Capítulo 120
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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120 – Dales un poco de presupuesto para la cita
Después de enterarse de todo lo de Nacho, el grupo volvió a hablar del tema de hace un rato: el Festival de las Mil Linternas.
—Entonces, capitán, ¿cuál es tu plan exactamente? —preguntó Rebeca.
—El plan es muy simple. Tenemos una piedra de recuerdo que conserva la conversación entre el rey Kant y la reina Elizabeth, ¿cierto? Esa conversación es una prueba clave para exponer lo sucia que es su forma de gobernar. Así que solo necesitamos que el pueblo del imperio vea esa escena.
Leon explicó:
—Mi idea es recolectar muchas más piedras de recuerdo, colocarlas dentro de las linternas de papel en la noche del festival… y cuando miles de ellas se eleven al cielo, aprovechar la conexión entre las piedras para reproducir la escena en el cielo nocturno.
Al oír eso, Rebeca abrió mucho los ojos.
—¡Ohhh~! Así todo el país podrá verla.
Nacho agregó desde un lado:
—Y no solo el pueblo. Incluso dentro del ejército imperial y de la realeza hay quienes no se han corrompido. Muchos solo se están protegiendo dentro de esa jungla de intereses, esperando que algún día alguien nuevo cambie las cosas.
—O sea que, si lo de las linternas con piedras de recuerdo sale bien, podríamos ganar no solo al pueblo del imperio, sino también a parte del ejército y la realeza —dijo Leon.
Nacho asintió:
—Pero tampoco se emocionen demasiado. Al final, los que se atreverían a dar la cara y rebelarse son pocos. Y todavía tenemos que enfrentarnos a los fanáticos del imperio y a un montón de monstruos… como los del escuadrón especial o esas bestias fusionadas.
—Sí… lo entiendo. Seguro que el imperio todavía se guarda ases bajo la manga. Por eso también invité a unos cuantos refuerzos para esta operación.
Nacho parpadeó.
—¿Refuerzos? Solo veo al Rey Dragón de Plata. ¿Dónde están los demás?
La pregunta hizo que Leon se diera cuenta de algo. Se giró hacia Rebeca.
—¿Y Claudia? ¿No vino contigo?
—Oh, tu tía dijo que—
—¡Espera!
Antes de que Rebeca terminara, Nacho se apresuró a interrumpir.
No era que Nacho fuera maleducado ni mucho menos. Normalmente no interrumpía a nadie.
Pero es que ese término “tía de Leon” era… demasiado potente. Hasta alguien tan templado como él no pudo evitar fruncir el ceño.
—Yo he leído tus archivos. Eres huérfano. ¿De dónde sacaste una tía?
Esta vez no fue Leon quien respondió, sino Rebeca, levantando la mano como en clase.
—¡La tía del capitán es la hermana mayor de la tía Charlotte! ¡Y también son dragones!
“……”
—¡Y la tía Claudia es la próxima reina de la tribu dragón marina!
“……”
Nacho se rascó la sien, lleno de emociones encontradas.
¿De dónde carajos había salido este mocoso?
Casarse con una reina dragón ya era una locura. ¿Pero tener también de parientes a puras reinas dragón?
Ese nivel de conexiones ya no se podía describir con la palabra “imponente”. Nacho sencillamente no tenía palabras suficientes para expresar lo absurdo y glorioso del árbol genealógico de este sujeto.
Leon le soltó un manotazo a Rebeca en la cara y la empujó hacia Roswitha.
—Cuando los adultos hablan, los niños se callan.
La chica de coletas se escondió detrás de su cuñada y le sacó la lengua al capitán.
Leon volvió la mirada a Nacho.
—Está exagerando. Tampoco es para tanto. De hecho, eso de que mi maestra también es dragona lo acabo de descubrir hace unos días.
Nacho se encogió de hombros.
¿Era un “me da igual”? ¿O ya estaba insensibilizado a este tipo de revelaciones?
Con Leon ya ni se sabía. Fuera enemigo o aliado, ese tipo siempre lograba sacarlo de sus casillas.
—Entonces… esa tal Claudia, ¿dónde está? —Nacho se giró levemente hacia Rebeca, que seguía detrás de Roswitha.
—¡Ah, sí! La tía Claudia dijo que estaba interesada en la cultura humana, así que se ha pasado estos días en la biblioteca del distrito central.
El imperio se dividía en cinco zonas:
Ciudadela Real, Distrito Alto, Distrito Central, Distrito Bajo y el Barrio Pobre donde estaban ellos ahora.
Y en cuanto a riqueza… iban de más a menos.
Obviamente, eso era producto de la explotación del sistema imperial:
La ciudadela explotaba al Distrito Alto, el Alto al Central, y así hasta abajo.
Por eso solo en la Ciudadela Real y el Distrito Alto se vivía con lujos. Eran zonas con recursos abundantes que los de abajo ni soñaban.
—¿Biblioteca? Si una dragona anda suelta por el imperio, como la descubran va a ser un desastre —comentó Leon.
—Hmm… ahora no hay tanto problema. Con tantas guerras en el frente, el imperio tiene poco personal y los patrullajes ya no son tan estrictos —respondió Rebeca—. Además, la Hermandad León tiene infiltrados en todos los distritos. Incluso tú, capitán, que eres un prófugo, podrías salir a pasear si es a la hora indicada y vas bien disfrazado. Mientras no llames mucho la atención, está bien.
Leon se sorprendió un poco.
—¿Me estás diciendo que ya infiltraron todo el imperio…?
Rebeca se rascó la cabeza.
—Bueno… tampoco es “todo”. En la Ciudadela Real y el Distrito Alto la seguridad es extrema. Aparte de Martín, no tenemos aliados fuertes allí. Pero en el Distrito Central para abajo, sí tenemos bastante control.
Pausa.
—Así que, si quieres salir a dar una vuelta, capitán, podemos organizarlo. Sin problema. Será seguro.
Leon no esperaba que en tan poco tiempo su maestra y Rebeca hubieran expandido la Hermandad León hasta este punto.
No era de extrañar que, cuando él anunció hace días que quería declararle la guerra al imperio, su maestro ni siquiera tratara de disuadirlo. Resulta que ese viejo también confiaba con todo en esta revolución.
Entonces… ¿salir a pasear?
Leon miró a Roswitha, y un pensamiento nada oportuno le cruzó por la mente.
Abrió la boca, pero la voz se le quedó atorada.
Nah… primero lo importante—
—Cuñada, ¿nunca has ido a las zonas humanas? —preguntó de pronto Rebeca.
Roswitha se quedó pensativa.
—Ah… no, nunca.
—Aún faltan tres días para el Festival de las Mil Linternas. ¡Pueden aprovechar para tener una cita!
—¿Qué? ¡Ridículo! ¡Estamos a punto de entrar en guerra! ¿Cómo vamos a salir de cita ahora? —protestó Leon.
Rebeca lo observó entornando los ojos.
No será rápida para pensar, pero sí sabe leer el ambiente.
Y Leon tenía tan marcado el “digo que no pero quiero decir que sí” en la cara que era imposible no notarlo.
Además, desde que ella mencionó lo de salir a la calle, Roswitha ya andaba en las nubes.
No hacía falta ser un genio para adivinar qué estaba pensando.
Pero como esa parejita era tan terca, Rebeca decidió no ir de frente. Así que…
—Capitán, ¿no dijimos que necesitamos más piedras de recuerdo? Solo con los miembros de la Hermandad aquí no basta. ¡Usted y cuñada también tienen que salir a recolectarlas! ¿Está claro?
—Ah, esto…
—¡Nacho! Dale presupuesto a estos dos para— ¡ejem! —para las compras. No regresan hasta haberlo gastado todo —ordenó Rebeca con las manos en la cintura.
Nacho se encogió de hombros y apoyó la moción.
—En realidad, que ustedes dos salgan no afectará nada el plan para el festival. Mientras estén de vuelta antes de la medianoche de mañana, todo bien.
—Y Leon, hace años que no vuelves al imperio. Más allá de los gobernantes corruptos, esta tierra fue tu hogar. ¿No te gustaría verla bien, una última vez, antes de salvarla?
Con lógica y con sentimiento, los dos miembros clave de la Hermandad estaban claramente a favor de que la parejita saliera a pasear.
Seguir resistiéndose solo arruinaría el ambiente.
Leon y Roswitha se miraron.
Al final, él dijo:
—Entonces mañana saldremos a recolectar piedras de recuerdo.
Rebeca asintió entusiasmada.
—¡Eso! Y llévala a conocer un poco más.
Era raro, pero se sentía como si dos primos del campo vinieran de visita a la ciudad.