodaron en el suelo.
León colocó todas las piezas una a una frente a él.
Se frotó las manos y dijo:
—Entonces, papá va a empezar.
—¡Ánimo, papá!
León comenzó a ensamblar todas esas piezas, con orden y precisión.
Algunas encajaban directamente, pero otras necesitaban ser cortadas, lijadas o requerían procedimientos más delicados y complejos.
Trabajaba con mucha seriedad.
Muun, a su lado, también lo observaba muy atentamente.
Ya de por sí pensaba que su padre era genial, pero no sabía por qué, cuando lo veía trabajar con esas piezas complejas, ensamblando engranajes y creando mecanismos de forma tan natural, con esa expresión tan concentrada y dedicada… de repente le parecía aún más increíble.
Muun no entendía mucho sobre cosas como «aura» o «carisma».
Solo sabía que, comparado con otros dragones, su papá era mucho, pero mucho más guapo y genial.
—Ya casi está.
León examinó lo que tenía entre manos.
Era un cubo negro, cada una de sus caras dividida en nueve cuadraditos.
—¿Está listo, papá? —preguntó Muun, acercándose con curiosidad.
—Todavía falta el último paso.
León tomó las seis pinturas que había preparado, mojó el pincel y preguntó:
—¿Quieres probar tú con el último paso?
—¿Eh? ¿Muun puede hacerlo?
—Claro que sí, ven, inténtalo.
—¡Gracias, papá!
Ya sea jugando o creando un juguete, lo importante es que los niños puedan sentirse involucrados. Eso es lo que los hace felices.
León sentó a Muun sobre sus piernas, sujetándole suavemente las muñecas desde atrás, y la ayudó a pintar las caras del cubo.
Aunque algunas partes quedaron un poco chuecas, León no dijo nada, simplemente la ayudó con paciencia a corregirlas.
Y así, gracias a la cooperación entre padre e hija, terminaron un cubo con seis colores distintos.
Muun lo sostenía con ambas manos. No tenía muy claro qué era, pero si su papá lo había hecho, ¡seguro era increíble!
—Este juguete se llama cubo mágico. Puedes girarlo libremente, prueba.
—¡Oki!
Muun giró un par de veces. Como era de esperar, los colores se mezclaron en todas las caras.
—La idea es lograr que cada cara tenga un solo color. Al principio puede parecer difícil, pero mientras más juegas, más fácil se vuelve.
Cuando León estudiaba, le encantaban este tipo de juguetes.
Recordaba que en su primera clase de mecánica alquímica, el profesor les pidió como tarea crear un mecanismo de engranaje simple.
Él presentó una versión básica del cubo mágico.
El profesor quedó bastante satisfecho y le dijo en tono de broma que, incluso si no se dedicaba a matar dragones al graduarse, podía abrir una tienda de juguetes para entretener a los niños, y le iría igual de bien.
Y, quién lo diría… el profesor había predicho el futuro: ahora León realmente estaba criando una niña.
Y lo más increíble… es que lo hacía bastante bien.
Muun escuchaba con atención la explicación, mientras seguía trasteando con su cubo mágico.
León le explicaba con paciencia los trucos y fórmulas para resolverlo.
En eso, de repente levantó la cabeza y escaneó el entorno con mirada alerta.
Los cazadores de dragones son muy sensibles a las “miradas”.
Especialmente… a la mirada de un dragón.
León pensó que era Roshwitha espiándolos desde el balcón.
Pero cuando alzó la vista, la madre dragona no estaba allí.
Se quedó quieto, analizando su entorno con más cuidado.
La mirada furtiva venía de su espalda, de eso no había duda.
Sin voltear la cabeza, recordó el diseño del santuario de los dragones plateados.
Justo detrás de su posición estaba… el campo de entrenamiento.
Donde Noah solía hacer sus ejercicios físicos.
Sonrió con complicidad.
Esa niña nunca se uniría voluntariamente a su tiempo con Muun.
León miró a su hija, que seguía concentrada tratando de completar una cara del cubo.
Y aprovechando el momento, empezó a trastear nuevamente con las piezas que le habían sobrado.
Por suerte había tomado piezas extra, justo para una ocasión como esta.
En menos de media hora, el segundo cubo mágico ya estaba listo.
Esta vez no lo pintó, simplemente lo dejó a un lado, junto con los frascos de pintura.
En ese momento, Muun se sentía ya un poco agotada.
—Papá, vamos a descansar un rato. Luego me enseñas bien, no puedo ni completar una cara…
—Claro, vamos.
León se levantó, le tomó la mano a Muun y salieron del jardín.
Cuando ya se habían alejado un poco, León volvió la cabeza ligeramente.
Desde los arbustos del jardín, asomaba una pequeña figura.
Sonrió y desvió la mirada.
Noah había llegado al lugar donde antes estuvieron León y Muun.
Sobre una banca cercana había un cubo sin pintar y varios frascos de pintura.
Noah se acercó, tomó un pincel y las pinturas, y empezó a pintar el cubo, imitando los movimientos que había visto.
Muy pronto, aunque no quedó muy bonito, logró terminar su propio cubo mágico.
Lo giró unas veces, y al sentir el clic de los engranajes, sus ojos brillaron.
—Vaya… esto… está bastante interesante.
Luego, aplicando los pasos que había oído en secreto, deshizo los colores y comenzó a intentar resolverlo.
Tenía un gran talento y capacidad de aprendizaje, así que en menos de diez minutos, casi lo tenía resuelto.
Justo cuando estaba por terminar, una voz le llegó desde lejos:
—¡Princesa Noah! ¡Se acabó el descanso, es hora de seguir con el entrenamiento físico!
Ella se apresuró a guardar el cubo en su bolsillo y salió corriendo hacia el campo de entrenamiento.
—¡Voy!
…
Esa noche, en la habitación de las hermanas, Muun estaba sentada sobre la cama, jugueteando aún con el cubo que su papá le había hecho durante el día.
Había estado peleando con él todo el día, pero aún no lograba resolverlo.
Tras unos intentos fallidos más, frustrada, tiró el cubo a un lado y lo golpeó con la cola.
—¡No quiero jugar más! ¡Muun es tonta, ni siquiera puede completar una cara!
Noah, que preparaba sus materiales para el día siguiente, al ver a su hermana tan frustrada, dejó el libro a un lado y se acercó.
—Déjame enseñarte.
—¿Eh? ¿Tú sabes cómo?
Noah no respondió. Solo tomó el cubo y empezó a explicarle:
—Para resolverlo no tienes que ir cara por cara, sino capa por capa. Así.
Al ver lo hábil que era su hermana con el cubo, Muun quedó boquiabierta.
—¡¿Hermana… cómo es que lo haces tan bien?!
—¿Ah? No, no es para tanto…
—¿Ya lo habías jugado antes?
—¡Claro que no! Ese tipo de juguetes son para niños pequeños, a mí no me interesan. Toma, ya entendiste, ¿no? Es tuyo.
Muun tomó el cubo con las seis caras completas, lo abrazó feliz y se metió bajo las sábanas.
Poco después, empezó a escucharse su respiración tranquila.
—¿Muun? —la llamó Noah en voz baja.
Al ver que no respondía, se levantó con cuidado.
Sacó una pequeña caja de madera de debajo de la cama y la abrió.
Dentro había un fragmento de metal negro y una hoja con su nombre escrito.
Luego sacó su propio cubo del bolsillo y, con sumo cuidado, lo guardó dentro de la caja.