Capítulo 118
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
El documento está traducido por Google de manera automática. Hay nombres u otras palabras que no se han traducido correctamente y pueden aparecer de forma distinta en español.
==================================================
118. Sí, tenemos tres hijos
A partir del tema del restaurante de Rachel, que fue obligado a vender por el Imperio, los demás también empezaron a contarle a León sus propias injusticias y desgracias.
Algunas historias eran más graves que otras, pero todas mostraban lo mismo:
la corrupción y podredumbre del régimen imperial.
León antes pensaba que solo la gente pobre sufría bajo el Imperio, pero ahora se dio cuenta de que incluso miembros de la clase media, e incluso unos pocos de la clase alta, también habían sido aplastados por no plegarse al sistema.
En resumen: si te alineas con el Imperio y haces cosas sucias, vives tranquilo.
Pero si te mantienes fiel a tus principios, aunque no te opongas abiertamente al régimen, igual te tratarán como a un enemigo.
Con una dictadura así, aunque no existiera Leónheart, igual habría otros que se alzarían para proteger al pueblo oprimido.
León escuchaba en silencio, recordando cada historia.
Sentado al borde del estrado, como si estuviera charlando con amigos, prestaba atención sin mostrarse arrogante ni superior.
Desde el fondo, Roswitha, Rebeca y Nacho lo observaban con calma.
—Siento que… el capitán ha cambiado mucho —murmuró Rebeca, conmovida al ver lo bien que León se integraba.
—Pero si tú te has estado reuniendo con él cada tres meses, ¿cómo es que hasta ahora sientes ese cambio? —preguntó Nacho.
Rebeca negó con la cabeza.
—Cuando intercambiábamos información, él seguía siendo el mismo de siempre: tranquilo, estratega, capaz de prever cada escenario bajo presión. Solo teníamos que seguir sus planes.
—Pero… nunca lo había visto así.
—En realidad, el capitán nunca fue alguien abierto. Los del ejército lo respetaban porque, tras convivir con él durante años, nos salvó muchas veces. Eso fue lo que construyó su liderazgo.
—Pero cuando lo conocías por primera vez, parecía alguien callado, difícil de tratar, con un carácter terco.
Al decir esto, la chica de cabello azul sonrió, con un aire de orgullo maternal.
Como si pensara: mi niño por fin creció…
—¿Cuándo lo habías visto ganarse el corazón de todos en apenas unas horas?
Levantó la vista y miró a Roswitha.
—Cuñada, en realidad el capitán aprendió muchas cosas contigo, ¿verdad?
Nacho también volteó a verla con curiosidad.
Hasta ahora, su idea sobre los dragones venía de la educación imperial:
seres crueles, violentos, avariciosos, los responsables de todas las guerras.
Unos salvajes que solo sabían pelear.
Pero la Reina Dragón Plateada, de pie ante él, no tenía nada de eso.
Si uno ignoraba la presentación de Rebeca, solo parecía una bella mujer de aura fría, completamente opuesta a lo que el Imperio decía de los dragones.
Y si León había crecido tanto en estos años, seguramente había sido gracias a ella.
Roswitha, con los brazos cruzados y la mirada fija en su esposo, tardó unos segundos antes de responder.
Sonrió levemente.
—El aprendizaje es mutuo. Yo también he aprendido muchas cosas de él.
Una frase con mucha inteligencia emocional.
Reconocía que León había aprendido de ella, pero también expresaba humildad al admitir que ella también había aprendido de él.
Bueno…
Decir “muchas cosas” es poco.
¡Le enseñó de todo!
Mientras Nacho aún admiraba a esta “dragona ejemplar”, recibió un codazo en el estómago.
—¿Estás bien de la cabeza, loca? —se quejó, sujetándose el abdomen.
—¿Ves a mi cuñada? Eso sí es una mujer perfecta. Puede ir a la guerra, cocinar, cuidar a los hijos… ¡lo tiene todo!
Nacho puso cara de fastidio.
—Sí, justo lo opuesto a cierta loca de menos de metro sesenta.
Rebeca parpadeó, confundida.
—¿La loca de menos de 1.60 soy yo?
—Nooo, jeje.
—
—Capitán León —preguntó un miembro del grupo, emocionado—, Rebeca nos dijo que esta vez vendría un ayudante misterioso. Pero no lo hemos visto. ¿Podemos conocerlo ahora?
León se sorprendió por un momento, pero luego asintió.
—Claro, sin problema.
Se levantó del borde del estrado, y todos los miembros lo miraron con atención.
—Pero antes de presentarles a nuestro misterioso aliado —dijo—, quiero hacerles una pregunta.
—Todos saben que hace cinco años, durante una misión, fui traicionado por mis compañeros y quedé gravemente herido. No logré retirarme con el resto, ¿cierto?
—Sí, el tío Tiger nos lo contó. Y en la piedra de grabación que mandó Martín, se ve la prueba de cómo el Imperio te apuñaló por la espalda —dijo un miembro.
—Bien. ¿Y saben cómo sobreviví?
Al decir eso, León miró hacia atrás, directo a Roswitha.
Ella bajó discretamente la mano con la que sujetaba la copa, y respiró hondo para calmarse.
—Tiger nos dijo que te salvó un Rey Dragón.
—¡No no no! Él dijo que León, gravemente herido, luchó con los dragones y los obligó a curarlo.
—¡Nada que ver! Lo que yo escuché es que se hizo el hijo adoptivo de una dragona para que lo salvaran.
—…
Listo.
León y Roswitha sintieron cómo su corazón se estrellaba contra el suelo.
Pensaban usar este momento para hablar de la relación humano-dragón, introducir a Roswitha con naturalidad…
¿¡Pero por qué cada uno tenía una versión diferente de “La trágica odisea del general León”!?
Maestro… ¿¡qué le hiciste a mi historia de vida!?
León aplaudió para pedir silencio.
—En efecto, estaba gravemente herido. Y entonces, una Reina Dragón… mmm…
Buscaba las palabras.
¿Cómo demonios contaba de forma digna que había sido el caballito de la Reina en la prisión?
—…pasamos por muchas situaciones juntos. Al final, fue ella quien me salvó. Y por eso puedo estar aquí hoy.
—¿Esa Reina Dragón es la “madrastra” de la que nos hablaste?
—…¿Podemos no hablar de eso, por favor?
—Ok, continúe, capitán.
—Aunque logré sobrevivir, estuve en coma dos años. Cuando desperté, conviví con esa Reina Dragón durante tres años.
—En ese tiempo, aprendí mucho, y también cambié mi forma de ver a los dragones.
—No puedo asegurar que todos los dragones sean como ella. Pero de algo estoy seguro: ella no tiene nada que ver con la imagen que el Imperio ha pintado de su raza.
Los miembros escuchaban con asombro, aunque no era una sorpresa total: Tiger ya les había contado algo.
Pero escucharlo de boca del propio León, hacía que el impacto fuera distinto.
—Ella nunca inició guerras. Con su poder, le bastaba para asegurarle a su gente una vida digna.
—Durante esos años, aprendí muchas cosas nuevas junto a ella.
—Puede que aún tengan prejuicios contra los dragones. Yo también los tenía, y está bien.
—Pero les pido que confíen en mí: ella salvó mi vida. Es de fiar.
—Y justamente, es a quien traje esta vez como refuerzo.
Todos siguieron la dirección de su mirada.
Allí estaba: una mujer de cabello plateado, imponente, hermosa, inmóvil como una estatua.
—¿E-Esa es la Reina Dragón?
—¡Madre mía! ¡Estuve dos horas en la misma sala que una Reina Dragón!
—¡M-m-mis piernas están temblando!
Y sí, por eso León había preparado todo ese discurso.
Para suavizar el impacto.
Porque aunque ya no odiaban a los dragones, todavía les daban miedo.
Para ellos, una Reina Dragón era una bestia que volaba, lanzaba fuego, y podía aniquilar un ejército.
—¡Bah! ¿Cómo esa belleza va a ser una Reina Dragón? —soltó una chica de pelo corto.
Entonces Roswitha desplegó sus alas plateadas, y mostró su larga cola de dragón.
En ese instante, todos dieron un salto hacia atrás—
¿Diez metros?
¿Quince?
¿Veinte?
No podían alejarse más. El salón no era tan grande.
—¡Tranquilos! —intervino León rápidamente—. No muerde.
—¿¡Qué dijiste!? —le lanzó Roswitha con la mirada.
Está bien. Me aguanto.
Pero cuando lleguemos a casa, te las vas a ver conmigo.
Roswitha volvió a ocultar alas y cola, y retomó su apariencia de belleza distante.
Una vez que el ambiente se calmó, un miembro alzó la voz:
—Capitán León, sabíamos que el misterioso aliado era un dragón, pero… verla en persona aún impacta. Espero no le moleste.
—Para nada. Es normal —respondió él.
Para los humanos comunes o soldados, un Rey Dragón era algo aterrador.
Solo León los trataba como “condecoraciones con patas”.
—Volviendo al punto —dijo—, como no sabemos qué más se trae el Imperio, traje a la Reina Dragón Plateada. Su nombre es Roswitha.
La miró con una sonrisa.
—¿Quieres presentarte tú?
Roswitha dudó. En realidad no quería.
No le gustaba hablar frente a tantos humanos.
Pero… si no lo hacía, sería difícil que los aceptaran como pareja y aliados.
Así que dio un paso al frente.
Los demás hicieron espacio sin que nadie lo pidiera.
Subió al estrado, se giró hacia todos y, con voz serena y mirada fría, dijo:
—Soy Roswitha Melkwey, reina de los dragones plateados. A petición de León, he venido a estas tierras humanas para ayudarles a liberarse del régimen corrupto que los oprime.
Silencio absoluto.
No era por desprecio.
Era que su presencia imponía demasiado.
Desde que habló, toda la sala se llenó de una presión abrumadora.
Una presencia tan fuerte que ni siquiera otros dragones podrían soportar, y mucho menos humanos.
Roswitha lo notó.
Era su primera vez presentándose ante tantos humanos, y sin querer había soltado parte de su poder.
Lo controló enseguida.
Y el ambiente se relajó.
¡Pla pla!
Rebeca fue la primera en aplaudir.
Nacho, el segundo.
Y después, estalló una ovación general.
Roswitha los observaba en silencio.
Quizás… era la primera Reina Dragón en la historia en recibir aplausos de otra raza.
Después de esa presentación seria y formal, pensó en hacer una pequeña broma para distender más.
—Ah, por cierto, hay algo que quiero aclarar.
Todos prestaron atención.
Incluso León la miraba con curiosidad.
Roswitha sonrió con picardía.
—No soy su madrastra, ¿ok? No se confundan.
Funcionó. La tensión desapareció por completo.
—¡Vaya, los dragones también tienen sentido del humor!
—Entonces… ¿quién empezó el rumor de que se hizo la madrastra?
—¡No fui yo! El que me contó dijo que era una hija adoptiva…
—…
—¡Oiga, Reina Dragón! Si no es su madrastra, ¿qué relación tiene con el capitán?
Y ahí cayó la pregunta de la noche.
Roswitha se quedó congelada. Su mente iba a mil.
Pensó en esquivar la pregunta.
Al fin y al cabo, no estaban en casa, no hacía falta actuar como esposos en público…
—Oh, nosotros solo—
—Es mi esposa. —la interrumpió León.
Roswitha: ¿?
—Y tenemos tres hijos.
Roswitha: ¿¿??
Los miembros de Leónheart:
¿¡QUÉ!?
¡Este fue el giro argumental más explosivo de todos!
Comentarios sobre el capítulo "Capítulo 118"
También te puede gustar
drama · Harem
¿¡Después De Escuchar Mis Pensamientos, La Heroína Quiere Ser Parte De Mi Harem!?
Acción · Artes Marciales
Disciple, go down to the mountain and wreak havoc with your sister