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A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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26 Estoy enojada… bueno, solo estoy fingiendo
Isa sentía que algo raro flotaba en el aire.
No entendía por qué esos dos la habían arrancado de entre las caritas suaves y el olorcito a leche de las dragoncitas, para arrastrarla a una cafetería… y además dejar que las niñas se fueran a jugar solas.
Ella y Claudia estaban sentadas de un lado; frente a ellas, León y Roswitha.
Cada uno tenía una taza de café frente a sí.
Isa cruzó los brazos sobre el pecho. El vapor del café se elevaba frente a sus ojos. Miró a su hermana, luego al cuñado.
Aún no entendía qué rayos tramaban esos dos.
El vapor se disipaba lentamente. El café ya casi se enfriaba.
Isa no pudo contenerse más y preguntó:
—¿Qué es lo que me quieren decir?
Después de hablar, echó una mirada a Claudia, sentada junto a ella.
La bella mujer del mar se encogió de hombros con inocencia, como diciendo que tampoco sabía qué pasaba.
Isa solo pudo volver a mirar a la parejita del frente.
Los dos seguían con cara de duda, como si aquello que estaban por decir les costara horrores.
Isa ladeó la cabeza.
—Si ustedes no hablan, entonces voy a empezar a adivinar, ¿eh?
Los esposos se miraron. Siguieron sin abrir la boca.
A pesar de ser veteranos en mil batallas, estaban algo nerviosos. A fin de cuentas, lo que iban a decir era importante.
Aunque ya habían decidido sincerarse, no podían evitar el pánico escénico.
—A ver… ¿estás embarazada otra vez?
Antes de que la pareja procesara esa frase, Claudia ya se estaba aguantando la risa.
—No… jeje… disculpen, sigan, sigan…
Roswitha mordió levemente su labio inferior y negó con la cabeza.
—No, hermana. Aunque sí hemos hablado de buscar un tercer bebé… de momento solo es una idea.
Isa alzó una ceja.
—Entonces, ¿qué es lo que quieren decir?
Pausa. Isa cambió de tono y sonrió con esperanza.
—¿No me digan que quieren dejar a Lucecita conmigo? Tranquilos, si ustedes aceptan, les prometo que en doscientos años será mejor Reina Roja que yo.
Aunque León confiaba mucho en el talento de Lucecita y en el cariño de Isa… aun así:
—No, no… tampoco es eso.
Isa soltó un chasquido con la lengua, ya un poco impaciente.
Sus ojos rojos como rubíes escanearon a la pareja.
—Si no se trata de un tema familiar grave, no me hagan perder el tiempo. ¡Tengo que ir a jugar con las niñas!
—¿Tema familiar grave…? —Roswitha repitió las palabras de su hermana.
Y sí… viéndolo bien, podía considerarse un “tema familiar grave”.
Isa notó la reacción de su hermana, y sintió que había acertado.
—¿No me digas que sí es algo grave? ¿Se van a divorciar?
Esta vez, ambos negaron con la cabeza al mismo tiempo.
Roswitha se apresuró a explicar:
—¡No, no, claro que no! ¿Cómo íbamos a divorciarnos? Si hasta estamos pensando en tener otro bebé…
León también intervino, tanteando el terreno:
—Lo que pasa es que… no es solo entre nosotros dos. Es algo que te involucra a ti también, hermana.
Isa frunció el ceño, se señaló la nariz, y preguntó perpleja:
—¿A mí?
—Sí…
León se humedeció los labios, respiró hondo, y miró a Roswitha.
Ella le respondió con un leve asentimiento.
Él repitió el gesto.
Bueno.
Ya estaban en esto. Solo era cuestión de soltar la frase. ¡Un hombre tiene que tener agallas!
León nunca había estado tan nervioso, ni siquiera frente a los reyes dragón más poderosos.
Así que… sí: Isa acababa de convertirse oficialmente en el segundo dragón más temido del continente Samael.
La primera seguía siendo su esposa.
León sacudió la cabeza para despejarse, ordenó las ideas, y finalmente alzó la vista para mirar a Isa directo a los ojos.
—Hermana… la verdad es que la relación entre Roswitha y yo… fue completamente un accidente.
—¿Ah?
—Lo que pasó fue que…
León no sabía cuánta fuerza mental necesitó ese día para contarle todo a la hermana mayor de Roswitha.
Durante esos minutos, el tiempo pareció congelado.
Podía oír con claridad los latidos de su corazón, el sudor cayendo por su sien, la tensión en sus dedos, la boca seca, las orejas rojas.
Y, por supuesto, la mirada de Isa.
No es que ella estuviera conteniendo la furia… no exactamente. Más bien…
Era raro.
Primero lo miró con sorpresa. Luego, mientras él seguía hablando, su expresión se fue relajando, hasta mostrar una especie de: “¿Así que era eso…?”
León no sabía si era su imaginación, pero sentía que Isa se lo había tomado… demasiado tranquila.
Cuando terminó, todo quedó en silencio.
Afuera, la calle seguía llena de bullicio, y los camareros iban y venían… pero ellos cuatro parecían desconectados del mundo.
El sol entraba por la ventana y hacía brillar el polvo suspendido en el aire, como una línea divisoria invisible entre ellos.
—Ting—ting—
Claudia golpeó suavemente su taza de café con la cucharita.
Ese sonido etéreo pareció ser el silbato que marcó el fin de la pausa.
—Hermana… —Roswitha habló—. Nunca quisimos ocultártelo tanto tiempo.
—Pasaron muchas cosas, no sabíamos si era el momento… pero ahora todo está resuelto. Así que ya no pensamos seguir ocultándolo. Hermana…
—¿Cómo pudieron… hacerme esto?
Isa habló con un tono triste, la voz temblorosa.
—Soy tu hermana mayor. ¿Por qué no me lo contaron?
—Perdón, hermana, nosotros…
—Dios mío… ¿por qué todos los Melkwei tienen que ser tan rebeldes?
—Mi cuñado resulta ser de otra especie, y yo, su hermana, soy la última en enterarme, cinco años después…
—¡Viendo bien… yo soy la extraña aquí!
La parejita quedó en shock.
—¿Hermana…?
Pero Isa no paraba su show melodramático.
—¡Oh, dragón divino! Si de verdad estás allá arriba… ¿por qué no me diste una señal antes?
—Ahora esta verdad me aplasta el pecho, me deja sin aliento… ¡ya ni puedo respirar de la angustia!
—Ejem… hermana, ¿nos estás escuchando?
—¡Claro que sí! ¿O crees que estaría tan enojada si no lo hubiera escuchado?
León se quedó helado.
—Emmm… perdón, pero no parece que estés tan enojada…
—¿Que no estoy enojada?
Isa miró a Claudia.
—Señora Claudia, ¿en serio no parezco enojada?
Claudia dio un sorbo elegante a su café, y dijo sin rodeos:
—Pareces una niña haciendo una pataleta.
—…
Un golpe de realidad.
Roswitha reaccionó al instante.
—Entonces… ¿hermana? ¿Tú ya sabías que León era humano?
Isa, al verse descubierta, hizo un mohín.
—No es que lo supiera exactamente… pero sí lo sospechaba.
—¿Desde cuándo? —preguntó León.
—Desde la invasión de Konstantin a su santuario de los plateados. Todos decían que fue tu esposo quien lo derrotó solo, y eso me hizo sospechar.
—Decían que era un descendiente de una tribu extinta, que luchó “por amor y justicia”, bla bla bla… Se lo tragaron todos, pero yo no me lo creí. Solo que no quise seguir preguntando.
—Después fue el ataque a mi templo, cuando Konstantin se convirtió en esa cosa cosida. Tu esposo usó una técnica de rayos…
Isa entrecerró los ojos y miró a León.
—La llamó “Chidori”. Y los que llaman así a esa técnica no son muchos. Y los dragones no están entre ellos.
—Así que hice una lista de razas que la llaman “Chidori”, y fui eliminando una a una…
—Y al final, solo me quedó una: los humanos.
—Pero cuando ya iba a investigar más, la abuela me detuvo.
Isa se encogió de hombros.
—Así que ahí quedó mi investigación del misterioso cuñado.
—Pero sí, tenía un 70% de certeza de que este hombre que le juró proteger a mi hermana y cumplió con su palabra… no era un dragón.
León reflexionó un momento y preguntó:
—¿Entonces su abuela también lo sabía?
—La abuela es muy lista. Si yo lo sospechaba, seguro que ella también se dio cuenta de algo.
—¿Y entonces por qué no nos dijo nada?
—El hecho de que ustedes hayan podido mantener su familia unida todo este tiempo… es porque ella lo permitió.
Isa se recostó sobre el respaldo de la silla.
—Siempre nos ha dicho que debemos dejar que los jóvenes construyan su propia era. Que tomen sus propias decisiones.
—Y por eso nunca se metió en las elecciones de sus nietas.
—Por último…
Isa se puso de pie. Tras tanto rato de cara seria, por fin dejó salir una sonrisa.
—La familia Melkwei ya aceptó su matrimonio. Así que… llévense esa bendición, y sigan caminando juntos, ¿sí?
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