Capítulo 083
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Capítulo 384: 83 Me quedaré a vivir en tu cuerpo un tiempo
La posición de las tres hermanas en la cama, de izquierda a derecha, era así:
Noa, Moon y Lucecita.
A simple vista parecía que seguían el orden de nacimiento, pero en realidad tenía toda una lógica.
Noa dormía en el borde exterior, para evitar que sus hermanitas se cayeran de la cama mientras dormían.
Lucecita dormía en la esquina interior, porque desde allí tenía una visión completa de sus dos hermanas… ideal para disfrutar del espectáculo.
Y Moon… dormía en el centro.
En ese momento, Lucecita estaba acostada boca arriba, con su postura tranquila, respiración pareja, y los ojos entrecerrados. Sobre su pancita descansaban las piernitas de Moon, que además le tenía el brazo abrazado al hombro.
Era, básicamente, una almohada corporal de peluche rosado.
Lucecita sabía bien que a su hermana del medio le encantaba abrazar algo mientras dormía.
Antes de que ella naciera, Moon siempre se abrazaba a la hermana mayor.
Pero desde que llegó Lucecita, Moon comenzó a turnarse entre ambas, abrazando a veces a una, a veces a la otra.
Esa era la razón por la que la Princesa N°2 de los dragones plateados dormía en el centro: a la izquierda, la hermana pequeña suave y perfumada; a la derecha, la hermana mayor de textura clásica.
Moon no quería perderse ninguna.
Lucecita ya estaba más que acostumbrada, por eso dormía tan profundamente.
—Carne seca… qué rica la carne seca… —murmuraba Moon en sueños, recordando el bocadito extra que Noa le había traído después de cenar.
Lucecita no reaccionó. Siguió durmiendo con una calma casi sobrenatural.
Y es que, después de años de convivencia, ya había desarrollado un talento especial: mientras no fuera un terremoto, un tsunami o la erupción de un volcán, ella no se despertaba por nada.
Después de un rato, Moon decidió que ya había abrazado suficiente a su hermanita y se giró para buscar a su hermana mayor.
Pero al extender el brazo… no tocó nada.
Frunció el ceño aún con los ojos cerrados, tanteó con la mano, pero no había nadie allí.
Hmm… algo no anda bien.
Normalmente, con solo girarse ya debería haber tocado a Noa.
¿Noa se había caído de la cama?
Moon abrió los ojos a medias y se arrastró bajo las sábanas hasta el borde de la cama.
Asomó la cabeza… pero abajo no había nadie.
—¿Hermana…? —llamó.
Nada.
Moon se incorporó de golpe. A la tenue luz de la luna que entraba por la ventana, echó un vistazo por la habitación y volvió a llamar:
—¿Hermana?
Tampoco hubo respuesta.
Y ahora sí, Moon se asustó.
Levantó la manta con cuidado, bajó de la cama y corrió descalza hasta el baño.
Estaba todo apagado.
Buscó en otras habitaciones, pero tampoco encontró a Noa.
Corrió de vuelta al dormitorio, se subió a la cama y arrodillándose al lado de Lucecita, comenzó a sacudirle el hombro.
—¡Luce, Luce, despierta! ¡La hermana desapareció!
La dragoncita rosada se giró, medio dormida.
—Mmm~ seguro fue al baño…
—¡No está en el baño!
Lucecita se sentó finalmente, frotándose su cabecita llena de pelos revueltos.
Miró a la cama, luego a la habitación… nada de Noa.
Y en ese momento, el sueño se le fue por completo.
—¿Tal vez bajó a la cocina a buscar algo para comer? —aventuró.
Los ojos de Moon estaban llenos de preocupación.
Aunque estaban en casa, y sabían que no podía pasar nada grave, nunca antes había desaparecido así en medio de la noche.
—Vamos a ver a la cocina —sugirió Moon.
Lucecita asintió. —Sí.
Ambas se bajaron de la cama, se vistieron, se calzaron, abrieron la puerta y caminaron de puntillas por el pasillo, pasando al lado de la habitación de sus padres.
Cruzaron el corredor, bajaron las escaleras, llegaron al comedor…
Pero allí tampoco estaba Noa.
—¡La hermana está desaparecida! —exclamó Moon, tapándose las mejillas con ambas manos.
De inmediato, mil escenas trágicas pasaron por su cabeza:
—¿Y si fue raptada por una bestia peligrosa?
—¿Y si se abrió otra de esas grietas espaciales y se la tragó?
—¿Y si ya no nos quiere y se fue sin decirnos nada?
—¿O si—?
—¡Basta, hermana! —la interrumpió Lucecita, tapándole la boca con las manos.
Le sostuvo las mejillas regordetas y le habló con tono serio:
—Primero: ningún monstruo puede entrar al Santuario Plateado. Papá convertiría cualquier bicho que se acerque en carne asada con el sabor que elijas.
—Segundo: lo de la grieta espacial fue hace mucho, y papá la cerró perfectamente.
—Tercero: de todas las personas que Noa dejaría atrás, tú serías la última. Así que tranquilízate.
Poco a poco, Moon se fue calmando.
Sus ojitos seguían llenos de lágrimas, pero asintió con tristeza:
—Entonces… ¿a dónde fue?
Lucecita se rascó la barbilla, pensativa.
—Dijo que tenía más hambre últimamente, y lo atribuía al entrenamiento… ¿y si salió a entrenar a escondidas en medio de la noche?
Moon se iluminó:
—¡Tiene sentido! ¡Vamos al campo de entrenamiento!
—Vamos.
Las dos dragoncitas salieron del comedor y fueron directo al campo de entrenamiento detrás del Santuario.
Y efectivamente, bajo un árbol gigante… encontraron a Noa.
Los ojitos de Moon se encendieron y estaba por gritar:
—¡Hermanaaa! ¡Ah—!
Pero justo antes de gritar, Lucecita le tapó la boca.
Se ocultaron tras un árbol, y desde allí espiaron con sus cabezas asomadas.
—¿Qué pasa? —preguntó Moon.
—Mira bien. No parece que esté haciendo un entrenamiento normal…
Moon miró, y vio que Noa estaba sentada con las piernas cruzadas, los ojos cerrados, y una extraña corriente de energía flotando a su alrededor, agitándole el cabello.
Claramente no era un ejercicio físico.
Más bien parecía que estaba concentrando magia.
—¿Es magia? ¿Está practicando condensación mágica? —preguntó Moon.
Lucecita negó con gravedad.
—La especialidad de Noa es el rayo. Si estuviera concentrando magia, se sentiría ese elemento… pero ahora no hay ningún rastro elemental.
Noa no estaba invocando rayos.
Y aun así, desde esa distancia, ambas podían sentir una ligera… perturbación energética.
Entonces… ¿qué era?
Justo cuando se hacían esa pregunta, la voz de Noa sonó de repente:
—¿Quién anda ahí?
¡Las dos dieron un salto!
Pero obedientemente salieron de detrás del árbol, una delante y otra detrás.
Al ver que eran sus hermanas, Noa bajó la guardia.
Se puso de pie y se acercó a ellas.
—¿Qué hacen despiertas a esta hora?
—Es que… no te encontramos en la habitación y nos asustamos… creímos que te había pasado algo…
—¿Algo malo? ¿Qué le podría pasar a esta reina— cof… a tu hermana?
Noa sonrió y le dio un golpecito en la mejilla a Moon.
—Estoy bien. Vayan a dormir.
—¿De verdad, hermana…? —preguntó Moon con ojos temblorosos y brillantes.
Noa puso una mano en la cintura y con la otra la espantó como quien aleja a un gatito.
—De verdad, de verdad. Vamos, a dormir.
—Entonces vamos juntas —dijo Moon, tomándola de la mano.
Noa se sorprendió un poco. Por instinto quiso retirar la mano… pero se contuvo.
Sus ojos se movieron levemente, y respondió:
—Ah… claro. Vamos.
Y caminó con Moon de la mano, rumbo al Santuario.
Lucecita venía detrás, con la mirada clavada en la espalda de su hermana mayor, seria.
—¿Justo ahora… se refirió a sí misma con otro pronombre raro? ¿O me lo imaginé…? —susurró.
Se rascó el pelo, negó con la cabeza y decidió no pensar más en eso.
Aceleró el paso para alcanzarlas.
Las tres hermanas regresaron a su habitación.
Después de que Moon y Lucecita se metieran en la cama, Noa dijo:
—Voy un momento al baño. Ya vuelvo.
—Está bien, pero no tardes, ¿sí? —le pidió Moon, aferrada a su manta.
—No voy a tardar.
Asintió y se fue al baño.
Cerró la puerta con cuidado, encendió la luz, se paró frente al espejo del lavabo…
Y su sonrisa desapareció.
Lo que quedó fue una cara seria, gélida.
No era como la expresión “fría” que Noa mostraba a veces.
Aquella Noa, la de siempre, solo era una niña tratando de actuar como adulta, una pequeña que fingía ser madura.
Pero lo que reflejaba ahora el espejo… era otra cosa.
Era el rostro de una antigua reina que había visto el mundo arder y enfriarse mil veces, una expresión de calma desapegada, nacida del paso de los siglos.
—Aunque este cuerpo también es femenino como el mío, adaptarme no ha sido difícil… —murmuró—. Pero esta mocosa es demasiado joven. Para recuperar completamente mi poder, voy a necesitar tiempo.
Miró sus manos.
Intentó invocar la energía que había reunido antes.
Pero de repente, un zumbido le golpeó la cabeza.
Se apretó las sienes, molesta.
—Tsk… ¿así que la mocosa es tan precavida, eh?
—Ha pasado una semana, y aún solo puedo controlar este cuerpo por menos de dos horas… y solo mientras duerme…
—En fin. Hasta que recupere todo mi poder…
—…me quedaré a vivir aquí.
—Considéralo… el precio por usar mi nombre sin permiso.