Capítulo 105
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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105. El dragón errante vuelve al mar
Charlotte irrumpió en la sala, con el rostro lleno de ansiedad.
León y Rebeca se acercaron enseguida.
—¿Maestra? ¿Qué haces tú aquí? —preguntó León, confundido.
Rebeca, en cambio, se llevó ambas manos a la cabeza. Sus ojazos ya giraban como trompos.
—Estoy completamente perdida… Primero fue el viejo queriendo venir al clan marino, ¡y ahora aparece la tía Charlotte de la nada! ¡Siento que me falta un capítulo entero!
Charlotte, al ver a León después de tantos años, sintió una mezcla de urgencia y consuelo.
Pero no había tiempo para ponerse al día.
Sin dar explicaciones, pasó junto a ellos y corrió hacia la cama de hielo.
Al ver a Tiger, acostado, al borde de la muerte, sintió que todo su cuerpo se vaciaba. Las piernas le temblaron, casi cae al suelo.
Claudia la sostuvo justo a tiempo.
Charlotte no podía creer lo que veía. Con manos temblorosas, tocó la mejilla ajada y envejecida del hombre frente a ella.
El calor de su cuerpo se desvanecía lentamente. La respiración, el pulso, casi imperceptibles.
Sus labios temblaban sin parar, mientras las lágrimas caían sin freno por sus mejillas.
—Tiger… vine, Tiger… por favor, abre los ojos y mírame… ¿sí?
Su voz rota era como un cuchillo en el corazón.
Quizás por ese llamado, Tiger entreabrió los ojos.
Ya en las últimas, cada parpadeo le costaba un mundo.
Pero aun así, hizo todo el esfuerzo por ver claramente a quien tenía enfrente.
A su esposa. Charlotte.
Una sonrisa apareció en su rostro cansado y pálido. Con apenas un hilo de voz, la llamó por su apodo.
—Sha… por fin llegaste…
Intentó levantar la mano para acariciarle la cara.
Pero ya no tenía fuerza. Ni para respirar. Mucho menos para mover un dedo.
Charlotte, en cambio, levantó sus manos y puso la de él contra su mejilla, presionándola con fuerza.
—Estoy aquí, Tiger. ¿Puedes sentirme?
En cuanto su palma tocó su rostro, Tiger sintió el calor de las lágrimas.
—¿Estás llorando…? Sha, no llores… si lloras se te va a correr el maquillaje… je… je… cof, ¡cof!
No pudo terminar la frase. Tosió sangre.
Su corazón, completamente destrozado, ya no podía bombear. Su último aliento solo se sostenía gracias a los hechizos de curación y a los esfuerzos de Claudia.
Cuando esa magia y medicina perdieran efecto…
—¿Por qué mi maestra está aquí? —León se acercó a Claudia y le preguntó en voz baja.
—¿No te contó tu maestro? Cuando decidieron rebelarse contra el Imperio, él envió a Charlotte a un lugar seguro.
Claudia dijo:
—Ese lugar… era este.
León recordó: su maestro sí había mencionado que la había enviado “a casa”.
—Entonces… ¿“a casa” significa que el clan marino es…?
A mitad de frase, su propia deducción lo dejó helado.
Claudia le lanzó una mirada lenta y directa.
—Exacto. Tu maestro, igual que tú, se casó con una dragona.
—¿Q-qué…?
Se quedó sin palabras.
No era mucha información… pero era más que suficiente para hacerle volar la cabeza.
Como si una bomba enterrada durante más de veinte años acabara de explotar.
Y eso que León era bastante resistente. Si no fuera por Roswitha sosteniéndola, Rebeca ya se habría desmayado.
—¿Ahora entiendes por qué tu maestro insistió tanto en venir al clan marino, incluso sabiendo que iba a morir?
Claudia le dio unas palmaditas en el hombro.
—Él sabía perfectamente que sus heridas eran mortales. Solo quería verla… una última vez.
—¿Una última vez…?
—Conozco su plan para rebelarse contra el Imperio. Es una revolución, León. Y las revoluciones… traen sacrificios.
Pero León ya no escuchaba.
Caminó como un muñeco sin hilos hasta Charlotte, y le puso una mano en el hombro.
Ella lloraba desconsolada, aferrada a la mano de su esposo.
—León… ¿Rebeca te dio la piedra de grabación…? —preguntó Tiger, con voz débil.
Había visto a su esposa. Había cumplido su último deseo. Ahora quería aprovechar sus últimos minutos para hablar con su discípulo.
—Sí… maestro. La tengo.
—Bien… ahí dentro está la evidencia que expone al Imperio. Úsala bien… puede ayudarte a limpiar tu nombre…
—Entendido… maestro…
—¿Cómo está el Rey Dragón Plateado…?
—Nosotros estamos…
—¿Y tus nietas…? Ya deben tener cinco años, ¿no? Y la pequeña Lucecita, ¿ya tiene tres…?
—¿Maestro?
—¿Por qué no dicen nada…? Estoy hablando solo… qué aburrido soy, ¿no? Je… je…
Ya no los oía.
Sus pupilas, turbias y ancianas, comenzaban a perder el foco.
—Muchacho… si puedes, algún día lleva a tu maestra a verlas… y diles… que su abuelo… no era tan inútil…
—Quisiera… quisiera poder abrazarlas, aunque sea una vez…
—Pero parece… que no habrá oportunidad…
Sus ojos miraban hacia lo alto. Como si algo lo llamara.
Aun así, seguía murmurando.
—Mi vida se va… sin grandes logros, pero al final, estoy satisfecho.
—En mi juventud, serví en el ejército de cazadores de dragones… batallas, sangre… nunca tuve un hogar.
—Y cuando me retiré, ya era tarde para enamorarme o casarme…
—Si no fuera por tu maestra, este viejo habría terminado sus días solo y amargado.
—Siempre creí que mi hogar era el mundo entero… pero al final, mi hogar… eras tú, Sha.
—Aunque… tu familia nunca aceptó nuestra relación…
—Pero aun así… vivimos juntos media vida. Y ahora, al final… tengo la suerte de que estés a mi lado, Sha…
—Me acordé… cof, cof… de una novela… tenía una frase que parecía escrita para nosotros.
—Un dragón errante… siempre debe volver al mar… pero el mar… no lo espera… y se va solo…
Su mano resbaló por la mejilla de Charlotte, como intentando limpiar una última lágrima.
—¿Tiger? …¡Tiger! ¡Tiger!
—¡Maestro! ¡Maestro!
—¡Viejo!
Rebeca se abrazó al brazo de Tiger, llorando a gritos.
Charlotte parecía no tener más lágrimas. Cayó, agotada, en los brazos de León. Una desesperación abrumadora la envolvía por completo.
Y en medio de todo, la última frase de Tiger seguía resonando en la mente de León:
El dragón errante vuelve al mar…
Un hombre que vivió sin raíces, sin hogar… que encontró finalmente un refugio. Y que, cuando la muerte llegó, la aceptó en paz.
Tiger Lawrence, antiguo cazador de dragones…
…murió a manos del país al que un día entregó su vida.
¿Cómo podía uno aceptar algo así?
—Yo lo voy a salvar.
En medio de la desesperación, la voz decidida de Charlotte atravesó como una espada toda la oscuridad.
—Su corazón está completamente destruido, Charlotte… ni siquiera la Flor de Loto Sombría pudo hacer efecto —dijo Claudia—. Yo…
—Lo voy a salvar.
Charlotte se plantó frente a su hermana. Sus ojos la enfrentaron con fuerza.
—¿Está confirmado? ¿El corazón ya no sirve?
—Sí…
—Entonces usaré… mi escama de corazón.
¿¡Escama de corazón!?
Al oír ese término, León se quedó helado mirando a su maestra.
Sabía que esa era la «última defensa» de los dragones. Una escama que les permitía sobrevivir en situaciones extremas.
Para formar una escama completa… se necesitaban al menos doscientos años.
En el futuro, Roswitha había caído en coma tras usar su escama en un ataque suicida… porque ya no la tenía puesta.
Así de importante era para los dragones.
Pero… ¿servía también para salvar a otro?
—¡No puedes! Charlotte, si le das tu escama, ¿¡qué será de ti!?
—¡No me importa! ¡Voy a salvarlo!
—¡Charlotte!
—¡Cuatrocientos años!
Pocas veces León había visto a su maestra perder los estribos. Pero esta vez… sí estaba furiosa.
—¡Cuatrocientos años he hecho todo lo que tú querías, y lo que padre quería! Casarme con Tiger fue la única decisión que tomé por mí misma. ¡Por eso no regresé en treinta años!
—Además… fue Tiger quien me salvó la vida. Ahora es mi turno. ¿¡Qué tiene de malo!?
—¿Acaso… en cuatrocientos años de vida… no tengo derecho a ser rebelde ni dos veces?
—Charlotte…
—Déjame hacerlo, hermana… por favor…
La mirada de Claudia pasó del enojo… a la resignación.
Cerró los ojos. Suspiró largo.
—Haz lo que quieras. Ya no puedo detenerte… Los demás, salgan. Charlotte se queda sola.
Claudia sacó a todos del cuarto.
Charlotte caminó despacio hacia la cama de hielo. Miró a su esposo.
Y en voz baja, dijo:
—No voy a dejar que te vayas así, Tiger.