Capítulo 111
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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111. ¿Alguna vez pensaste en el final?
El burrito también era algo tsundere.
Después de forcejear un poco con León, pronto volvió a comportarse y se le acercó para interactuar con él.
Rebecca se subió al burro, León lo guiaba desde el frente, y así los tres —dos humanos y un burro— comenzaron a dar vueltas por el campo.
La loca agitaba los brazos, proclamándose a gritos “la valiente jinete de dragones”… en pleno territorio de los dragones marinos.
Qué se le va a hacer. Ya era costumbre. Siempre que visitaba la casa del capitán, le daba por jugar a ese tipo de roles.
Roswitha y Claudia, no muy lejos, observaban tranquilamente la escena.
Al cabo de un rato, Roswitha sonrió con ternura y comentó:
—Hace mucho que no veía a León tan feliz.
—Su maestro está fuera de peligro, volvió a ver a su maestra… y al burrito. Aunque hubo sus percances, el resultado fue bueno. Normal que esté feliz —respondió Claudia, y tras una pausa, añadió—: Pero espera… ¿no será que la vida conyugal de ustedes dos es tan opresiva que por eso ahora se le ve tan contento?
—¡¿Cómo va a ser eso, por favor?! —Roswitha tosió y corrigió rápido—. Digo, lo que tengo con él es un acuerdo. Uno que incluye llevarnos bien y hacer bien el papel de padres. ¿Cómo va a ser algo opresivo?
Aunque “vida conyugal” era una expresión que Roswitha usaba con León en privado, escucharla de boca de alguien más… sonaba rarísimo.
Por eso prefirió usar “acuerdo”.
Y es que, efectivamente, eso fue lo que ella y León establecieron al inicio: asegurarse de que sus hijas tuvieran una infancia feliz y completa.
Claudia observó a esa junior que era cientos de años menor que ella. Tan joven, ya era una Reina Dragón, hábil en modales y protocolos, pero en cuanto el tema era León… parecía una adolescente tímida.
No admitía ni negaba, y si la seguías presionando… se ponía roja y cambiaba de tema.
La “fobia social” de Roswitha solo se manifestaba en ese tipo de situaciones.
Es que antes de conocer a León, nunca había tenido una relación amorosa. Obvio que no sabía cómo manejar estos temas.
Y aunque ya llevaban cinco años de casados, ambos seguían viviendo con una dualidad extrema:
—En público: “yo y esa señora… apenas la conozco”
—En privado: “amor, ponte otra vez el traje de conejita”
Claudia desvió la mirada con tranquilidad, se apoyó en la cerca y, mirando hacia el campo, dijo en tono pausado:
—En realidad, ese “acuerdo” que tienen tú y León… Charlotte ya me lo había contado hace tiempo. Bueno, se lo escuchó a Tiger.
Roswitha alzó una ceja, pero no pareció sorprendida.
Parpadeó y de repente se le ocurrió algo:
—Entonces… ¿el guion de “Como el amor se hunde” que escribió la pequeña Helena se inspiró en hechos reales?
Helena tenía algo de talento literario y era capaz de escribir su propio guion.
Pero esa obra que presentaron en la función escolar claramente no era una historia que se le ocurriera a una niña de su edad.
En su momento, Helena dijo que su mamá, Claudia, la había asesorado, y ni Roswitha ni León le dieron muchas vueltas.
Pero después de esta pequeña charla, Roswitha ya entendía cómo había nacido ese libreto.
Claudia tampoco lo ocultó. Sonrió con calma:
—Sí. Cuando Charlotte me contó su historia por primera vez, no podía creerlo. Pensaba: “Dios mío, ¿cómo puede haber algo tan novelesco en la vida real?”
Roswitha negó con una sonrisa resignada.
—Pero…
—¿Pero?
La sonrisa de Claudia se hizo más amplia.
—Pero pensándolo bien, ¿acaso no toda historia de amor inolvidable empieza con un encuentro inesperado?
Roswitha se sonrojó de inmediato y desvió la mirada.
—No diga esas cosas… No fue para tanto…
“Inolvidable” era una palabra que Roswitha jamás admitiría en voz alta.
Pero “inesperado”… eso sí que tenía que aceptarlo, por mucho que le costara.
El cazador de dragones más fuerte del imperio había demostrado con hechos que merecía su título.
—Ustedes dos han pasado por tanto… desde que se conocieron, se entendieron, y se enamoraron…
—¿Tiene que decirlo con palabras tan cursis?
—Mi trabajo consiste en traducir y compilar textos antiguos. Que use palabras rebuscadas es parte de mi formación profesional.
—…Está bien, continúe.
Roswitha ya se preparaba mentalmente para que Claudia empezara a contar su historia de amor como si fuera una telenovela, y ella ya estaba lista para morir de vergüenza.
Al fin y al cabo, en la Academia de St. Heath la habían torturado tantas veces con eso que ya tenía cierto nivel de tolerancia al “cringe social”.
Pero Claudia no fue por ahí.
Su voz se volvió más baja, su mirada más seria. Se giró para observar bien el perfil de Roswitha y preguntó:
—Después de todo lo que han vivido… ¿alguna vez pensaste en cómo termina todo esto con León?
—¿Terminar…?
—Sí.
Claudia dijo:
—Tiger y Charlotte ya tienen un final claro. Ellos pasarán el resto de sus vidas acompañándose en este mar.
—Pero ustedes son distintos, Roswitha. Tú y León tienen un futuro lleno de posibilidades.
—Entre los humanos y los dragones aún hay muchas tensiones latentes. Que no los provoquen, no quiere decir que los problemas no vendrán.
—Y todo lo que han vivido desde que se casaron lo demuestra.
—Entonces… ¿alguna vez pensaste en un final?
—Uno que esté a la altura de todo ese camino que han recorrido.
Así, Claudia le planteó con detalle la pregunta sobre el “final”.
Roswitha escuchó y guardó silencio por un momento.
Bajó la mirada, pensativa.
Claudia tampoco la apuró. Esperó con paciencia su respuesta.
No tardó en llegarle el sonido de León, Rebecca y el burro jugando en el campo.
Roswitha levantó lentamente la cabeza, guiada por ese sonido.
Sus ojos plateados se posaron sobre la silueta de ese hombre.
Y tras unos segundos, sonrió con dulzura.
—No, nunca lo he pensado, maestra.
—¿Nunca pensaste en el final entre tú y él? ¿Por qué?
—Porque vamos a seguir caminando juntos. Así que… nunca va a haber un final.
Claudia la miró sorprendida, sus pupilas temblaron levemente.
En esos ojos plateados, tan firmes y sinceros, no había más que una sola persona: León.
—Sea un camino turbulento o uno tranquilo, mientras estemos juntos, yo y León no nos separaremos. Y con eso basta, ¿no le parece, maestra?
La respuesta no fue larga. Fue simple.
Pero esa simplicidad escondía una convicción profunda.
Roswitha no era de las que hablaban abiertamente de su relación frente a los demás, pero la pregunta de Claudia sí la hizo reflexionar.
Más que soñar con una eternidad, Roswitha prefería disfrutar la belleza de los momentos fugaces.
Y en cuanto al “final”, lo que más disfrutaba… era el camino hasta llegar ahí.
Así que, si alguien le preguntaba si había pensado en el final con León, su respuesta era esa.
No sonaba a una promesa. Era más bien… un hecho inevitable.
Claudia desvió la mirada, reflexionó un momento sobre esas palabras, y soltó una leve risa.
—Si León te escuchara decir eso, estaría aún más feliz de lo que ya está.
Roswitha se sobresaltó y le dijo apresurada:
—¡No se lo cuente, por favor!
Se había metido tanto en lo que decía que soltó un montón de cursilerías sin filtro.
¡Ni loca iba a dejar que León lo supiera!
¿Feliz? Puede ser. Pero de fijo se iba a poner con las manos en la cintura diciendo: “Jaja, madre dragona, ¡con que me amas tanto! Uy uy, quién lo diría, no se te nota nada~” y bla bla bla…
Claudia arqueó una ceja.
—¿Y por qué no? Si están casados desde hace años. ¿Qué tiene de malo un poco de cariño?
—¡Simplemente no se lo diga!
Roswitha ya estaba nerviosa.
Claudia sonrió.
—Está bien, está bien. No diré nada. Será nuestro pequeño secreto.
—…Mmm.
Por ahora, el “secreto del final” quedaba entre ellas.
Claudia entrecerró los ojos, mirando al burro, y de pronto comentó:
—El burrito siempre ha tenido un temperamento fuerte y es muy desconfiado con los extraños. Pero tú, apenas lo tocaste, lo calmaste al instante.
Dicho eso, volvió a mirar a Roswitha.
—Entonces, ¿ya eres capaz de usar Juicio del Alma con tanta precisión?