Capítulo 107
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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107. No quiero perderte
—Roswitha…
—¿Hmm?
—Tú… ¿acaso—?
—¡Ohh! ¡¡Por fin lo entendí todo!!
Rebeca interrumpió al capitán justo antes de que pudiera lanzar su hechizo emocional, tan emocionada que parecía haber descubierto un nuevo continente.
Los que estaban en el pasillo también se sobresaltaron con su grito.
León se obligó a calmarse un poco, y la pregunta que estaba a punto de hacer se le quedó atorada en la garganta.
Mejor se la pregunto cuando estemos a solas.
Luego, se giró hacia Rebeca y preguntó:
—¿Qué fue lo que entendiste?
Roswitha y Claudia también la miraron, curiosas.
—¡Que ya entendí cuál es la relación entre todos ustedes!
Rebeca lo dijo como si fuera un gran hallazgo.
—Capitán, hace un rato dijiste que la tía Claudia es la mamá de la mejor amiga de tu hija, ¿cierto?
—…Sí.
—Y que la tía Charlotte es tu maestra, ¿cierto?
—…Sí.
—Y que las dos tías son hermanas, ¿verdad?
—…También es cierto.
La genio Rebeca se puso las manos en la cintura y declaró con aire triunfal:
—¡Entonces eso significa que tú y tu hija son de la misma generación!
León: ¿?
Roswitha: ¿?
Claudia: = =
¡Plaf!
Rebeca se paró de puntitas y le dio unas palmadas en el hombro a León, hablando como toda una veterana de la vida:
—Capitán, no hay de qué avergonzarse. A partir de ahora, Noa te dice “hermano”, tú le dices “hija”, y ya está. Cada uno con su rol, ¡no se estorban entre sí!— ¡Ay!
La interrumpió un golpecito en la cabeza cortesía del capitán.
Justo iba a decirle que no hablara tonterías, cuando escuchó un suspiro detrás.
Claudia.
—Ah… Es solo una niña, no sabe lo que dice —se apresuró a decir León, tratando de salvar la situación.
Claudia se encogió de hombros.
—No pasa nada. Estos enredos generacionales son bastante comunes entre los dragones. Después de todo, vivimos varios siglos y la diferencia de edad para tener hijos puede ser enorme. Así que no es raro que ocurran cosas como las que dijo la mocosa.
Los dos «niños de veintitantos» se miraron y soltaron una pregunta al unísono:
—Entonces… ¿cómo deberíamos llamarnos en el futuro?
—Como siempre. No se compliquen.
Claudia hizo una pausa y luego añadió con media sonrisa:
—Si no, terminaré teniendo un hijo nuevo, ¿cierto, León?
Ahí vamos otra vez… todavía no se sale del personaje de «madrastra malvada» que hizo en la obra escolar.
Superado el momento de broma, León volvió a mirar la puerta de la sala secreta, esta vez con seriedad.
—Señorita Claudia, ¿sabe cuánto falta para que salgan mi maestra y mi maestro?
—Muy poco —respondió Claudia—. El trasplante de una escama del corazón no es como una operación o un tratamiento médico tradicional. Es más bien una transferencia de poder, así que no requiere un tiempo de recuperación como tal.
Sacó de su bolsillo un compás con un mecanismo de cuenta regresiva. Lo observó un segundo y dijo:
—En aproximadamente una hora habrán terminado con el trasplante.
León asintió.
Aunque Claudia había dicho que la escama del corazón bastaba para reparar el corazón de su maestro, seguía sintiendo preocupación. Al fin y al cabo, se trataba de las dos personas que lo criaron por veinte años.
Se frotó los dedos con nerviosismo y se apoyó en la pared, mirando fijamente la puerta.
Un momento después, sintió algo suave en la palma.
Bajó la mirada. Era Roswitha, que le había tomado la mano en silencio.
—Todo saldrá bien —dijo ella, mirándolo a los ojos con voz suave y tranquilizadora.
León asintió despacio.
—Ajá…
Rebeca también se calmó y se sentó obedientemente en una de las sillas del pasillo, esperando el final del procedimiento.
—
Una hora después, la puerta de piedra emitió un leve sonido.
León se incorporó de inmediato y se acercó rápidamente.
La puerta se abrió, revelando a Tiger y Charlotte apoyados el uno en el otro, saliendo despacio del cuarto.
—¡Maestro! ¡Maestra!
León corrió hacia ellos y los ayudó a sostenerse.
Tiger parecía mucho mejor, aunque seguía un poco débil;
Charlotte, en cambio, estaba completamente pálida.
Tal como Claudia había dicho, un dragón sin escama del corazón quedaba en un estado de debilidad extrema durante mucho tiempo.
Necesitaría reposo absoluto en un entorno cien por ciento seguro para recuperarse.
León se acercó a su maestra y le puso el brazo sobre su hombro para ayudarla a caminar. Luego miró a Rebeca:
—Rebeca, échame una mano.
—¡Voy!
La chica corrió a sostener a Tiger del otro lado.
Claudia también dio unos pasos al frente y se detuvo frente a Charlotte.
Las dos hermanas, una más alta y una más bajita, se miraron a los ojos.
Charlotte, recién salida del ritual, se veía agotada, pero aún así logró forzar una sonrisa.
—Perdón, hermana… fui caprichosa otra vez.
Pensaba que Claudia, como siempre, iba a fingir dureza y soltarle unas cuantas críticas antes de mostrarle afecto.
Pero, para su sorpresa, Claudia solo levantó una mano y le acarició la cara, apartando con delicadeza un mechón de cabello que caía por su mejilla.
—Debiste sufrir mucho. Vamos, los llevaré a descansar.
—Hermana, yo…
—Habla menos. Estás muy débil.
Los ojos de Charlotte temblaron. Abrió la boca, queriendo decirle mil cosas, pero al final solo bajó la cabeza y respondió con una sonrisa suave:
—Está bien…
Podía sentirlo con claridad. La actitud de su hermana hacia su relación con Tiger estaba cambiando.
Lo que más había deseado en estos treinta años… era que su familia pudiera aceptar y bendecir ese amor.
Y aunque el camino fue difícil, al menos ahora…
Todo estaba avanzando hacia algo mejor.
Claudia llevó al grupo hasta una sala de descanso y acomodó a los dos «pacientes» en una cama grande y cómoda.
Una vez acostados, Tiger se giró lentamente y miró a Charlotte.
Charlotte también lo miraba.
Los dos viejos tortolitos se sonrieron con complicidad.
—Recién acaban de hacer el trasplante. Necesitan descansar antes de poder moverse con normalidad. Las charlas pueden esperar a mañana —comentó Claudia, con su tono profesional y su aire distante de siempre.
—En un rato haré que les traigan la cena. Nosotros no los molestaremos más.
—Maestro, maestra, por favor descansen bien. Mañana los vengo a visitar.
—Muy bien… Tú y tu esposa también han tenido un día largo. Descansen temprano.
—Sí.
Después de despedirse de la pareja, Claudia los llevó a cenar.
Cuando terminaron, les asignó habitaciones.
Claudia sentía que había pasado todo el día haciendo de guía turística.
¿Y desde cuándo es mi trabajo como princesa heredera andar atendiendo invitados, eh…?
Pero no había opción. La identidad de León y los demás era delicada. Cuantas menos personas los vieran, mejor.
—Gracias por todo, señora. Y también por lo de mi maestro… de verdad, gracias.
Frente a la puerta de la habitación, León y Roswitha le agradecieron con seriedad.
—Nada que agradecer. Duerman bien. Espero que se adapten al entorno marino.
—Sí. Buenas noches, señora.
—Buenas noches.
Claudia cerró la puerta y se marchó.
La pareja por fin pudo soltar un poco de tensión.
Y en cuanto bajaron la guardia… el cansancio los golpeó como una ola.
Roswitha se frotó los hombros. Ese día había volado a toda velocidad durante horas para llegar hasta el Clan Marino. Hasta para una dragona plateada, eso era excesivo.
Observó la habitación. Era muy ordenada. Le gustaba.
Incluso tenía un pequeño balcón.
Roswitha caminó hacia él, creyendo que era meramente decorativo. Al fin y al cabo, en el fondo del mar no es que haya mucho que ver…
Pero al asomarse…
Se le iluminaron los ojos.
Frente a ella se extendía un mundo submarino lleno de belleza y color.
Todo el palacio estaba envuelto por una cúpula transparente que separaba el interior del océano.
Peces raros y criaturas mágicas nadaban justo frente a ella. Roswitha levantó el brazo; su manga se deslizó por su terso y fino brazo, y con la punta de un dedo tocó suavemente la barrera. Varios pececitos nadaron hacia su mano y le soplaron burbujas.
La reina sonrió.
Envejecer es eso… empezar a disfrutar del pastito y los pececitos (no es cierto).
—Roswitha…
León se acercó a ella.
—¿Hmm?
Ella apartó la vista del océano y lo miró.
León parecía dudar. Estaba a punto de decir algo importante.
Roswitha parpadeó y sonrió.
—Tenías algo que decirme desde la puerta de la sala secreta, ¿cierto?
León asintió con seriedad.
—Sí.
—¿Qué cosa?
Ya se lo imaginaba.
Ese hombre no era tonto. Después de todo lo que Claudia dijo sobre las escamas del corazón, después de ver cómo su maestro casi “resucitó” gracias a una, era lógico que se le viniera a la cabeza…
…aquel día.
—Es solo que…
León dudó un poco más, y luego suspiró profundamente. Era como si por fin hubiera tomado una decisión.
—Tu escama del corazón… en realidad está en mí, ¿verdad?
Se armó de valor para decirlo, mirándola a los ojos plateados.
Aunque ya lo había sospechado casi todo, quería oírlo de ella.
Los ojos de Roswitha temblaron, pero no parecía sorprendida.
Sonrió levemente y asintió.
—Sí. Está contigo.
—¿Por qué—?
—Cuando te capturé, estabas gravemente herido. Tu corazón casi estaba hecho trizas. Para salvarte… tuve que trasplantarte mi escama.
Roswitha se dio la vuelta, apoyando los brazos sobre el barandal del balcón. Su mirada se perdió en las profundidades del mar.
—No cargues con eso, León. En ese momento… te salvé solo porque quería vengarme más adelante.
Y era cierto.
En aquel entonces, después de todo el desastre con la “locura de sangre”, no había forma de que Roswitha tuviera sentimientos por él.
Tal como lo dijo: te salvó por venganza.
Pero…
—Tú tuviste muchas oportunidades de recuperarla. Y nunca lo hiciste.
—Ajá. Porque no quería que nuestras hijas tuvieran recuerdos de su padre… y que un día, él simplemente desapareciera.
—¿Y además?
—¿Además?
Roswitha bajó la mirada.
Pasó un buen rato antes de que curvara los labios en una sonrisa cálida, tan suave como una brisa. Su hoyuelo era diminuto y encantador.
—También… porque no quiero perderte.
—Roswitha…
—¡Ayayay! ¡Por fin me oíste decirlo! ¿Contento?
Se giró de nuevo, se estiró como una gata satisfecha, y luego bajó los brazos.
Le dio un golpecito en el pecho a León con un dedo.
—Así que… te encargo que cuides bien de mi corazón, ¿sí, tonto?