Capítulo 041
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Capítulo 41: Casmode (Parte Dos)
Las doncellas notaron que Su Majestad estaba de muy buen humor ese día.
No.
No solo de buen humor.
Estaba extremadamente, extremadamente, extremadamente de buen humor.
¿Y cómo lo supieron?
Porque su jefa, famosa por ser una adicta al trabajo, sorpresivamente las había dejado salir temprano… ¡y ya iban dos días seguidos!
Y no solo eso: Su Majestad había estado sonriendo todo el día, sin mantener su habitual expresión seria.
Después de resolver unos asuntos complicados, incluso tarareó alegremente una melodía pegajosa.
En conclusión, las doncellas tenían dos conjeturas muy atrevidas:
Su Majestad podría estar embarazada de trillizos;
O Su Majestad podría estar preparándose para concebir trillizos.
—Ya las dejé salir temprano, ¿por qué no se van a descansar? ¿Qué siguen haciendo aquí?
En el trono del palacio, Roshwitha, enterrada entre documentos, ni siquiera levantó la cabeza al hablar.
Las doncellas asintieron de inmediato y se inclinaron, sin atreverse a seguir especulando sobre el extraño comportamiento de Su Majestad ese día. Se dieron codazos entre ellas y fueron saliendo del palacio una por una.
Ya sola, Roshwitha volvió a tararear inconscientemente una alegre tonada.
En sus cincuenta años de reinado, rara vez había estado tan feliz como ahora.
Durante esos cincuenta años, su vida había sido casi una repetición constante del mismo día:
Despertar, asearse, desayuno, trabajo, almuerzo, más trabajo, cena, horas extra, descanso.
Una y otra vez, año tras año.
La larga esperanza de vida del Clan Dragón era como un mar sin fin, y Roshwitha era un bote solitario a la deriva, dejándose llevar por el viento y las olas sin rumbo.
¿Y qué había más adelante?
Aún más mar sin fin.
Su trabajo era igual. Se deshacía de una montaña de registros laborales por la noche, solo para encontrarse con otra montaña al día siguiente.
Roshwitha nunca se quejaba.
Porque sabía que quejarse no servía de nada.
Además, era la reina de los Dragones Plateados; para su clan, era una líder, un símbolo de fe, un ancla espiritual. No podía permitirse mostrar miedo o retroceder ante nada.
Pero… ¿le gustaba ser gobernante? ¿Disfrutaba enfrentarse a un flujo interminable de trabajo? ¿Le agradaba pasar la mitad de su vida en esta jaula llamada trono?
No lo sabía.
Pensó que con el tiempo acabaría odiando esta vida.
Y al final, ni odio ni placer: Roshwitha no sentía rechazo, mucho menos disfrute.
Su corazón era como un bosque tranquilo, perturbado ocasionalmente por el vuelo de unas aves, pero sin verdaderas ondas.
Y lo que nunca esperó fue que quien le trajera alegría a su monótona vida fuera un humano.
Ese idiota sin talentos especiales más allá de matar dragones y criar hijos, cuyo ebrio “me gustas” todavía flotaba en sus sueños, hacía que Roshwitha se preguntara si de verdad estaba empezando a sentir algo por él.
Pero él era humano, y además un oponente conflictivo que disfrutaba desafiarla. ¿Por qué iba a enamorarse de él?
La Reina de los Dragones Plateados había resuelto incontables problemas para su clan, pero cuando se trataba de sí misma, no encontraba salida. Y lamentablemente, no podía pedirle ayuda a nadie. La única capaz de descifrar los secretos de su corazón… era ella misma.
De pronto, unos pasos resonaron en el templo, interrumpiendo los pensamientos de Roshwitha. Alzó la vista para ver quién era. Bueno, hablando del diablo…
Leon llevaba dos cubetas de pintura, varios pinceles de distintos tamaños, y dos delantales celestes colgaban de su cinturón de herramientas.
Roshwitha lo miró de arriba abajo. —¿Qué pasa, los cazadores de dragones fueron despedidos y ahora se están reconvirtiendo en honorables… pintores?
Leon sonrió sin responder a la broma de Roshwitha y se acercó.
—Ya estipulé que nadie puede traer pintura ni sustancias similares al templo. Si lo hacen, se les descuenta medio mes de salario.
Tenía un leve TOC con la limpieza, y la pintura olía fuerte; si se derramaba, sería un problema.
Pero a pesar de lo que dijo, no lo detuvo.
Bueno, porque ese bueno para nada ni siquiera tenía un salario que descontar.
Dejó la pluma que tenía en la mano, apoyó la barbilla en una mano y miró a Leon desde el trono.
Leon también la miró desde abajo. —¿A qué hora terminas de trabajar?
—Depende de mi estado de ánimo. ¿Qué pasa?
—Ven a ayudarme, vamos a cambiarle el color al Carro de Guerra Negro y Dorado.
Roshwitha se animó de inmediato al oírlo. —Vale, vamos.
Cerró el registro de trabajo, se levantó del trono, levantó su falda y bajó los escalones con paso ligero.
Leon se sorprendió. —¿Tan decidida? Todavía no es hora de terminar.
—Dije que depende de mi estado de ánimo.
Leon alzó una ceja. —¿Entonces estás de buen humor ahora?
—Qué cantidad de palabras innecesarias. ¿Vas o no?
—¡Ya voy, ya voy!
La pareja caminó lado a lado, saliendo del Templo del Dragón Plateado.
Llegaron al almacén privado de Roshwitha, situado en las montañas traseras, y entraron uno tras otro.
Cuando aún estaba en el Ejército Cazador de Dragones, los dragones contra los que luchaba no sabían su nombre ni su rostro; solo lo describían como “el hombre de la armadura negra”.
Poco a poco, ese apodo se difundió entre los dragones. Después de todo, alguien de una tribu extranjera que usaba truenos y relámpagos para matar dragones era difícil de olvidar.
Tal como dijo la abuela de Roshwitha anteayer.
Y antes de ponerse la armadura del Carro de Guerra Negro y Dorado y entrar en batalla, para no levantar sospechas entre los Dragones Plateados, Leon aplicó un poco de pintura plateada sobre la armadura, y nadie lo reconoció bajo la oscuridad de la noche.
Pero esos disfraces burdos solo engañaban por un tiempo, no para siempre.
Leon tenía el presentimiento de que estaría con Roshwitha por un buen rato, al menos hasta que descubrieran la conspiración del imperio.
Considerando que el imperio podría desesperarse y enviar más Reyes Dragón tras él, decidió prepararse desde ya. No podían permitirse otra improvisación como con Constantine.
Después de explicarle a Roshwitha por qué debían cambiar el «skin» del Carro de Guerra Negro y Dorado, ambos empezaron a sacar las piezas de la armadura una por una. Se ataron los delantales, se sentaron en el suelo y comenzó su “spa de armadura”.
—Por cierto, ¿por qué no le pediste ayuda a las hijas? ¿No volvió Noia?
Roshwitha sostenía el casco del Carro de Guerra con delicadeza, aplicando la pintura con cuidado.
Leon vaciló. —Ellas… están con la abuela. Es su primera vez juntas, no me pareció bien interrumpir.
Era una excusa razonable. Pero Noia había vuelto ayer, y las tres hijas habían pasado la noche con su bisabuela. Ya casi era de noche otra vez, así que había pasado todo un día. Por mucho que quisieran compartir entre generaciones, no deberían estar pegadas todo el tiempo, ¿no?
Si Leon decía simplemente “¿quién quiere ayudar a papá a pintar?”, Noia y Muen seguramente habrían corrido a ayudar. ¿Luz? Apenas y caminaba bien, mejor que se quedara en su cuarto.
Además, las hijas no conocían el origen de esta armadura. Ayudar no las agotaría y hasta podría mejorar la relación entre padre e hijas.
Pensando en eso, a Roshwitha le brillaron los ojos y surgió una traviesa idea. —Ah, ya veo. No quisiste molestar a las niñas ni a la abuela.
Leon le echó una mirada rápida y respondió en voz baja: —Ajá.
—Oh. —Roshwitha fingió decepción.
—¿Y ese suspiro? —preguntó Leon.
—Pensé que querías hacer esto solo conmigo. —Levantó una uña y rascó suavemente el casco, frunciendo los labios como una esposa abandonada.
Leon notó que el humor juguetón de la madre dragona estaba en alza otra vez. —…Madre Dragona, ya basta.
Roshwitha, viendo que su truco había sido descubierto, no se molestó. Se calmó y lo miró fijamente.
—¿Cómo que “ya basta”? ¿Y por qué no dijiste eso cuando me confesaste que te gustaba, anteayer?
—Eso fue porque…
—¿Porque qué?
—Porque… estaba borracho. ¿Lo que uno dice borracho cuenta?
Roshwitha resopló. —¿Te emborrachaste con un solo trago? ¿A quién crees que engañas? Estabas bien sobrio.
Leon la miró de reojo, sin ganas de seguir con el tema. La verdad era que sí estaba sobrio esa noche.
No era muy bebedor, pero con un sorbo no perdía el control. Sabía perfectamente lo que había dicho y cómo se sentía. Pero recordarlo ahora… le daba algo de vergüenza.
—¿Por qué tan callado? ¿Te arrepientes? —insistió la reina.
¿Arrepentirse? No. Solo se arrepentía de haber hecho algo en contra de su corazón.
Así que ese “me gustas”… apenas y podía contarse como palabras del corazón de Leon.
—Tch, ¿quién te crees? ¿Crees que lo dices y ya está? ¿Cómo voy a arrepentirme?
Aunque sus palabras eran duras, Leon era sincero. Eso era algo que Roshwitha siempre había admirado en él.
—Entonces dilo de nuevo —lo animó ella.
—¿Ya vas a empezar otra vez? Ya lo dije y ni respondiste. ¿Para qué repetirlo?
Uh-oh. Empezaba a perder la paciencia.
Roshwitha frunció los labios y murmuró bajito: —Olvídalo, a nadie le importa. —Y siguió pintando el casco de Leon.
Mientras aplicaba la pintura, notó que todo el color que había traído Leon era plata. ¿Qué pretendía? ¿Carro de Guerra Negro y Dorado con skin reluciente de plata? ¿Exclusivo para la Dragona Plateada?
—¿Por qué todo es plateado? —preguntó casualmente.
—Me gusta el plateado —respondió Leon sin dudar.
Roshwitha se quedó en silencio un momento, luego se aclaró la garganta dos veces, intentando llamar la atención del perro humano.
Leon alzó la cabeza, cooperativo. Roshwitha jugaba despreocupadamente con su cabello plateado como si nada.
Leon rodó los ojos en silencio y volvió a agachar la cabeza.
—Ahem—
Volvió a mirar.
Roshwitha seguía jugueteando con la punta de su cola plateada.
Leon suspiró, pero no dijo nada.
—Ahem—
—Está bien, está bien, ¡es tu plata, ¿ok?! —cedió Leon.
Las indirectas de la reina ya le estaban pegando en la cara. Si seguía fingiendo, Roshwitha lo iba a obligar a decirlo. Mejor adelantarse.
Roshwitha por fin se dio por satisfecha y continuó pintando contenta.
Después de un rato de trabajo, por fin terminaron de cambiarle el skin al Carro de Guerra Negro y Dorado. Al ver la armadura renovada, Roshwitha asintió, satisfecha. —Nada mal, se ve bastante bien.
—Hmm.
Un “hmm” bastante apagado. Roshwitha lo miró y notó que no tenía expresión alguna. Su actitud y estado de ánimo eran completamente distintos a cuando estaban en el templo.
Roshwitha probablemente ya sabía por qué estaba así—por la conversación de antes:
> “¿Ya vas a empezar otra vez? Ya lo dije y ni respondiste. ¿Para qué repetirlo?”
El chico terco por fin había reunido el valor para dar un paso adelante, pero aquella noche ella solo lo abrazó y lo besó sin responderle.
Aunque no había dicho nada estos días, seguro se sentía algo inquieto por dentro, ¿no?
Roshwitha frunció los labios, dudó un momento, luego se acercó en silencio y le tiró suavemente de la manga.
—¿Qué pasa? —preguntó Leon en voz baja, sin apartar la vista del Carro de Guerra.
—Casmode.
La reina se puso de puntillas y le susurró al oído, con voz suave y aliento perfumado:
—Me gustas.