Capítulo 050
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Capítulo 350: 50 – Quiero tomarte la mano, esposa
En el patio de entrenamiento detrás del Santuario del Dragón Plateado, Roswitha cerró ligeramente los ojos y extendió las manos, con las palmas enfrentadas.
Poco a poco, una energía blanco lechosa comenzó a concentrarse en el centro de sus manos. Alrededor de ella, se formaron vórtices de aire que se podían ver a simple vista.
La energía seguía reuniéndose en sus palmas, formando lo que se conoce como la “fuerza primordial”, necesaria para activar la magia primordial.
Roswitha comprimió lentamente esa fuerza, hasta que finalmente la condensó en una pequeña esfera de luz, del tamaño de un frijol.
Recién entonces soltó un ligero suspiro de alivio.
En cualquier otro día, este logro ya habría sido suficiente para dar por terminado el entrenamiento. Y considerando la velocidad y eficiencia con la que acababa de reunir la fuerza primordial, se podría decir que su progreso era sorprendente.
Pero Roswitha no era alguien que se conformara con eso.
Si León se había molestado en conseguirle ese manual de magia primordial de parte de su maestro, entonces ella tenía que entrenar el doble.
No podía desperdiciar la buena voluntad de ese perro hombre.
Aunque claro, lo más importante era esa hambre de poder que tenía en el fondo de su corazón.
El Imperio humano se había aliado en secreto con algunas tribus dracónicas. Y su verdadero objetivo no era sólo cazar a León.
No importaba qué plan estuvieran tramando… como Reina de los Dragones Plateados, Roswitha tenía la responsabilidad de proteger a los suyos y mantenerlos firmes en este mundo caótico.
La magia primordial era el primer paso hacia el siguiente nivel.
Debía hacerse más fuerte. Más fuerte que ahora.
Después de un pequeño descanso, Roswitha empezó a canalizar la fuerza primordial recién reunida, siguiendo los ejercicios básicos del Juicio del Alma.
Pero fue mucho más difícil de lo que esperaba.
La fuerza primordial era muy diferente a la magia común. Ya fuera en su forma o en su control de elementos, era extremadamente difícil de manejar.
Según el libro, para entrenar con Juicio del Alma lo ideal era tener “más de quinientos años y poseer fuerza de nivel Rey Dragón”.
A mayor edad, mayor comprensión de la magia, y por lo tanto, más fácil de aprender magia primordial.
Y con fuerza de nivel Rey Dragón, se tendría el “capital de práctica” suficiente, o sea, la fuerza primordial.
Roswitha ya cumplía con la parte del poder. Incluso tenía dos marcas dracónicas que le permitían almacenar aún más magia. Más que suficiente.
Pero lo de tener quinientos años…
Eso sí que era un dolor de cabeza.
Y no, no podía quedarse sentada trescientos años esperando.
Para entonces, lo que estaría frío no sería sólo el té… ¡sino también las cenizas del perro hombre ese! (Según él mismo, claro).
Así que Roswitha había decidido lo siguiente:
Si no tenía la edad, compensaría con tiempo.
Si un dragón de quinientos años necesita entrenar seis horas al día, entonces ella entrenaría diez… o más.
¿Quién dijo que el espíritu competitivo de su hija mayor era herencia exclusiva del padre?
¡La madre también tenía lo suyo!
Además, si no lograba dominar pronto esta nueva fuerza, el camino de ella y León se volvería cada vez más difícil.
Tenía que hacerlo.
Tenía que “competir”.
El ardor en sus manos la trajo de vuelta a la realidad.
Frunció el ceño. El sudor le corría por la frente y la punta de la nariz.
Pero la esfera de energía en sus manos no mostraba ningún cambio, seguía siendo una masa de energía pura sin forma.
—Maldita sea… sí que es difícil…
Después de todo, esta era una energía que venía de los tiempos antiguos. Que se hubiera perdido en el tiempo no era casualidad: su dificultad para aprenderla era bestial.
Pero Roswitha no era de las que se rinden por un poco de dificultad.
Le encantaba la sensación de conquistar.
Si había sido capaz de domar a ese hombre indomable, ¡también podría dominar esta fuerza rebelde!
La energía a su alrededor estallaba sin cesar. El viento agitado levantaba su largo cabello plateado, haciéndola parecer un espíritu de plata danzando en el aire.
Sus ojos dracónicos se afilaron, emitiendo una luz feroz.
En las comisuras de sus ojos comenzaron a asomar escamas.
Cuando un dragón se emociona demasiado, incluso en forma humana, suele mostrar algunos rasgos de su forma original: pupilas verticales, escamas, y más.
—¡Maldito perro! ¡Por lo menos dame una reacción!
Como si hubiera entendido su queja, la fuerza primordial en sus manos explotó de repente, lanzándola hacia atrás.
Estuvo a punto de caer al suelo, pero alguien apareció justo a tiempo y la sostuvo por detrás.
Roswitha, apoyada en su pecho, alzó la vista y escuchó:
—Tch. Ya es suficiente que me llames perro a mí, ¿pero ahora también insultas a la magia primordial? ¿Y ella qué culpa tiene?
Roswitha le lanzó una mirada:
—¡Estoy enojada! ¿Y si quiero insultar? ¿No puedo?
—¿Y por qué estás enojada?
—¡Porque soy una tonta!
—Mmm, tienes razón.
—¡Tú…!
¡Eso no se dice!
Una puede decirse tonta a sí misma, ¡pero el otro tiene que negarlo, carajo!
¡Tenía que decirle: “amor, no eres tonta, sólo estás cansada, ven, descansemos un rato”! ¡Algo así!
—Esta mañana se te olvidó ponerte el collar que te regaló tu abuela. ¿No crees que eso sí fue una tontería?
Mientras hablaba, León sacó un colgante del bolsillo.
—Ten, sé que siempre lo llevas contigo.
Roswitha parpadeó, tomó el colgante y murmuró:
—Oh… así que era por esto…
—¿Y tú qué pensabas?
—Creí que me lo decías porque no podía hacer bien el Juicio del Alma…
León soltó una risa y le revolvió el pelo.
—¿Cómo va a ser eso? Estás aprendiendo algo completamente nuevo. Es normal que te cueste al principio.
El rubor subió al rostro de Roswitha. Sonreía, a punto de agradecerle su apoyo, pero de pronto…
—Oye, espera… ¿me estás consolando como si fuera una niña?
León se encogió de hombros:
—No estás equivocada. Así consuelo a Noa todo el tiempo.
Roswitha se quedó sin palabras.
—León… no soy una niña.
—Pero funciona, ¿no? Mira tu cara, toda roja.
—¡E-eso es por el calor de la energía mágica!
—Ajá, ajá, claro…
León apartó su cabello plateado, dejando al descubierto su largo cuello blanco como el de un cisne.
—Déjame ponerte el collar.
—Mmm…
Un rato después, ambos estaban sentados en el césped, analizando lo ocurrido.
—Oye, ¿el Juicio del Alma qué tipo de magia es? ¿Ofensiva? ¿O algo más raro? —preguntó León.
Roswitha lo pensó y negó con la cabeza:
—Las magias elementales normales se pueden dividir entre ataque, defensa, soporte y otras categorías. Como tu Chidori, que es ofensiva, o Sombra de Sumeru, que es defensiva. Pero la magia primordial no entra en ninguna de esas.
—¿En ninguna?
—Así es —asintió—. El efecto del Juicio del Alma, o mejor dicho, su «poder», no depende de quien lo usa… sino del oponente.
—¿Del oponente?
—Sí. Cuanto más intensas sean sus emociones, más fuerte será el Juicio del Alma. Si se lanza con éxito, incluso puede purificar todas las emociones oscuras y negativas del oponente.
Al escuchar eso, los ojos de León brillaron.
Hoy en día, toda la magia gira en torno a los elementos. En combate, es una guerra de poderes elementales: quien grite más fuerte, gana.
Pero esto era distinto. Esto era… más sofisticado.
Si se comparara con algo, la magia normal sería una espada grande.
Y la magia primordial… una espada grande con chile.
Una te corta y duele.
La otra te corta, duele y encima te arde después.
—Con razón dicen que es una técnica legendaria de los ancestros dracónicos… —suspiró León.
Pero Roswitha bajó la mirada con un suspiro:
—Técnica legendaria o no, si no la puedes dominar… ¿de qué sirve?
Al decir eso, levantó la mano derecha y miró su palma. Tenía marcas de quemaduras.
Era normal sufrir heridas al practicar magia, así que Roswitha no le dio importancia.
Pero alguien sí lo hizo.
León le tomó la muñeca con delicadeza, apoyó su mano sobre su rodilla y comenzó a aplicarle pomada con mucho cuidado.
El frescor de la medicina la hizo sonreír.
—Ya te dije que no soy una niña. Esto no es nada.
—¿Y quién dijo que te estoy cuidando?
—¿Entonces qué haces?
—Solo quería aprovechar para tomarte la mano.
“……”
¡Ayuda, por favor! ¡Las cursilerías de un hombre casado son demasiado!
—Ya terminé con esta. Dame la otra.
Roswitha le lanzó una mirada de fastidio, pero igual estiró obedientemente su otra manita herida.
—Si no te sale, tal vez podamos cambiar la forma de practicar —dijo de pronto León, volviendo al tema.
—¿Cambiar cómo?
León miró a su alrededor, evaluando el lugar:
—Entrenar sin un objetivo concreto… es difícil avanzar.
Roswitha parpadeó:
—¿Un objetivo…? ¿Y de dónde saco yo alguien con emociones fuertes para practicar?
León se quedó pensando, luego la miró con confianza y sonrió:
—Déjamelo a mí.