Capítulo 069
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Capítulo 369
69 – ¿Reina Plateada…? ¿O sirvienta plateada?
Las muñecas de Roswitha estaban cruzadas sobre su cabeza, sujetas firmemente contra el cabecero por las manos de León.
Su pecho subía y bajaba al ritmo de su respiración, y con esa postura tan indefensa, León podía disfrutar a placer de su perfecto cuerpo.
Pero Roswitha no mostraba ni un atisbo de nervios. Estaba tranquila, segura de sí misma.
Alzó una ceja con coquetería y preguntó en tono suave:
—Ya casi es hora de la cena… ¿no te preocupa que alguna sirvienta venga a buscarnos?
Lo cierto era que antes, Roswitha ya le había dicho a Milan que ella y León no irían a cenar esa noche.
Así que aunque empezaran a “hacer cosas” ahora mismo, nadie los iba a interrumpir.
Pero Roswitha quería jugar un rato.
Un poco de flirteo antes del “deber” nunca viene mal, ¿no?
Si León se echaba para atrás, podría burlarse de él sin piedad:
“Ay, mira qué cobarde, ni lo que tienes frente a la boca te atreves a saborear.”
Y si se lanzaba de lleno, entonces tendría que soportar la presión psicológica de ser ‘atrapado’ en pleno acto por las sirvientas, como estudiante que jugó todo el feriado y ahora corre para entregar la tarea.
Sin embargo, la respuesta de León fue, como siempre, totalmente inesperada.
Se acercó más a ella, miró fijamente sus pupilas plateadas cargadas de emoción y respondió con toda calma:
—Que vengan.
Si no decían que después de casarnos ya estábamos en la etapa del “enfriamiento”… pues qué mejor oportunidad para demostrarles que no solo no nos enfriamos, sino que estamos en pleno incendio.
Y tras decirlo, le dio un beso suave en la comisura de los labios.
Pero en el rabillo del ojo alcanzó a notar esa sonrisita encantadora de la reina.
—¿De qué te ríes? —preguntó, sujetándole la barbilla con fingido fastidio.
Obvio, ese tono era pura actuación.
Sabía bien que a Roswitha le encantaba ese jueguito.
Si él se ponía meloso o muy considerado, ella perdía el interés.
La sangre salvaje de los dragones corría por sus venas. Roswitha no sabía hacer de niña buena.
Ella quería fuerza, desafío, pasión.
Sobre todo después de haber sido enemigos declarados años atrás, cuando no se soportaban. Esa etapa sentó las bases para su vida marital… tan intensa y única.
Aunque se pelearan a diario, los dos sabían perfectamente qué deseaba el otro.
—Me río de ti, tonto.
—¿De mí? Hmph, madre dragona, ¿podrías echar un vistazo a tu situación actual?
Mientras hablaba, León apretó un poco más sus muñecas.
—Nngh… —Roswitha gimió bajito por el leve dolor, pero seguía sonriendo.
—Estás completamente bajo mi control y ¿te burlas de mí?
Roswitha lo miró con ojos entrecerrados y le sopló un aliento cálido en la cara, con aroma a menta.
—Pues venga, ¿qué esperas? Haz lo que quieras conmigo.
Tanto hablar, tanto rodeo…
¿No será que estás… ganando tiempo?
—¿Ganando tiempo?
—Claro. Aún no se ha puesto el sol del todo.
Técnicamente no es de noche todavía.
Así que no te atreves a hacer nada, ¿verdad?
Roswitha sonrió con picardía.
—Tú solo te animas cuando cae la noche. Si hay luz, te asustas~ Agh—!
La reina tenía razón: la provocación funcionó al instante.
León inició la primera ronda de ataque sin vacilar.
No soltó sus muñecas, y además le presionó suavemente la cola con la rodilla.
Ya no podía moverse.
Bueno, le quedaba la lengua afilada.
Pero eso también tenía solución.
—¿Qué pasa? ¿Crees que con eso me asustas?
Oh, el gran niño tímido Casmod, ¿con el sol brillando aún te atreverás a—mmf!
León la besó sin darle tiempo a terminar.
Roswitha logró su cometido.
Mientras hacía una pequeña resistencia simbólica, por dentro estaba feliz.
Le encantaba cuando León la besaba así: rudo, directo, arrasador.
Le mordía los labios, la forzaba a abrir la boca, y al final tomaba por completo su lengua.
En ese instante, su mundo entero se reducía a León.
Su aliento.
Su calor.
Su contacto…
Él la llenaba por completo.
Cuando se separaron, Roswitha estaba sonrojada, con el cabello plateado pegado al rostro por el sudor.
—No sentí nada… —murmuró con voz ronca.
—¿Ah sí? Entonces… cambiemos de escenario.
—¿Qué? ¡Oye, ¿a dónde me llevas?!
Roswitha se alarmó.
¡Eh, eso no estaba en el guión!
¿Dónde pretendía llevarla ese idiota?
¿Al baño? ¿A la cocina? ¿A la sala?
Bueno… todas esas locaciones ya estaban exploradas.
Después de tantas sesiones, ambos coincidían en que la cama seguía siendo lo mejor.
Clásico, pero siempre efectivo.
De pronto, un rayo de sol le pegó en los ojos, interrumpiendo sus pensamientos.
Alzó la mano para hacer sombra y vio que León la había llevado al balcón.
Frente a ellos, el sol poniente teñía el cielo de rojo.
—León, tú…
Antes de que terminara, León la empujó contra la mesita del té.
—Su Majestad, ¿no dijiste que no me atrevía a hacer nada con el sol aún en el cielo?
Le sujetó el mentón y la obligó a mirar hacia el horizonte.
—Pues presta atención.
Mientras el sol no se ponga… no te pienso dejar en paz.
El ataque comenzó.
El fuego ardía con fuerza, quemando cuerpo y alma.
Crrr… crrr…
Las patas de la mesita rechinaban contra el suelo del balcón.
Las tazas tintineaban al chocar unas con otras.
La postura de Roswitha no era muy cómoda.
Sus piernas largas no encajaban bien con la altura de la mesa, y tenía que arquear la cintura para acomodarse.
Pero en momentos así…
el incomodarse también podía ser excitante.
Y ya hacía tiempo que no “entregaban tarea” de una forma tan salvaje.
Por eso estaba mucho más encendida que otras veces.
Su largo cabello plateado se esparcía sobre la mesa, y en sus pupilas se reflejaba la luz del atardecer.
León no aflojó ni un segundo.
La obligó a seguir mirando el horizonte.
Con ese dominio tan bruto, Roswitha se abandonó por completo a las sensaciones.
La luz dorada del sol iluminaba su rostro sudado, mientras la brisa de la tarde entraba por su escote.
La mesita crujía cada vez con más fuerza.
Su mente ya no podía mantener el control.
Estaba entregándose por completo al deseo.
Sus largas pestañas temblaban.
Veía el sol…
Descendiendo lentamente tras el horizonte…
Y justo cuando el último rayo desapareció de su vista, León cumplió su promesa:
“No te dejaré en paz hasta que se ponga el sol”…
…y al llegar ese momento, la liberó.
—…
—Voy a tener que comprar otra mesa de té.
—¿Por qué? ¿Esta ya no sirve?
—Si quieres recordar esta escena cada vez que tomes el té, entonces no la cambiamos.
—Mejor sí la cambiamos.
Hacer eso mientras mirábamos el atardecer…
¡es indigno de toda etiqueta!
Roswitha le lanzó una mirada de reproche:
—¿Y cuando me estabas manoseando, no era indigno?
—¿Manosear? Eso también puede ser refinado.
—¿Refinado qué?
—Refinado y bestial.
—…
Roswitha rodó los ojos, cerró los párpados, y decidió no hablarle más.
Un rato después, León murmuró:
—Oye.
—¿Qué?
—Tengo hambre.
—Pues ve a comer.
—Pero ya se pasó la hora de la cena.
—¿Y eso qué? ¿Acaso fui yo la que no te dejó cenar?
Justo al decir eso, Roswitha se congeló un segundo.
Ups…
¡Sí había sido ella quien le dijo a Milan que no iban a cenar!
Bueno, da igual. Él no lo sabe~ jeje.
—Tengo un sueño… —dijo León, mirando el techo con nostalgia—.
Roswitha no contestó.
Sabía que el idiota estaba por decir una tontería.
—Si en esta vida pudiera probar una cena hecha por la Reina Plateada… moriría sin arrepentimientos.
—La Reina Plateada opina que podrías morirte ya mismo, querido.
—Quiero arroz frito.
—Ni siquiera dije que te iba a cocinar, ¿y ya estás pidiendo?
—Con jamoncito, porfa.
—Oye…
—Y si tiene tiritas de carne, mejor.
—¡Soy la Reina Plateada, no una sirvienta plateada!
—Esposa mía…
—…Hmpf… está bien, voy a hacerte algo.
Pero si no te lo comes, te corto en tiritas a ti.
Roswitha se levantó de la cama, arrastrando el cuerpo cansado tras la batalla, y fue a la cocina.
Se puso el delantal y comenzó a preparar los ingredientes.
Mientras cortaba el jamón, León llegó en silencio a su lado.
Roswitha lo miró de reojo y vio que el idiota también se había puesto un delantal y estaba cortando la carne.
La reina sonrió para sí, sin decir nada.
La noche cayó tranquila.
La luz cálida de la cocina los envolvía.
Juntos, hombro con hombro, marido y mujer preparaban esa cena tardía.
—