Capítulo 112
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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112. Conexiones de más alto nivel
Roswitha se sorprendió un poco.
Cuando estaba interactuando con el burrito, efectivamente había usado Juicio del Alma para calmar su terco carácter.
Pero ese tipo de fluctuación mágica era tan leve que, a menos que alguien se concentrara muy a fondo, era prácticamente indetectable.
¿Y aun así Claudia lo había notado con tanta facilidad…?
Frente a la pregunta de Claudia, Roswitha respondió con toda naturalidad:
—Sí, solo un pequeño truco sin importancia.
Que Roswitha hubiese aprendido Juicio del Alma se debía en gran parte a Claudia.
Así que estando frente a ella, la modestia era lo mínimo.
—Pero… ¿cómo supo que yo estaba practicando Juicio del Alma, maestra?
Al principio, cuando le pidieron a Tiger que consiguiera libros sobre magia primordial, tanto Roswitha como León dijeron que era para que él los estudiara.
Lógicamente, cuando Tiger se lo pidió a Charlotte, debió usar esa misma excusa.
Pero Claudia… directamente identificó que la magia que Roswitha estaba usando era Juicio del Alma.
Eso ya no se explicaba solo con “observación aguda”.
Claudia sonrió.
—Al principio Charlotte me pidió algunos libros de magia primordial diciendo que eran para León. Pero la magia primordial es cosa de los dragones, los forasteros lo tienen muy difícil para practicarla.
—Así que me puse a pensar… ¿y si en realidad es León quien le está consiguiendo libros a su esposa y por eso le dijo eso a su maestra?
Roswitha asintió.
—Tal como lo dice, maestra. En ese entonces no sabíamos que usted y Tiger eran cercanos a la maestra Charlotte, por eso mentimos.
Claudia agitó una mano, quitándole importancia.
—Eso no es mentir. Solo fue un esposo considerado consiguiendo grimorios mágicos para su esposa querida.
—…
¿Por qué todos los dragones tenían que meter a fuerza el tema de “esposo y esposa”?
¿Tan obvio era que ella y León se llevaban bien?
¿En serio? ¿Así de notorio?
Roswitha bufó para sí misma y bajó la mirada hacia su palma, retomando el hilo de la conversación:
—He practicado Juicio del Alma por bastante tiempo, y después de la batalla en las tierras del extremo norte comprendí aún más sobre la magia primordial. Con eso… creo que ya puedo proteger mejor a los míos.
Claudia la escuchó en silencio, con una mano apoyando la barbilla y los ojos entrecerrados, mirando a lo lejos.
—La mayoría de los dragones están naturalmente inclinados a buscar poder… tú no eres la excepción. Pero a diferencia de los que buscan ese poder para “conquistar”, tú lo buscas para “proteger”. Eso sí que es una gran ambición.
Roswitha sonrió con calma.
—Está exagerando, maestra. No es para tanto.
—El esforzarse por volverse más fuerte para proteger lo que se ama… aunque no se considere “grande” en el transcurso de diez mil años de historia, para uno mismo ya es más que suficiente —respondió Claudia.
Y claro, con ese perfil de traductora de textos antiguos, sabía cómo expresarse con elegancia y sin adulación barata.
Roswitha inclinó un poco la cabeza, aceptando con humildad el cumplido.
Tras un breve silencio, preguntó:
—Maestra… ¿la Tribu del Mar está por hacer el traspaso del título de Rey Dragón?
—Sí. En cuanto mi padre regrese, empezará la ceremonia de sucesión y coronación.
—¿Y tú serás la próxima Reina Dragón?
—¿Qué pasa? ¿Vas a competir conmigo por el puesto? —bromeó Claudia.
Roswitha se tapó la boca para reír.
—Para nada, maestra.
Entre los dragones, el título de Rey no se heredaba, se ganaba por mérito.
A veces Isa le decía en broma a Guang: “Cuando crezcas, la tía te va a pasar el título de Reina de los Dragones Rojos”, pero solo era una forma de jugar.
Para convertirse en Rey, se necesitaba fuerza y sabiduría.
Aunque eso no quitaba que los descendientes del actual Rey participaran en la elección.
Claudia, por ejemplo, era la princesa heredera del Rey Dragón del Mar, y después de pasar por varias rondas de competencia, ganó el derecho a ser la sucesora.
Después de convivir tanto tiempo con ella, Roswitha podía decir con certeza que Claudia era más que apta para reinar.
Así que… perfecto. Las conexiones de León acababan de subir otro nivel.
No solo tenía por esposa a una Reina Dragón y por cuñada a otra… ¡ahora también su “suegra” iba a ser Reina Dragón!
—Aunque nunca he sido una Reina Dragón. En este campo tú ya me llevas ventaja —comentó Claudia.
—Tampoco es para tanto…
—En serio, llegar a Reina a tan corta edad… tu futuro es brillante.
La mayoría de los Reyes Dragón no asumían el trono hasta tener al menos quinientos años.
Roswitha, en cambio, lo logró con solo ciento cincuenta.
Con ese esfuerzo y talento, como decía Claudia, su futuro era prometedor.
—Yo siempre he pensado que… el título de Rey no tiene que ver con la edad. Si uno tiene la capacidad, basta con eso.
Sonaba profundo, pero la verdad es que cuando Roswitha lo dijo… pensaba en otra cosa completamente diferente:
“Mi pequeña Noa, ¡apúrate a crecer! A los veinte te postulas a Reina Dragón, a los veinticinco te coronas, ¡y mamá por fin se jubila para irse con tu padre a abrir una granja!”
Era un pensamiento medio en broma… pero imaginar a una Reina Dragón de 25 años sí que daba miedo.
Sacudió esas ideas y, siguiendo con el tema de la sucesión, cambió sutilmente hacia el Imperio:
—El actual rey del Imperio… ya debería tomarse un descanso, ¿no cree, maestra?
Claudia captó al instante el subtexto.
—¿Así que León está listo para declarar oficialmente la guerra?
—Sí. Ya tenemos todas las pruebas que demuestran su inocencia y exponen la conspiración imperial. Si seguimos esperando, solo habrá más sacrificios innecesarios.
—Me parece bien. Ya hace tiempo que ese perro de emperador me cae mal. Incluso quiso robarle la escama protectora del corazón a Charlotte en su momento.
Ajá. Justo como había dicho León: Claudia tampoco tragaba al Imperio.
Eso significaba que convencerla de ayudar… iba a ser más fácil.
—Pero… maestra, la verdad es que no tenemos suficientes manos de nuestra parte —dijo Roswitha con tono exploratorio.
La mirada de Claudia se desvió levemente de la vista para posarse en Roswitha.
Ella sostuvo la mirada sin apartarse.
Tras unos segundos de silencio, la mujer de cabello azul soltó una risita nasal.
—Así que todo esto… ¿era para pedirme ayuda?
—Si usted pudiera echarnos una mano, sería perfecto.
Roswitha hizo una pausa, y agregó:
—Y si necesita que cumplamos alguna condición, no dude en decirlo. Mientras esté dentro de nuestras posibilidades…
—Condiciones, claro que tengo. No voy a ayudar gratis —respondió Claudia mientras se limaba las uñas.
Roswitha apretó los labios, ya preparada para que Claudia le pidiera algo tipo “dame medio país”.
—Entonces… que tu hija mayor venga a quedarse unos días en mi casa, ¿qué te parece?
—…¿Eh?
Roswitha pensó que había oído mal.
Claudia se encogió de hombros.
—Helena tiene muchas ganas de jugar con Noa. Si puedes hacer eso realidad, te ayudaré.
Vaya.
Ese “trato” era prácticamente un regalo.
Ni pidió dinero, ni recursos, ni favores políticos… solo quería que la mejor amiga de su hija viniera de visita.
Un gesto más simbólico que otra cosa.
Pero, para sorpresa de Claudia, Roswitha no aceptó de inmediato.
—¿Qué pasa? ¿Ni siquiera puedes cumplir con eso? —preguntó, algo desconcertada.
Sabía que su “condición” era casi inexistente. Solo era una excusa para ayudar al matrimonio y, de paso, vengar a Charlotte.
Así que no esperaba que Roswitha dudara.
—No es que no pueda —respondió Roswitha—. Es solo que… yo y León siempre respetamos mucho la voluntad de nuestras hijas. No quiero usarlas como parte de una negociación.
Claudia parpadeó y de inmediato entendió:
—¡Ah… esto es lo que ustedes los humanos llaman “filosofía de crianza”, verdad?
Ella era una dragona bastante tradicional. Durante la crianza de Helena, siguió la típica educación dracónica.
No es que fuera mala —Helena había crecido bien—, pero comparada con el ambiente en que crecieron Noa y sus hermanas… sí que era un poco más rígido.
Cuando Claudia mencionó a Noa, no había pensado que Roswitha no querría que su hija estuviera metida en una negociación.
Esa actitud tan respetuosa hacia la próxima generación, claramente era algo que León le había transmitido a Roswitha.
—León sabe tratar con sus hijas, y siempre las respeta. Así que… maestra, ¿sería posible cambiar de condición?
Claudia se frotó las sienes.
—Ay… estos jóvenes de hoy en día…
—Está bien, entonces que Helena vaya a quedarse a su casa unos días. Mientras esté con Noa, le da igual el lugar.
Hizo una pausa y agregó:
—Esa fue idea de Helena, ¿eh? Yo también estoy respetando su voluntad esta vez.
Al parecer, esta maestra dragona de mar también era de las que “tienen corazón blando pero actúan con dureza”.
Claramente quería ayudar, pero necesitaba mantener las apariencias con su “condición simbólica”.
Roswitha sonrió con resignación.
—Muy bien. Nuestra casa siempre estará abierta para la pequeña Helena.
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