Capítulo 122
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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122 – El culito del helado
Este era el otro motivo por el que Roswitha quiso hacer este viaje:
Conocer, desde otro ángulo, al hombre al que llama “esposo”.
Lo curioso es que Roswitha no era alguien tan sentimental antes. No entendía eso de “ver los paisajes que tú viste” como algo romántico.
Pero después de pasar tanto tiempo al lado de León, algo dentro de ella empezó a cambiar.
Aunque más que decir que la Reina Dragón se volvió romántica o sensible… es que solo le pasaba con León. Solo él la hacía sentir así.
Si fuera otro hombre, Roswitha probablemente lo vería como un ridículo cursi.
Igual que cuando su hermana mayor Isa tenía un montón de cartas de amor sin abrir. Roswitha nunca entendió qué sentido tenía una carta dentro de una relación.
Hasta que, por un tiempo, ella misma escribió en secreto un diario cada día, anotando cada momento que vivía con León.
Fue entonces cuando entendió que lo importante no era el papel, sino lo que sentía al escribirlo:
Expectativa, satisfacción, felicidad.
Justo como ahora. Caminando por los mismos lugares que León recorrió, viendo lo mismo que él vio.
No quería hacerse la orgullosa. Solo quería que León entendiera lo que ella sentía.
Y la forma en que León respondió fue simple:
Se adelantó… y tomó su mano.
Entrelazaron los dedos, cálido con frío. Ojos negros y plateados se encontraron. Una brisa suave levantó las largas pestañas de la Reina Dragón.
—Entonces, vamos al siguiente lugar.
Roswitha sonrió con dulzura.
—Está bien.
No sabía cuándo volverían a esta tierra. Tal vez esta sería la primera y última vez que pisaba el lugar donde León nació. Por eso quería decirle todo lo que sentía.
Por suerte, su prisionero tonto no siempre está en modo bocón.
Cuando hay que discutir, discuten. Pero cuando toca ablandarse… también se ablanda.
—
Los dos iban trotando por las calles del distrito bajo, tomados de la mano.
León iba al frente, con la bolsa llena de piedras de grabación.
Roswitha lo seguía, levantando un poco su largo vestido con una mano, y con la otra agarrando la de León con fuerza.
Parecían una parejita de adolescentes escapándose del mundo, corriendo entre las calles como si nada más importara.
—
Pasaron casi todo el día recorriendo el distrito bajo. Claro, solo las zonas marcadas como seguras por Rebeca.
Cuando el sol ya estaba a punto de ponerse, se sentaron en una banca al borde de la calle.
Roswitha tenía en las manos un helado sabor naranja que León le había comprado. Lo comía con bocaditos pequeños.
León, a su lado, desplegó el mapa una vez más. Quedaba un último lugar al que quería llevarla.
Estaba en el distrito medio. También era un sitio seguro, marcado por Rebeca.
Calculó el tiempo. Si salían ya, todavía alcanzaban a regresar antes del anochecer, tal como recomendó Nacho.
Guardó el mapa, agarró la bolsa de piedras y dijo:
—Vamos. Nos falta solo un lugar.
Roswitha bajó la mirada al helado. Solo quedaba el final.
Se puso de pie… y se lo ofreció a León.
—Ohh, tú te comes la crema, y yo solo el culito del helado —bromeó él al recibirlo.
—Este no es un culito cualquiera —replicó ella con cara seria.
—¿Ah, no? Entonces… ¿qué es?
—Es el culito del helado que dejó Su Majestad la Reina.
—…
¿De dónde saca estas frases?
León miró el piquito final del helado. Aún quedaban restos de lápiz labial de Roswitha.
Pero bueno, si era un gesto de la Reina… no había forma de rechazarlo.
—Listo, vamos.
—Ajá.
Y se pusieron en marcha una vez más, ahora rumbo al distrito medio.
—¿A dónde vamos ahora? —preguntó Roswitha mientras caminaban.
—A un lugar que, para mí, es muy importante.
León se hizo el misterioso.
Ella no insistió. Solo lo siguió en silencio.
—
Cuando el sol se puso del todo, llegaron.
Comparado con el distrito bajo, el distrito medio era mucho más animado. Los puestos, la comida, todo parecía más sofisticado.
León la llevó por varias calles, hasta que se detuvieron frente a una iglesia.
A esa hora, el portón principal ya estaba cerrado.
Pero aún quedaban algunos niños jugando en el césped.
A un costado, había dos mujeres con atuendo de monjas.
—¿Esto es…? —murmuró Roswitha.
—El orfanato de Cosmord.
León señaló un cartel desgastado al lado de la puerta.
—Hace más de veinte años… me encontraron justo ahí.
Frente a esa vieja iglesia que ya mostraba el paso del tiempo, Roswitha por fin entendió por qué él había guardado este lugar para el final.
Ella le había dicho que quería pisar su tierra, conocerlo desde otra perspectiva…
Y León decidió traerla al lugar donde creció.
Aunque lo adoptaron cuando tenía cinco años, él seguía viniendo a visitar a las maestras del orfanato. Incluso de adulto, solía ayudar como voluntario.
Los niños del lugar lo adoraban. Su talento nato para cuidar criaturas ya se notaba desde entonces.
Frente a la reja del orfanato, León le apretó más fuerte la mano a Roswitha.
—Hace tantos años que no venía… ha cambiado mucho…
Ni cuando volvió al Imperio a encargarse de Víctor, ni en los veinte años futuros cuando investigó lo de la escama del pecho… nunca tuvo tiempo de pasar por aquí.
Había pasado al menos cinco años…
Justo entonces, una de las monjas lo notó.
La mujer se acercó, abrió la puerta, y les sonrió amablemente.
—Buenas noches, jóvenes. ¿En qué puedo ayudarles?
Pero León se quedó inmóvil, observándola… como si hubiera visto un fantasma.
Los recuerdos volvieron como un vendaval.
Escenas sueltas de la infancia desfilaron por su mente:
Su primer cumpleaños en el orfanato, el día en que esta mujer lo recogió.
Una pelea con un compañero por decir que la comida de las monjas era horrible.
La vez que peleó a puño limpio contra un perro para proteger a una niña. Y esta misma monja fue quien lo llevó al hospital.
Cada recuerdo de su infancia tenía a esta mujer como parte esencial.
Porque si su maestro y su maestra lo convirtieron en el cazador de dragones que es hoy…
Entonces ella fue quien le salvó la vida cuando apenas era un bebé. Si no fuera por ella, probablemente habría muerto congelado esa noche, hace veinticinco años.
Su nombre era Caroline, Caroline Cosmord, única hija del antiguo director del orfanato.
Él la recordaba ya algo mayor… pero en estos cinco años, parecía haber envejecido como si hubieran pasado diez más. Cabello totalmente blanco, arrugas marcadas en los ojos.
—¿Señor?
Al ver que no respondía, Caroline preguntó de nuevo.
León volvió en sí.
—Ah… somos turistas, venimos de un país vecino. Solo estábamos dando una vuelta.
—Ya veo. ¿Quieren pasar a ver?
—No, no, está bien. Con verlo desde aquí es suficiente.
Su voz sonaba distinta, más baja. Junto con el disfraz que le preparó la Hermandad, ni siquiera Caroline fue capaz de reconocerlo.
Si lo reconocía, podría causar problemas…
Estaba pensando eso cuando Caroline frunció un poco el ceño y le dijo, dudosa:
—Disculpe, pero… ¿nos conocemos de antes?
A León se le aceleró el corazón.
—No lo creo… Es la primera vez que venimos al Imperio. Debe estar confundida.
—¿En serio…?
Caroline bajó la mirada, suspiró con melancolía.
—Debe ser que… extraño mucho a ese niño…
León parpadeó.
—¿Se refiere a…?
—Se llama León.
La monja sonrió, llena de orgullo.
—Fue el alumno más brillante que he tenido.