Capítulo 104
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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104. Maestra
Cuando aquella bella mujer de cabello azul apareció en silencio frente a ellos, Rebeca de inmediato se puso en guardia.
Le bastó una mirada para notar que, al igual que Roswitha, esa mujer también tenía una larga cola, solo que en lugar de plateada, era de un tono azul marino.
Así que… ¿ella era Claudia? ¿La misma a la que el capitán había estado llamando a gritos frente al mar?
León no perdió el tiempo en rodeos al verla.
—Claudia, por favor… te lo ruego, salva a mi maestro.
La mujer alzó una ceja, echó un vistazo a Tiger, tendido en el suelo, y de pronto su expresión cambió.
Primero, se mostró incómoda al oír la palabra “maestro”. Luego, al ver a Tiger, pasó a la sorpresa y la incredulidad. Todo eso en cuestión de segundos.
León notó cada gesto. No había duda: su maestro tenía algún tipo de historia con el clan de los dragones marinos.
—¿Y por qué debería salvar a un humano?
No aceptó ni rechazó de inmediato. Simplemente lo cuestionó con eso: su identidad como humano.
—Mi… mi maestro, antes de perder el conocimiento, no dejó de repetir que debíamos venir al clan marino. Yo… supuse que aquí habría alguien o algo que pudiera salvarlo…
—No es esa la respuesta que quiero escuchar, León.
Claudia habló con lentitud.
—O te lo pregunto de otra forma: tú y la chica que está contigo… ¿son humanos, cierto?
León apretó los labios. Su voz bajó.
Miró a su maestro. A estas alturas, ya no tenía sentido ocultarlo.
—Sí. Los dos somos humanos.
—Así que… el supuesto príncipe plateado, el héroe que selló la grieta dimensional y salvó indirectamente a parte del linaje dragón… León Casmod… en realidad es un simple humano.
León evitó su mirada por un segundo, pero luego se armó de valor y la enfrentó directamente, mirándola a los ojos.
—Todo lo que has dicho es cierto, Claudia. Te lo explicaré todo… pero primero, por favor, salva a mi maestro. No le queda mucho tiempo.
—Hmph. Al menos eres honesto, mocoso.
Claudia soltó una risita con doble sentido y luego saltó de la roca. Caminó hacia ellos.
Los ojos de Rebeca no se apartaban de ella ni un segundo. Se acercó al oído de León y le susurró:
—¿Ella es la Claudia a la que estábamos gritando hace rato?
—Sí.
—¡¿Y en un mar tan grande logró escucharnos?!
—No seas ingenua, niña humana —intervino Claudia con un tono seco, colocándose al lado de Roswitha—. Fue Roswitha quien liberó una señal mágica que solo los Reyes Dragón pueden percibir. Por eso supe que estaban aquí. Si no, aunque se hubieran quedado gritando hasta la madrugada, no habría oído ni una palabra.
—¿Rey Dragón…? Pero… ¿el Rey Dragón del Mar no es Poseidón?
—Obvio. Pero mi padre no está en casa ahora. Si lo estuviera, el que estaría recibiéndolos sería el escuadrón de guardias del clan marino.
Rebeca tragó saliva y murmuró en voz baja:
—Esta señora no parece tener muy buen carácter…
León le respondió entre dientes:
—Y si ya sabes que tiene mal carácter, ¡no la llames señora!
—¡Ah, entendido!
Comparados con ellos, Roswitha se mantenía tranquila.
Ella ya sabía que, en el momento en que Claudia sintió su señal mágica, entendió perfectamente quiénes eran.
Así que si Claudia no hubiese querido ayudar desde el principio, simplemente no habría salido. Habría dejado que León y Rebeca gritaran hasta quedar afónicos.
Pero si se mostró, significaba que aún había esperanza para Tiger.
Claudia se agachó junto a Tiger y empezó a examinarlo.
—Su corazón está gravemente dañado. También hay lesiones en otros órganos. ¿Quién le hizo esto?
—Un escuadrón especial creado por el Imperio. El Trío Daga. Tienen acceso al poder primordial.
—Ah, sí, escuché de ellos. Han causado estragos en varios frentes. Muchos clanes han salido perdiendo.
León dio un paso adelante, ansioso:
—¿Cómo está mi maestro?
Claudia respondió con total franqueza:
—Muy mal.
Se levantó.
—Tengo que llevarlo conmigo para hacerle una revisión más a fondo. Veré si hay alguna forma de salvarle la vida.
León se iluminó al oír eso. Su alegría y emoción eran evidentes.
—¿Entonces… vas a salvarlo?
—No te emociones tan rápido, León. Con este tipo de heridas… solo puedo decir que haré lo posible.
Claudia se acercó a la orilla.
—Bien. Síganme. Vamos al Palacio de Atlántida, bajo el mar.
Apenas terminó de hablar, una oleada de energía mágica brotó de ella, expandiéndose por todo el lugar.
Al instante, una enorme dragona azul emergió de la luz y se elevó hacia el cielo.
Su forma no era como la de Roswitha o Isa. Claudia tenía la figura de una «jiao», un dragón oriental. Elegante, alargado, lleno de gracia y fuerza.
—Wow… nunca había visto un dragón así —comentó Rebeca—. Qué hermosa…
—Cof, cof…
—Digo, la forma de dragón de mi cuñada también es hermosa. ¡Todas son hermosas!
Qué rápido aprenden los jóvenes. Treinta segundos atrás la llamaba «señora», y ahora ya repartía elogios por igual.
Claudia giró en el aire, y justo debajo de ellos se formó una gran burbuja mágica.
La burbuja envolvió al grupo, y junto a Claudia, se sumergieron en el mar.
A medida que descendían, el paisaje marino comenzó a desplegarse en todo su esplendor. Un mundo submarino lleno de colores y vida.
—¿El clan marino siempre ha vivido aquí? —preguntó Roswitha.
—Sí. Para adaptarnos al entorno, nuestros antepasados fueron modificando nuestra forma hasta lo que somos ahora.
La voz de Claudia llegó a través de vibraciones mágicas.
León, pensativo, preguntó:
—Claudia… ¿usted conocía a mi maestro, verdad?
Por su reacción anterior, y por los libros mágicos que Tiger había sacado antes, todo indicaba que tenían alguna conexión.
Claudia guardó silencio unos segundos antes de responder:
—Podría decirse que sí.
—Entonces ustedes—
—No preguntes más. Ya habrá alguien que te lo explicará todo.
—¿Alguien más…? —León parpadeó.
¿Además de Claudia, había otra persona en el clan marino que conocía a su maestro?
Con esa duda, descendieron hasta lo más profundo del océano.
Y allí, tras atravesar fosas y arrecifes, apareció ante ellos un oasis submarino:
—Bienvenidos al Palacio del Clan Marino: Atlántida.
De repente, el mundo se abrió. Un paisaje oculto, majestuoso, flotando entre corales y abismos.
Atlántida.
Claudia regresó a su forma humana y, con un gesto, deshizo la burbuja mágica que los rodeaba.
Rebeca se tapó la boca y la nariz, alarmada.
—¡Capitán! ¡La señora de cabello azul quiere ahogarnos!
—…Si no te aplastó la presión del agua bajando hasta aquí, ¿por qué te preocupa el aire ahora?
—¿Eh?
Rebeca bajó las manos y respiró.
—¿¡Puedo respirar normalmente!?
—El clan marino también es parte de la raza dragón. No podemos respirar bajo el agua como peces. Así que alrededor del Palacio de Atlántida hay una barrera mágica que nos proporciona oxígeno —explicó Claudia.
—Ah, con razón… —asintió Rebeca, sin terminar de entender.
Roswitha alzó la vista y calculó la distancia hasta la superficie. Luego murmuró para sí misma:
—Es un buen lugar para aislarse del mundo…
—Vamos. No perdamos tiempo. Tenemos que salvarlo —dijo Claudia.
—¡Sí!
León cargó a su maestro y la siguió de inmediato.
—Cof… cof… chico… ¿ya llegamos? —murmuró Tiger.
—Sí, maestro. Ya estamos en el territorio del clan marino. Todo va a estar bien.
—Ah… me alegra… me alegra que hayamos llegado…
A León le pareció curioso.
Tiger no parecía preocupado por si podían salvarlo o no. Solo le importaba haber llegado.
Como si… su único objetivo fuera pisar estas tierras.
Pero no había tiempo para pensarlo. Fuera cual fuera la razón, tenía que salvarlo.
Claudia los condujo por el palacio hasta una cámara oculta.
Dentro había una cama hecha de hielo puro. Claudia señaló:
—Pónlo ahí.
León obedeció.
—¿Esto es un tipo de material mágico?
—Hielo negro del abismo. Sirve para extender la vida —respondió Claudia sin rodeos.
Apenas Tiger se acostó, empezó a toser sangre. Las manchas rojas se extendieron sobre el hielo.
Claudia de inmediato intensificó su revisión.
—León, chica humana. Vayan al estante y tráiganme dos cajas. Una dice “Flor de Loto Sombría” y la otra “Polvo de Hueso de Escarcha”.
Ambos corrieron a buscar los materiales y se los entregaron a Claudia.
—Flor de Loto Sombría… Polvo de Hueso… y este hielo negro… El clan marino tiene recursos que muchos otros ni siquiera conocen —comentó Roswitha, impresionada.
—Ventajas de vivir bajo el mar. Puedes encontrar tesoros perdidos de hace milenios.
Claudia canalizó esos ingredientes directamente en los circuitos mágicos del cuerpo de Tiger, asegurándose de que su cuerpo pudiera absorber sus efectos.
No se permitió cometer ni un solo error. Un fallo mínimo podía ser fatal.
El ambiente se volvió solemne. Todos guardaron silencio para no interrumpir.
Tanto León como Rebeca contenían el aliento.
Tiger no podía morir. No ahora.
León le debía toda su vida.
Y Rebeca… Rebeca había crecido huérfana. Fue Tiger quien la ayudó una y otra vez, quien la mantuvo en la academia de cazadores. Para ella, él era su verdadero padre.
No podía dejarlos así. No justo antes del amanecer.
La sesión terminó.
Claudia se apoyó en el borde de la cama de hielo, agotada, con sudor en la frente.
Pero Tiger no mostraba señales de recuperación.
—Señora Claudia… ¿cómo está mi maestro? —preguntó León con la voz temblorosa.
Claudia se incorporó lentamente, guardó silencio un momento, y negó con la cabeza.
—Su corazón está dañado más allá de toda reparación. Ni siquiera la Flor de Loto Sombría puede mantenerlo con vida.
Como un trueno en cielo claro, León se quedó congelado.
Abrió la boca, pero no pudo decir nada.
Sentía algo atorado en la garganta. Era desesperación y dolor.
Roswitha se acercó, le tomó la mano con firmeza.
Pudo sentir cómo aquellas manos, curtidas en mil batallas, temblaban sin control.
—No… No puede ser… ¡Mi maestro no va a morir así!
—León.
Antes de que se quebrara por completo, Claudia habló:
—Tiger sabe perfectamente que no hay cura para su herida. Él vino aquí no para salvarse… sino por otra razón.
—¿Entonces por qué vino? Si no era para curarse, ¿¡entonces para qué!?
—Porque…
No alcanzó a terminar.
Una conmoción estalló en la entrada de la sala.
—¡Su alteza, no puede entrar! ¡La señorita Claudia fue muy clara, no puede pasar!
—¡Déjenme entrar! ¡Sé que vino a buscarme! ¡Lo sé! ¡Déjenme verlo!
—¡Su alteza, princesa Charlotte!
¿Charlotte?
Ese nombre…
León volteó hacia la puerta.
Y al ver esa figura familiar, corriendo sin importarle los guardias, sus labios se movieron sin pensarlo.
—…Maestra.