Capítulo 103
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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103. La madre de la mejor amiga de mi hija
A la velocidad de vuelo de Roswitha, si iba al máximo, efectivamente podían llegar al territorio del clan de los dragones marinos antes de que se agotara la magia curativa sobre Tiger.
Durante el trayecto, Rebeca le explicó a León todo lo que había ocurrido.
—Hace medio mes, el papá de Martín lo llevó a una fiesta de la realeza. Era una oportunidad perfecta para recopilar información sobre los altos mandos corruptos del Imperio, y Martín no quería dejarla pasar, así que se llevó una piedra de grabación y fue por su cuenta.
—En esa fiesta, el rey Kant y la reina Isabel asistieron personalmente. El evento era, en realidad, una celebración por el ascenso de Scott.
—Luego de que Konstantin se descontrolara y perdiera el juicio, el anterior comandante del Ejército Imperial de Cazadores de Dragones, Erandy, fue destituido por el rey Kant. Scott tomó su lugar.
—A mitad del banquete, el rey, la reina y Scott se pusieron a conversar en voz baja.
—Martín aprovechó el momento para meter la piedra de grabación en el bolsillo del sirviente personal de Scott, y cuando terminaron de hablar, la recuperó sin que nadie se diera cuenta.
Mientras hablaba, Rebeca le pasó a León la piedra de grabación.
León la activó y escuchó atentamente el diálogo que Martín había logrado capturar, arriesgando su vida.
> —El Proyecto Daga va viento en popa. Incluso sin León, podemos seguir manipulando esta guerra junto con los reyes dragón, tal como lo hemos hecho hasta ahora.
—La reina es muy sabia.
—Todo esto se debe a ti, Scott. Tengo entendido que tú fuiste quien formó al trío Daga. Le has hecho un gran favor al Imperio.
—Majestad, solo hice lo que debía.
—Bien, con esa actitud ya vales cien veces más que Casmod. Ese idiota nunca entendió su lugar. Por eso terminó siendo perseguido por nuestro Imperio…
Las palabras lo confirmaban todo. Coincidían casi al pie de la letra con lo que León había descubierto cuando interrogó a Konstantin.
Para extraer recursos humanos y materiales de la población, el Imperio había estado manipulando esta guerra desde las sombras junto a algunos reyes dragón. Así habían provocado décadas de conflicto sangriento entre ambas razas.
León apretó con fuerza la piedra de grabación en la mano.
Este era el golpe final. La prueba más crucial.
La pieza que faltaba para desmontar el reinado del maldito emperador Kant.
—Gracias, Rebeca. Esto es justo lo que necesitábamos para desenmascarar al Imperio.
—No me agradezcas a mí, agradécele a Martín —Rebeca negó con una sonrisa amarga—. Ese mocoso temblaba tanto después de hacerlo que no podía ni sostenerse de pie. Dijo que si no fuera por querer limpiar tu nombre, jamás se habría atrevido a hacer algo así. Si lo atrapaban, lo mataban.
Martín realmente se había jugado el cuello por León.
León bajó la mirada, contemplando la piedra en su mano. Esa deuda de gratitud se le quedó grabada en lo más hondo del corazón.
—Mi papá y yo planeábamos entregarte esto hoy mismo —continuó Rebeca—. Pero en el camino nos emboscaron los del trío Daga. Papá quedó gravemente herido, así que lo escondí en una cueva y fui a atraer a los perseguidores. Solo necesitaba aguantar hasta que llegaras tú.
No solo Martín. Rebeca también estaba dispuesta a sacrificarse por él.
¿Y por qué eran tan leales a León?
La razón era simple: durante su tiempo en el Ejército de Cazadores de Dragones, León, como capitán, los había salvado de la muerte una y otra vez.
Si no fuera por él, probablemente todos ya estarían muertos y enterrados.
Fueron sus soldados más fieles. Y hoy seguían dispuestos a dar la vida por él.
El carisma de un líder no necesita discursos grandilocuentes ni filosofías baratas. Solo necesita hacer lo correcto. Y cuando eso pasa, muchos estarán dispuestos a seguirlo hasta el final.
León miró a su maestro inconsciente, con una mezcla de emociones reprimidas en la mirada.
Ese viejo testarudo, bromista y siempre despreocupado, yacía ahora en silencio, con el corazón destrozado, sostenido solo por magia curativa.
Era imposible no sentirse culpable.
Tiger había hecho todo eso solo para protegerlo. ¿Y si al final no sobrevivía? ¿Cómo se suponía que iba a explicárselo a la maestra?
León siempre había odiado las tragedias de despedida, pero jamás imaginó que una historia tan cliché terminaría golpeándolo tan de cerca.
Apretó con fuerza la mano arrugada de su maestro, deseando con todas sus fuerzas que el viejo saliera de esta.
—Oye, capitán… ¿a qué vamos al territorio del clan marino? ¿Ahí hay alguien que pueda salvar a mi papá?
—No… no lo sé.
—¿Cómo que no sabes? ¡¿Y así nomás te lanzaste a volar directo hasta acá?! ¿Y tu identidad de humano qué, ya la tiraste al río?
León miró al viejo maestro, su expresión seria:
—Fue él quien lo pidió. Así que vamos. Y si eso significa que tengo que exponer quién soy… que así sea.
Rebeca asintió con comprensión, aunque un poco exasperada. Luego preguntó:
—¿Y conoces a alguien en el clan marino?
—Pues… en realidad, sí conozco a alguien.
—¿Ah, sí? ¿A quién?
—A la mamá de la mejor amiga de mi hija.
—… ¿Y eso cuenta como conocido? ¿Conocido tres cuartos o a término medio?
Rebeca se llevó la mano a la cara con resignación y suspiró, mirando con tristeza a su padre.
—Entonces… ¿por qué el viejo quiso venir justo aquí?
Cuando Tiger había dicho que lo llevaran con los dragones marinos, la verdad, a León no le sorprendió tanto. Incluso le dio esa sensación de: “Sabía que iba a decir eso”.
Después de todo, entre La Puerta del Noveno Infierno y Juicio del Alma, esos libros de magia escritos por Claudia, León y Roswitha ya habían sospechado que Tiger tenía alguna relación con los dragones del mar.
Y si él quería llegar allí, aun al borde de la muerte, tal vez realmente existía en ese lugar una cura o alguien que pudiera salvarlo.
¿Sería Claudia?
León no lo sabía.
Lo único claro era que tenían que llegar.
Tras varias horas de vuelo a toda velocidad, el grupo aterrizó en una pequeña isla solitaria en medio del mar.
Era una isla pequeña, pero suficiente para descansar.
Roswitha tomó forma humana y levantó la mano señalando al horizonte:
—Un poco más allá está el territorio de Atlántida. Esa es la zona del clan marino. Ya no podemos avanzar más.
—¿Eh? ¿Por qué no, cuñada? ¡Ya estamos en la puerta! ¡Un pasito más y ya! —preguntó Rebeca.
Roswitha bajó la mano, miró a la chica con paciencia y explicó:
—Llegar hasta aquí sin avisar al Rey Dragón del Mar es una violación directa a las reglas. Si seguimos, lo considerarán una amenaza. Y créeme, nos atacarán sin pensarlo.
Esta vez, Roswitha había hecho una excepción.
Ya le había explicado a León antes: los reyes dragón no podían visitarse sin avisar. Podía causar un desastre político.
Pero esto era una emergencia, y no había tiempo para protocolos.
Llegar hasta aquí era lo máximo que podía hacer sin provocar una guerra.
Si iban más allá… hasta podrían acabar empalados por lanzas salidas del mar.
—¿Entonces qué hacemos ahora? Nosotros—
—¡Cof! ¡Cof cof…! —
Tiger comenzó a toser con fuerza. Su pecho seguía manando sangre.
—¡Maestro!
León se arrodilló de inmediato junto a él.
—¿Ya… ya llegamos…? —preguntó Tiger, débil.
—Ya estamos en la frontera del territorio del clan marino, maestro.
—Ya veo… entonces aún… debería llegar a tiempo para verla…
—¿Ver a quién? —León se inclinó, urgido—. ¿¡Maestro, quién es!? ¡Dígame su nombre, yo la buscaré!
Tiger cerró los ojos. Ya no tenía fuerza para responder.
—¡Maestro! ¡Maestro, aguante!
Rebeca se acercó de inmediato para revisar su estado.
—La magia de curación solo aguantará una hora más. Tenemos que encontrar a esa persona ya.
León apretó los dientes. Se levantó y se acercó a Roswitha.
—No podemos seguir volando hacia adelante, ¿cierto?
—Mm. Lo siento.
—No hay por qué disculparse. Gracias, Roswitha. Gracias por traernos hasta aquí.
Roswitha miró al mar sin fin.
—¿Y ahora qué piensas hacer? Sin la guía del clan marino, no podríamos encontrar el Templo Marino ni en mil años.
¿Qué iba a hacer…?
León no lo sabía.
Estaba perdido como pocas veces en su vida. Solo había obedecido la última petición de su maestro.
Y ahora que estaban aquí…
¿Iba a quedarse sentado, viendo morir a su maestro?
No.
¡Jamás!
León corrió a la orilla y, con todas sus fuerzas, gritó hacia el océano:
—¡¡¡Claudia!!! ¡¡¡Claudia, si me escuchas, por favor, salva a mi maestro!!!
Una idea tan estúpida que solo un cavernícola la habría tenido.
León lo sabía. Pero no podía quedarse de brazos cruzados.
—¡¡¡Claudiaaa!!! —gritó otra vez.
Su voz se perdía en la inmensidad del mar, arrastrada por el viento.
Rebeca parpadeó confundida. No tenía idea de quién era esa tal Claudia, pero…
—¡¡¡Claudia, por favor, sálvalo!!! ¡¡¡Te lo suplico!!!
—¡¡¡Claudiaaa!!!
Allí estaban, dos idiotas, gritándole al mar, uno tras otro.
Y ni cuando se quedaron afónicos dejaron de gritar.
Al final, cuando Rebeca ya no podía emitir sonido, ambos se detuvieron.
El mar seguía en calma. No se movía ni una ola.
Una desesperación silenciosa se apoderó del corazón de León.
Se arrodilló, con las manos en la arena, el alma en llamas.
—¿Por qué…? ¿Por qué nada está saliendo bien…?
—Capitán…
Podía ganarle a la muerte una y otra vez, pero la muerte solo necesitaba ganar una vez.
Y en medio de esa desesperanza, el viento sopló.
Y con él, vino una voz conocida:
—¿A qué viene ponerse a gritar frente a la casa de alguien? Qué falta de modales…
Voltearon.
Una mujer estaba parada sobre las rocas, con los brazos cruzados, el viento meciéndole el cabello.
Y su melena tenía el azul sereno del mar.