Capítulo 102
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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102. Dragón Marino
En la frontera entre los territorios humanos y dracónicos, una chica corría a toda velocidad por el bosque. De vez en cuando miraba hacia atrás, con el rostro lleno de pánico.
No había nadie detrás de ella, pero aun así no se atrevía a detenerse ni un segundo.
No solo estaba escapando de esos tres monstruos, sino que además intentaba alejarlos lo suficiente para que no encontraran a su papá.
Pero correr distancias largas no era el punto fuerte de una artillera. Así que su rastro fue rápidamente captado por los tres perseguidores.
Las hojas de los árboles crujieron sobre su cabeza, como una trampa invisible que se cerraba poco a poco a su alrededor.
De pronto, una voz masculina sonó entre la oscuridad del bosque:
—Ya basta, Rebeca. Deja de correr. Entrégate y vuelve con nosotros al Imperio.
Rebeca reaccionó de inmediato y levantó su pistola. Disparó tres veces en dirección a la voz.
Los disparos espantaron a las aves cercanas, pero no lograron dar en el blanco.
Ella sabía perfectamente que contra esos tres tipos, sus armas ya no servían de nada.
Aun así, siguió corriendo. No sabía hacia dónde, solo que tenía que ganar tiempo.
Mientras más aguantara, más chances tenía su capitán de llegar a tiempo… y tal vez salvar a su papá.
Con esa idea clavada en la cabeza, siguió corriendo a pesar del agotamiento brutal que la estaba consumiendo.
Corrió más adentro del bosque.
Mientras tanto, los tres hombres en la copa de los árboles observaban su silueta diminuta.
Para ellos, esa chica débil no era más que un ratoncito atrapado en una jaula.
—Esa mocosa debe saber dónde se van a reunir Tiger y León, además de toda la info del tal “Corazón de León”. Lord Scott dijo que la quiere viva. ¿Está claro? —ordenó el líder del trío, Kini.
—Sí, señor —respondió uno.
Pero Kini no escuchó una tercera voz. Frunció el ceño y miró hacia arriba:
—Kimei, ¿no oíste la orden?
El hombre llamado Kimei, de pie en otra rama, miró su brazo derecho, ahora inexistente. Luego preguntó con cara de niño resentido:
—¿No puedo arrancarle al menos un brazo para vengarme? Solo un ratito…
—¡El que te arrancó el brazo fue Tiger, no la artillera! Si vas a vengarte, al menos que sea con la persona correcta.
Kini resopló.
—Bah. Igual están todos muertos en vida. Mientras le dejes algo de aire para interrogarla, haz lo que quieras.
Kimei sonrió con una expresión torcida:
—Gracias, capitán. ¡No se diga más!
Y con eso, los tres desaparecieron entre las sombras.
—
La persecución seguía.
Rebeca llegó a una zona con arbustos y, gracias a su baja estatura, se escondió dentro.
¿Quién decía que ser bajita no tenía ventajas? ¡Cuerpo ideal para emboscadas!
Aprovechó esos segundos para recuperar el aliento.
Apoyó la espalda contra el arbusto, cerró los ojos. Las piernas le temblaban, los tobillos le ardían, y ya ni siquiera podía sujetar bien la pistola.
Miró el cargador.
—…Solo me quedan cuatro balas.
Estaba jodida.
Sin armas, un artillero no vale nada. Y cuerpo a cuerpo, contra esos tres, era como tirarse contra una trituradora.
Aquellos tres eran del tipo que mataban dragones como si fueran mosquitos. Como lo fue León en su momento.
Tiger había logrado arrancarle un brazo a uno de ellos, jugándose la vida. Así ganaron tiempo para huir.
Pero solo eso. Tiempo.
El trío los volvió a encontrar.
Ahora su única esperanza era que el capitán llegara a tiempo para salvar a su papá.
¿Y ella…?
Rebeca dejó caer la cabeza contra las ramas. La liga de su coleta se soltó y su largo cabello azul cayó como una cascada.
Una belleza triste. Como una flor a punto de marchitarse.
—Si puedo darle las pruebas al capitán… él podrá acabar con ese maldito emperador.
Desde el momento en que decidió apoyar a León, sabía que este día llegaría.
Pero no se arrepentía.
Había desenterrado secretos, fundado el Corazón de León, se había hecho amiga de su hermosa cuñada…
Tal vez lo único que lamentaba era no haber abrazado a las tres hijas del capitán.
Y no poder ver el día en que él limpiara su nombre y derrocara al Imperio.
—Bueno… si muero ahora, al menos muero sin arrepentimientos.
Se dijo a sí misma, mientras se obligaba a ponerse de pie.
Y en ese instante, se escuchó el crujido de las hojas sobre ella.
¡BAM! Tres siluetas descendieron y la rodearon en formación.
—Por fin te atrapamos, chiquilla —sonrió Kini, acercándose desde la sombra.
Rebeca alzó la pistola y le apuntó a la frente.
Disparó.
¡BANG!
Pero Kini seguía intacto.
Una barrera mágica blanca apareció frente a él y detuvo la bala.
—Vamos, Rebeca. Fuiste la mejor artillera del Imperio. Deberías saber que sin encantamiento, una bala no rompe una barrera mágica.
Kini se burló.
—¿O acaso estás tan cansada que ya no puedes ni encantar tus propias balas?
Rebeca respondió disparando dos veces más.
Pero como él mismo dijo: inútil.
—Arma estándar del Imperio. Trece balas por cargador. Desde que empezamos a pelear hace horas, ya disparaste doce.
Kini la miró con sorna.
—¿Te queda solo una bala, cierto?
—Capitán, ya basta de hablar. Déjeme arrancarle el brazo y la hacemos cantar —dijo Kimei.
—No te apresures. ¿No te gusta ver esa expresión de desesperación en la cara de una presa?
Kini avanzó lentamente.
—Tiene esa mezcla de terquedad y derrota… fascinante.
Lo cierto era que los tres disfrutaban del proceso.
No era solo ganar. Era ver a la presa quebrarse.
Como lo hicieron con tantos dragones.
Kini sonrió satisfecho.
—Vamos, Rebeca. Dinos dónde está Tiger. Si colaboras, puede que diga un par de cosas buenas de ti al volver al Imperio. Tal vez te perdonen la vida.
Rebeca, de pronto, sonrió con desprecio.
—¿De verdad quieres saber dónde está mi papá? Pues no te lo voy a decir, maldito pervertido.
—Qué pena…
Kini se plantó frente a ella, con la mirada helada.
—Rebeca Clement, ex-artillera del Escuadrón Uno de la fuerza antidracónica. Buscada por traición, atentados internos y difundir información falsa. Estás oficialmente bajo arresto. Si te resistes, usaremos fuerza letal.
Los ojos azulados de Rebeca se tornaron fríos y afilados como cuchillas.
—Vete… a la… mierda.
—Bien. Entonces queda justificado usar violencia. Kimei, es todo tuyo.
—¡Por fin!
Kimei avanzó con su único brazo, concentrando energía primordial.
Rebeca lo miró de reojo.
Si ese ataque le daba, quedaría paralizada. No habría escapatoria.
Y entonces podrían sacarle todo lo que sabían.
Eso jamás.
—Malditos locos… El capitán jamás los va a perdonar.
—¿León? Bah, tranquila. Cuando mueras, él te va a acompañar pronto.
Kini sonrió.
—Claro… después de sacarte toda la información.
—Jamás… les diré nada.
Gritando, Rebeca apuntó su arma.
Los tres se prepararon para bloquear.
Pero en vez de apuntarles a ellos…
¡Rebeca se puso el cañón en la sien!
—Tienes razón, me queda una bala. No atraviesa sus escudos. Pero sí puede atravesar mi cabeza.
Así era ella. Loca y decidida.
—¡Deténganla! ¡Si se mata, perdemos a Tiger! —rugió Kini.
Pero Rebeca ya había apretado el gatillo.
Una lágrima le rodó por la mejilla.
—Adiós… León.
Justo entonces, los tres se lanzaron sobre ella.
Todo pasó en una fracción de segundo.
El gatillo se accionó.
La bala giró. El fuego brotó. La bala voló hacia su cabeza.
—¡¡¡Maldita sea!!!
Kini rugió, sabiendo que ya era tarde.
Ni siquiera con energía primordial podían ser más rápidos que una bala.
Era imposible.
¿…O no?
Una chispa azul cruzó su campo de visión.
Un rayo.
¡Un rayo humano!
El impacto levantó una nube de polvo.
Los tres retrocedieron.
Cuando el humo se disipó, la pistola estaba en el suelo.
La bala… incrustada en un árbol.
Y alguien, un hombre, cubría el cuerpo de Rebeca con el suyo.
Chispas azules recorrían su espalda mientras se levantaba con alivio.
Rebeca abrió los ojos, aún temblando. Lo miró…
Y rompió en llanto.
Lo abrazó con fuerza, como una niña perdida.
—Tranquila, ya estás a salvo —susurró León.
Los tres enemigos se quedaron helados.
¿¡Ese era… León Casmod!?
¿¡Y acababa de superar… la velocidad de una bala!?
—No… no puede ser…
Incluso Kini se tambaleó. En teoría, ellos eran los humanos más fuertes… ¿pero él era aún más?
—¿Te gustaría ser una jinete de dragones, Rebeca? —le dijo León con una sonrisa.
—¿Ah? ¿Qué?
—Lo siento, pero aguanta un poco.
—¿¡Eh!? ¡¡Waaahhhh!!
Antes de que ella entendiera, León la lanzó al aire.
Un instante después, una silueta plateada pasó volando.
Roswitha, en forma de dragón, la atrapó en el aire.
Cuando Rebeca abrió los ojos, ya estaba montada sobre su lomo.
—Cu-cuñada… ¡cuñada!
—Sujétate bien. Esperaremos a León en otro lugar.
—¡Sí!
Roswitha aleteó con fuerza y desapareció del bosque.
—
Mientras tanto, León se quedó en el bosque. No planeaba pelear.
Él y Roswitha venían de camino a una cueva cuando oyeron el alboroto.
Ver a Rebeca siendo cazada les confirmó que los enemigos ya sabían dónde estaba su maestro.
Y no valía la pena arriesgarse ahora.
León analizó al trío, y sus ojos se fijaron en Kimei, el manco.
Ese era su hueco de salida.
Activó las Puertas del Infierno y condensó el Chidori en su mano.
Luego, se lanzó.
—¡Kimei, cuidado! ¡Es demasiado rápido! —gritó Kini.
Pero ya era tarde.
León estaba frente a él.
Kimei intentó defenderse, cargando poder.
Pero León esquivó, pasó por su punto ciego, y en un instante… desapareció.
Los tres miraron el bosque oscuro.
Un escalofrío los recorrió.
Finalmente, Kini habló en voz baja:
—Nos… retiramos.
—
Poco después, León se reunió con Roswitha y Rebeca. Los tres volaron hacia la cueva.
—¿Te descubrieron? —preguntó León.
—Sí. Por lo que dijeron, ya venían siguiéndonos desde la época de Erandy. Ahora que lo removieron por lo de Konstantin, Scott asumió y lanzó una cacería directa.
—¿Y tu papá? —León frunció el ceño.
Rebeca bajó la mirada.
—Está herido de gravedad. Lo escondí en la cueva… y salí a distraerlos.
—Gracias, Rebeca —dijo León, palmeándole el hombro.
Al oír esto, Roswitha aceleró.
Media hora después, llegaron al lugar.
—¡Papá! ¡Papá, el capitán llegó!
León y Roswitha corrieron tras ella.
—Cof, cof… —se oyó dentro.
León sintió un vuelco en el estómago y corrió.
Y al verlo…
Se quedó helado.
Tiger yacía sobre un colchón improvisado. Su pecho sangraba a borbotones.
—¡Maestro! ¡Maestro, no…!
León se arrodilló y lo revisó.
—Durante la fuga… papá cortó el brazo de Kimei. Pero su corazón… fue gravemente dañado —dijo Rebeca, con voz temblorosa—. Lo estabilicé con magia, pero… no aguantará más de seis horas.
León sabía lo que eso significaba.
No había marcha atrás.
Apretó los puños hasta hacerlos crujir.
Tiger lo crió. Lo formó. Lo defendió hasta el final.
Y ahora…
Ahora iba a morir.
—Chico… chico… —murmuró Tiger.
—¡Estoy aquí, maestro!
—Mar… mar…
—¿Mar…? ¿Qué? ¡Dime!
—Dragón marino…
Los ojos de León se abrieron como platos.
—¡Llévame… con los dragones marinos, chico…!
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