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A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Capítulo 14: ¡El candado de siete días más fuerte que el oro!
—León… ¿has pensado en tener otro bebé conmigo?
¡Amigos, familia… ¿¡quién entiende esto!?
¡Mi amorosa y virtuosa esposa, la reina dragón que jamás habla con rudeza, se coló a medianoche en mi habitación solo para preguntarme eso!
¿No podía preguntarlo en privado?
¿No podía esperarse a que acabara el juego?
¡¿Y si yo ahora le digo que sí, va a hacerme fabricar ahí mismo al tercer bebé?!
León, acostado en la cama, parecía tranquilo por fuera… pero por dentro ya se había ido hace rato (?
Sabía que seguir haciéndose el dormido no iba a servir de nada. Tenía que darle una respuesta a Roswitha.
Y esa respuesta tenía que ser un “sí” o un “no”.
No había tercera opción.
Porque hace tiempo, Roswitha le había contado algo sobre lo que pasaba a las dos y media de la madrugada.
El general León quedó en shock al escucharlo.
¿Cómo podía tener una debilidad tan absurda siendo un guerrero invencible?
Lo intentó superar varias veces… pero fracasó en todas.
Por suerte, León es un esposo ejemplar, sin secretos (bueno… salvo ese álbum de fotos de conejita sexy), así que no tenía nada que temer por decir la verdad.
Lo que no sabía era que Roswitha no le había contado toda la verdad.
Ella le dijo que “a las dos y media de la madrugada, León diría lo que realmente piensa”…
Pero nunca le dijo que no siempre se activaba.
Así que técnicamente, León podía seguir haciéndose el dormido. Como si “el mecanismo de decir la verdad” no se hubiese activado.
¡Ay, pobre maestro León, siendo manipulado por su esposa dragona!
Tras pensarlo bien, León abrió la boca y dijo en voz baja:
—He… pensado… en eso…
Apenas terminó la frase, sintió claramente cómo la respiración de Roswitha se detenía por un instante.
La verdad, esa era la mejor respuesta posible.
Si decía que no, viendo el tono esperanzado con el que Roswitha preguntó… ella se iba a decepcionar.
Y si las hijas —que estaban escondidas en el armario— escuchaban esa negativa, también se iban a poner tristes.
Así que, sin quererlo, y sin saber que sus hijas estaban presentes, Roswitha había acorralado a León y lo obligó a decir que sí quería tener otro bebé.
Sin embargo, antes de que Roswitha pudiera emocionarse por la respuesta…
¡Pum!
Un golpe sordo sonó a sus espaldas.
Ella se giró con reflejos de guerrera.
¡Crashhh!
¡Se abrió de golpe la puerta del armario, y de dentro se cayeron cuatro mini-dragonas!
Roswitha se quedó mirando el suelo, perpleja, viendo cómo sus hijas se desparramaban por el piso.
—Noa… ¿qué hacen aquí?
Las cuatro se levantaron de un brinco, se pusieron en fila, derechitas y bien portadas, ¡hasta las colas estaban tensas!
—Ma-mamá… nosotras estábamos…
Noa tartamudeó. No es muy buena mintiendo.
¿Y si le hacía pucheros a mamá?
Aunque mamá las consiente bastante, no es como papá, que cae rendido con un simple “por fa”.
Al ver que su hermana mayor sudaba frío, Lucecita entró al rescate:
—¡Estábamos haciendo una misión!
Roswitha arqueó una ceja, miró a su esposo aún “dormido”, y luego de nuevo a las niñas.
—¿Se puede saber qué clase de misión es esa… que se hace de madrugada en la habitación de otro?
La pequeña de pelo rosa desvió la mirada, pero mantuvo la sonrisa nerviosa:
—Sí, e-es que hay muchas misiones ocultas en el castillo, ya sabes…
—¿Ah sí? Entonces…
¡No podía dejar que mamá siguiera preguntando! ¡Si no iban a quedar al descubierto!
El cerebro de Lucecita corrió a toda velocidad. Y antes de que Roswitha dijera otra palabra, soltó:
—¡Mamá, ¿es verdad lo que dijiste?! ¿De verdad quieres tener otro bebé?
¡Cambio de estrategia!
Roswitha se quedó helada. El rubor que ya casi se le había bajado volvió con fuerza total.
Se le enroscó la punta de la cola, y empezó a juguetear con el dobladillo del vestido, sin saber dónde meterse.
Con las cuatro mini-dragonesas mirándola con cara de “¿¡es en serio!?”, Roswitha dijo, nerviosa:
—S-so-solo lo dije por decir… En realidad quería preguntarle otra cosa. Y además, su papá solo dijo eso porque estaba hablando dormido. ¡Las palabras de un dormido no cuentan!
Helena se rascó la cabeza.
—Tía, viniste de noche al cuarto de León, le preguntaste algo raro y justo él te respondió… eso no parece casualidad.
—¡Sí, mami! —añadió Lucecita—. Papá no sonaba dormido. Más bien parecía que…
No encontraba cómo describirlo…
—¡Parecía que estaban jugando a “verdad o reto”! —dijo Moon, con precisión quirúrgica.
Lucecita se iluminó:
—¡Sí! ¡Verdad o reto! ¡Eso es justo lo que parecía!
Roswitha se tapó la cara con ambas manos.
Estos niños de hoy son difíciles de tratar…
La reina dragón empezó a pensar que mejor dejar lo del tercer hijo para más adelante.
Respiró hondo, se repuso, y les habló con calma:
—Noa, Moon, Lucecita… sé que ustedes quieren tener un hermanito o hermanita. Pero no es una decisión que puedan tomar ustedes.
Ni siquiera yo puedo decidirlo sola.
—Es algo que debemos hablar entre todos, como familia.
—Aunque papá dijo algo, como ya dije, las palabras de un dormido no cuentan.
—Así que esperemos a que acabe este juego, y cuando estemos en casa lo hablamos con calma. ¿De acuerdo?
Roswitha se recompuso con rapidez.
Aunque sus hijas la sorprendieron justo en el peor momento, ella supo cómo recuperar el control de la situación.
Al final, por mucho que los niños sean difíciles, ninguno puede con una dragona de más de doscientos años.
Las tres se miraron entre sí… y asintieron. Les parecía razonable.
—Perdón, Helena. Así somos en esta familia: muy escandalosos, pero también nos respetamos mucho. Espero no haberte asustado.
—No pasa nada, tía —respondió Helena con sinceridad—. Me encanta el ambiente que tienen en su casa.
Y no era por quedar bien. En verdad, cualquiera que fuese hijo único envidiaría un hogar como el de los Melkweiss.
—Bien, entonces salgamos del cuarto de papá antes de que despierte y nos regañe —dijo Roswitha.
—¡Siii!
Las cuatro se adelantaron y salieron.
Roswitha fue la última, cerrando la marcha.
Llegó a la puerta, la abrió… pero no se fue.
Se quedó en el umbral, giró la cabeza y miró hacia la cama.
—Levántate. Sé que estás fingiendo dormir.
Y, como era de esperarse, León respondió desde la oscuridad:
—¿Cómo supiste que fingía?
—Con todo el escándalo de hace rato y tú ni te moviste. Más obvio, imposible.
—Ya veo… Bueno, ve a dormir, ¿sí?
León se incorporó y se apoyó contra el cabecero. Desde ahí, la miraba a unos metros.
Pero Roswitha no se iba.
Seguía sujetando su vestido con los dedos, los labios fruncidos, como si quisiera decir algo… pero se contuviera.
León la observó unos segundos… y dijo:
—Quieres saber si lo que dije… fue de verdad, ¿no?
Roswitha guardó silencio.
Y cuando ella se calla así, eso significa sí.
León suspiró. Se bajó de la cama y se acercó a ella, despacio.
Se inclinó ligeramente, y le susurró unas palabras al oído.
Cinco minutos después, Roswitha salió del cuarto.
Llevaba las mejillas encendidas… no solo por la calidez del momento, sino por haber recibido justo la respuesta que deseaba.
—
—¡León fue el que se robó la Piedra Sagrada! ¡Voten por él!
—¡Fue Roswitha! ¡Confíen en mí, voten por ella y ganamos!
—¿Tienes pruebas?
—¿Tú tienes pruebas?
—… …
Es difícil imaginar que estos dos, ahora gritándose en la sala de reuniones, anoche se besaron apasionadamente durante cinco minutos.
¿Tienen alguna habilidad pasiva para reiniciar el cerebro cada mañana?
¡Al menos podrían haber mantenido el buen ambiente hasta el desayuno!
Así terminó la segunda reunión del juego… entre gritos y acusaciones de esta pareja de locos enamorados.
Claudia escuchaba todo en silencio. No dijo ni una palabra.
De pronto, notó que Isa —la pelirroja que tenía al lado— escribía algo en una hoja.
No podía leer lo que ponía, así que preguntó:
—¿Estás haciendo una misión?
—¿Eh? Ah, no, nada —respondió Isa, mientras guardaba el papel y se acomodaba el cabello.
Luego miró a su hermana y cuñado, que seguían tirándose con todo:
—¿Todavía no terminan?
Claudia se encogió de hombros:
—¿Siempre son así?
Isa asintió con fuerza:
—Cada vez que nos juntamos, acaban discutiendo por cualquier cosa.
Claudia soltó una risita:
—Interesante.
—¡Bueno! ¡Hora de votar! ¡El pueblo decide con ojos de justicia! —anunció León.
—¡Venga! ¿¡Te crees que me da miedo!?
Votación final:
Quienes creían que León robó la piedra: Moon, Noa y Helena.
Quienes creían que fue Roswitha: Claudia.
Faltaban Lucecita e Isa.
Tía y sobrina se miraron…
Y en sus ojos, ambas leyeron la misma palabra:
Drama.
La verdad, Lucecita también sospechaba de su papá.
Pero si lo votaba, lo iban a eliminar del juego.
¿Y entonces cómo seguirían viendo ese delicioso “te amo-te odio” entre sus padres?
Así que… votó por mamá.
Isa, para empatar, también votó por Roswitha.
—¡Ohh! ¡Empate!
Ambos “acusados” votaron al otro, así que se mantuvo el empate.
—La próxima vez sí que voy a encontrar pruebas para desenmascararte, ladrona —dijo Roswitha, brazos cruzados y confiada.
León le lanzó una mirada:
—Pff, típica: la dragona acusando primero.
Ambos se lanzaron esas frases venenosas… y salieron del salón.
El resto también se marchó poco a poco.
Claudia fue la última. Y cuando todos estuvieron lejos, sacó lentamente una carta de su bolsillo. En ella decía:
?Candado de Siete Días: Amor más fuerte que el oro?
?Efecto: une a dos jugadores durante 6 horas. No pueden alejarse más de cinco metros uno del otro.?
Era solo un ítem. No decidía el juego, pero…
…si se usaba con las personas adecuadas, podía generar cosas muy…
interesantes.
Claudia alzó la vista y miró hacia el final del pasillo.
Allí estaban los esposos enemigos, a punto de separarse para buscar pruebas en contra del otro.
Ante tal escena, Claudia sonrió con picardía.
—Bueno, ustedes dos…
Durante las próximas seis horas, espero que se cuiden mucho mutuamente.