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A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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50. Fortalecer a la raza dragón: ¡es nuestro deber!
León no quería causar malentendidos innecesarios, así que no habló mucho con Konstantin.
Justo después de que el viejo dragón dijera “mi hijo será mejor que el tuyo”, el director Olet apareció en la plaza de la academia.
Konstantin fue a reunirse con los directores.
Ambos dejaron la azotea, con unos dos minutos de diferencia.
León cruzó el edificio de aulas, atravesó la multitud y encontró a Roswitha charlando con Claudia.
—Hola, maestra. ¿Viniste a dejar a Helena?
León fue el primero en saludar.
Claudia asintió.
—La idea era que viniera sola, pero quería probar un método educativo diferente.
Sonrió y miró a León.
—Aprendiendo de ti y Roswitha. Cuando puedan, me enseñan un par de cosas.
—Qué va, maestra, nosotros tampoco tenemos ningún método especial. Solo dejamos que las cosas fluyan.
—¿Konstantin fue a buscarte? —preguntó Roswitha.
León asintió.
—Sí.
—¿Y qué hablaron?
—Sobre la reincorporación de sus parientes a la academia. La verdad, Konstantin está bastante comprometido con su gente. Fue él mismo a hablar con el director Olet.
Roswitha asintió.
—Bueno, eso sí es tomárselo en serio.
—Tú me pediste prestada la flor de loto fantasmal para salvar a la hija de Konstantin. ¿Él mencionó algo sobre eso? —preguntó Claudia.
—Sí. Hefy —la hija de Konstantin— ya está fuera de peligro. Ahora está recuperándose poco a poco con la ayuda de alquimistas del clan dragón escarlata.
León se detuvo un momento, se rascó la frente, como si quisiera decir algo más… pero se quedó callado.
Roswitha ladeó la cabeza. Con solo una mirada ya se dio cuenta de que su perro marido no había terminado de hablar.
—¿Qué más te dijo? No me mientas, te lo noto en la cara —preguntó con seriedad.
Antes de que León pudiera decir algo, Claudia, algo sorprendida, comentó:
—¿Pudiste notarlo?
La princesa marina estaba acostumbrada a leer las expresiones de la gente, pero la de León había sido muy sutil. Ella también pensó que solo habían charlado un rato sobre cosas simples.
—Llevamos casi seis años casados. Ya lo conozco de pies a cabeza —dijo Roswitha.
—Y yo solo pienso en ti, mi vida —respondió León.
—…Idiota.
—Ya comí suficiente azúcar, ustedes dos. ¿Pueden ir al grano? —interrumpió Claudia, rodando los ojos.
Roswitha giró la cara con la mejilla algo sonrojada, cruzó los brazos y empezó a mover la cola de forma nerviosa.
León tosió para aclararse la garganta y empezó con cuidado:
—Konstantin dijo…
Claudia alzó una ceja, intrigada.
—¿Dijo?
Roswitha también giró la cabeza para mirarlo.
—¿Qué fue lo que dijo Konstantin?
—Dijo que quiere que tengamos otro hijo.
Roswitha & Claudia: ¿?
Una brisa pasó, pero no logró disipar el silencio incómodo ni la confusión en el aire.
Incluso pareció que una bandada de cuervos voló sobre sus cabezas, dejando una fila de puntos suspensivos.
Aunque había demasiadas cosas para criticar en esa sola frase, ninguna de las dos se quedó pasmada. La reina plateada ya estaba curada de espanto.
—Después de que le cortaste la cabeza, ha estado medio raro. Que diga eso tampoco me sorprende.
Roswitha suspiró y alzó las manos.
—Pero ¿por qué? Que mi hermana nos diga que tengamos otro lo entiendo. Que mi abuela insista, bueno, también. ¡Pero qué tiene que ver Konstantin con nuestra vida familiar!
—Así que toda tu familia está obsesionada con los niños, ¿eh…? —comentó Claudia, sorprendida.
León se rascó la nariz.
—Konstantin dijo que algún día me va a vencer.
—¿Y?
—Y que su hija también va a vencer a nuestra hija. Pero para que sea justo, no quiere que Hefy compita con Noa o Moon. Así que quiere que tengamos otro hijo. Así estarían parejos desde el inicio.
—…Eso es ridículo. Pero viniendo de Konstantin, tiene sentido.
El rey dragón escarlata era famoso por su obsesión con el combate. Eso lo sabía cualquiera.
Pero ni Roswitha esperaba que llevara su locura al siguiente nivel y metiera a los hijos en la ecuación.
Se notaba que el viejo dragón todavía tenía una espina clavada con el hombre que lo decapitó.
—¿Y tú qué le dijiste? —preguntó Claudia, apuntando al punto clave.
—Yo… aún no lo decido.
León dio un paso al lado de Roswitha y le tomó la mano con naturalidad.
—De hecho, hace un tiempo Roswitha y yo hablamos de la posibilidad de un tercer hijo. Pero hasta ahora no hemos tomado una decisión.
Claudia cruzó los brazos, los miró y preguntó:
—¿Por qué la duda? ¿Temen que Noa o Moon se pongan celosas?
Roswitha negó con la cabeza.
—Eso no nos preocupa. Noa es muy madura, y no se pondría celosa. De hecho, ya nos pidió varias veces que le demos otra hermana o hermano.
—Moon dijo que quería otra hermana mayor —añadió León.
Roswitha le dio un codazo con una sonrisa.
—Es que es muy pequeña todavía. No entiende bien las cosas. ¿Y tú tampoco?
León se rió, sin decir más.
Roswitha le lanzó una mirada tierna pero orgullosa, y luego continuó:
—Lo que nos preocupa es que… la situación actual todavía es muy incierta. El Imperio cayó, sí, pero lo que descubrimos después nos obligó a tomarlo aún más en serio. Si tenemos un bebé ahora, eso podría interferir con los asuntos importantes que León tiene pendientes.
Al oír eso, Claudia pensó un momento y pestañeó con sus bonitos ojos azules.
—¿Pendientes? ¿Te refieres a seguir investigando lo que queda del Imperio y a sus verdaderos líderes?
León asintió.
—Sí.
—Vaya, eso sí que es importante. Pero —dijo, haciendo una pausa intencionada para captar la atención de la pareja—… eso no significa que tener un hijo no sea también importante.
Los dos se miraron, sin decir nada, esperando a que Claudia continuara.
—Vamos a ver… ¿Acaso los únicos que aman a los niños en la familia Melkwei son tu abuela y la Reina Roja?
Claudia soltó una risa elegante.
—Ustedes dos también los adoran. Si no fuera así, Noa y Moon no serían tan increíbles como son.
Y tenía razón.
Basta mirar a los hijos para saber si los padres aman a los niños.
Y además, que León era un “papá de niñas” empedernido no era secreto para nadie: hasta en el clan marino se comentaba.
Roswitha también había cambiado muchísimo desde que León apareció en su vida.
Durante los dos años en que León estuvo en coma, ella fue muy estricta con Noa y Moon. Más que una madre, parecía una reina enseñando a sus herederas.
Y eso era normal: los dragones criaban así.
Hasta Claudia había sido dura con Helena antes de conocer a León y Roswitha.
Pero seis años de vida juntos cambiaron incluso a una reina tan fría.
Por eso, no era que tuvieran miedo a otro hijo. Solo no querían comprometer sus responsabilidades actuales.
—Tiene razón, maestra. A León y a mí nos encantan los niños, pero…
—¿Pero qué? Si los aman, y no se oponen a tener otro bebé, ¿entonces cuál es el problema?
Claudia los miró con ternura.
Ya los entendía perfectamente.
Ambos querían un tercer hijo, pero también sabían que el mundo aún necesitaba que actuaran. Esa contradicción era la que los tenía detenidos.
Lo único que necesitaban… era un motivo.
Una razón para decidirse por ese bebé.
—Investigar al Imperio es una responsabilidad. Pero tener un hijo también lo es —dijo Claudia—. Los dragones somos una raza en extinción. Ustedes ya hicieron bastante aportando tres nuevos miembros, pero aún no es suficiente.
—Maestra… que los dragones sean escasos, sí, lo sabemos. Pero confiarle toda la tarea de reproducirnos a nosotros dos suena un poco…
—¡Ustedes tienen ventaja!
—¿Ventaja…? —preguntaron los dos al unísono.
—Primero: se aman de verdad. No hay riesgo de separación ni divorcio;
—Segundo: sus hijos mestizos son mucho más fuertes que cualquier dragón de raza pura;
—Y tercero: las dragonas de capullo no pueden tener muchos hijos. Si lo hacen, su cuerpo se debilita muchísimo. Esa es una razón clave por la que nuestra especie es tan escasa.
—Pero las dragonas que dan a luz de forma natural no tienen ese problema. En solo diez meses pueden parir, y a las dos semanas ya están como nuevas.
¡PAM!
Claudia dio una palmada, cerró los ojos con una gran sonrisa y concluyó:
—Así que, en resumen: ¡vayan a casa y empiecen a fabricar al tercero! ?