Capítulo 049
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Capítulo 349: 49 – Siesta
Era por la tarde cuando la pareja regresó al Santuario del Dragón Plateado.
En el dormitorio-estudio, León y Roswitha estaban sentados junto al escritorio.
Encima de la mesa descansaba aquel viejo tomo: Magia Primordial – Juicio del Alma.
—¿Quién rayos es esa tal Claudia de la tribu de los dragones marinos? —preguntó León, confundido—. ¿Un genio de la lámpara o qué? Parece que cualquier cosa que deseamos, ella la tiene.
Roswitha frunció ligeramente el ceño, apoyando la barbilla en una mano mientras observaba el antiguo libro.
Al cabo de un rato, dijo:
—En vez de averiguar quién es Claudia, creo que deberíamos pensar por qué tu maestro ha conseguido dos veces libros antiguos de los dragones marinos.
—Lo de Las Nueve Puertas del Infierno todavía se puede justificar con un «entró al archivo imperial y se robó uno al azar», una excusa medio vaga y todo.
—¿Pero este de magia primordial? Este tipo de libro no se consigue por suerte.
León también lo había notado.
Pero no lograba entender qué contactos tenía ese viejo para hacerse repetidamente con libros tan raros de los dragones marinos.
Aunque hubiera sido un cazador de dragones de élite en el Imperio, eso no significa que tuviera conexiones tan amplias como para llegar hasta esa tribu.
Su maestro siempre se había guardado muchos secretos. Y León, hasta cierto punto, lo entendía.
Que si aún no era el momento, que si había cosas difíciles de explicar, o que las circunstancias aún no estaban bajo control… mil razones posibles.
Pero aunque uno lo entienda, no deja de ser frustrante tropezar con un misterio y no poder resolverlo.
—Olvídalo. No vamos a sacar nada de mi maestro —suspiró León.
Roswitha alzó una ceja, divertida:
—¿Y eso?
—Desde que me adoptaron nunca lo vi admitir que tenía dinero escondido, ¡ni siquiera cuando le encontrábamos las pruebas en la mano!
—Y aún así ni se inmutaba. Terco como una mula, ese viejo.
Roswitha se rio por lo bajo:
—En eso sí que te pareces a él.
—¡Oye! Yo no escondo dinero.
El tema del “dinero escondido” es eterno entre parejas casadas.
Y cómo esconderlo sin que te pillen, aún más.
Pero el general León jamás tuvo que lidiar con eso. Tampoco necesitaba esconderlo.
Después de todo, no cualquier hombre se casa con la Reina de los Dragones Plateados a los veinte.
—No hablaba del dinero —lo miró de reojo—. Decía que también eres muy terco.
—¡Para nada! Yo no soy terco, mi reina.
—Ajá…
—¿No me crees?
—Sí.
—¿Sí de verdad o sí de mentira?
—Obvio que de mentira.
—¡Ah, qué carácter el mío! —refunfuñó León.
Roswitha agitó la mano, sin ganas de seguir discutiendo si él era terco o no.
Total, seguramente pasarían la vida entera discutiendo quién lo era más. No había prisa.
Ahora lo importante era otra cosa.
Tomó el viejo tomo del escritorio y lo hojeó con suavidad. Su mirada se posó sobre el nombre de Claudia.
León también se acercó:
—Ya que por el lado de mi maestro no hay salida, supongo que sólo nos queda empezar con Claudia.
—Pero no tenemos ninguna excusa válida para acercarnos a ella o a su tribu —dijo Roswitha—. Ellos cuidan muchísimo su territorio, y además, hace treinta años cortaron lazos con el resto de las tribus dracónicas. Están prácticamente aislados.
Mordió ligeramente su labio inferior y volvió a dejar el libro sobre la mesa.
—Va a estar complicado… —murmuró con un suspiro poco común en ella.
León le dio unas palmaditas en el hombro:
—Ya veremos. Sin prisa.
Roswitha asintió.
No se obsesionaron más con el asunto de ese viejo y misterioso libro. Después de todo, ya habían volado toda la mañana entre el santuario y las fronteras del territorio mixto. Roswitha también estaba algo cansada.
Aprovechando la cálida luz de la tarde, volvió al dormitorio, se puso una bata ligera y se preparó para tomar una siesta que ya le debía al cuerpo.
León, en cambio, se dirigió a la puerta.
Roswitha, recostada en la cama, le preguntó al ver su espalda alejarse:
—¿Y tú a dónde vas?
—Ni idea. Tal vez a caminar, practicar magia, rodar por un prado limpio… algo así.
—En otras palabras, ¿no tienes nada que hacer?
—Más o menos.
—¿Y prefieres irte a rodar por el pasto antes que atender la siesta de esta reina?
León se rió con desprecio, se giró y se apoyó en el marco de la puerta con los brazos cruzados:
—¿Qué edad tienes? ¿Todavía necesitas que alguien te acompañe a dormir la siesta?
Roswitha entornó los ojos, seria:
—No es acompañar. Es atender.
—No soy tu niñero.
—Pero sí eres mi prisionero.
León se rió, mostrando los dientes:
—¡Vaya, hasta te salió con rima!
Roswitha: ?_?
León levantó las manos en señal de rendición:
—OK, OK. Atenderé tu siesta, Su Majestad.
Dicho eso, entró al dormitorio, arrastró una silla hasta la cama y se sentó… mirándola fijamente.
Como si estuviera velando un cadáver.
Roswitha quedó muda:
—¿Así atiendes tú la siesta de alguien? ¿Sentado ahí como un poste y mirando fijo?
—¿Y qué se supone que debería hacer?
Tras pensarlo, agregó muy serio:
—Si quieres, puedo cantarte una canción de cuna.
—¿Ah?
—Ejem ejem… dragoncita linda~ abre la puerta~… ¡mghhh!
Roswitha le tapó la boca con la cola:
—Cállate, cámbiate y sube a la cama.
—A la orden, mi reina.
León se quitó la chaqueta y los zapatos, y se metió por el otro lado de la cama.
En teoría, iban a dormir siesta cada uno por su lado, sin molestar.
Pero Roswitha ya había levantado las sábanas con la cola, indicándole que se acercara.
Tch…
Antes que las niñas se fueran a clases, él era el papá a cargo.
Y ahora que estaban en la escuela, se había convertido en… el peluche humano de la Reina.
León se metió en la cama refunfuñando mentalmente.
Él no tenía costumbre de dormir siesta, así que aún llevaba puesta una camiseta y pantalones largos.
Pensaba esperar a que la madre dragón se durmiera para escaparse en silencio.
Pero… ella no opinaba lo mismo.
—¿Y por qué estás tan lejos?
Su voz sonaba juguetona, entre melosa y caprichosa.
La indirecta era obvia: acércate más.
León fingió no entender:
—Ah… es que hace mucho calor.
—¿Calor?
—Sí, demasiado.
—Entonces tú…
«Entonces bájate de la cama si tanto calor tienes y no me arruines la siesta, idiota.» —pensamiento no dicho de Roswitha.
—Entonces tú… quítate la ropa y ya no tendrás calor —dijo ella con una sonrisa maliciosa.
¡Ajá! ¡Sabía que la dragona estaba planeando algo!
El roce de su piel con las sábanas sonaba suave, como un susurro. Sus brazos blancos y delicados sujetaban la colcha. A la luz de la tarde, parecía una muñeca de porcelana.
Tras decir eso, lentamente retiró los brazos, se metió bajo la manta y… se enroscó en la cintura de León.
Justo cuando León pensaba que iba a morir de sobrecalentamiento, y buscaba una forma de resistir, Roswitha… no hizo más.
Era solo un abrazo. Como abrazar un peluche gigante.
Se acurrucó junto a él, apoyó su barbilla en su hombro, y cerró los ojos. Sus pestañas plateadas brillaban a contraluz.
—Es la primera vez —susurró Roswitha de repente.
—¿Primera vez qué?
—Que no tengo trabajo pendiente en la tarde… y tú tampoco tienes que llevar a las niñas a estudiar o practicar magia. Es la primera vez que podemos disfrutar una tarde tranquila. ¿No crees?
Su voz sonaba un poco cansada, pero muy feliz.
León la miró. Tenía una sonrisa suave en los labios, y una pequeña y traviesa hendidura en la mejilla.
Estaba tan cerca… tan confiada… tan relajada a su lado.
León parpadeó, y luego sonrió.
Bah… los secretos de la tribu marina y los libros antiguos podían esperar.
Lo importante ahora… era esta tarde tranquila con su esposa.
Levantó el brazo y la rodeó por los hombros, suavemente.
Roswitha, sin abrir los ojos, se acurrucó aún más.
Su aroma envolvía a León, su respiración cálida se colaba por su cuello, haciéndole cosquillas.
—León… —susurró, entre dormida y despierta.
—¿Sí?
—No me gustas… ni un poquito.
—Ah, yo tampoco.
Tras un silencio, Roswitha enterró su cara en su cuello y dijo con voz apagada:
—Mentira.
León rió por lo bajo y le dio un beso suave en la frente.
—Yo también.
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