52
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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52. ¿El capitán come así de bien todos los días?
Siempre que hacían la tarea, esta pareja lo hacía con intensidad.
Pero esa noche, curiosamente, fue diferente.
No hubo movimientos bruscos ni posturas raras.
Solo abrazos, besos y una unión que fluyó con naturalidad… hasta que alcanzaron el clímax juntos.
Una vez, otra, y otra más.
Nunca se cansaban.
Después de varias rondas, Roswitha yacía de lado, recostada en el pecho de León.
Acababa de experimentar varios orgasmos seguidos y su cuerpo estaba agotado.
Sentía una hinchazón persistente ahí abajo, con contracciones involuntarias de vez en cuando.
Cada pequeño espasmo hacía que las gotitas restantes entre sus muslos se desprendieran solas.
Encogió sus largas piernas, rozando suavemente la piel entre ellas.
Un leve sonido de fricción llenó la habitación.
—Mmm… —murmuró con voz soñolienta.
A León no le pasó desapercibido lo exhausta que estaba.
—Cinco veces ya… ¿crees que con eso bastará? —preguntó Roswitha.
Normalmente, cinco veces apenas sería el calentamiento.
Pero esa noche era distinta. No por un tema físico, sino por todo lo que venían cargando emocionalmente.
León, recostado contra el respaldo de la cama, la abrazó por los hombros.
—En realidad… leí en un libro que, con suerte, basta con una.
Roswitha se quedó en blanco por un segundo.
Luego se incorporó de golpe. La sábana resbaló desde su torso hasta la cintura, dejando al descubierto sus encantos y esas curvas de escándalo.
Lo miró, con una mezcla de enojo y vergüenza.
—¡¿Si con una bastaba, para qué te hiciste el loco cuatro veces más?!
León también se sentó, defendiéndose con seriedad:
—¡No entiendes! En nuestras viejas misiones del escuadrón antidragon, eso tenía un nombre técnico.
—¿Cuál?
—Ataque de saturación.
—¡Idiota!
Roswitha soltó una carcajada, agarró una almohada y se la tiró.
León reaccionó al instante y contraatacó con otra.
Apenas habían recuperado algo de energía, y ya estaban otra vez en plena batalla…
¡una batalla de almohadas!
¡Ey, idea loca!
¿Y si al tercer bebé le ponemos de nombre «Almohada»?
(bromeando, obvio)
La guerra terminó con la victoria de Roswitha.
Se subió al abdomen de León, apoyada sobre sus rodillas, con las piernas sujetando su cintura.
Sonriendo con orgullo, puso las manos en la cintura, mientras su cola, que no se sabía cuándo había salido, le apretaba la almohada contra la cara.
—¡Eso fue trampa! —protestó León desde debajo.
—¿Trampa? ¿Por qué?
—¡Usaste la cola!
—¿Y? No hay ninguna regla que diga que no puedo.
—¡Odio tu cola!
Roswitha retiró la almohada, y con la punta de la cola le acarició la mejilla.
—Cuando te ayuda a disfrutar, bien que no la odias, ¿eh?
León se sonrojó y desvió la mirada.
—¡Eso es otra cosa!
Roswitha soltó una risita, escondió su cola y volvió a tumbarse junto a él.
Sosteniendo una esquina de la sábana, se tapó el pecho y apoyó la cabeza sobre su hombro, mirando el techo a su lado.
Después de un rato en silencio, León preguntó de pronto:
—¿Desde cuándo tenías ganas de tener otro bebé?
Roswitha pensó un poco.
—Desde hace bastante, creo…
—¿Desde que fuimos a la Ciudad Cielo a jugar ese juego en vivo?
—¿Eh? ¿Por qué piensas eso?
—Porque esa primera noche, te colaste en mi habitación y me hiciste una pregunta.
—¿Qué pregunta?
—Me preguntaste si alguna vez había pensado en tener otro bebé contigo.
Ah…
Roswitha lo recordó.
En realidad, esa noche solo quería preguntarle dónde había escondido la Piedra Negra del juego.
Pero como no quería parecer tramposa por ir a buscarla a las dos de la mañana, terminó improvisando esa pregunta sobre tener otro hijo.
—Sí, es cierto. Y recuerdo tu respuesta. Dijiste que… lo habías pensado.
—Ajá. Aunque tú creías que estaba dormido, ¿cierto?
—Sí… por eso pensé que lo dijiste sin pensar. Que no era en serio.
—Lo dije en serio.
—¿Eh?
—Aunque no estuviera dormido… lo que te dije esa noche era verdad, Roswitha.
Seguía mirando el techo, pero su tono era completamente sincero.
—Hace tiempo que quiero tener otro bebé contigo.
Los ojos de Roswitha se iluminaron.
—¿De verdad?
—Claro que sí.
Por alguna razón, escuchar eso hizo que se le aligerara el corazón.
Tal vez porque sentía que, si solo ella quería tener otro hijo, eso podría ponerle presión a León.
Pero ahora que él también lo deseaba… sentía que podía respirar con calma.
—Entonces supongo… que tú lo pensaste antes que yo. —dijo con tono presumido.
León levantó una ceja.
—¿Y eso por qué?
—Porque tú me amas más que yo a ti. Y eso quiere decir que estás más dominado que yo, ¿no?
León: ¿?
—¡Ni de broma! ¡Entonces según tu lógica, tú fuiste la que lo pensó primero!
¡¿Cómo iba a perder contra ella en esto?!
Imposible.
Después de la guerra de almohadas, ahora era una guerra de lógica.
—¡No, tú lo pensaste antes! ¡Tú me amas más!
—¡No, tú! ¡Tú me amas más!
—¡Tú más!
—¡Tú! Espera… eso está empezando a sonar raro, estamos—mmph…
Roswitha no pudo terminar la frase.
Unos labios suaves cubrieron los suyos.
León la besó, sujetando con ternura la parte trasera de su cabeza.
Sí… incluso la boca de una dragona podía ser dulce y suave al besar.
—Está bien. Lo admito. Roswitha Melkwei, yo te amo más.
Experiencia de hombre casado:
Saber cuándo rendirse ayuda mucho al bienestar del matrimonio.
El repentino cambio de actitud dejó a la reina un poco confundida.
Parpadeó, sorprendida, y luego reaccionó.
—¡Q-qué! ¿¡Cómo que tú me amas más!? ¡Es obvio que yo te amo más a ti!
Y dicho eso, también lo besó suavemente en los labios.
León por fuera: mirada profunda, ojos sinceros.
León por dentro: ¡JA! ¡Reversa!
Ah… eso es tener técnica.
Y así, empezaron a competir por ver quién amaba más al otro.
¿El método de competencia?
Besos.
Uno tras otro, ida y vuelta.
Besándose sin parar.
Pero claro, con los besos… es muy fácil encender otra vez la chispa.
El fuego que ya parecía extinguido, volvió a encenderse tras varias rondas de besos.
En uno de esos, sus labios se encontraron al mismo tiempo.
Se detuvieron… y ¡boom! la chispa prendió.
—Entonces… otra vez —susurró Roswitha, toda sonrojada.
—¿No acabas de decir que cinco veces era mucho? —se rió León.
—¡Pff! ¡Esto es una preparación por saturación! ¡Lo aprendí de ti!
León sonrió y le tomó el mentón con dulzura.
La volvió a besar.
Lenguas rozándose, la temperatura subiendo…
Las marcas púrpuras de dragón volvieron a brillar suavemente en sus cuerpos.
—
Medio mes después, en la frontera entre territorio humano y dragón.
—Esta vez volveré al Imperio, y no va a ser una misión de tres días como las anteriores. Así que si llegas a notar algún síntoma de embarazo, prométeme que me vas a escribir al instante.
—Sí, claro.
Los restos del Imperio ya empezaban a moverse.
León tenía que aprovechar ese impulso y acabar de una vez con ese tal “Señor Sombra” y el Rey Dragón del Martillo, Adam.
Mientras esos traidores siguieran sueltos, León y su familia jamás tendrían paz verdadera.
Era un razonamiento sencillo, pero hasta ahora ni él ni Roswitha lo habían entendido del todo, por estar tan metidos en su propio mundo.
Claudia les dio el valor de dar ese paso.
Y Milán, les ayudó a liberar las dudas del corazón.
Ahora ambos sabían que la separación era solo por un tiempo, y que todo lo que hacían era por el futuro de su hogar.
Porque si uno se queda estancado en la comodidad del presente, tarde o temprano… cuando llegue la tormenta, arrasará con todo lo que uno ama.
—Noa tiene su examen final de nivel este semestre. Tendrá que quedarse en el internado.
En cuanto a Moon y Lucecita, yo me encargo.
—Gracias. Si termino rápido, volveré lo antes posible.
Roswitha le acomodó el cuello del uniforme y sonrió.
—Lo importante es que regreses sano y salvo. Hagas lo que hagas, vuelve a casa entero, ¿entendido?
—Lo prometo. Volveré sin que me falte ni un tornillo.
Ella le dio un golpecito en el pecho.
—Tonto.
Hablaron un rato más de sus hijas, hasta que escucharon el galope de caballos.
Voltearon al sonido, y vieron acercarse una caravana.
Al detenerse, bajaron Rebecca, Martin y varios miembros de la Hermandad del León.
—¡Capitán! ¡Cuñada~!
La chica de coletas corrió agitando la mano.
—En cuanto recibí su carta, traje al equipo. ¿Ya encontraron pistas del tal “Señor Sombra”?
—Sí. Ya tenemos una dirección. Pero para investigarlo bien, tengo que ir en persona al Imperio. Es muy largo para explicarlo en la carta.
—Entendido.
Rebecca asintió, y luego miró a la mujer de cabellos plateados a su lado.
—¿Cuñada, tú también vienes?
—No. No puedo alejarme tanto tiempo del clan. Esta vez solo va tu capitán.
—Awww… yo quería pegarme a ti, cuñada… buuuh~.
Roswitha sonrió con ternura, luego se acercó y la abrazó.
Con la diferencia de altura, Rebecca terminó con la cara aplastada contra… el cielo.
—¡Aaah! ¡Siento que reviví!
¡Con razón el capitán no quiere volver al Imperio! ¡Con lo bien que come todos los días!
León la agarró del cuello del uniforme y la levantó como si fuera un pollito, alejándola de su esposa.
—Cuando terminemos, tendrás tiempo de pegarte a ella todo lo que quieras.
—¡Tacaño! ¡Eres un tacaño! ¡Todos los casados son iguales!
—Capitán —interrumpió Martin—. Si queremos llegar al próximo puesto antes de que anochezca, debemos partir ya.
—Sí.
León empujó la cabeza de Rebecca hacia un lado, y volvió a mirar a su esposa con seriedad.
—Si aquí… —señaló el vientre de Roswitha— si aquí pasa algo, prométeme que me lo dirás.
—Sí, sí. Anda tranquilo. Yo me cuidaré.
—Escríbeme. Incluso si solo estás de mal humor.
—Sí, sí.
—Y si las niñas me extrañan, escríbeme también.
—Ajá~
—Y si Claudia manda al burro, ¡me lo cuentas al instante!
Roswitha soltó una risita tapándose la boca.
—Tranquilo, te aviso.
León se fue caminando de espaldas, diciéndole todas las cosas que se le iban ocurriendo.
Y ella lo escuchó con paciencia.
Una brisa sopló sobre ese paraje desolado.
El vestido de Roswitha se agitó con el viento, y la reina miró a su esposo alejarse en la distancia…
Rezando en silencio por su regreso seguro.
Cuando la caravana desapareció…
Roswitha se dio una palmada en la cabeza.
—¡Ah! ¡Se me olvidó pedirle que le pusiera nombre al bebé número tres!