Capítulo 123
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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123 – Leherno~
Caroline suspiró suavemente. Bajó la mirada, y su tono pasó de la nostalgia… a la tristeza.
—Pero hace mucho que no sabemos nada de él. Dicen que perdió una gran batalla hace cinco años, y que el Imperio lo declaró traidor. En su peor momento, las calles estaban llenas de carteles con su rostro… —soltó otro suspiro largo, lleno de sentimientos encontrados.
¿Acaso Caroline seguía creyendo en León, en el fondo de su corazón?
¿O se sentía decepcionada del alumno más brillante que tuvo?
León no supo qué pensar.
Tal vez dándose cuenta de que estaba diciendo demasiado, Caroline cambió de tema de inmediato. Volvió a poner su amable sonrisa de antes y preguntó:
—Por cómo se ven, ¿ustedes acaban de casarse?
Emmm… ¿cinco años cuentan como “recién casados”?
Ambos se miraron, y sin decir palabra, decidieron seguirle la corriente.
—Sí, no hace mucho —respondió León.
—Estábamos caminando por aquí y escuchamos a los niños jugando, así que vinimos a ver.
—¿Les gustan mucho los niños?
—Sí, a los dos nos encantan.
Les encantan tanto… que en solo cinco años ya tienen tres hijos.
Caroline sonrió, girando la cabeza hacia el jardín donde jugaban los niños.
—Si todos los padres fueran como ustedes, tal vez no habría tantos pequeños abandonados como estos…
León sabía bien lo sentimental que podía ser Caroline. Después de todo, llevaba décadas trabajando como maestra en el orfanato.
Amaba a los niños, pero nunca se casó.
Además de su vocación como monja, había otro motivo:
Sabía que, si algún día tenía hijos propios, no sería capaz de amar a los niños del orfanato con el mismo corazón.
Cada pequeño allí había sido abandonado. El orfanato les dio una segunda oportunidad. Pero esa oportunidad venía envuelta en amor, y ese amor lo daban las monjas.
Así que Caroline nunca tuvo hijos de sangre.
Porque, en realidad… todos los huérfanos del orfanato eran sus hijos.
—¡Maestra! ¡Maestra! —una voz joven interrumpió la charla.
Una monjita más joven se acercó corriendo. León alzó la vista y, al verla, abrió los ojos con sorpresa.
—…¿Sharon?
Roswitha lo miró de reojo. ¿Acaba de decir su nombre? ¿La conoce?
Pero no sintió celos. La expresión de León no tenía nada raro, solo se notaba sorprendido. Nada de reencuentros románticos, ni dramas del pasado. Simplemente alguien conocido.
—¿Qué pasa, Sharon?
—Maestra, faltan muchas linternas de papel para el Festival de los Mil Faroles. La directora dijo que tenemos que apurarnos.
—Entendido. Voy enseguida.
—¡Ajá! Entonces yo—…
En eso, Sharon se dio cuenta de los dos extraños a su lado.
A la dama de cabello negro no la conocía, pero el hombre…
Sharon entrecerró los ojos, y preguntó:
—Oiga, ¿nos hemos visto antes?
León apenas iba a responder cuando sintió un apretón en la mano.
Miró de reojo. Era Roswitha.
Y la Reina abrió el “chat interno” de pareja:
> ?Sí, querido, ¿nos hemos visto antes~??
No estaba celosa, pero igual quería saber de dónde conocía a esa mujer.
> ?¿Recuerdas que te conté que a los cinco años peleé contra un perro enorme para salvar a una niña??
> ?Sí, claro. Que saliste todo herido por protegerla.?
> ?Pues… ella era esa niña.?
> ?……?
Roswitha puso los ojos en blanco.
Qué pequeño es el mundo.
Después de aclararle eso, León negó con la cabeza como si nada:
—No creo. Debe ser que tengo un rostro muy común. La maestra Caroline también pensó que me conocía, y ya ves.
—Ah, entiendo… Yo pensaba que… había vuelto León-nii.
Ese «León-nii» hizo que la mano de León se apretara aún más fuerte.
Pero su cara seguía igual. Poker face.
Ay, si hubiera sabido, mejor no hacía buenas acciones con nombre y apellido de niño…
—¿Tú también lo confundiste con León?
Caroline suspiró.
—No sé cómo estará ese niño ahora… ¿será que el Imperio ya lo habrá capturado?
—¡Eso jamás! —saltó Sharon, muy segura—. León-nii jamás dejaría que lo atraparan. ¡Y además, yo nunca creí que fuera un traidor!
Caroline lanzó una mirada de advertencia, y le apretó la muñeca discretamente. Luego sonrió de nuevo, disculpándose con la pareja:
—Lo siento, a veces Sharon dice cosas sin pensar.
Como no sabían la identidad de los visitantes, hablar de temas políticos podía ser peligroso.
Aunque Caroline extrañara con todo el alma a ese niño, vivía en el Imperio, y tenía que seguir sus reglas.
—No pasa nada —respondió León.
—¿Dijiste que están preparando farolitos de papel para el festival?
—Así es.
—¿Y el orfanato todavía acepta esos encargos?
En la memoria de León, el orfanato nunca había hecho linternas. Siempre las compraban en tiendas.
—Sí… lo hacemos por necesidad. Hay que buscar maneras de ganar algo de dinero.
León frunció el ceño.
¿Cuándo el orfanato del distrito medio tuvo que rebajarse así para sobrevivir?
Miró otra vez el estado ruinoso del edificio y del portón.
Un mal presentimiento comenzó a crecerle en el pecho.
—¿Pero el orfanato no recibe ayuda estatal? ¿Qué pasó con eso?
—Ah, es que…
—Antes sí —interrumpió Sharon con cara de enfado—. Pero en los últimos años, la realeza ha metido tanta burocracia ridícula, que cuando el dinero llega a nosotros, apenas queda un tercio… ¡y eso con suerte!
Esta vez, ni siquiera Caroline la detuvo.
Y mientras escuchaba las quejas de Sharon, el corazón de León se fue hundiendo más y más.
¿Cómo fue que llegamos a esto…?
El Imperio, que una vez tuvo tanto potencial, ahora era solo un caparazón podrido.
Primero fue su maestro, quien se movía en los bajos fondos solo para presionar a la nobleza.
Después, mancharon el nombre de León para acusarlo de traidor.
Más tarde descubrieron que los reyes colaboraban con los dragones, pero solo para exprimir al pueblo al máximo…
Y ahora… sus garras habían llegado al orfanato.
Ese hedor a poder corrupto era como una peste, filtrándose por todas partes.
—Por eso hacemos los farolitos —añadió Caroline—. Los vendemos en el distrito alto para poder ganar algo.
No podemos dejar que los niños pasen el festival comiendo pan duro.
León tragó saliva. Quería gritar, pero se contuvo.
—¿Cuándo comenzó todo esto?
—Desde hace cinco a—
—¡Desde que León-nii ya no estuvo, todo se vino abajo!
Caroline sonrió amargamente.
—Esta niña tiene la lengua filosa… pero creo que tiene razón. Desde que ese niño desapareció hace cinco años… no sé por qué, todo empezó a ir mal.
—¡Yo sí sé por qué, maestra! —soltó Sharon—. Antes, León-nii era el líder de los cazadores de dragones. Tenía poder, era justo, ¡nunca dejaría que la realeza hiciera cosas tan sucias! Por eso…
—Ya hablaste suficiente, Sharon —la cortó Caroline.
—¡Tch…! —Sharon desvió la mirada, murmurando con enojo—. Da igual.
Yo siento que, mientras León-nii estuviera aquí, todo sería mejor.
—Pero ya no está, Sharon.
Esa frase quebró algo dentro de Caroline.
Bajó la cabeza y la repitió en voz baja:
—Él… ya no está.
El ambiente se volvió denso.
Pero Caroline lo disimuló rápido.
—Perdonen, son solo tonterías de gente común —se disculpó.
—Ah, no hay problema…
De no haber sido porque las confundieron con León y su esposa, jamás se habría tocado ese tema. Así que León no temía que ellas acabaran metiéndose en problemas por lo que dijeron.
DONG— DONG—
Sonó la campana del orfanato. Hora de la cena.
—¿Quieren quedarse a comer algo? —ofreció Caroline.
—No, gracias.
—Entonces, disfruten su estancia en el Imperio. Nosotros debemos volver a la cocina.
—Ajá.
Caroline y Sharon hicieron una reverencia y se dieron la vuelta.
Pero León las llamó justo antes de que se fueran.
—Esperen… Maestra Caroline.
—¿Sí?
León sacó su cartera, y tomó varias monedas de oro.
—Los farolitos… me los quedo todos. Paso por ellos en dos días.
Caroline miró el dinero. No lo tomó de inmediato.
—Eso es demasiado, señor. No podríamos hacer tantos.
—Entonces, lo que sobre… considérenlo una donación.
—…Está bien. Muchas gracias. ¿Cómo se llama usted?
—Constantine.
—Un nombre… prometedor, señor Constantine.
Caroline aceptó el oro.
—Intentaremos hacer todos los farolitos que podamos.
—Perfecto.
Caroline asintió y se retiró.
Cuando las dos monjas desaparecieron, Roswitha se cruzó de brazos y le lanzó una mirada burlona.
—Mira tú, haciendo buenas obras sin dejar nombre, ¿eh, Leherno~?
León le sonrió, enganchándose de su brazo.
—¿Sin dejar nombre? ¡Claro que sí! Dejé “Constantine”.
Roswitha soltó una risita exasperada.
—¿¡Y eso qué se supone que significa, idiota!?
—Estoy preparando terreno para la llegada del Rey Dragón Escarlata en tres días —respondió, muy serio.
Roswitha le puso los ojos en blanco.
—Anda ya, vámonos.
Luego se giró y le lanzó una sonrisita burlona:
—¿Quieres que te lleve volando, Leherno~?
—¡Eres imposible, lagartona!
—
Mientras tanto, en el comedor del orfanato…
Caroline y Sharon repartían la cena a los niños.
Al terminar, se sentaron juntas a descansar y hablar en voz baja.
—El señor Constantine… fue muy amable —comentó Sharon, pensativa.
Pero Caroline frunció ligeramente el ceño.
—Aun así… se parecía tanto a León. Demasiado.
Sharon rascó su sien y suspiró.
—Yo también lo pensé. Pero han pasado tantos años sin noticias… ¿Dónde estará ahora? Me gustaría que volviera y… nos ayudara.
Que nos ayude…
Caroline bajó la vista y miró las monedas de oro en su mano.
Las que “el señor Constantine” acababa de darles.
De pronto, sus ojos se abrieron un poco.
—Sharon…
—¿Sí, maestra?
—Yo… yo nunca le dije mi nombre.
Entonces, ¿por qué él me llamó “maestra Caroline”?
Fue como si un rayo cayera directo sobre Sharon.
Un segundo de silencio…
Y luego aspiró con fuerza.
—¡¿Le-León-nii regr… mmm!
Caroline le tapó la boca justo a tiempo.
Sharon intentó apartar la mano, pero entonces se dio cuenta:
La maestra Caroline, esa mujer fuerte que llevaba décadas en el orfanato, estaba llorando sobre su hombro.
—Volvió, Sharon…
León volvió.