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A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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51. ¡Mira esta jugada maestra!
La pareja regresó al Santuario de los Dragones Plateados al atardecer.
La cena fue sencilla, pero cálida. Aun así, sin el bullicio de sus hijas, sentían que algo faltaba en la mesa.
Era normal. Después de todo, habían pasado todo el verano juntos, casi sin separarse.
Ahora que empezaban las clases, el silencio se sentía extraño.
León jugaba con el tenedor, empujando los restos de comida en el plato. Aunque aún tenía hambre, no tenía apetito.
Siempre que tenía la mente hecha un lío, se le quitaban las ganas de comer.
Y lo que lo tenía tan distraído eran las palabras de Claudia durante el día.
Hasta ahora, él y Roswitha siempre habían creído que lo más urgente era investigar a Sombra y a Adam. Tener otro bebé se sentía como “descuidar lo importante”.
Pero tras hablar con Claudia, ambos por fin se dieron cuenta de la realidad.
Investigar a los remanentes del Imperio era importante, sí… ¿pero acaso fortalecer al clan dragón plateado no lo era también?
Aun así, por mucho que ahora entendiera eso, León no sabía cómo abordar con Roswitha el tema de “hacer un bebé”.
¿La razón? Muy simple:
¡Nunca había hecho eso con el objetivo de tener un bebé!
Noa y Moon nacieron cuando él despertó y desató toda su pasión tras dos años de coma. Fue el inicio de su historia de amor y caos con Roswitha.
Y Lucecita… bueno, esa fue una completa sorpresa. ¡Quién sabe por qué Roswitha se olvidó de usar su magia purificadora esa vez!
Así que, si de verdad querían un tercer bebé… esta sería la primera vez, en seis años de matrimonio, que lo intentarían a propósito, con decisión y voluntad.
Ese era el dilema de León.
Clac.
Dejó el tenedor sobre el plato y miró a Roswitha.
Su majestad no había tocado casi nada de su comida. En ese momento, tenía la cabeza baja, apoyaba las mejillas con ambas manos, y esas suaves caritas se le aplastaban un poco… viéndose muy tierna.
—¿Sin hambre? —preguntó en voz baja.
Roswitha negó con la cabeza.
—Estoy pensando.
León levantó una ceja, y luego preguntó con cautela:
—¿Estás pensando… en lo mismo que yo?
Al oírlo, Roswitha parpadeó, alzó la vista y lo miró.
—¿Tú en qué estás pensando?
—Primero tú.
—No, tú primero.
—Si no lo dices tú, yo tampoco.
—Entonces contamos hasta tres y lo decimos juntos.
—Va.
León & Roswitha: —¡Tres… dos… uno——!
…
…
—¡Sabía que ibas a engañarme!
Roswitha le dio una patadita bajo la mesa y le sonrió con fastidio juguetón.
—Anda, cuéntame ya. ¿En qué estás pensando?
León se puso serio y respondió con sinceridad:
—En realidad… estoy un poco nervioso con esto de tener un tercer bebé.
—No es que no quiera tener otro contigo, pero… nunca hemos hecho “eso” con la idea de tener un hijo…
—Y… no sé, se siente raro.
Cuando se enteró que Moon existía después de despertar del coma, ni siquiera se sintió tan confundido como ahora.
Es como la diferencia entre que te atropelle un camión de la nada… o que te digan la fecha exacta de tu ejecución.
Si te atropella de golpe, ni lo ves venir. Quizás ni sientas dolor.
Pero si te dicen cuándo morirás, cada día se vuelve una tortura.
Claro que tener un hijo no es tortura, pero… igual se sentía algo incómodo.
Como si tuvieran que hacer el amor “por tarea”, con un objetivo estricto… en lugar de dejarse llevar por el placer de estar juntos.
Roswitha asintió, comprendiendo su ansiedad.
—Entonces sí estamos pensando en lo mismo.
Frunció un poco los labios, cosa que rara vez hacía. Un gesto de chica joven, insegura.
Y que lo hiciera, solo significaba una cosa: ella también estaba confundida, también tenía dudas.
La fuerte Reina de los Dragones Plateados no podía contra esa angustia interna, así que recurría a la pequeña Roswitha que aún escondía dentro.
—No es que no quiera otro bebé —dijo—. La verdad es que Claudia tiene razón. Me gustan mucho los niños.
—Pero este tipo de cosas… ay, son difíciles de manejar.
Para el tercer bebé, sería simplemente otro miembro en la familia Melkwei.
Pero para los padres… sería la primera vez que lo hacían conscientemente, planeando cada paso.
Y aunque ya eran un matrimonio con experiencia en “hacer tareas”, seguían sin saber cómo abordar este nuevo tipo de tarea.
Una raya más al tigre en la caótica vida del general León.
Al poco rato, Milán y las criadas llegaron para limpiar la mesa.
Al ver el plato de Roswitha casi lleno, Milán preguntó con respeto:
—¿Su majestad no se siente bien?
—Ah, no. Puedes llevarlo.
—Sí, majestad.
Milán hizo una seña con la mirada, y las doncellas se pusieron a recoger.
Aprovechando el momento, Milán volvió a preguntar con suavidad:
—¿Está pensando en las princesas?
En realidad estoy pensando en tu futura princesita.
Roswitha sonrió con cansancio y negó con la cabeza.
—No es nada, Milán.
Tras una pausa, de pronto recordó algo y preguntó:
—Oye, ¿tú no habías terminado con tu novio?
Milán se quedó helada por un segundo, y luego se puso roja, desviando la mirada sin responder.
Pero esa reacción lo decía todo.
—¿Ohh~? ¿Y luego regresaron?
—No, o sea… sí. Nos reconciliamos. Y además…
—¿Además?
—Además… queremos casarnos a fin de año. Y si se puede… tener un bebé.
¿Tener un bebé?
Eso sí la tomó por sorpresa. Pero pensándolo bien, tenía sentido.
Tras las guerras de los últimos años, el clan dragón plateado había sufrido muchas pérdidas. Roswitha y León habían impulsado el “Plan de repoblación del clan”.
También conocido como el programa de citas románticas.
Animaban a los dragones plateados a enamorarse, a formar familias, a tener hijos. A hacer crecer al clan.
Y por lo que veía en Milán, el plan estaba dando frutos.
—Milán —la llamó.
—¿Sí, mi señora?
—Dime, con total sinceridad… ¿no te pone nerviosa la idea de tener un hijo?
Roswitha también la miró con atención. Estaba interesada en su respuesta.
No por chismosas. Sino porque ellos también estaban luchando con esa duda… y Milán podía darles una perspectiva distinta.
—¿Nerviosa?
Milán parpadeó, pensó un poco, y luego negó con la cabeza.
—No, la verdad es que no me siento nerviosa.
—Creo que tener un hijo es algo muy alegre. ¿Y por qué estresarse por algo que debería darte felicidad?
—Claro, también es la primera vez que ese tonto y yo vamos a ser padres, así que… en vez de decir que estoy ansiosa, creo que lo que siento es una mezcla de emoción y nervios.
León y Roswitha se miraron el uno al otro.
Entonces León le preguntó:
—¿Emoción y nervios? ¿Puedes explicar eso?
Eso sí le costó a Milán.
Se rascó la cabeza, pensó con cuidado, y dijo:
—Mmmm… yo creo que cuando ya decidiste que algo es una “alegría”, entonces la preparación para eso también es una mezcla de emoción y tensión.
—Porque todos sabemos que tener un bebé hace feliz a la familia. Pero qué tipo de felicidad, eso nadie lo sabe hasta que llega.
—Y esa incertidumbre y esa sorpresa, es lo bonito que trae una nueva vida.
—Si sienten ansiedad… tal vez es porque le están dando demasiada importancia, tanto que se olvidan del sentido original de tener un hijo.
La pequeña doncella ladeó la cabeza, y sus ojos se curvaron como lunas crecientes.
—No le den la vuelta a las cosas, Su Majestad, Su Alteza.
…
Recibir una clase de Claudia en la mañana, y luego otra de su doncella por la noche… hizo que la pareja se sintiera iluminada.
Ya acostados, uno al lado del otro, miraban el techo desde la cama, con las manos sobre el vientre. Idénticos en postura.
—Creo que Milán tiene razón —dijo Roswitha en voz baja.
—Nos sentimos nerviosos… porque olvidamos el significado de tener un hijo.
León entendía bien lo que pensaba su esposa.
—Sí. Hemos pensado demasiado. Nos enfocamos mucho en cómo nos sentimos ahora… y olvidamos que la llegada de un nuevo ser es algo largo, y digno de esperar con alegría.
—Y ese largo proceso…
En ese punto, ambos giraron la cabeza para mirarse.
Conectaron sus miradas. Y al mismo tiempo, dijeron en voz baja:
—Lo viviremos juntos.
Tras eso, se quedaron en silencio por un instante… y luego, se echaron a reír.
Bajo las sábanas, sus manos se apretaron con fuerza.
La tela del dosel cayó suavemente, ocultando la cama. En su interior, pronto se oyeron los suaves y húmedos sonidos del amor.
Pero a diferencia de otras veces, esta vez se entregaron por completo.
Querían fundirse el uno con el otro, sin dejar un solo centímetro separado.
—Hazlo sin miedo, León… sí… así… aaaah~~
—Esta noche… esta noche no usaré la magia purificadora…
—Así que… ah~ nnh… despacito…
En medio de la pasión, Roswitha jadeaba con los ojos entrecerrados, el rubor cubriéndole las mejillas suaves. Acariciaba el cabello de su amado con ternura, y le susurró al oído:
—Así que no falles… mi leoncito.