53
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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53. Chivo expiatorio de lujo
Sin guerra, sin emboscadas enemigas por el camino ni necesidad de tomar rutas largas… León y su equipo tardaron menos de diez días en regresar al Imperio directamente desde el continente.
Ya era de noche cuando llegaron.
León rechazó el banquete de bienvenida que habían preparado para él, y solo comió algo simple con Rebeca y los demás.
No era fan del bullicio.
Prefería comer tranquilo y charlar un poco con sus viejos compañeros. Eso lo hacía sentir más cómodo.
—Cuando entré al distrito alto, noté que casi todas las calles están restauradas. Hicieron un gran trabajo, Nacho —dijo León, sosteniendo una lata de carne en conserva con genuina admiración.
—Teniendo en cuenta que el distrito alto es el núcleo económico del Imperio, ese patadón que metiste no solo mató a la Pesadilla Primordial, también estuvo a punto de reventar toda la cadena financiera.
Si no nos hubiéramos movido rápido, ahora mismo ni siquiera podrías estar comiendo carne, te tocaría sobrevivir a punta de agua y fideos fríos.
León entrecerró los ojos y sonrió amargamente.
—Sigues igual de venenoso.
Nacho soltó una risa nasal y le extendió la mano.
—Bienvenido de nuevo. Con tu ayuda, seguro encontraremos a los restos del Imperio más rápido.
León dejó la lata y le dio un buen apretón.
—Gracias por su trabajo. ¿Han avanzado con los interrogatorios a los ministros que colaboraron con Kanter?
Nacho reflexionó un poco antes de responder:
—Avances… sí hay. Pero no del tipo que esperábamos.
León se interesó de inmediato.
—¿Cómo así?
—Mañana lo verás con tus propios ojos.
Apenas terminó de hablar, León se levantó de golpe.
—¿Mañana para qué? ¡Vamos ahora mismo!
Nacho parpadeó, desconcertado.
—Pero tú, Rebeca y Martín llevan viajando una semana sin descanso. ¡Unas horas más no van a cambiar nada!
Esta vez quien respondió fue Rebeca.
La chica psicópata se puso de pie con tranquilidad y habló con el tono de quien ya se las sabe todas:
—Nacho, todavía no entiendes al capitán. No hay que dejarle oler siquiera que algo anda mal, porque entonces va y lo resuelve al tiro.
Nacho arqueó una ceja.
—¿Y eso por qué? Nunca escuché que el líder de la unidad de cazadores fuera tan impaciente.
En sus días en el ejército, Nacho solo escuchaba rumores del legendario cazador de dragones: ayer mató a tal rey dragón, hoy mató a otro, mañana planea matar otro más…
—Bueno~ antes era para terminar rápido la guerra. Pero ahora… —Rebeca se acercó al capitán, se apoyó en su cintura con una mano, y con el codo le dio un empujoncito en el pecho—. Ahora es para poder volver antes a casa… a ver a su esposa, claro.
Cierto hombre casado:
—¡¿Cómo te atreves a andar diciendo la verdad así como así?!
—
Madrugada, prisión imperial.
León, Nacho, Rebeca y Martín se dirigieron a la zona especial de detención de la prisión.
—Durante el periodo oscuro del mandato de Kanter, aquí encerraban exclusivamente a las «figuras importantes» del Imperio —explicó Nacho mientras avanzaban por los pasillos.
—¿Figuras importantes? ¿Y les daban trato especial también? —preguntó León.
Nacho asintió.
—En realidad, la mayoría de los que encerraban aquí eran solo chivos expiatorios de lujo.
León entendía lo que eso significaba.
Durante la batalla de la Plata de Dragón, un traidor lo atacó desde dentro.
Creyendo que había muerto, el Imperio lo acusó públicamente de ser el responsable de la derrota.
Esa fue la primera y única vez que el general León cargó con la culpa por algo que no hizo.
Pero…
—¿Chivos expiatorios de lujo? ¿También hay clases para eso?
—Obvio —respondió Nacho.
Y siguió explicando:
—Ya sabes que durante el gobierno de Kanter, había muchos negocios turbios e ilegales en el Imperio. Y cada vez que alguno salía a la luz, lo típico era buscar un tonto a quien echarle toda la culpa.
—Pero cuando el escándalo se hacía demasiado grande y un chivo común ya no bastaba para calmar al público, entonces sacaban a un nombre famoso, a una figura de alto perfil, para atraer la atención y canalizar el odio.
—La mayoría de la gente no se preocupa por la verdad. Solo quieren saber quién es el castigado, si es alguien grande, si tiene poder.
—Y no es culpa del pueblo. Toda la información estaba bloqueada por el Imperio. No tenían cómo pensar por sí mismos. Es una consecuencia inevitable.
—En fin, volviendo al tema —Nacho dio unos golpecitos a la pared de la zona especial—, este lugar parecía común y corriente, pero en realidad era como una suite VIP para esos chivos de alto nivel. No les faltaba nada.
León asintió, pensativo.
—Parece que sabes bastante del sistema interno del Imperio. Pero tú también eras de la unidad de cazadores, ¿no? No trabajabas en prisiones.
Nacho sonrió amargamente y se encogió de hombros.
—Mi padre fue uno de esos chivos.
—Ah… perdón.
León lo recordaba.
Nacho le había contado una vez que su padre fue acusado falsamente de corrupción, y que el Imperio le prometió que si cumplía bien con sus tareas, lo liberarían.
Pero al final, lo mataron en la cárcel, porque sabía demasiado.
Desde entonces, Nacho, habiendo visto lo podrido del sistema imperial, decidió seguir a León.
Al menos con él, uno podía desaparecer por semanas… pero no perdía la cabeza.
—Después de la caída de Kanter, encerramos aquí a todos los ministros que estaban metidos hasta el cuello, para poder interrogarlos fácilmente —añadió Rebeca.
—Pero ya no tienen ningún privilegio —dijo con satisfacción—. Ahora es una celda, un montón de paja en el suelo, y ya está.
León se detuvo al oírlo, y comentó con seriedad:
—Perfecto. Eso sí es trato digno de prisionero.
Eh~
Ahora alguien podría preguntarse:
General León, ¿cómo sabe tanto sobre el trato que se le da a los prisioneros?
Y la única persona que podría responder con precisión…
es su amada esposa, que anda justo ahora en otra región.
—¿¡León!? ¡¡León!! —gritó de repente un prisionero desde dentro de una celda al escuchar voces afuera.
Se lanzó contra la puerta y asomó por la pequeña ventana de comida.
—¡León Casmod! ¡Soy inocente! ¡Diles que me liberen! ¡Yo nunca me alié con ese perro de Kanter!
Su grito hizo que los demás prisioneros también empezaran a vociferar:
—¡Ca-Car-Casmod! ¡Por favor, aclárales a estos jóvenes ignorantes que soy inocente! ¡Todo fue una trampa!
—¡Yo también, yo también! ¡Jamás participé en tráfico de personas…! ¡¡Esos niños vinieron por voluntad propia!!
—¡Y-y yo también soy inocente! ¡Fueron esas mujeres las que me sedujeron! ¡¡Yo fui la víctima!!
—…
Mientras más escuchaba, más absurdo se volvía todo.
León frunció el ceño.
—¿Esta gente está bien de la cabeza?
—Después de semanas de interrogatorios intensivos, su cerebro empieza a colapsar —dijo Nacho.
—Y eso es justo lo que queremos. Si no, todos seguirían con la boca cerrada.
—¿Seguro que no hay errores? ¿No se equivocaron con alguno?
—Tranquilo. Eso te lo garantizo.
Nacho fue señalando celda por celda:
—Corrupción, tráfico, abuso, drogas… cualquier delito rebuscado que se te ocurra, está representado aquí.
León asintió con firmeza.
—Bien.
Tras una pausa, preguntó:
—Entonces, ese “avance especial” del que hablabas… ¿a qué te referías?
Nacho no respondió de inmediato.
En cambio, condujo a León hasta la celda más profunda.
A través de una barrera mágica unidireccional, pudieron observar con claridad el interior.
Sobre una pila de paja seca, había un anciano sentado, completamente desganado.
Iba sin camisa. A pesar de su edad avanzada, su cuerpo era firme y proporcionado.
Aunque su aspecto era abatido, se notaba que en su interior aún le quedaban energías ocultas.
León lo reconoció al instante.
—Foel Last… comandante en jefe de la unidad de cazadores durante el reinado del antiguo rey.
Nacho suspiró hondo y dijo con voz grave:
—Hace más de veinte años… los periódicos publicaron su obituario.
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