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A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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43 – Tienes la agenda bastante apretada
La verdad… en ese momento, León no terminaba de creer lo que acababa de escuchar.
Que Konstantin tuviera una hija ya era bastante sorprendente…
Y que esa hija hubiese sido herida por Adán hace más de treinta años, obligando a Konstantin a encerrarla en un cristal mágico para mantenerla con vida… eso ya era otro nivel.
Y lo más inesperado: Konstantin aceptó colaborar con el Imperio precisamente porque se enteró de que Adán también formaba parte del grupo de Reyes Dragón aliados con ellos.
Lo hizo todo para encontrarlo y vengarse por su hija.
Pero durante todo este tiempo —desde que fueron enemigos, hasta convertirse en “aliados”—, Konstantin nunca mencionó ni una sola palabra al respecto.
Por eso León siempre pensó que este tipo era, literalmente, lo que aparentaba: un maniático de las peleas que solo quería “pelear a gusto”.
Pero la realidad era otra…
El verdadero motivo por el que luchaba Konstantin, contrastaba por completo con su carácter de viejo gruñón impulsivo.
¿Quién lo diría?
Ese mismo Rey Dragón que arrasó tantas batallas y derrotó a miles de enemigos… resultó ser un padre lleno de culpa y odio.
—En ese entonces, Hefy era tan pequeña… Adán pudo haberla aplastado con solo cerrar un poco la mano.
El tono de Konstantin sonaba dolido, casi resignado. Como si volviera a ver esa escena una y otra vez, sin poder hacer nada por cambiarla.
—Si en ese momento yo hubiera dudado siquiera un segundo… tal vez no habría podido salvarla.
—Pero al final, Adán igual consiguió herirla gravemente. No me quedó otra que sellarla en este cristal para que su vida se mantuviera estable.
—Pero el cristal no durará para siempre. A lo mucho… unos treinta y cinco años.
Treinta y cinco…
León recordó que, en la línea de tiempo futura, Roswitha también fue sellada en un cristal durante veinte años. Como aún quedaba tiempo, sus hijas pudieron concentrarse en buscar una forma de revertir su estado.
—Treinta y cinco años puede parecer un parpadeo para cualquier dragón…
Konstantin levantó la mano y apoyó la palma sobre el cristal. A través de esa superficie helada, intentaba percibir los débiles latidos del corazón de su hija.
—Pero yo… solo deseo que esos treinta y cinco años pasen lo más lento posible… tan lento como se pueda… hasta que encuentre la forma de salvarla.
Si el conflicto entre Konstantin y Adán hubiese sido por otro motivo, León probablemente no habría sentido tanta empatía.
Pero si se trataba de su hija… entonces sí. Ahí sí lo entendía perfectamente.
Se puso serio, pensó unos segundos, y preguntó:
—¿Y la magia primordial no sirve?
Al fin y al cabo, era un poder heredado por los ancestros del linaje dragón. Debería poder curar a una niña, ¿no?
Pero Konstantin negó con la cabeza.
—Cuando regresé de la región del extremo norte, lo primero que intenté fue usar la magia primordial para despertarla. Pero no funcionó.
—Según los mejores alquimistas de la tribu, lo único que podría salvarla es una hierba llamada Flor de Loto Espectral.
—Pero esa planta está prácticamente extinta en todo el continente Samael. He recorrido casi todos los rincones durante treinta años y no he encontrado ni una sola.
¿Flor de Loto Espectral…?
Ese nombre… a León le sonaba vagamente conocido.
No.
No era solo que “le sonara”. Era más como una impresión borrosa. Algo que había escuchado una sola vez, en algún momento, en algún lugar… pero no recordaba exactamente dónde, ni de quién.
Pero estaba seguro de que sí lo había oído antes.
—Al cristal le quedan menos de dos años antes de que pierda su efecto. Sea como sea, en ese tiempo tengo que encontrar la forma de salvar a Hefy.
—Y si tengo la suerte de toparme con Adán ese desgraciado… le cortaré la cabeza y la haré picadillo.
Por la determinación y la rabia que se le notaba en la voz, León no dudaba ni por un segundo que Konstantin cumpliera su palabra.
De alguna forma, ahora compartían un nuevo objetivo en común.
Antes los unía el deseo de aplastar al Imperio.
Ahora, los dos buscaban a Adán.
Y lo más gracioso era que León en ambas ocasiones solo quería aclarar alguna verdad, mientras que Konstantin lo hacía por venganza personal.
Eran literalmente una dupla al estilo “No-piensa y No-sonríe” versión dragón y humano.
Konstantin volvió a calmarse un poco, recuperó el tono serio de siempre y dijo:
—Vamos arriba.
—Ajá.
Ambos salieron del sótano y volvieron al salón principal del santuario.
—Si consigues algún rastro de Adán, avísame de inmediato —pidió Konstantin.
—Tranquilo, pero antes de que lo conviertas en carne molida, necesito hacerle unas cuantas preguntas.
Konstantin asintió.
León soltó el aire en silencio.
No había conseguido pistas concretas de Adán, pero al menos se llevó una revelación inesperada del pasado de Konstantin.
Y eso reforzaba todavía más la imagen que tenía de él:
Parece un loco peligroso, pero en realidad es un tipo con principios. Alguien en quien sí se puede confiar.
Digo, si es un papá sobreprotector, ¿qué tan malo puede ser?
Solo quiere despedazar al tipo que hirió a su hija. ¿Dónde está lo malo?
Mientras León pensaba en eso, Konstantin ya había retomado su lugar en el trono.
Y justo cuando León volvía a la realidad, escuchó al viejo decir:
—Ah, por cierto. Me debes una sala llena de manuscritos de magia primordial, ¿cuándo vas a traerlos?
…
Silencio incómodo.
Una bandada de cuervos imaginarios voló sobre la cabeza de León mientras una gota ficticia le resbalaba por la sien.
Maldición. Salió tan apresurado pensando en Adán, que se le olvidó por completo esa promesa.
Se rascó la cabeza con una sonrisa tensa.
—Eh… ya sabes, ordenar todos esos manuscritos lleva tiempo. Hay que revisar, autenticar…
Konstantin lo miró raro.
—¿Autenticar? Son textos antiguos. ¿Qué vas a autenticar?
—Eh, bueno… los antiguos también cometen errores de caligrafía, ¿no? Últimamente mi esposa y yo estamos corrigiendo erratas y eso. Apenas terminemos, te los traigo.
Ni él mismo se creía esa excusa.
Así que, por dentro, rezaba para que Konstantin se la tragara.
Pero esta vez, el viejo no se tragó nada.
Se apoyó en el reposabrazos del trono, sosteniéndose el rostro con una mano. Esos ojos rojos de dragón lo escrutaban con juicio.
Tras un momento de silencio, soltó:
—En realidad nunca tuviste una sala llena de manuscritos, ¿verdad?
—¿Qué? ¡Claro que sí!
—No. No la tienes. Lo sé.
León suspiró. Su gran mentira había sido descubierta.
—Vale… lo admito. No la tengo.
—Ajá.
Konstantin resopló. Al parecer, ya se lo esperaba.
No lo regañó. Solo se veía un poco decepcionado.
Y León se sintió algo culpable.
Konstantin lo había ayudado bastante, incluso si él también tenía sus razones. Pero él, en vez de agradecerle bien, le vendió una promesa falsa.
Una cosa era bromear, pero tampoco quería que pensara que era un bocón mentiroso.
No si querían seguir colaborando a futuro.
—Una sala entera era una exageración, lo admito. Pero puedo conseguirte uno o dos volúmenes auténticos.
—¿Eso no es otra mentira?
—…Haré lo posible. Y si no los consigo, me encargaré de recompensarte por la ayuda de otra forma.
Espero que Claudia tenga algún manuscrito guardado por ahí, pensó León.
—Bien. Entonces estaré esperando buenas noticias, Kazmod.
León parpadeó, y luego cambió de tema:
—Por cierto, cuando venía hacia acá noté que las fuerzas de vigilancia de los otros clanes dragón se redujeron bastante. ¿Sabías?
Konstantin asintió.
—Fue justo después de que se declaró oficialmente el fin de la guerra entre humanos y dragones. Poco a poco fueron retirando tropas. Ahora solo quedan un par de escuadrones.
—Parece que ese tal Arlés se convenció de que no conseguiría tu magia primordial, y no quiso seguir desperdiciando recursos.
—Y los demás Reyes Dragón, que también querían meter las manos, al ver que Arlés se retiró… tampoco quisieron quedarse perdiendo el tiempo.
—Las alianzas entre dragones pueden ser muy complicadas… o muy simples: todo depende del interés.
Konstantin lo resumió así:
—Arlés siempre codició mi poder. Por suerte, tú supiste ver que ese tipo no era de fiar. Por eso, durante la cumbre de Reyes Dragón, solo aprobaron vigilar mis tierras, no atacarlas.
—La guerra con los humanos terminó, pero los conflictos internos siguen. Apostaría a que Arlés ahora quiere enfocarse en manipular a los demás clanes.
—A mí ya no me va a molestar. Total, no pienso entregar ese poder jamás.
León sonrió y le preguntó:
—¿Y de verdad crees poder controlarlo por completo?
—Cuando llegue el día en que tú y yo luchemos, lo sabrás.
Konstantin hizo una pausa, y preguntó:
—Por cierto… sobre ese duelo nuestro. ¿Tienes ya una fecha libre?
—Nah, en estos días no. Y antes que tú, hay otra persona que también quiere pelear conmigo.
—¿Y tú tienes la agenda tan llena, chico humano?
Konstantin resopló. —¿Quién es?
—Odín. El Rey Dragón del Trueno.
León se encogió de hombros.
—No sé por qué, pero insiste en que quiere pelear conmigo. Al principio no quería aceptar… pero me ayudó bastante durante la cumbre, así que no pude decir que no.
Konstantin murmuró pensativo:
—Ese viejo siempre ha sido raro. Que haga eso no me sorprende.
—Ajá.
León se metió las manos a los bolsillos.
—Bueno, si no hay nada más, me retiro.
—Ni hace falta que lo digas. Ya casi haces de este santuario tu segunda casa.
—¡Hey! ¿Cómo vas a decir eso? Yo siempre vengo con educación. ¿Qué? ¿Quieres que toque la puerta la próxima vez?
Y al decir “tocar”, se refería a que los guardias rojos de la entrada terminarían derribando la puerta.
Konstantin cerró los ojos con cara de “no quiero hablar más con este tipo”.
León lo entendió y no se quedó molestando. Se giró y se fue del santuario.
Atravesó el bosque y volvió al campamento de vigilancia de los dragones plateados.
—Shirley.
—Aquí, Alteza.
—Manda a alguien que me acompañe a territorio de los dragones marinos. Y avisa a Su Majestad que tal vez me retrase un día en volver.