09
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
El documento está traducido por Google de manera automática. Hay nombres u otras palabras que no se han traducido correctamente y pueden aparecer de forma distinta en español.
==================================================
9. La medicina secreta de los dragones plateados: la “¡Píldora de León no muy buena!”
—Pero tú misma lo dijiste, ¿no? —dijo Noa—. Aun contando a la tía Isa, no llegamos al número mínimo para ese juego.
—Pues usa tu cabecita brillante para encontrar una solución.
Piensa: si fuera tu invencible papá, ¿qué haría?
Ante esa frase, Noa reflexionó un momento, y luego respondió con total seriedad:
—Tendría que ver cómo bajarse de la silla de ruedas, primero.
……
Una respuesta tan respetuosa como un puñetazo al alma.
Pero así eran las cosas.
Y ya ni hablar del número de jugadores: aunque lograran reunirlos, su papá no podía participar en ese tipo de juegos interactivos por sus piernas.
La anciana dragona, aunque algo frustrada, tampoco pudo decir mucho más.
El cristal nocturno era un material mágico tan raro que, sin la magia primordial, no servía para casi nada más que fabricar decoraciones bonitas.
Pero justamente por su rareza no se conseguía tan fácil.
La anciana suspiró con resignación:
—Está bien. Pero si se presenta la oportunidad… intenta conseguirlo.
Que hablara con ese tono tan conciliador ya dejaba claro cuánto le importaba ese cristal.
Y Noa no podía responderle como si estuviera discutiendo con ella por cualquier tontería.
Asintió con la cabeza:
—Lo entiendo.
Cuando volvió del espacio mental, encontró a Moon y Lucecita ya preparadas para jugar al típico “fantasma con los ojos vendados”.
Un juego viejito, sí.
Pero tan clásico que había sobrevivido como uno de los favoritos de las dragoncitas.
—¡Hermana, ven ya~! —le gritó Moon mientras le hacía señas con la mano.
—¡Voy~!
Noa se levantó enseguida y fue corriendo a unirse al juego de sus hermanas.
Por el momento, el tema del juego interactivo quedaba en pausa.
Pero dos semanas después, cuando ya casi se habían olvidado del asunto, Helena y Claudia vinieron de visita al clan de los dragones plateados.
Siendo la princesa heredera del Reino Marino —y futura Reina Dragón del Mar—, por supuesto que León y Roswitha salieron a recibirlas personalmente.
A diferencia de ocasiones anteriores, la bella Claudia venía más informal ese día.
Su cabello azul suelto, maquillaje suave, y un aire más relajado hacían resaltar aún más su elegancia natural.
Noa, al enterarse de que Helena había llegado, corrió feliz hacia el jardín.
—Cuánto tiempo, Roswitha.
—Cuánto tiempo, seniora —respondió Roswitha con una leve reverencia.
—¡Hola, tía Roswitha~! —saludó la pequeña Helena con entusiasmo.
Roswitha se agachó un poco, el cabello plateado cayendo como una cortina, y le revolvió con cariño la cabeza.
—Hola, Helena.
—¡Ey, León! ¿Tu pierna ya está casi recuperada?
León se dio unos golpecitos en la rodilla, sonrió y respondió:
—Sí, Roswitha me dio una medicina secreta de los dragones plateados. Me curé en poco tiempo.
—¿Me-di-ci-na secreta? ¿Y qué medicina tan mágica es esa? —preguntó Claudia, curiosa pese a su experiencia.
Pero esa simple pregunta puso en aprietos a la pareja.
Ambos se quedaron congelados, luego se miraron entre sí.
Roswitha le lanzó una mirada que decía claramente “¡idiota! ¿Y para qué vas contando eso?”
Y León solo encogió los hombros, como diciendo “¡yo qué sé!”
Porque la verdad… esa “medicina secreta” era un poco difícil de explicar.
Se trataba de lo que luego se conoció como…
¡La Píldora de León no muy buena!
¡Dragón Max Potencia!
León estaba desesperado por recuperarse lo antes posible y volver a sus entrenamientos, así que Roswitha había buscado todo tipo de pomadas milagrosas.
Pero nada daba resultado.
Hasta que accidentalmente descubrieron el verdadero efecto oculto del Dragón Max.
A los tres días de tomarlo, el general León no solo abandonó la silla de ruedas:
tiró las muletas y corría como si nada!
Por supuesto, la noche anterior a esa milagrosa recuperación, Roswitha también había experimentado por tercera vez los “efectos secundarios” de dicha píldora.
Ajá… inolvidable. Intensamente inolvidable.
Roswitha sacudió la cabeza para quitarse los pensamientos extraños y respondió:
—Nada importante. Solo una receta antigua que nos dejaron los antepasados.
Claudia asintió con comprensión:
—Si es una receta secreta, no preguntaré más.
—¡Helena!
La voz de Noa sonó desde atrás.
Todos voltearon al mismo tiempo.
Cuando vio que era Noa, la sonrisa de Helena se hizo más radiante.
Levantó la mano, corrió hacia su amiga y gritó:
—¡Noa-chaan~!
Dos semanas antes, sus padres le habían dicho que Helena vendría a visitarlas pronto.
Pero como ya había pasado tanto tiempo, Noa pensó que su amiga la había dejado plantada.
Por suerte, se había equivocado.
Helena sí vino.
Y además trajo a la tía Claudia…
¿Eso significaba que iba a quedarse unos días?
Noa estaba feliz, pero de pronto sintió un escalofrío detrás.
Al darse la vuelta lentamente, lo primero que vio fue…
¡Un mechón de cabello erguido como lanza!
Tan tieso, tan afilado, tan lleno de energía asesina…
—Hermana mayor… lo intenté. No pude detenerla —dijo Lucecita desde un lado.
Noa sonrió con resignación:
—Moon, vino Helena a jugar con nosotras.
La pequeña Moon frunció el ceño, la punta de su cola se alzó apenas, y con un tono sospechosamente amable, dijo:
—Me alegra mucho que vengas a visitarnos, hermana Helena.
No sonaba nada alegre…
Helena, por su parte, ya estaba acostumbrada a esta pequeña hermana celosa, así que simplemente sonrió:
—Gracias~
La dragoncita de cabello rosado miró a su hermana mayor.
Luego a su hermana del medio.
Luego a Helena…
Y lo entendió todo.
Durante sus muchas horas de lectura, Lucecita también se había dado el lujo de leer algunas novelas ligeras para relajarse.
Había un tipo específico de historia donde el protagonista era un chico muy popular rodeado de chicas con las que tenía cierto tipo de relación ambigua…
Y cuando todas esas chicas coincidían en el mismo lugar al mismo tiempo, con el protagonista presente, se generaba una situación clásica llamada:
¡El campo de batalla romántico!
Un «campo de batalla» donde el protagonista, maestro del manejo del tiempo y las excusas, terminaba acorralado por su propio harem.
Para los lectores, ese momento era tan delicioso como dolorosamente incómodo.
¡Era puro gozo ver cómo se metía en líos!
Si lo que Lucecita había aprendido en esas novelas era correcto, entonces en este preciso momento…
¡Su hermana mayor estaba en un campo de batalla amoroso en toda regla!
De un lado: su mejor amiga de la academia.
Del otro: su hermanita de toda la vida.
Hmm~~
¡Sí, sí, sí! Este ambiente huele a diversión!
Justo cuando Lucecita estaba a punto de echar más leña al fuego para hacer el show aún mejor, Claudia habló:
—Por cierto, León. Ya que estás recuperado, supongo que puedes cumplir lo que me prometiste, ¿no?
¿Promesa?
Las dragoncitas se miraron entre sí.
Ninguna tenía idea de a qué promesa se refería.
—Claro, seniora —respondió León.
Y en ese momento, los tres adultos miraron directamente a las cuatro dragoncitas.
Helena se rascó la cabeza, confundida:
—¿Qué pasa, mamá?
—¿Te acuerdas cuando me dijiste que querías ir con Noa a ese juego…? ¿Cómo era? ¿Juego interactivo?
Los ojos de Helena brillaron:
—¡¡El juego de rol en vivo!!
Claudia asintió sonriendo:
—Eso. Ahora que Noa, sus hermanas, y sus padres están aquí, ya tienen el número exacto de jugadores, ¿verdad?
—¿Juego interactivo? —preguntó Noa, entrando a la conversación—. ¿Es el del castillo misterioso que se puso de moda en Ciudad Cielo?
Helena asintió con fuerza:
—¡Siii! ¿Tú también lo conoces?
—Hace unos días vi el cartel. Quería ir, pero no logré reunir a la gente suficiente.
Noa sonrió:
—No pensé que tú y la tía Claudia también tuvieran planes de jugarlo.
—¡Ajá! Me costó un montón convencer a mamá para que dijera que sí…
De hecho, cuando estaban en la Biblioteca Imperial, esa fue la condición que Claudia le puso a León.
Él incluso le preguntó por qué una mujer tan seria querría jugar algo así.
Claudia solo respondió que era un deseo de su hija.
Y claro, si se trataba de acompañar a sus hijas en un juego familiar, ni León ni Roswitha se iban a negar.
Y ahora, al escuchar todo esto, entendieron que sus propias hijas también lo habían estado deseando.
Todo encajaba.
—Moon, Lucecita, ¿ustedes no dijeron hace días que querían jugar? —preguntó Noa.
Moon asintió.
Desde que vio el cartel, había querido ir.
Pero por la falta de gente, todo quedó en espera.
Con la llegada de Helena y la tía Claudia, ¡por fin podían ir!
Y además…
¡No podía permitir que su hermana mayor se fuera a jugar con Helena sin ella presente!
Tenía que ir sí o sí.
Pero justo cuando todo parecía perfecto, Lucecita, que hasta entonces había estado callada, soltó:
—Pero… todavía falta una persona.
—Papá, mamá, hermana mayor, hermana del medio, Helena, tía Claudia, y yo.
Somos siete.
Pero en el cartel decía que necesitábamos ocho para poder jugar.
León se cruzó de brazos con total tranquilidad:
—Eso no es un problema, Lucecita.
Tu tía la dragona roja, que se apunta a todo, no va a perderse esto ni de broma.