Capítulo 106
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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106. Ángel
—Parece que tendré que ser yo quien les resuelva las dudas —dijo Claudia, de pie afuera de la sala secreta, brazos cruzados, apoyada contra la pared.
—Hace treinta años, la guerra entre el Imperio y los dragones estaba en su punto más álgido.
—En ese entonces, nosotros, el Clan Marino, todavía no habíamos optado por aislarnos del mundo, así que también nos vimos obligados a participar en esa guerra.
—Un día, después de una batalla desastrosa para ambos bandos, como estábamos en nuestro territorio, nuestras tropas de rescate llegaron primero al campo de batalla para buscar sobrevivientes.
—Charlotte no era del tipo de dragón combatiente, pero sí destacaba en magia curativa. Pensó que esa misión solo consistía en salvar heridos, así que se ofreció para unirse al equipo de rescate. Mi padre aceptó.
—Pero la realidad… fue muy distinta a lo que Charlotte se imaginaba.
—Además de rescatar heridos, el escuadrón también debía eliminar a los enemigos sobrevivientes.
—Charlotte nunca había matado a nadie. Para ella, eso era impensable.
—Así que se dedicó por completo a curar, pensando que, si cumplía su parte rápido, podría volver enseguida.
—Pero lo que tenía que pasar… pasó.
—Encontró a un cazador de dragones al borde de la muerte. Ese tipo yacía entre cadáveres y sangre. Al parecer, se había lanzado a proteger a sus compañeros. Aunque al final, esos compañeros no sobrevivieron.
—Imagino que ya adivinaste quién era ese cazador. Sí: tu maestro.
—Ese fue su primer encuentro.
—¿Y el resultado? También es fácil de imaginar. Mi hermana… lo dejó ir.
—Y hasta ahí debió haber quedado todo. Nunca debieron volver a encontrarse.
—Hasta que…
En ese punto, la voz de Claudia bajó un tono.
—El Imperio empezó a recolectar nuestras escamas del corazón.
—Y Charlotte… fue uno de sus objetivos.
—No sabía pelear. Cuando la capturaron, no tuvo cómo defenderse.
—No fue la única. Varios dragones fueron capturados al mismo tiempo. Todos sin fuerzas para resistir. El plan del Imperio era llevarlos a la capital… y quitarles sus escamas.
—Tiger, mientras tanto, había peleado muchas batallas. Poco a poco, comenzó a notar ciertas irregularidades, algunos indicios de que algo no andaba bien. Algo oscuro detrás de toda esta guerra.
—Pero no tenía pruebas. Por un lado, estaba la guerra. Por el otro, su conciencia. Ese conflicto lo desgastó.
—Al final, decidió retirarse del ejército cazadragones. Solo quería volver a casa y vivir tranquilo.
—Pero había escasez de tropas. El Imperio lo asignó por la fuerza a una unidad de transporte. Y justo ahí… volvió a encontrarse con Charlotte.
—En agradecimiento por haberle salvado la vida, Tiger la dejó escapar en secreto… y la escondió en su casa para que no la encontraran.
Claudia suspiró, luego continuó:
—Y como en toda historia de amor cliché, terminaron enamorándose.
—Pero como en ese tiempo jamás había habido una relación entre humanos y dragones, nunca se atrevieron a tener hijos. Así que adoptaron uno de un orfanato.
—Sí, León. Ese fuiste tú.
Claudia hizo una pausa, luego alzó la vista hacia León y Roswitha. Observó a la pareja unos segundos, y luego soltó una risita burlona mientras negaba con la cabeza.
—Tu maestro y tu maestra se contuvieron durante treinta años sin tener hijos… pero tú y tu esposa ya llevan tres en cinco años.
De verdad, Claudia los admiraba. No solo jugaban fuerte… sino que además no les temblaba ni un poco la mano.
Lo decían y ¡zas!, nacía uno nuevo. Sin pestañear.
Ambos se sonrojaron con la broma.
Roswitha se volteó de vergüenza, sin decir nada.
León se rascó la cabeza.
—Fue… un hermoso accidente, je…
—Je… la vida está llena de accidentes hermosos.
—Y entonces, ¿qué pasó después? Aunque lograron estar juntos, tú y tu padre… nunca aprobaron su matrimonio, ¿verdad?
Claudia asintió.
—Ya lo dije, no existía ningún precedente de un humano casado con un dragón. Y encima, en plena guerra. ¿Cómo iba mi padre a aceptar algo así? Pero Charlotte, que siempre fue la hija ejemplar… por primera vez se rebeló.
—Se empeñó en quedarse con Tiger. Incluso pasó treinta años sin regresar al Clan Marino.
—Menos mal que Tiger cuidó bien a mi hermana. Si no… papá habría mandado a alguien a sacarla a la fuerza.
—Así que, al final, aunque nunca lo aprobó, nuestro padre prefirió hacerse el ciego. Dejar que siguiera su camino.
León frunció el ceño, como si recordara algo.
—Un momento… Si mi maestra es la segunda princesa del Clan Marino, entonces los dos libros de magia que me dio mi maestro…
Claudia agitó una mano.
—Charlotte me los pidió. Me rogó tanto que le prometí dárselos si me preparaba el desayuno durante un mes entero.
Al escuchar eso, Rebeca no pudo evitar soltar una:
—¿¡Un mes de desayunos por dos libros mágicos!? Tía, usted es—…
—¿Soy qué? —Claudia la interrumpió, frunciendo el ceño.
—¡E-e-es una genia de los negocios, jaja…!
—Con lo buena que es mi maestra en la cocina, creo que fue un trato justo —comentó León, bastante satisfecho.
—¡Obvio que para ustedes fue justo! ¿Pero tienen idea cuánto tiempo me lleva traducir un libro antiguo?
—¡Sí, sí! ¡Gracias por tu duro trabajo, maestra!
Después de ese par de bromas para aliviar el ambiente, León volvió al tema serio.
—Mi maestra dijo que iba a usar su escama del corazón para salvar a mi maestro. Pero si la pierde, ¿qué le pasará?
El rostro de Claudia se volvió serio.
—Cuando un dragón pierde su escama del corazón… su esperanza de vida se reduce drásticamente. Y si no está en un lugar absolutamente seguro para recuperarse, puede llegar a ser mortal.
—Además… durante mucho tiempo después, el cuerpo queda extremadamente débil.
—Y Charlotte… nunca fue guerrera. Su físico no es como el mío o el de Roswitha.
—Le saldrán todo tipo de achaques: manos y pies fríos, episodios de desconexión, ansiedad, cansancio… Va a ser muy duro.
—Ay… de verdad, ya no sé qué hacer con ella. ¡Tiene cientos de años y sigue tan…!
Claudia iba a decir «caprichosa», pero se detuvo a pensarlo.
Desde una visión tradicional, tanto Charlotte como Tiger eran los campeones supremos del amor verdadero.
No solo puro amor. Amor puro nivel dios.
A Charlotte no le importaría dar lo que fuera por salvarlo. Incluso más que su escama.
Porque lo suyo no era capricho. Era… entrega.
La entrega por amor no debería ser criticada.
Claudia soltó una sonrisa resignada y ya no dijo nada más.
—Entonces… ¿mi maestro realmente puede salvarse?
—Sí. El poder de una escama del corazón es incuestionable. Aunque no pueda revivirlo de la nada… sí puede reparar su corazón.
—Ya veo…
Mientras admiraba el amor inmenso entre sus maestros, León no podía dejar de pensar en las palabras de Claudia:
“Sin la escama, se vuelve débil, las manos frías, se queda en blanco, se distrae, se pone ansiosa…”
De repente, su mente empezó a hilvanar recuerdos.
—¿Sabías, papá? A mamá en realidad le gustas mucho.
—¿Por qué lo dices?
—Porque cuando estuviste dormido esos dos años… ella venía todos los días a verte. Y se quedaba mirándote, como ida.
—¡Oye, suéltame la mano, idiota!
—¿Por qué tienes siempre las manos tan frías, Roswitha?
—Así nací.
—Entonces tendré que calentártelas yo.
—Mamá cayó en coma después de ese ataque.
—¿Y la escama? ¿No se suponía que era su seguro de vida?
—Casi no funcionó…
—¿Dónde está tu escama del corazón?
—La dejé en un lugar muy, muy seguro.
Solo hace falta una chispa para detonar una bomba.
Las piezas encajaron. Todos esos recuerdos apuntaban a una sola persona.
León se tambaleó hacia atrás, hasta que la espalda chocó con la fría pared.
Giró lentamente la cabeza… y la miró.
Roswitha estaba allí, de pie, en silencio.
Y en ese momento, era tan hermosa…
…como un ángel.