44
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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44 – Cuídate, maestro
Si había un humano con mejor relación entre los dragones, ese sin duda era el general León.
Con los dragones plateados ni se diga: su esposa y sus hijas vivían ahí, era básicamente su casa.
En el clan de los dragones escarlata, entraba y salía como quería. Incluso el viejo Konstantin no podía hacerle nada.
Y con los dragones marinos… gracias a su relación con su maestro y su esposa, Claudia también le había dado vía libre.
La última vez que visitó al clan marino, Claudia le había dicho que podía venir a ver a su maestro y su maestra cuando quisiera, que no hacía falta andar con tantos rodeos como antes.
Claro, eso era lo que se decía en privado.
De forma oficial, se consideraba una “alianza formal” entre los clanes marino y plateado.
Otro gran logro del embajador León Kazmod en pro de la unidad humano-dragón.
Durante todo el viaje, León iba pensando cómo convencer a Claudia de que le diera más manuscritos de magia primordial. Unas horas más tarde, llegó a la frontera del territorio marino.
Como siempre, lo primero que vio fue esa pequeña isla donde podía hacer escala. Apenas esperó un momento, cuando un dragón marino azul emergió del agua.
Era un “guardia de seguridad” del clan marino.
—Bienvenido a Atlantis, Alteza —saludó el dragón.
El mar donde vivían los dragones marinos se llamaba Atlantis, uno de los pocos territorios con nombre propio dentro del mundo dragón.
—Gracias. Vengo a ver a la princesa Claudia.
—Perfecto. Por aquí, por favor.
Para llegar al santuario submarino de Atlantis, era obligatorio ir acompañado por un dragón marino. De lo contrario, cualquier criatura sería aplastada al instante por la presión abismal del océano.
—Espérame aquí, no tardaré mucho —le dijo León a su guardaespaldas del clan plateado.
—Sí, Alteza —respondió este con un gesto firme.
Y sin más, León se sumergió junto al guía.
No era su primer viaje al fondo del mar, así que ya estaba acostumbrado a esa sensación de falta de aire. Bastó con un pequeño ajuste y pronto se adaptó.
Veinte minutos después, llegaron a la entrada del santuario submarino.
—Ya avisé a los sirvientes del interior por medio de un mensajero acuático. En breve vendrán por usted.
—Gracias, buen trabajo.
—No es nada. Está en su casa, Alteza.
El guardia marino se inclinó con respeto y luego se retiró.
En tierra firme, los dragones usaban mensajeros dragón para enviar recados. En el mar, usaban una criatura llamada “mensajero acuático”.
Parece que en cualquier lugar del mundo, el negocio del delivery siempre es rentable.
Al poco rato, las enormes puertas del santuario se abrieron. Una sirvienta marina salió a recibirlo y lo guio al interior.
Ya dentro, León levantó la vista. Sentada en el trono, Claudia revisaba una montaña de documentos.
Tan concentrada que por un momento le recordó a Roswitha.
—Perdón por interrumpir, maestra —dijo León.
Claudia dejó los papeles a un lado, suspiró con alivio, se acomodó el cabello y alzó la mirada hacia él.
—¿Vienes a ver a tu maestro y tu maestra?
León asintió, pero luego agregó:
—En realidad… también quería pedirle un favor, maestra.
Claudia alzó una ceja y soltó una risita:
—Ya sabía yo que no ibas a venir solo por cortesía.
Dicho eso, se levantó despacio, alisó su vestido y bajó del estrado para ponerse frente a León.
—Lo que sea que necesites, me lo dices luego. Primero, vamos a verlos.
—De acuerdo.
Ambos salieron del santuario rumbo a la zona de descanso.
Frente a la habitación del maestro y la maestra, León abrió la puerta.
Justo iba a saludar, con la boca medio abierta…
Pero se quedó congelado con lo que vio.
Su maestro estaba sin camisa, recostado en el suelo. A pesar de su edad, los músculos seguían marcados.
Encima de él, su maestra Charlotte estaba sentada de lado sobre su espalda, con cara de preocupación.
El viejo realmente no perdía la chispa. A pesar de haberse recuperado recién del borde de la muerte, ahí estaba… haciendo flexiones con su esposa encima.
Y si León no recordaba mal, los huesos de los dragones eran mucho más densos que los de los humanos.
Así que, aunque su maestra aparentara pesar menos de cien kilos, en realidad podía estar cerca de los ciento cincuenta… o más.
¡Plaf! ¡Plaf!
Gotas de sudor caían al piso desde la barbilla de su maestro.
—Doscientos… treinta… y uno…
—Doscientos treinta… y dos…
Cuando estaba por llegar a doscientos treinta y tres, apareció un par de zapatos delante de su vista.
León se agachó:
—¿Entrenando, maestro?
—¡León, dile algo a tu maestro! —dijo Charlotte preocupada—. Se le metió en la cabeza que quiere hacer rehabilitación, y me hizo ayudarle.
—Ay, maestra… usted ya sabe cómo es este viejo terco. Si dijo que iba a hacer cierto número de flexiones, no va a parar hasta cumplirlo.
—Van doscientos treinta y dos ya, maestro. ¿Cuántas se puso de meta esta vez?
—Cin… quinientas… —respondió Charlotte por él.
—¡Entonces será mejor que pares ya, viejo! —dijo León rápidamente.
Quinientas flexiones con peso era demasiado para su estado actual.
Ayudó a su maestro a levantarse y lo sentó en la cama.
Este jadeaba y sudaba a mares.
Charlotte le pasó una toalla. Él la tomó y se secó la frente.
—¿Y a qué viene la visita de repente, muchacho?
—Si no venía, capaz ya tenía la espalda rota. Los dragones tienen escamas que protegen el pecho, pero no el lumbago, ¿verdad?
El viejo lo miró de reojo.
—Mira que eres pesado. Anda, dime qué querías.
Mientras los dos charlaban, Charlotte sirvió un par de tazas de té y luego se fue con su hermana Claudia a una esquina para hablar entre ellas.
—Verás, maestro… la guerra entre humanos y dragones ya se dio por terminada, pero hay un Rey Dragón que colaboró con el Imperio y del que aún no sabemos nada…
León le explicó todo sobre Adán y su posible identidad como “Sombra”.
Uno de los motivos por los que había venido a visitar al clan marino no era solo para buscar manuscritos para Konstantin.
También quería preguntarle a su maestro si sabía algo de Sombra.
Después de todo, su maestro y Rebecca estuvieron infiltrados en el Imperio bastante tiempo. Aunque se comunicaban con León cada tres meses, seguro había detalles que se les pasaron por alto.
Por eso decidió probar suerte.
—Hmm… o sea, ese tal “Sombra” podría ser el verdadero titiritero detrás del Imperio…
El viejo frunció el ceño.
—Pero en mis investigaciones nunca escuché ese nombre.
León se rascó la cabeza, frustrado.
—Y si es el tipo al que la Reina Elizabeth acudió cuando ya no tenía salida, tiene que estar muy ligado al Imperio… pero parece que ni existe.
El maestro seguía pensativo.
Hasta que, de pronto, dio una palmada.
—¡Oye! ¿Recuerdas lo que te dije de que después de que Cant asumió el trono, el estilo de gobierno del Imperio no cambió casi nada?
—Claro que me acuerdo.
Lo habían comentado en un intercambio de información.
Normalmente, cuando cambia un rey, también cambian sutilmente las políticas, para marcar diferencia con el anterior y consolidar poder.
Pero en los treinta años de Cant como rey, todo seguía igual.
Y cuando murió el rey anterior, y varios ministros con él, ningún medio publicó fotos de los cadáveres. Algo que sí se había hecho con los reyes anteriores.
En su momento lo mencionaron de paso, pero no lo investigaron más.
Ahora, con este nuevo enemigo oculto saliendo poco a poco a la luz, su maestro volvió a recordar ese detalle clave.
—Y si me permites hacer una suposición arriesgada… ¿qué tal si el que mueve los hilos de Cant es el antiguo rey?
—¿Y si ese rey en realidad nunca murió, sino que se ocultó, adoptó el nombre de “Sombra” y siguió gobernando desde las sombras?
Esa frase hizo que a León se le encendieran las alarmas.
—Tiene sentido… pero hay algo que no cuadra: si Sombra es el antiguo rey, ¿cómo sigue vivo?
—Cuando se supone que murió, ya tenía más de setenta años. Si sigue vivo hoy… ¡ya debe tener más de cien!
—¿Alguien con más de cien años de edad puede armar un juego político tan grande?
Su maestro también había considerado esa pregunta.
—Supongo que usó algún tipo de magia o truco especial para alargar su vida.
—Pero esos métodos están prohibidos. Y muchas veces, en lugar de alargarla, terminan matándote antes de tiempo.
A diferencia de los cristales, que solo congelan el cuerpo aún con vida —sin moverlo ni permitirle hablar—, la magia de alargamiento forzoso de vida era un riesgo brutal.
Podías morir antes de lo previsto.
—En fin, al menos es una línea de investigación nueva. Puedes ir revisándola —le recomendó el maestro.
—Lo haré.
En una situación como esta, León no pensaba dejar pasar ninguna pista.
Charlaron un rato más, y luego León se puso de pie.
Charlotte se acercó con una sonrisa amable.
—¿Cómo has estado últimamente, León?
—Bien, maestra —respondió él, sonriendo también.
—Me alegra. Si tienes tiempo… trae a tu esposa. Las dos veces anteriores se fueron tan deprisa, que no pude hablar bien con ella.
Entendido: la suegra quiere conocer mejor a su nuera.
Totalmente comprensible.
—Claro que sí, maestra. La próxima vez vendremos los dos a visitarlos.
—Eso espero.
—Bueno, la hora familiar se ha terminado —intervino Claudia con una sonrisa, apoyada en el marco de la puerta con los brazos cruzados.
—¿Ahora sí me vas a decir cuál es el favor que viniste a pedirme?
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