Capítulo 044
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Capítulo 344: 44 Limpieza general y hallazgos inesperados
A la mañana siguiente, León despertó despacio.
Sus sentidos fueron regresando uno a uno… seguidos del dolor muscular por todo el cuerpo.
Se incorporó apoyándose en el cabecero de la cama. Al bajar la mirada, vio rasguños y chupones por todo el pecho y los brazos.
Tomó un espejo para verse el cuello.
También estaba lleno.
—Anoche sí que fue una locura…
Hacía tiempo que él y Roswitha no se entregaban con tanta intensidad.
Y la razón principal eran sus hijas.
Después de todo, vivían todos en el mismo piso.
Las habitaciones no estaban tan lejos.
Y si hacían mucho ruido… sus tesoros podrían escucharlo todo.
Y sinceramente, prefería morir de vergüenza diez veces dando un discurso en el estrado al lado del viejo subdirector Wilson, que tener que mirar a Lucecita mientras preguntaba con esos ojitos brillantes y curiosos:
—¿Papi, mami, qué estaban haciendo despiertos tan tarde?
Pero ahora…
Las niñas se habían ido a vivir al internado.
En ese piso del santuario solo vivían la reina y el príncipe consorte.
Podían hacer ruido en su dormitorio, o incluso… en el pasillo si querían—
Cof cof. Demasiado explícito. Mejor dejamos la imagen ahí.
León sacudió la cabeza para espantar los pensamientos indecentes.
—¿Ya despertaste?
Roswitha se acercó a la cama.
León volteó.
Ella llevaba el cabello plateado recogido, un look muy práctico, con escoba en mano y mascarilla puesta.
—¿Y esto? ¿La reina fue degradada a mucama? —bromeó León.
—Noa y Moon se fueron al internado, así que su habitación quedó libre. Pensé aprovechar para hacer una buena limpieza.
—¿Y no podías pedirle a Anna que mandara a alguien?
Roswitha negó con la cabeza.
—Esto quiero hacerlo como madre, no como reina.
Ella siempre había sido así.
Cuando se le metía algo en la cabeza, iba y lo hacía.
Y no era de las que se rendían a la mitad.
Si iba a hacerlo, lo haría bien.
León se rascó el cabello.
—Entonces… me lavo la cara y te alcanzo a la habitación de las niñas. Lo haremos juntos.
—Ajá.
Roswitha, llena de energía, se fue escoba en mano.
León se masajeó las sienes adoloridas.
—Ay… si hubiera sabido que hoy tocaba limpieza, ayer no me hubiera acostado tan tarde…
“Aprovechemos cada segundo”… ajá. A veces, los hombres por reproducirse dicen cada tontería… —refunfuñó León en su cabeza.
Se levantó, se vistió, se lavó la cara y los dientes, y tomó los artículos de limpieza que Roswitha le había dejado listos.
Al llegar a la habitación de las niñas, Roswitha ya había abierto todas las ventanas para ventilar.
Estaba en el balcón, con una mano en la cintura y la otra en la escoba, usando unas raras zapatillas planas y con un delantal atado a la cintura.
Definitivamente, vino preparada.
—¿Te puedo tomar una foto? —preguntó León entre risas.
—¿Para qué?
—He visto tus outfits de reina, de conejita, de enfermerita sexy… pero nunca uno de conserje. Me pareció curioso.
Roswitha entrecerró los ojos.
—O me ayudas a limpiar ahora mismo… o te vas al salón del trono a hacer el trabajo de Anna por mí.
León se encogió de hombros. Tomó la escoba, se puso la mascarilla y entró al cuarto.
—¿Yo limpio el dormitorio y tú el balcón?
—OK.
Y se pusieron manos a la obra.
León era bastante bueno con las tareas del hogar.
Cuando vivía con su maestro, siempre ayudaba a la señora de la casa. Con los años, se volvió hábil en todo.
Y Roswitha, por supuesto, tampoco se quedaba atrás.
León ya lo había notado hace tiempo: esa mujer no estaba en su puesto por título.
Se lo había ganado desde abajo.
Con la cooperación de los dos, el cuarto quedó como nuevo en poco tiempo.
Pero justo cuando estaban por terminar, León encontró una caja de madera debajo de la cama.
Pensó que era basura o un viejo cajón, y la abrió por curiosidad.
En cuanto vio su contenido, quedó congelado.
Roswitha también había terminado de limpiar. Lo notó raro y se acercó para mirar la caja.
Dentro había todo tipo de cosas pequeñas.
—Un cubo mágico… papelitos… ¿una redacción?… y dos fotos. Una es la primera que nos tomamos como familia, y la otra es de hace unos días —dijo Roswitha al revisarlo.
Pero su mirada se fijó en lo más al fondo de la caja:
—¿Y esto…? ¿Es algún tipo de material mágico?
Era un fragmento de cristal negro, que bajo la luz del sol brillaba como si fuera de metal.
—¿De dónde sacaste esto? —preguntó Roswitha.
—Debajo de la cama.
—¿Es de… Moon?
León negó.
Los recuerdos le golpearon de lleno. Acarició la caja con cuidado y murmuró:
—Es de Noa. Antes de que yo volviera del futuro… Noa quemó esta caja.
Roswitha alzó una ceja.
—¿Por qué?
—Dijo que… todo lo que había aquí tenía un significado especial para ella. Pero cuando la tragedia cayó, esos recuerdos que deberían consolarla solo se convirtieron en tormento.
Si yo no hubiera cambiado el pasado y arreglado las cosas, entonces, guardar esta caja no tendría sentido.
León continuó:
—Este cubo lo hice para ella y para Moon hace tiempo. Este papel tiene su nombre, lo escribí cuando le enseñaba a Moon a escribir. Y la redacción… está basada en nuestra primera cita en Ciudad Cielo. Ganó un premio con eso, ¿recuerdas?
Noa tenía algo muy parecido a Roswitha.
Por fuera, parecía que nada le importaba. Siempre fría, distante.
Pero por dentro, era extremadamente sensible.
Cuidaba con mucha delicadeza todo lo que valoraba.
En cada detalle, se notaba el esfuerzo por la perfección.
Había guardado ese cubo durante años.
Ese papel.
Esa redacción donde hablaba de la primera vez que sus padres salieron juntos.
—Esa niña… nos quiere más de lo que creemos —dijo Roswitha con una sonrisa.
—Sí…
Comparada con otros niños de su edad, Noa era mucho más madura.
Siempre pensando más allá.
Y eso también significaba que su camino emocional sería más difícil.
En el futuro o en el presente, Noa siempre ha sido la más sensata.
Si se trataba de amor paternal, León amaba por igual a sus tres hijas.
Cada una era su princesa.
Pero si se trataba de deuda o culpa…
La que más cargaba con eso… era Noa.
Fue por no saber manejar bien la relación desde el inicio, que esta niña tan sensible terminó esforzándose tanto para “proteger” su hogar.
Ese carácter testarudo y complicado… era muy de él.
Y también de Roswitha.
—¿Eh? ¿Y este fragmento? —Roswitha señaló el cristal oscuro.
—Ni idea.
León lo levantó y lo miró con más cuidado.
—Cuando estuve en el futuro, ya lo había visto en esta caja… pero no llegué a preguntarle qué era.
Nuestra hija mayor lo quemó todo de un solo hechizo. Hay que admitir que su control del fuego es impecable.
Roswitha sonrió.
—Entonces… ¿ves algo ahora?
León frunció el ceño.
—Se me hace familiar… la textura… el peso…
Pensó unos segundos.
Y de repente, le cayó el veinte.
—La p*ta madre… no puede ser…
—¿Qué?
León giró lentamente hacia Roswitha, con una expresión incrédula.
—Este fragmento… es de un Carro de Guerra de Oro Negro.
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