Capítulo 043
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Capítulo 343: 43 ¡Aprovechemos cada segundo!
Apenas la vida volvía a un poco de calma, Roswitha despertaba puntualmente su modo Reina Plateada del Celocismo, dispuesta a añadirle algo de picante al posible período de monotonía.
Y con la experiencia que León tenía, ya sabía perfectamente que cada vez que esta madre dragona se ponía celosa, además de expresar su “descontento”, también tenía otro objetivo oculto.
Y esta vez, seguramente no sería diferente.
Con eso en mente, León bajó despacio las manos que lo rodeaban por el cuello, y preguntó en voz baja:
—Si quieres algo, dímelo de una vez. No tienes que usar los celos como excusa.
Roswitha no respondió de inmediato. Solo ladeó ligeramente la cabeza, se soltó de su agarre, y volvió a abrazarlo por el cuello.
León volvió a bajarle los brazos.
Ella volvió a subirlos.
Él volvió a bajarlos.
Ella volvió a…
…en fin, al cabo de unos rounds, León decidió rendirse.
Con esta dragona terca como una mula, lo único que puedes hacer es dejarla ganar.
Roswitha sonrió, satisfecha, con los brazos bien firmes alrededor de su cuello.
Se inclinó, hasta que sus respiraciones se rozaban. Sus pestañas plateadas se movían lentamente, y cada vez que parpadeaba, cosquilleaban la piel de León con una suavidad que erizaba la piel.
Y su aroma…
Ese olor era como un hada invisible, imposible de ver o tocar, pero completamente presente, rodeándolo por completo.
Antes, su fragancia era sutil y ligera.
Después de dar a luz a Lucecita, se volvió más intensa, profunda… adictiva.
—Para empezar, tu pregunta fue demasiado racional —dijo Roswitha con una voz suave.
—¿Racional? ¿A qué te refieres?
—¿Qué clase de marido, cuando su esposa está celosa, va y le pregunta de frente qué es lo que quiere? ¿Ah?
Su tono y expresión eran muy ambiguos.
Una sonrisa que no era del todo sonrisa, una coquetería que no era del todo dulce.
Parecía disfrutar muchísimo de ese momento.
No era particularmente romántico, pero para ella, era embriagador.
Quizás, simplemente porque ese tonto que tenía delante la atraía demasiado.
Cada vez que surgía esta atmósfera entre ellos, se deleitaba en saborearla hasta el último detalle.
Y sabía bien cómo “aderezar” la situación.
Como una maestra coctelera, Roswitha sabía exactamente cómo preparar esa copa de amor y deseo entre ella y León, con graduación alta, por supuesto.
—Dicho de otro modo… eres demasiado bruto.
—Tampoco es que sea la primera vez que me conoces.
—Y tú tampoco me conoces desde ayer.
Ella se acercó aún más, hasta que sus narices se rozaron.
—Así que… consiénteme.
—¿No se supone que eres una reina y no una novia mimada?
—¿Y qué? ¿No te gusta esta faceta mía?
León suspiró, resignado.
Lo pensó un momento, y tomó una decisión.
Al siguiente segundo, la besó sin titubeos.
Ella se sorprendió un poco, pero no lo rechazó. Correspondió al beso ligero, fugaz.
Justo antes de que se hiciera más profundo, Roswitha se separó, aunque aún mantenía el rostro muy cerca.
—¿Y eso? ¿Estás viendo que estoy celosa y me plantas un beso así nomás?
—Bah. Igual íbamos a llegar a eso. ¿Para qué perder tiempo con rodeos?
—Je, lo que dijo mi hermana era cierto.
—¿Te refieres a esa mujer brillante que solo usa su inteligencia para el chisme y las noticias románticas?
—Mi hermana dijo: “Después de casarse, los hombres pierden la paciencia.”
Roswitha le acarició la oreja caliente con el pulgar.
—Antes te esmerabas en hacerme reír, en convencerme… y ya después me hacías cosas.
Pero ahora… ya quieres ir directo al final.
Ay… los hombres…
León puso los ojos en blanco.
No era que no quisiera consentirla, ni que anduviera urgido.
Simplemente, no quería dejarse manipular.
Roswitha no era como otras mujeres. No se dejaba llevar por sus emociones.
Las controlaba a la perfección.
Incluyendo los celos.
Los celos eran solo una herramienta para forzar a León a hacer algo.
Según sus propias palabras, era solo una forma de “diversión conyugal”.
Cada vez que León caía en su juego y la consentía, ella aprovechaba para lograr que hiciera algo a su favor.
Pero esta vez… ¡León no iba a dejarse!
¡Como hombre casado, tenía que resistir!
—¿Por qué te quedaste callado, eh? ¿No será que… te descubrí la jugada? Yo— Mmph…
Antes de que terminara la frase, León la abrazó de golpe por la cintura, apretándola contra él.
El cuerpo suave y esbelto de la reina se pegó completamente a su pecho.
Por la diferencia de estatura, solo tenía que bajar un poco la vista para ver perfectamente los tatuajes dracónicos y ese hermoso valle del pecado…
Pero León no bajó la mirada.
Mantuvo los ojos en los de ella.
Ojos plateados. Profundos.
Como galaxias donde uno podía perderse sin arrepentirse.
—Roswitha… si decido tocarte, ¿qué podrías hacer tú?
—Soy tu esposa, ¿no? ¿Qué podría hacer? Pues… dejarme hacer~.
Roswitha sonrió con picardía.
—Aunque eso sí… después tendrás que consentirme el doble.
El amor no dura para siempre.
Siempre termina antes del amanecer.
Y León no quería pasar la mañana agotado y teniendo que mimar a su esposa caprichosa.
Viéndole dudar, Roswitha soltó una risita.
—Bah. Si no quieres consentirme, no lo hagas.
—No es que no quiera…
—Pues entonces, guarda ese discurso para la próxima vez.
Lo soltó.
León respiró aliviado.
Pero justo cuando pensaba que la coqueteada había terminado…
Roswitha volvió al tocadiscos y puso la misma canción de antes.
—Puedes no mimarme, pero esto aún no ha acabado.
Se dio vuelta lentamente, se inclinó un poco, y con una mano extendida, hizo un gesto elegante:
—¿Me concede este baile, señor Casmod?
—…¡Déjame en paz, Su Majestad!
Roswitha se incorporó y lo fulminó con la mirada.
—¿Ah, sí? ¿Puedes bailar con una senpai pero no conmigo?
Muy bien, perro… ¡no vuelvas a acercarte a mi cama jamás!
—¡Ya ya ya! ¡Bailo, bailo!
—Demasiado tarde. Ya no quiero bailar.
Se cruzó de brazos y desvió la mirada.
Pero no se fue, ni apagó la música.
Ajá. Clarísima la indirecta.
Antes de que la canción entrara a la siguiente parte, León dio un paso, se inclinó y extendió la mano:
—Señorita Roswitha… ¿querría bailar conmigo?
—Hmph…
Roswitha contuvo la sonrisa.
—Está bien… pero solo porque me da lástima decirte que no.
Le dio la mano.
Y así, la pareja volvió a abrazarse, moviéndose al ritmo lento de la melodía.
No era una canción rápida.
Los pasos eran suaves, sutiles.
León bajó la mirada un segundo.
—¿No te da frío andar descalza?
—Sí. ¿Vas a hacer algo por mí?
—Puedes pisarme.
—Entonces… no me contengo.
Le apoyó los pies en los suyos.
Como el ritmo era pausado, no afectaba la coordinación del baile.
Y como premio por ser tan considerado, Roswitha se alzó de puntillas y le dio un beso suave en la comisura.
La música cambió de compás.
Roswitha bajó los pies, y los dos empezaron a moverse con más libertad.
El vestido de dormir de Roswitha ondeaba como una llama bajo la luz ámbar.
Su cabello plateado giraba en el aire como una danza de estrellas.
Bailando con ella, León recordó por qué había rechazado a esa senpai.
Ella no tenía personalidad.
Solo intentaba complacer, fingir, encajar.
Y León no buscaba eso.
Él quería una relación de iguales.
No que uno se anulara por el otro.
Roswitha era el ejemplo perfecto.
Ella no lo complacía por complacer.
No bailaba al ritmo de él.
Ella era ella. Y por eso todo era más perfecto.
León no la amaba por lo bonita que era.
Aunque sí lo era, y mucho.
Pero lo que más le atraía era esa mente orgullosa y fuerte.
—¿Y tú por qué te estás riendo? —preguntó Roswitha de pronto.
León se dio cuenta de que había sonreído sin querer.
Negó con la cabeza.
—Nada.
—Dime.
Ya casi llegaban al final del baile.
Se acercaban lentamente a la cama.
—Solo pensé… que conquistar a una mujer como tú… es todo un logro.
—¿Conquistarme? Ja. Para conquistarme te faltan unos… doscientos años.
La canción terminó.
El silencio reinó.
Solo se escuchaban sus respiraciones, cada vez más agitadas.
—Doscientos años es mucho.
—Mejor… aprovechemos el presente.
—¿Aprovechar el presente?
—Sí. Desde que se pone el sol… hasta que vuelve a salir.
León la besó.
Giraron despacio, y la gravedad los llevó suave, pero inevitablemente, hacia la cama.
Justo antes de que él le quitara el vestido, Roswitha alzó la cola y, con la punta, cerró las cortinas del dosel.
Estas cayeron lentamente.
Y lo único que se oía desde adentro…
eran los sonidos de una noche larga y muy bien aprovechada.