Capítulo 117
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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117. En público, hay que darle su lugar al esposo
Si no fuera porque vio que la esposa del capitán venía con él, Rebeca ya le habría dado un abrazo a León…
Y un par de puñetazos de regalo.
Ni antes ni después, tuvo que aparecer justo cuando todos la estaban presionando salvajemente.
¡Si llegabas un poco más tarde, el plato fuerte del banquete de bienvenida iba a ser una loli hervida al rojo vivo!
Tras un saludo rápido, Walker dio un paso al frente y les explicó a los presentes:
—Mel y yo estábamos patrullando la ciudad exterior del Imperio cuando nos topamos con el señor León. Así que los ayudamos a entrar sin ser vistos.
Rebeca parpadeó, con sus grandes y lindos ojos brillando de confusión.
—¿Y justo así… se lo encontraron? ¿De pura casualidad?
Walker se rio:
—Sí, fue bastante inesperado. El señor León saltó desde un árbol, y nos pegó el susto de la vida.
Rebeca quedó aún más confundida. Se giró hacia León y preguntó:
—¿Y tú qué hacías en un árbol?
—Eh… es una historia larga.
¿Qué quería que le dijera?
¿Que su cuñada quería visitar “el sitio de combate” donde revivieron sus pasiones en el pasado, y por eso estaban en el árbol?
Rebeca agitó la mano.
—Olvídalo, vamos a lo importante.
Se acercó a León, y mientras recorría con la mirada a todos los miembros del salón, le contó todo lo que había pasado mientras él no estaba, así como lo que todos estaban pensando.
León escuchó con calma, asintió, y le dio unas palmaditas en el hombro.
—Buen trabajo. Déjamelo a mí.
Al oír eso, Rebeca por fin soltó el aire que venía aguantando.
Ya fuera en los tiempos del ejército de cazadores de dragones, o durante las crisis más recientes, cada vez que León decía “déjamelo a mí”, lograba que todos a su alrededor se sintieran en paz.
León alzó la vista y recorrió lentamente el salón con la mirada.
Hasta que se detuvo en ese sujeto conflictivo que había alborotado todo hace unos minutos.
El tipo también notó que León lo miraba.
Hace cinco minutos, había tenido el descaro de gritarle a Rebeca, de decir que todo lo relacionado con León era una mentira…
Pero ahora, con ese “mito” parado justo frente a él, no se atrevía ni a sostenerle la mirada.
Con todas las miradas puestas en él, León dio un paso adelante y empezó a caminar hacia el hombre.
Después de todo, él era un super soldado entrenado para matar dragones. Su presencia, su aura… no era algo que un tipo común pudiera soportar.
Desde el fondo, Nacho observaba la escena con preocupación.
—No me digas que va a imponer autoridad por la fuerza… Eso solo empeoraría las cosas.
Nacho había servido a la realeza durante años. Sabía cómo funcionaban la política y la jerarquía.
Aunque León era el símbolo de Leónheart, al fin y al cabo, era la primera vez que se presentaba en persona.
Lo que los miembros sabían de él venía de hace años, o de lo que contaban Tiger y Rebeca.
Si León actuaba de forma muy distinta a lo que ellos imaginaban, como usando la violencia para imponer respeto, eso podría quebrar la unidad del grupo.
Pero quien respondió a las dudas de Nacho fue la mujer de cabello plateado que llegó con León.
—Tranquilo —dijo ella con calma—. Él sabrá manejarlo.
Nacho la miró, y al ver ese rostro tan delicado, casi perfecto como una escultura, frunció el ceño.
—¿Tú eres… la Reina Dragón Plateada?
Hasta ese momento pensó que era una recluta nueva, pero al observarla bien, casi suelta un “¡la madre!” en voz alta.
Roswitha no dijo nada. Solo cruzó los brazos y se limitó a observar a León en acción.
León detuvo sus pasos frente al alborotador.
Fue él quien había puesto en duda a Rebeca, había arrastrado a todos con su malestar.
Y lo cierto es que, en grupos grandes como este, siempre hay alguien así.
En el pasado, cuando León estaba al mando del ejército, este tipo ya estaría en el piso de una patada.
En esa época no había tiempo para convencer a nadie con palabras. El puño era la ley.
Pero Leónheart era diferente. Este era un grupo construido en torno a él, con la confianza de Rebeca y su maestro. No podía traicionar esa confianza ni decepcionar a quienes creían en él.
Miró al sujeto en silencio.
León era más alto, y solo ese contacto visual, serio y sin expresión, ya era intimidante.
Nadie en el salón se atrevía a hablar.
—¿No se irán a pelear, verdad?
—¿Tú crees que Rachel, ese gordito cocinero, puede hacerle frente al cazador de dragones más fuerte del Imperio?
—…Tienes razón.
Todos estaban convencidos de que esto se iba a resolver a puñetazos.
Aunque no llegaran a los golpes, seguro León le daría una lección bien dura.
Pero entonces, para sorpresa de todos, León habló:
—¿Cómo te llamas?
Su voz era firme, tranquila, sin rastro de agresividad.
—Ra… Rachel…
León se quedó callado un instante, como si recordara algo, y luego preguntó:
—Tú le proveías comida rápida al ejército de cazadores de dragones, ¿no?
Rachel abrió los ojos como platos.
—¿Cómo lo sabes?
¿Cómo lo sabía?
Porque eras el único proveedor de comida rápida en todo el Imperio cuya caja venía sin berenjenas ni zanahorias. ¡Por supuesto que se acordaba!
Aunque no solo era por eso.
León recordaba casi todos los nombres de la gente que había tratado con él, aunque fuera una sola vez.
Por ejemplo, Walker, el que lo ayudó a infiltrarse hoy.
Hace cinco años, cuando León y Roswitha acabaron una misión en el bosque imperial, fue el equipo de Walker el que se cruzaron.
León nunca había considerado su buena memoria como una virtud, hasta que Roswitha, dándole “consejos de líder”, le dijo que un jefe que recuerda los nombres de sus subordinados, es un jefe que inspira confianza.
Y efectivamente, al ver que León se acordaba de él, Rachel bajó la cabeza y suspiró con fuerza.
Un suspiro cargado de remordimiento.
Su impaciencia se desvaneció, y su juicio se volvió claro.
—Tu familia hacía muy buena comida. A mí me encantaba cuando estaba en el ejército —le dijo León.
—¿De qué servía eso, capitán…? —respondió Rachel con tristeza.
—¿Por qué lo dices?
Rachel se pasó una mano por la cara y volvió a suspirar.
—Hace tres años, el Imperio quiso comprar mi restaurante. Me negué, y entonces empezaron a mandar matones todos los días a hacer escándalo en la puerta. Nadie se animaba a venir a comer, el negocio se vino abajo.
—Al final no me quedó más remedio que vender el local… que mi padre nos dejó, al Imperio.
—Yo pensaba que iban a seguir con el restaurante. Pero no… Lo que querían era la ubicación. Por fuera seguía pareciendo una fonda, pero por dentro hacían cosas turbias.
—El Imperio manchó el nombre de nuestra familia. Mi hermano fue a exigirles que nos devolvieran el negocio, que aunque fuera volviéramos como cocineros. Pero lo arrestaron.
—Hasta ahora, no sé si está vivo o muerto…
—Capitán… antes hablé de más, lo sé. Lo siento mucho.
Rachel bajó la cabeza y se inclinó en una disculpa formal.
León asintió con sutileza. Sí. Lo había manejado bien.
—Leónheart está creciendo, y entre más seamos, más opiniones habrá. Y cuando hay muchas opiniones, es normal que haya conflictos.
Puso la mano sobre el hombro de Rachel y le dijo despacio:
—Entiendo lo que sientes.
—Tranquilo. Ahora que estoy aquí, voy a ayudarte a encontrar a tu hermano.
Y luego, alzando la voz, miró a todos los presentes y declaró:
—¡Y también voy a ayudar a todos ustedes! ¡Todo lo que les ha hecho el Imperio, todas las injusticias y humillaciones… se las devolveremos multiplicadas a ese régimen podrido!
Tras unos segundos de silencio, estalló una ovación atronadora.
Todos coreaban su nombre. Reconocían a su líder.
Desde el fondo, Nacho se quedó pasmado.
—En el ejército de cazadores de dragones, éramos colegas. Pero no hablamos mucho. En ese entonces, para mí solo era un bruto que sabía pelear, pero que no tenía ni idea de política. Ni los ministros lo respetaban.
Miró a León, que ahora estaba charlando con todos, rodeado por miembros entusiasmados, como si fuera un alto cargo inspeccionando el campo.
—Pasaron unos años y… de verdad se volvió inteligente.
Llamarlo “líder digno”… no sería ninguna exageración.
Rebeca, orgullosa, infló su llanura de pecho, se acercó a Roswitha y le agarró del brazo.
—¡Por supuesto! ¿O qué? ¿¡No ves quién es su esposa!?
—Hablas como si fuera tu esposo —le lanzó Nacho con una puñalada verbal.
Roswitha se rió con elegancia.
—En realidad no le enseñé tanto. La mayoría de las cosas las aprendió solo. Tiene muy buen instinto.
Eso era… medio cierto.
León sí tenía buen instinto y aprendía rápido.
Pero lo que Roswitha le había enseñado no era poco.
La razón por la que lo decía así… era simple:
Estaban en público. Y había que darle su lugar al esposo.
El muy perro había venido aquí a hacerse el líder, así que Roswitha tenía que ayudarle a brillar desde las sombras.
Claro que eso no iba a salirle gratis…
Una vez que resolvieran todo este asunto…
Roswitha iba a cobrarse bien cobrado.
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