Capítulo 119
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Capítulo 119 – Cada vez parecen más un matrimonio de verdad (4,000 caracteres)
La Mano del León no era solo una organización revolucionaria contra el Imperio: sus miembros también eran talentos élite de diversos campos.
Así que, cuando se reveló que su líder espiritual, el señor León Casmod, estaba casado con la Reina de los Dragones Plateados, Roswitha, y que incluso tenían tres hijas, todos comenzaron a debatir con entusiasmo.
El exinvestigador imperial de dragonología suspiró:
—Llevo media vida estudiando la reproducción de los dragones, y jamás imaginé que un humano y un dragón pudieran tener descendencia. ¡Esto es el mayor hallazgo en el campo de la investigación interespecie!
El expsicólogo personal de la familia imperial planteó una duda:
—¿Qué clase de condiciones psicológicas debe cumplir un varón humano excepcional para llegar a formar pareja con una hembra dragón igual de excepcional? Es una pregunta que merece un análisis profundo.
Y un exgeneral cinco estrellas del ejército cazadragones sentenció:
—¡Dadle una celda y un momento a solas, y conquistará hasta a la Reina de los Dragones Plateados! ¡Incluso si el Dios del Sol está a su lado, no será más que un extra! León Casmod pasará a la historia como el hito más brillante entre las razas humana y dracónica.
……
León, viendo que todos estaban tan enfrascados discutiendo su historia de amor con una dragona, solo se limitó a sonreír con resignación, sin interrumpir.
Mientras no rechazaran a Roswitha como reina dragón, todo bien.
De lo demás, que digan lo que quieran.
Al fin y al cabo, lo que él dijo era verdad. Que lo chismeen si quieren.
Aprovechando que nadie la miraba, Roswitha fulminó con la mirada al hombre perro que tenía al lado. Luego, estiró la mano y le metió un pellizco en la cintura.
León sintió un ardor agudo que le subió por la espalda, pero como había mucha gente, no se atrevió a gritar, solo se le torció un poco la cara.
Cuando Roswitha soltó los dedos, él se apartó rápido.
Cubriéndose la cintura adolorida, preguntó:
—¿¡Qué te pasa ahora!?
La reina, con las mejillas algo sonrojadas, evitó mirarlo directamente. Con los brazos cruzados al pecho y la vista al frente, respondió:
—¿Y quién te dijo que podías hablar de nosotros frente a tanta gente?
—¿Y acaso no es la verdad?
—¡Tú…!
—¡Oye! Hasta los milenarios dragones ancianos y los bebés de cinco años en tu tribu saben que estamos casados. ¿No es justo que mi gente también lo sepa?
Roswitha escuchó su razonamiento tan lógico que, por más que quería refutarlo, no encontraba cómo.
Al final, solo logró escupir cuatro palabras entre dientes:
—Puro sofisma barato.
—¿Eh? ¿Sofisma barato? ¿Dónde? Madre dragón, escucha, yo…
A mitad de frase, León se calló.
Observó el rostro ligeramente sonrojado de Roswitha, parpadeó y—
Tuvo una epifanía.
—Ohhh~ ya entendí.
Roswitha lo fulminó:
—Otra vez tú y tus «ya entendí».
—Estás feliz de que dijera frente a todos que eres mi esposa, pero como tienes una imagen de reina fría que mantener, no puedes mostrar lo emocionada que estás. Así que por eso me pellizcaste y finges que te molesta, ¿cierto?
Que este perro captara tan rápido lo que pasaba por su mente hizo que Roswitha se enfureciera y avergonzara a partes iguales.
De no ser por la cantidad de gente presente, ya le habría marcado la cara con la garra.
Con el ceño fruncido, murmuró entre dientes:
—Cuando lleguemos a casa, te las verás conmigo.
—Mi maestra decía lo mismo con mi maestro.
—Entonces sí que son del mismo molde.
—No, lo que quiero decir es…
León estiró las palabras, como queriendo crear suspenso.
Roswitha volteó a mirarlo, curiosa.
—Cada vez parecemos más una pareja de verdad.
—…Si sigues diciendo cosas empalagosas, voy a contarles a todos los chismes vergonzosos que tienes. ¡En público!
León se calló al instante.
El resto del grupo seguía conversando animadamente, así que los dos no interfirieron.
León bajó del estrado de un salto con total soltura.
La tarima medía como un metro de alto, pero Roswitha iba con vestido largo y tacones, así que no podía hacer un salto amplio. Por eso, cuando él bajó, se giró de inmediato y le ofreció la mano para ayudarla.
Ella se sostuvo de su mano y levantó ligeramente la falda mientras bajaba con elegancia.
—Este mundo es tan curioso, capitán —dijo una voz detrás de ellos.
León miró hacia atrás. Era Rebeca.
—¿Qué quieres decir?
—La Reina de los Dragones Plateados necesita que la ayuden a bajar de una tarima de un metro; y el rudo héroe cazadragones ahora se desvive por cuidar a su esposa. Tsk tsk, ¿eso es el poder del amor?
Los dos entendieron que estaba bromeando.
Roswitha no dijo nada, manteniendo su papel de «cuñada amable».
Pero León no iba a dejarlo pasar.
Se acercó a Rebeca y la levantó del cuello de la camisa.
—Tu cuñada vino volando de noche, cansada por el viaje. ¿No puedo ayudarla a bajar del estrado?
Rebeca colgaba del aire, con una sonrisa forzada:
—No, no puedes, ¡que vivan felices para siempre y tengan tres hijos más! Ay—!
Cuando soltó lo de los “tres hijos más”, León la dejó caer.
Rebeca se estrelló contra el suelo.
Se levantó sacudiéndose el polvo:
—Qué raro, ¿por qué solo con tu esposa eres tan tierno? Con todos los demás sigues siendo un bruto.
Es que cuando soy bruto con tu cuñada tú no estás presente, pensó León.
—¿Y Martín? —preguntó León.
—Está en casa.
Rebeca explicó:
—Por asuntos familiares, rara vez viene al cuartel. Pero siempre que el Imperio planea algo grande, es Martín quien nos avisa primero. Gracias a él, la Mano del León sigue viva.
León asintió.
—Capitán, ahora que vamos a declarar la guerra oficialmente y desenmascarar los planes del Imperio, además de limpiar tu nombre… ¿tienes algún plan?
—Sí, lo tengo.
En el camino, León ya había trazado un plan general.
—Según mis cálculos, dentro de tres días es el Festival de las Mil Linternas, cuando todos salen a soltar lámparas de papel. Podemos aprovechar esa ocasión para desenmascarar al Imperio de una sola vez.
Este festival era una celebración tradicional humana, de una vez al año.
Durante ese día, la gente lanzaba lámparas voladoras de papel. Según la leyenda, si escribes un deseo dentro, los dioses te lo cumplirán.
Los niños lo disfrutaban mucho, pero los adultos ya no creían en dioses. Lo hacían por la costumbre y la buena suerte.
Aun así, era una de las festividades más grandes del Imperio, y las calles estarían llenas de gente.
—¿Pero cómo lo haremos exactamente? —preguntó un hombre junto a Rebeca.
León lo miró y entrecerró los ojos. Ese rostro… le resultaba familiar.
Lo observó un rato, hasta que el sujeto se presentó:
—Nacho Salaman. Fui asistente externo de Arlandi, el comandante de campo de las fuerzas cazadragones.
Nacho…
León lo recordó. En ese «futuro donde León no existía», Nacho ascendió y ocupó el cargo de comandante tras Arlandi.
El escuadrón de élite “Tres Cuchillas” eran sus subordinados.
Y León, al volver del futuro gracias al hechizo de Guang, consiguió de él información vital sobre la escama pectoral.
Al ver que León no respondía, Rebeca pensó que desconfiaba de Nacho, así que explicó:
—Hace años, su padre fue incriminado y murió en prisión por culpa del Imperio. Por eso se unió a nosotros.
Nacho añadió:
—Lo obligaron a falsificar cuentas bajo amenaza de dañar a nuestra familia. Pero las mentiras crecieron tanto que al final lo usaron como chivo expiatorio.
—Arlandi me prometió que si lograba matar al capitán junto a los dragones, perdonaría a mi padre.
—Pero tras la batalla en la grieta dimensional, fallé. Arlandi me reemplazó por mi ayudante, Scott.
—Cuando fui a ver a mi padre en prisión, me dijeron que había muerto… asesinado por otros reclusos.
—Pero todos sabían que lo mandaron matar. Él conocía demasiados secretos. Mientras viviera, los poderosos no dormirían tranquilos.
Nacho lo contaba con voz apagada, sin emoción.
Como si el dolor lo hubiese dejado anestesiado.
León entendió todo.
En el futuro donde él no existía, Nacho había cumplido su misión. El camino le fue favorable, su padre vivió.
Pero ahora, gracias al cambio de rumbo, su padre había muerto. Y eso lo hizo ver el lado oscuro del Imperio.
Eso lo llevó a unirse a la resistencia, por venganza o por un propósito más grande.
Aun así, había algo importante…
—Dices que Arlandi te pidió matar a un servidor con ayuda de los dragones, y fracasaste. En otras palabras… tú y yo fuimos verdaderos enemigos, Nacho.
León no dudó en señalar su pasado en conflicto.
A diferencia del resto de los presentes, él y Nacho habían peleado en serio.
No era una cuestión de desconfianza, sino de ver qué pensaba hoy este antiguo enemigo.
Tal como pasó con Konstantin: un loco, sí, pero uno que se podía aliar llegado el caso.
Nacho pensó un instante y respondió:
—Nunca esperé que unirme a ustedes borraría mis pecados. Solo te pido una cosa: la oportunidad de vengar a mi padre. Después, puedes enviarme a prisión.
—Me refiero a… una prisión del nuevo Imperio, no de este.
León lo observó.
Y notó la diferencia con Konstantin.
Konstantin seguía sus propios intereses: si le convenía el Imperio, colaboraba; si lo traicionaban, atacaba.
Pero Nacho…
Él sabía que muchos lo verían como un “convertido” o alguien que “se arrepintió”.
Pero nunca intentó huir de su culpa.
Aceptaba ir a la cárcel si era necesario, pero quería que esa justicia viniera de un sistema justo, no de un gobierno corrupto.
Roswitha lo miraba en silencio. No pensaba intervenir.
Rebeca observaba nerviosa.
¿El capitán va a echarlo por ser su antiguo enemigo? ¡Pero ya se redimió!
—La verdad… sí pareces de prisión —dijo León de pronto.
Nacho se quedó congelado.
Rebeca se puso pálida.
¡¿De verdad lo van a encerrar?!
—Así que cuando derroquemos al emperador actual, voy a hablar con el nuevo rey para que te nombre director de prisiones. ¿Qué opinas?
León sonrió.
Rebeca tardó un rato en entender lo que acababa de decir.
—¡Capitán, por favor habla todo seguido! —se quejó la chica.
León se rió.
—Por ciertos motivos, Nacho y yo nos conocimos fuera del campo de batalla.
(Se refería al futuro alternativo.)
Nacho estaba confundido:
—¿Cuándo?
—Es complicado. Pero lo que sí sé es que eres muy capaz, sobre todo en gestión. Y si la Mano del León ha llegado tan lejos, seguro tienes mucho que ver.
Nacho se encogió de hombros:
—Bah, lo hizo todo el viejo Tiger. Yo solo ayudé.
—Pues… lamento lo de tu padre. Pero si de vengarte se trata…
León extendió la mano.
—Puedo ayudarte.
Nacho la estrechó sin dudar.
—Vamos a terminar con esta farsa.