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A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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36 ¡Siempre quise hacer esto contigo!
Noa seguía concentrada, refinando su poder primordial. Solo cuando bajó un poco la guardia se dio cuenta de que ya era medianoche.
El aire se había vuelto más frío. Cruzó los brazos para frotarse los antebrazos, luego alzó la mirada hacia el cielo.
Una luna llena colgaba del firmamento, deslumbrante.
Noa parpadeó, como si algo le hubiera venido a la mente.
—Oye… ¿te acuerdas de lo que hablamos hace un tiempo? Sobre nacer de un capullo o nacer del vientre.
La ancestral respondió con calma desde su conciencia:
—Me acuerdo. Incluso recuerdo que dijiste que, si pudieras elegir, seguirías prefiriendo nacer del vientre. Que para ti, la fuerza innata no era tan importante como la sensación de hacerte fuerte poco a poco.
Noa asintió.
—Después de eso, también te hice la misma pregunta.
—Ajá.
—Pero tu respuesta me dejó muy confundida —dijo Noa—. Dijiste… que tu nacimiento fue un error. En ese momento no entendí qué querías decir, y justo cuando iba a preguntarte más, me interrumpiste y me mandaste a buscar el colgante de mamá. Así que… ¿ahora sí podrías explicarme bien por qué dijiste eso?
Sobre la historia de esta legendaria Reina Dragón, Noa solo había podido encontrar algunos registros dispersos en libros antiguos.
Pero la ancestral… era una heroína para todo el pueblo dragón. En cualquier crónica, la retrataban como una salvadora, una existencia perfecta.
Es decir, todas las descripciones que había sobre ella eran demasiado idealizadas.
Los dragones cantaban sobre sus hazañas, pero muy pocos se habían detenido a pensar qué clase de historia personal podía haber detrás de aquella gloria.
Ante la pregunta de Noa, la ancestral guardó silencio.
Miraba a la pequeña frente a ella, mientras los recuerdos de hace miles de años se entrelazaban con todo lo que había vivido con Noa últimamente.
Por un momento, le costó distinguir si estaba viviendo el presente… o recordando el pasado.
Y siguió sin hablar.
Hasta que Noa se acercó y se paró justo frente a sus enormes ojos de dragón.
Esos ojos, blancos y verticales, reflejaban claramente la figura de Noa, como si fueran espejos.
—Puedo sentir que ese debe de ser un pasado difícil de contar. Así que no te voy a obligar a decírmelo.
—Pero de verdad… quiero conocerte más, Noah.
Normalmente, Noa no mostraba interés por las historias de nadie. Tampoco solía hacer tantas preguntas.
Pero esta dragona frente a ella era especial.
Venía de un pasado lejano. Había dormido durante miles de años. Y había despertado dentro de su conciencia.
Después de meses conviviendo juntas, poco a poco se habían vuelto cercanas.
La ancestral respetaba el carácter y la determinación de Noa.
Y Noa, a su vez, sentía una genuina curiosidad por aquella misteriosa heroína del pueblo dragón.
En ese canal dorado, entre reflejos y silencio, comenzó una conversación que cruzaba milenios.
La dragona cerró lentamente los ojos, y luego se puso de pie.
Su enorme figura contrastaba con el pequeño cuerpo de Noa.
La niña alzó la cabeza para mirarla.
—¿Vas a echarme?
Siempre que la ancestral no quería seguir hablando, usaba sus alas para sacarla del espacio de conciencia.
Después de que le pasó un par de veces, Noa empezó a sospechar:
Oye, este es mi espacio mental. ¿Cómo puede echarme ella?
Y la ancestral respondía: Heh~ ¡Pues puedo! ¿Y qué?
Con el tiempo, Noa simplemente lo aceptó.
Así que ahora, al verla levantarse, asumió que no quería contestar. Que la iba a echar otra vez.
Pensando eso, Noa se dio la vuelta en silencio y saludó con la mano:
—Ya te dije que no te iba a obligar. No hace falta que me saques. Me voy sola.
Ploc… ploc…
Sus pequeños zapatos chapoteaban sobre la superficie del agua mientras se dirigía al borde del canal.
Pero no había avanzado ni unos pasos, cuando sintió una leve vibración de energía detrás de ella.
Miró hacia abajo. El agua a sus pies temblaba, sin previo aviso, y las ondas se extendían desde su espalda.
Se giró rápidamente.
La gran dragona blanca había cerrado sus alas en torno a sí, y una luz mágica se filtraba por las rendijas.
Instantes después, esa luz se dispersó.
Y en su lugar, de pie sobre el agua, apareció una figura femenina esbelta y elegante.
Noa abrió los ojos con sorpresa. Por un momento no pudo decir palabra.
Era una mujer alta, de largo cabello blanco que le caía hasta la cintura.
Vestía una falda blanca asimétrica, que dejaba ver sus hermosas piernas envueltas en botas largas. Entre el borde de la falda y la parte alta de las botas quedaba una franja de piel blanca y perfecta, ese famoso “territorio absoluto”.
Sus ojos, fríos y serenos, apenas entrecerrados. En su oreja derecha, colgaba un pendiente en forma de estrella, que centelleaba con luz cristalina.
Allí estaba, de pie, y cada detalle de su figura se podía describir con una sola palabra: perfección.
Parecía una obra de arte viviente.
—¿No… Noah…?
Le costó unos segundos reaccionar. Esta era la forma humana de la ancestral.
La mujer dio un paso hacia Noa.
Pero no tenía el aura de opresión típica de los Reyes Dragón. Al contrario: irradiaba una santidad imponente, como si fuera una diosa, lo que hacía que uno quisiera seguirla.
Cada paso que daba era tan elegante como majestuoso. Y su larga cola blanca se deslizaba detrás de ella. Era un tipo de cola distinto al de los dragones modernos: más suave, más brillante, más larga.
Noa no podía apartar la mirada. La presencia de esta mujer era hipnótica.
Cuando se detuvo frente a ella, por fin pudo reaccionar.
—P-pequeña —dijo la mujer.
—¿Eh? ¡Ah! Lo siento…
La voz humana de Noah era distinta a la de su forma dragón, como era de esperarse.
Pero no era fría como Noa imaginaba.
Era suave. Cálida. Como una brisa de primavera.
La mujer apoyó una mano en la cintura, y con la otra le acarició la cabeza. Cerró los ojos y suspiró con satisfacción.
Noa se quedó quieta, levantó la cabeza y le miró el rostro.
—¿Qué haces?
—Siempre quise hacer esto. Tu cabecita se siente tan agradable al tacto.
—……
Bueno… aunque tenga forma humana, sigue siendo la misma vieja loca.
—¿Así que no lo hacías antes porque temías reventarme la cabeza de un zarpazo?
—Exacto. Qué lista eres.
—Gracias por preocuparte, de verdad.
Noa se sacudió y evitó que siguiera tocándole la cabeza.
—¿Y por qué hasta ahora me muestras tu forma humana?
—Porque antes no teníamos suficiente energía primordial para que yo pudiera transformarme. Pero ahora, con el cristal nocturno, podemos acumular más rápido. Así que ya tengo la magia suficiente.
—Ahhh, con razón.
—Y por cierto… además de tocarte la cabeza, hay otra cosa que también siempre quise hacer.
—¿Qué cosa…? ¡Oye! ¡¿Qué haces?! ¡No me abraces! ¡Suéltame!
Antes de que pudiera reaccionar, la ancestral la abrazó de golpe.
Un abrazo fuerte, tipo oso.
Su aliento era cálido, su cuerpo suave y fragante, y rozaba las mejillas de Noa.
Aunque no estaba usando demasiada fuerza, Noa aún no se sentía del todo cómoda con ese tipo de contacto físico tan directo —especialmente si no era de su familia.
Así que empezó a mover las piernas y sacudir la cola, en modo protesta.
—T-tú… ¡vieja loca! ¡Te comportas igual que la tía Isa!
Intentó empujar su cara blanca y pegajosa que estaba toda sobre la suya, pero esta dragona descarada se le había pegado como una lapa.
Tras unos intentos fallidos de escape, Noa se rindió.
La dejó que la abrazara, la acariciara, la oliera y se le pegara todo lo que quisiera.
—Maldita sea… ¿por qué todos los adultos son tan infantiles?
…volvió a preguntarse una vez más.
—Ahhh~ tan suavecita, tan rica~ ¿Este es el cuerpo de una dragona bebé moderna? Me encanta. Y pensar que un día… este cuerpo será mío, me hace aún más feliz.
—…¡Te dije que no digas esas cosas raras! ¡Suenas como una tía pervertida!
La ancestral, satisfecha, la soltó al fin.
Noa se arregló la ropa y la miró de nuevo:
—Entonces… ahora que adoptaste forma humana, ¿sí me vas a contar tu pasado?
La tía pervertida asintió.
Miró hacia abajo, a la niña frente a ella, y su expresión se tornó seria:
—Mi historia comienza… con la diosa dragón: Tiamat.