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A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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27 ¿Tienes algún problema con los dragones?
Que Isa hubiese descubierto hacía tiempo la verdadera identidad de León ya era suficientemente sorprendente para la pareja…
Pero lo que no esperaban era que ¡la abuela Verónica también lo hubiera notado!
Roswitha, en realidad, aún tenía una gran preocupación:
Ella tenía mucha confianza con su hermana Isa. Una cercanía entre pares, de tú a tú. Así que pensaba que, incluso si Isa no aceptaba a León, aún podía convencerla.
Pero con la abuela era distinto.
Ella era una figura de autoridad, una anciana que aún podía estar influenciada por el pensamiento tradicional de los dragones. Si la abuela no aceptaba a León… entonces realmente no lo aceptaba. Nadie la haría cambiar de opinión.
Y al final resultó que…
¡Las otras dos personas más importantes de la familia Melkwei ya lo sabían!
Al darse cuenta de eso, Roswitha ni siquiera tuvo tiempo de admirar lo inteligentes que eran su hermana y su abuela. En cambio, entrecerró los ojos y lanzó una mirada llena de sospecha al hombre más poderoso en la historia de la caza de dragones:
—Ya te dije que te pusieras una cola falsa y no me hiciste caso. ¡Ahora mira! Mi hermana se dio cuenta de todo.
¿Pero qué pasa con esta madre dragona y su obsesión por las colas?, pensó León, que ya se lo tenía bien tragado.
—¡Pero si no fue por eso que me descubrieron! Ella misma dijo que fue por el nombre del hechizo “Chidori”.
Y, la verdad, haber sido descubierto solo por llamar así a un hechizo que había ocultado durante tantos años… sí que le dolía un poco.
Por más que su disfraz fuera perfecto, ciertos hábitos adquiridos desde pequeño terminaban saliendo sin querer.
Desde que empezó a aprender magia, hasta graduarse de la academia de cazadores de dragones, nadie le había llamado a ese hechizo de rayo en la palma como “Rayo Estocada”.
—Cuando le enseñabas magia a Noa, ¿no cambiaste el nombre a “Rayo Estocada” para que no sospechara?
—¡Sí, lo cambié! Pero fue de forma forzada. Aquella vez, durante el ataque nocturno de Konstantin, estaba tan tenso que se me escapó. Además…
—¿Además?
—¡Además, “Rayo Estocada” es un nombre tan poco original que solo a ustedes los dragones se les ocurriría!
Roswitha: ?_?
Isa: ?_?
Claudia: ?_?
—¿Así que ya no te vas a callar, eh, cuñado? ¡Nuestro estilo de nombrar es directo y claro! ¿Ahora resulta que no tiene gracia?
—¡Si tanto te molesta cómo nombramos las cosas, entonces podrías devolverme la “Puerta de los Nueve Infiernos”, ¿no?
—Y tené en cuenta que estás frente a dos líderes dragón y una futura líder, así que si tenés críticas o malas opiniones sobre los dragones, mejor soltálas cuando estemos en casa, a solas conmigo.
León: …
Todo el mundo ya había aceptado su identidad como humano…
¿Entonces por qué lo seguían torturando?
Isa estaba a punto de seguir burlándose de su cuñado, cuando de pronto pareció acordarse de algo. Se giró hacia la bella mujer de cabello azul a su lado.
—Señora Claudia, por lo que dijo… da la impresión de que usted sabía lo de mi cuñado desde antes que yo, ¿no?
Claudia bajó un poco sus pestañas azules, con una leve sonrisa en los labios.
No respondió.
Pero su reacción ya era una respuesta en sí misma.
—¿Y cómo lo supo, entonces?
—Cómo lo supe… eso te lo contaré otro día.
Claudia dijo:
—Hoy ya tuviste bastante que digerir. Y lo que yo sé sobre el origen humano de tu cuñado… es aún más escandaloso. No quiero asustarte. Mejor hablamos otro día.
—¿¡Hay algo aún más escandaloso!?
—Claro —asintió Claudia.
Isa se giró hacia su hermana y su cuñado.
—¿De qué se trata? ¿De qué están hablando?
Ambos se taparon la cara al mismo tiempo.
—Ehh… cosas del océano…
¿Cosas del océano?
Isa era lista, y entendió al instante que el asunto tenía que ver con la raza marina de Claudia. Pero como la princesa del mar no quiso decir más, decidió no insistir.
Los cuatro charlaron un poco más, poniéndose al día con cosas de los últimos años.
Y, como era inevitable, acabaron tocando el tema del Imperio, responsable de haber llevado a León a esa situación límite en el pasado.
—Hablando del Imperio… escuché que hace poco hubo un gran revuelo interno. ¿Una especie de… golpe de estado?
Isa apoyó su linda barbilla en una mano, y sonrió mientras miraba a su hermana:
—Justo esos días yo le mandé un mensaje al Santuario de los plateados, y me respondieron que tanto tú como tu príncipe estaban patrullando lejos. Que no volverían por al menos una semana…
—Justamente durante el cambio de régimen del Imperio, ustedes desaparecieron.
—No es que quiera pensar mal, ¿eh? Pero… ¿no será que ustedes dos fueron quienes voltearon el Imperio?
Roswitha bajó la cabeza sin decir nada.
En cambio, el general León sacó pecho con orgullo:
—¡Así es! ¡Fui yo!
Estaba tan emocionado por presumir sus logros que incluso Claudia no pudo evitar reírse.
—No se ría, señora. ¡Usted también estuvo ahí!
Claudia se encogió de hombros.
—Sí, estuve. Fue divertido.
Isa alzó una ceja.
—¿La señora Claudia también fue con ustedes?
—Ajá.
—¿Y con solo ustedes tres arrasaron el Imperio?
—Eh… no fuimos solo nosotros. También estaba el grupo llamado “Hermandad del León”. Son seguidores míos que se organizaron…
—¿Y…?
La pelirroja ladeó la cabeza.
León se rascó la frente, dudó unos segundos, y terminó soltando con vergüenza:
—Y… Konstantin…
Isa soltó una bocanada de aire y se desmayó hacia atrás.
De no ser porque Claudia la sostuvo a tiempo, ¡la Reina Roja de verdad se habría desmayado del coraje!
Después de recomponerse un poco, Isa se quejó medio en broma:
—¡Llevaste hasta a Konstantin y no me llevaste a mí! ¡Esta relación no tiene futuro! ¡Ros, este hombre no sirve! ¡Cuando lleguen a casa, pide el divorcio!
—¡Eh, no es eso, hermana!
León se apresuró a explicarse:
—¡Es que en ese momento no sabíamos que ya te habías dado cuenta de mi identidad! ¡Por eso no nos animamos a llamarte!
Isa le lanzó una mirada coqueta y bufó:
—Excusas…
¡Definitivamente eran hermanas! ¡Incluso ponían los ojos en blanco igual!
¡Una tsundere calcada!
—Pero entonces… si Konstantin los atacó a ustedes y también al Santuario Rojo, ¿cómo fue que luego les ayudó a destruir el Imperio? —preguntó Isa.
—Ah, bueno, eso fue así…
León explicó de forma breve su primer enfrentamiento con Konstantin y cómo terminaron colaborando para resolver el problema imperial.
Isa se quedó pensativa.
—¿Convertir al enemigo en aliado? Nada mal.
León parpadeó, luego negó con la cabeza.
—En realidad… no es que ahora seamos amigos. Solo coincidimos en un objetivo común. En el fondo, Konstantin todavía quiere darme una paliza.
Y solo de pensar en que aún le debía al viejo dragón una sala entera de magia primordial, León ya sentía que se le agotaban las energías.
¿Cómo estará su memoria a esta edad?
Si tiene mala memoria y nadie le recuerda nada, tal vez se le olvide solito…
—Ya veo.
—Sí.
Isa dio un pequeño sorbo al café, reflexionando.
—Dado que esta guerra entre humanos y dragones fue promovida en las sombras por el Imperio y ciertos Reyes Dragón, que ustedes hayan derrocado al Imperio quiere decir que… la guerra está llegando a su fin.
—Pero cómo se va a cerrar este conflicto… y quién lo va a cerrar… son preguntas difíciles.
Una guerra tan larga, de más de cien años, no termina solo porque cambia el gobierno de una parte.
Faltaban muchos, muchísimos cabos por atar.
Y entre todo, las preguntas de Isa —cómo se termina y quién lo hace— eran las más importantes.
—De momento, la parte humana es más fácil —comentó Roswitha—. Lo que piense León representa el rumbo que tomará el nuevo Imperio.
—Pero para cerrar del lado de los dragones… se necesita a alguien con verdadero peso dentro de su raza.
—Y a diferencia del Imperio —agregó Claudia—, los dragones cayeron en caos justo después de que el Rey Dragón Primordial se sellara a sí mismo.
—Aunque en el último siglo bajó mucho la intensidad de las guerras internas, por la amenaza exterior…
—…aún no ha nacido nadie capaz de unificar a los dragones como lo hizo el Rey Primordial.
Mientras todos pensaban en silencio, León de pronto sintió que alguien lo estaba observando.
Un cazador de dragones podía detectar la mirada de un dragón con mucha facilidad.
Disimuladamente, escaneó el entorno.
Y finalmente, al mirar por la ventana… vio a alguien de pie del otro lado de la calle.
—¿Qué pasa? —preguntó Roswitha, y también miró hacia donde él estaba mirando.
Isa y Claudia lo imitaron.
Y enseguida reconocieron a la figura.
—Es aquel sirviente que vimos en la Torre del Crepúsculo.
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