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A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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49 – El amor viene con los hijos
La aparición de Konstantin en el Instituto Saintheiss, por supuesto, causó un gran revuelo.
Primero, porque este viejo dragón no era cualquier don nadie: era un Rey Dragón legendario, mencionado en libros infantiles de divulgación y textos de historia. Aunque ya había “muerto y revivido” dos veces, su prestigio seguía intacto.
Segundo, porque antes de atacar al Clan Plateado, Konstantin se la pasó organizando guerras relámpago por todas partes. Los demás dragones le tenían respeto… pero también le sacaban la vuelta.
Eso sí, no se le podía acusar de ser un “guerrero de guerras internas”, porque entre dragones, luchar, usurpar y absorber clanes ajenos era de lo más normal.
Aun así, su presencia en el campus generó un montón de susurros.
—Oí que en una reunión de Reyes Dragón, el viejo Arlais fue durísimo con Konstantin.
—Sí, y el Rey Dragón de mi clan incluso mandó tropas a vigilar la frontera con los ígneos. ¿Qué habrá pasado?
—Pero si Konstantin está aquí parado tan tranquilo… ¿quiere decir que ya se acabó la vigilancia?
—¿Entonces a qué vino? Nunca escuché que el Rey Ígneo tuviera hijos…
—¿Será que viene a pedir beneficios escolares para su clan?
—¿Tú crees que un Rey Dragón vendría a eso?
—…
Pero por más que chismearan, nadie se atrevía a acercarsele al viejo.
Y si no se armó un escándalo fue solo porque el Instituto Saintheiss, al igual que Ciudad Cielo, era territorio neutral absoluto.
Si Konstantin causaba problemas allí, pasaría de “héroe dragón” a “enemigo de la raza” en un segundo.
El encargado de recibirlo era un jefe de grado bastante veterano, pero ni con toda su experiencia podía evitar sudar a mares frente al Rey Dragón Ígneo.
Desde la distancia, León entrecerró los ojos al ver esa escena algo ridícula y comentó:
—¿Será que su hija ya se recuperó y vino a inscribirla?
Roswitha negó suavemente con la cabeza:
—¿No dijiste tú que su hija fue sellada en un cristal apenas nació? Por más talento que tenga, un bebé no puede entrar al colegio…
—Cierto.
Incluso Noa, que era una genio, había ingresado recién a los tres años.
Así que por muy talentosa que fuera la hija de Konstantin, no iba a entrar sin saber hablar.
—Entonces, ¿qué vino a hacer al colegio?
—Ni idea. Pero creo que ya entendí por qué el subdirector no vino a interrogarnos esta vez.
La Reina lo miró intrigada:
—¿Y eso?
León señaló con la barbilla hacia Konstantin.
—Tiene a un invitado todavía más difícil de atender.
Roswitha volvió a mirar.
Ahí estaba el subdirector Wilson, reemplazando al jefe de grado sudoroso y recibiendo personalmente a Konstantin.
Roswitha no pudo evitar reírse.
—Así que al final, Konstantin vino a cubrirnos las espaldas.
León se recostó más cómodo en el banco, estirándose con gusto, y suspiró:
—Grande, mi compa Konsta. No hace falta decir más.
…
—¡Helena!
—¡Noa-chan~!
Después de semanas sin verse, las dos mejores amigas corrieron la una hacia la otra con los brazos abiertos.
Bajo el sol y entre la gente, dos pequeñas dragonesitas estaban a punto de fundirse en un abrazo…
Cuando de repente, ¡pom!, un mechón tieso se levantó entre ambas.
Seguido de eso, Moon —con los ojos cerrados, brazos cruzados— se incorporó lentamente entre su hermana y su amiga.
Noa parpadeó, sorprendida:
—¿Moon? ¿No estabas dormida? ¿Cómo llegaste aquí?
—Sí… yo tampoco vi en qué momento se movió —dijo Helena, también un poco impactada.
Solo Lucecita entendió lo que pasaba.
—Hermana mayor, hermana Helena, esto fue un “teletrasporte único en la vida” marca Melkweiss.
Noa se giró lentamente hacia su hermana menor y le dijo, muy seria:
—Pero papá siempre aparece justo en el momento clave. Su teletransporte único parece tener usos ilimitados.
—Era una metáfora, hermana.
—Ah, ya veo.
Noa volvió a mirar a Moon.
En realidad, había querido aprovechar que Moon dormía para saludar rápido a Helena, porque sabía que su hermanita era un poco celosa y seguro las interrumpiría.
Pero no esperaba que el radar de celos fuera tan preciso.
¡Ni siquiera había alcanzado a abrazar a Helena y ya estaba Moon plantada entre ambas!
Ay, hermanita… si entrenaras con la misma energía con la que “proteges” a tus hermanas…
—Me desperté, vi que no estabas, y vine a buscarte —dijo Moon, todavía con los brazos cruzados, muy digna.
—Ya te encontraste conmigo, ¿no?
—Ajá.
Asintió la peque. Su mechoncito también se movió.
Pero no se hizo a un lado.
Noa parpadeó. Le vino una idea.
—Bueno, ya que estás aquí…
Alargó la frase, y Moon picó el anzuelo enseguida.
—¿Qué pasa, hermana?
Noa sonrió y abrió los brazos para abrazarla.
—¡Eh, hermanaaa…!
Helena, que la conocía muy bien después de un año de amistad, entendió de inmediato y también abrazó desde el otro lado.
—¡Helena también nooo… mmph!…
Moon quedó atrapada entre las dos.
A un lado, el aroma familiar de su hermana.
Del otro, la frescura marina de Helena.
Su cabeza empezó a girar. Los ojos se le pusieron en espiral como los de un hipnotizado.
A un costado, Lucecita observaba la escena y aplaudía emocionada:
—¡Ah! ¡Ya entendí! ¡La “zona vergonzosa” no era para la hermana mayor, era para la hermana del medio!
Y con semejante espectáculo de calidad en el primer día de clases, Lucecita supo que este semestre empezaba fuerte.
Luego del combo “sandwich de hermanas” y “lavado facial doble”, Moon por fin logró salir del apretón.
Lucecita corrió a sostener a su hermana tambaleante y le preguntó:
—¿Y bien, cómo se sintió?
Moon, que apenas salía del trance, sacudió la cabeza, pensó un momento y respondió:
—Este lado estaba duro. Este otro, blandito.
Lo “duro” era Noa. Lo “blandito”, Helena.
—¿Duro? ¿Blandito? ¿Y eso por qué?
Ni Lucecita, ni Moon, ni Noa sabían la respuesta.
Las tres miraron a Helena.
Ella se quedó pasmada un momento, luego sonrió con resignación:
—Eso lo sabrán cuando sean más grandes~
Las hermanas se miraron. Como parecía ser cosa de edad, dejaron de preguntar. Ya lo descubrirían.
—¡Vamos! Vi un puesto de snacks por allá. ¿Vamos a comprar?
—¡Sí!
Las niñas se fueron de compras, tomadas de la mano.
Mientras tanto, León se alejaba de la multitud y entraba al edificio principal.
Pero no iba a ver a ningún profesor.
Subió solo hasta la azotea del edificio.
Ahí casi nunca había nadie. Solo durante la hora de almuerzo a veces algunos estudiantes iban a comer.
León se acercó a la reja que daba al campus y miró hacia abajo.
Todo seguía lleno de gente y ruido.
En un rincón de la plaza, Roswitha charlaba con Claudia, que también había venido a dejar a sus hijos.
León apartó la vista de ellas y se enfocó en el subdirector y Konstantin.
El viejo Wilson, aunque chismoso, era un profesional. Incluso con alguien como Konstantin, mantenía el trato firme y sin rebajarse.
Bueno, también podía ser que hoy el viejo Konstantin estuviera de buen humor.
Por su expresión, parecía estar hablando con calma.
De pronto, Konstantin alzó la cabeza y miró directamente hacia la azotea.
Había notado a León.
Este no se sorprendió. Siguió de brazos cruzados, esperando en silencio.
Konstantin desvió la mirada, terminó de conversar con el subdirector, y luego se dirigió al edificio.
Minutos después, León escuchó pasos firmes a sus espaldas.
No se volteó. Seguía mirando al campus.
—No te moleste que haya elegido este lugar para hablar —dijo—. Aparte del clan de mi esposa, no quiero que nadie sepa que somos viejos conocidos.
—Te lo repito, León. No somos amigos.
—Ok, tú ganas.
León tenía una forma única de lidiar con la terquedad de los Reyes Dragón.
Cuando Roswitha se ponía terca:
“Ajá, ajá, todo lo que tú digas.”
Cuando Claudia se ponía terca:
“Estás hablando por enojo, no lo dices en serio.”
Y cuando Konstantin se ponía terca:
“Lo mismo, pura rabieta.”
—¿Y? ¿La flor de sombra sirvió? —preguntó León, como todo padre preocupado.
Konstantin asintió.
—Ya despertó. Está recuperándose poco a poco con ayuda de los boticarios del clan.
León, aliviado por dentro, no lo mostró demasiado.
—Qué bueno.
—Entonces, ¿viniste a inscribir a Hefei?
—Tenía dos meses cuando fue herida por Adam. Apenas puede decir frases básicas. ¿Tú crees?
—Ah, cierto.
—¿Entonces para qué preguntas?
—¿Y no puedo preguntar? ¡Mi hija se curó gracias a mí en un 33%!
Konstantin resopló.
—Vine a rehacer el proceso de inscripción para los miembros del clan que tuvieron que retirarse. Y a coordinar con Wilson, para evitar problemas después.
El clan ígneo había tenido cambios internos y externos. Su posición dentro del mundo dracónico ahora era delicada.
Así que era lógico que Konstantin viniera a negociar en persona.
De hecho, podía haber enviado a un asistente, pero lo hizo él mismo.
—¿Ya terminaron entonces?
—No, en un rato tengo que ver al director Olet.
—¿Y por qué no lo hiciste antes?
Konstantin se quedó callado y lo miró en silencio.
León parpadeó, luego se señaló a sí mismo:
—¿No me digas que dejaste al director plantado solo para venir a hablar conmigo?
—Hmpf. Deberías sentirte honrado, humano.
León puso voz burlona:
—“De-be-rías sen-tir-te ho-nra-do, hu-ma-no.”
—… De verdad me dan ganas de golpearte. ¿Cómo te aguanta la Reina Plateada?
—El amor vino con los hijos. Pero una vez que llegan… no hay vuelta atrás.
—…
Konstantin suspiró.
Todavía no podía creer que este idiota le hubiera volado la cabeza años atrás.
—Ah, por cierto. Quiero preguntarte algo… algo personal —dijo el Rey Ígneo, de forma inusualmente titubeante.
León alzó una ceja.
—¿Qué cosa?
—¿Tú y tu esposa planean tener otro hijo?
—…
A León se le tensó un poco el párpado. Bajó los brazos.
—¿Y para qué quieres saber eso?
¿Será que este tipo quiere que le dé consejos de crianza?, pensó.
Pero no.
Konstantin era… Konstantin.
Hasta el mejor cazador de dragones no podía predecirlo.
—Si tienen pensado hacerlo, háganlo pronto. Me gustaría que Hefei entre a la academia junto a tu próximo hijo.
—¿Ah? ¿Y eso por qué?
Entonces, con una seriedad tan absurda que casi ardía, Konstantin declaró:
—Yo te derrotaré. Y mi hija también derrotará a tu hijo. Es lo justo.
León: …
¡Sólo tú, loco de las peleas, puedes pensar algo así!